Día a día he ido cincelando
el hombre sin sueños que ahora soy,
el hombre recio, el escéptico
del que se ausentaron en un lejano crepúsculo
los anhelos como aves migratorias
que olvidan el camino de regreso.
Contemplo la línea azul del horizonte,
la costura cosida con hilos de oro
que une el mar con el cielo, allá lejos,
y dejando atrás mis huellas en la arena
escucho mi voz que dice: el horizonte.
Pero basta el giro preciso de la gaviota
en el diáfano cristal del aire
para que mi alma se estremezca de nuevo,
y aunque levante mi puño contra el cielo
mientras las olas lentísimas y blancas
golpean suavemente mis tobillos,
no puedo impedir que dos lágrimas broten
y ardientes resbalen por mis mejillas:
debe ser el viento o la arena, susurro,
cuando mi piel no siente la mínima brisa...
Orlando Santana Cabrera