¡ESTÁN LOCOS ESTOS ROMANOS! (III)
La sangre no llegó al río. Cuando nos metimos en la autopista el fitipaldi aquél aprovechó el primer cartel que ponía Ciampino para bajar la baderita del taxímetro que empezó a correr a una velocidad mayor que la del avión que me había traído, mientras yo cruzaba los dedos y me encomendaba a San Cristobal. Le comenté que sabía la distancia, veintitrés kilómetros, pero el muy zulú que naranjas de la china, cuarenta y tres, le dije que sabía que el precio oscilaba entre treinta y cuarenta euros (bajé un poco por si acaso la estimación de Fiorella), y él que tu tía la de Katmandú, entre ochenta y noventa. Era festivo, la nocturnidad... Se excusó. Sí, la nocturnidad y la alevosía, agravantes de un atraco según el código penal, aunque se hiciera a golpe de taxímetro, pensé. Pulsó el navegador y cuarenta y tres kilómetros. Los noventa euros ya no me los
quitaba nadie, porque a mí desde luego no se me ocurriría nunca decirle de noche, en mitad de una calle vacía, en un país desconocido y a un tío de dos metros muy bien nutrido que no le pagaba. Al llegar, lo hice, le pagué y recurrí entonces al truco de la víctima: yo poeta, no mucho dinero, taxi muy caro, en lengua de película de apaches y funcionó, me rebajó tres euros, de los noventa y ocho a los que ascendía la receta final. Al gachó a un le quedaban unas hebras de corazoncito. Eso sí, le pedí el recibo para reclamar después y me dio una hoja de papel, bastante parecida a un ticket, con el trayecto y el importe, pero sin el número de taxi. Cuando le iba a exigir que pusiera la matrícula del vehículo, salió el dueño del hotel a recibirme y mientras yo le comentaba el asunto al recién llegado, el pájaro desapareció como por arte de magia, voló. El timo se había consumado.
El albergue, discreto, no estaba
mal. La habitación era buena, grande, cuidada, con armario, televisión y mando a distancia. La cama, perfecta, dura, como a mí me gustan, aunque lo que me llamó la atención es que en el cuarto de baño no había ni bañera ni plato de ducha. Pero yo no estaba para muchas investigaciones, así que me tomé una pastilla para dormir, después de esconder el poco dinero que me quedaba en la funda de la almohada, pues nunca se sabe, y cerré los ojos, no sin antes decirme: ¡Fernando, hay que ver las historias que te pasan!
En todos los viajes me sucede algún asunto del tipo tonto del bote, pero no me suelen atracar o timar. En Junio, cuando fui a México, me ocurrió con los cartelitos de Evacuación. En los bares y cafeterías, desde el primer día, comprobé que si seguía los rótulos que ponían "Evacuación" siempre llegaba al punto de destino deseado, que no era otro que aquél donde uno le concede licencia a los esfínteres
traseros y se deshace de la carga inútil que lleva dentro. Hasta que un día, siguiendo los carteles, después de atravesar cuatrocientas puertas y otros tropecientos almacenes, me encontré en la calle, sin haber topado en el camino el ansiado evacuatorio. Cuando retrocedí y se lo comenté a quienes me acompañaban las carcajadas debieron oírse en el otro extremo del D.F. Claro, aquél rótulo lo único que indicaba era la "ruta de evacuación" en caso de terremoto y yo, aunque se me estuviera removiendo todo dentro, no estaba inmerso en ninguno de tipo geológico que motivase el seguimiento de aquella ruta..
En otra ocasión, durante un viaje a Valladolid, vi un cartel luminoso, en lo alto, en mitad de la carretera, en el que ponía: "148 muertos en el puente" y me pasé casi todo el viaje pendiente de ver el fatídico puente, hasta que en las proximidades del destino le dije a la poeta que me acompañaba: ¿Te has fijado en el cartel que hemos encontrado varias veces en la carretera? ¿Dónde estará ese maldito puente? Bueno. Mi acompañante, que además era la conductora, tuvo que parar el coche, abrir la ventanilla y pedir auxilio porque creyó que se moría de la risa y eso que era médico de urgencias. "Puente" es la denominación que en España se le da a los fines de semana largos, próximos a un día festivo, y a eso se refería el famoso cartelito. No sé, pero me imagino que quienes asisten a estos incidentes pensarán para sus adentros: "Este tipo hace realmente honor a los chistes de gallegos que circulan al otro lado del océano". Aunque el detalle más gracioso del viaje todavía estaba por llegar, la historia del romano Lui.
En otra ocasión, durante un viaje a Valladolid, vi un cartel luminoso, en lo alto, en mitad de la carretera, en el que ponía: "148 muertos en el puente" y me pasé casi todo el viaje pendiente de ver el fatídico puente, hasta que en las proximidades del destino le dije a la poeta que me acompañaba: ¿Te has fijado en el cartel que hemos encontrado varias veces en la carretera? ¿Dónde estará ese maldito puente? Bueno. Mi acompañante, que además era la conductora, tuvo que parar el coche, abrir la ventanilla y pedir auxilio porque creyó que se moría de la risa y eso que era médico de urgencias. "Puente" es la denominación que en España se le da a los fines de semana largos, próximos a un día festivo, y a eso se refería el famoso cartelito. No sé, pero me imagino que quienes asisten a estos incidentes pensarán para sus adentros: "Este tipo hace realmente honor a los chistes de gallegos que circulan al otro lado del océano". Aunque el detalle más gracioso del viaje todavía estaba por llegar, la historia del romano Lui.
Por la mañana vino a buscarme al albergue Fiorella Giovannella, una excelente persona y anfitriona, y tomé con ella el primer capuchino. Digo el "primer" porque allí la costumbre es ir a tomar un capuchino como en España ir a tomar un vino. Son cafés muy buenos,
espesos, fuertes, que te ponen los nervios de punta y a mí hasta me erizarían el cabello si no fuera porque soy calvo. Me dije que si viviera en Italia tendría que andar con la caja de tranquilizantes en el bolsillo y utilizarlos en lugar de sacarina, porque aquél capuchino y los que le sucedieron me pusieron como una moto.
Antes de bajar, me duché. Fue un asunto curiosísimo, porque en el cuarto de baño no había plato de ducha pero sí una ducha colgada de la pared. El desagüe estaba en el suelo, en el centro del pequeño habitáculo. Antes de abrir el grifo era conveniente sacar fuera el papel higiénico, las toallas y todo lo que fuera susceptible de morjarse. Incluso podías aprovechar y sentarte en la taza del wc y ducharte al mismo tiempo. Me recordó mucho al WC de un bar, en el pueblo orensano de Niñodaguía, donde el servicio era una habitación a puro cemento, con un agujero en el centro más bien tirando a estrecho y sin ningún tipo de desnivel, con lo cual había que planear el bombardeo con una exactitud milimétrica so pena de poner el lugar hecho, nunca mejor dicho, una mierda.
Antes de bajar, me duché. Fue un asunto curiosísimo, porque en el cuarto de baño no había plato de ducha pero sí una ducha colgada de la pared. El desagüe estaba en el suelo, en el centro del pequeño habitáculo. Antes de abrir el grifo era conveniente sacar fuera el papel higiénico, las toallas y todo lo que fuera susceptible de morjarse. Incluso podías aprovechar y sentarte en la taza del wc y ducharte al mismo tiempo. Me recordó mucho al WC de un bar, en el pueblo orensano de Niñodaguía, donde el servicio era una habitación a puro cemento, con un agujero en el centro más bien tirando a estrecho y sin ningún tipo de desnivel, con lo cual había que planear el bombardeo con una exactitud milimétrica so pena de poner el lugar hecho, nunca mejor dicho, una mierda.
Le entregué a Fiorella los primeros diez ejemplares de su libro "Chiaraluna. Se solo smettesse di piovere" y se le iluminó la cara de felicidad. Para mí siempre constituye una ceremonia muy especial la entrega de un libro a un autor. Es como si me conviertiera en la enfermera que le enseña el niño a una madre después del parto. Después la dejé libre, pues por propia experiencia sé lo ocupado que está el organizador de un evento el día del mismo, quedando con ella para las dos de la tarde, en el salón de actos donde se iba a celebrar el Encuentro Poético. Antes de marcharse mencionó por primera vez a Lui, es más repitió varias veces su nombre, aunque yo no entendiera muy bien a quien se refería. Debía ser un poeta muy conocido por aquellos territorios, pensé.
La noche, a pesar de la pastilla para dormir, no había sido demasiado apacible y decidí regresar al hotel, hasta la hora de comer, después de dar una vuelta por la plaza principal de Aprilia y cuatro calles adyacentes. Enchufé el ordenador y, todvía a la sombra de la pesadilla nocturna, en la que un enorme taxista italiano me cortaba en canal después de vaciarme la cuenta bancaria, escribí este poema:
A VECES ESCALAMOS LA NOCHE
A veces escalamos la noche
sombra a sombra,
la llenamos de orillas y recuerdos,
de islas y asteroides rotos.
La envolvemos en el velo secreto de una luna
nunca amanecida
y la colmamos de lágrimas
hasta inundar de enero el insomnio.
sombra a sombra,
la llenamos de orillas y recuerdos,
de islas y asteroides rotos.
La envolvemos en el velo secreto de una luna
nunca amanecida
y la colmamos de lágrimas
hasta inundar de enero el insomnio.
Subidos al último escalón de la torre,
la vigilia se hace eterna
y la memoria camina en círculo
alrededor del abismo.
la vigilia se hace eterna
y la memoria camina en círculo
alrededor del abismo.
Sentimos la desnudez del arco sin flecha,
el disturbio interior del hueso,
el dolor astillado de la médula.
el disturbio interior del hueso,
el dolor astillado de la médula.
El alma es entonces
un triste muro derribado,
la soledad de un liquen
que crece
entre los restos de un naufragio.
un triste muro derribado,
la soledad de un liquen
que crece
entre los restos de un naufragio.
Y cuando llega el alba
y el calor del sol
nos pone de nuevo
el chaleco salvavidas,
nos aferramos al tiempo
y nadamos sin tregua hacia la costa.
y el calor del sol
nos pone de nuevo
el chaleco salvavidas,
nos aferramos al tiempo
y nadamos sin tregua hacia la costa.
©Fernando Luis Pérez Poza
Aprilia, Italia, 9 de diciembre de 2006
Aprilia, Italia, 9 de diciembre de 2006
Satisfecha la inspiración, bajé de nuevo a la calle y me dispuse para la batalla idiomática en el restaurante de la esquina. Yo no como carne, desde que tenía seis años, pues me da asco, y, al no entender las cartas de menú, ya me tiene pasado en Francia pedir al tuntún y encontrarme con un filete de ternera o pollo con fideos y verme obligado a dejar todo en el plato, sin estrenar, y pagar y marcharme a otro sitio a tomar un bocadillo de queso, que eso lo entiendo en casi todos los idiomas. Pero en esta ocasión, no hubo problemas. Vi un par de platos cuyos nombres se parecían a sepia y a calamar y los pedí. Resultaron realmente exquisitos.
Al término de la comida me dirigí al Salón de Actos para participar en el encuentro. La primera vez que recitaría un poema ante un público italiano. Gabriel Impaglione y Giovanna Mulas no habían podido desplazarse y no asistirían, pero me habían enviado hacía tiempo la traducción al italiano de uno de mis poemas. "Se bebe el océano a los muertos", "Si beve l’oceano ai morti", magníficamente realizada por ellos, así que, en cierto modo, los sentiría también un poco allí. Y quizá también tendría ocasión de conocer al romano Lui, del que me había hablado Fiorella en el desayuno.
(continuará)
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