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Simplicia y Paula: dos ancianitas de cabellos canos e inocente y sonrisa. Las que nunca quisieron bajar de la montaña, las que con su alma transparente nos reciben con alegría cada vez que subimos al cerro, las que con sus manos ya enfermas con artritis, siguen tejiendo sus cestas de palma en “La Valla”: formación montañosa que une a los Cerros El Cacao y El Tragaplata, en la Isla de Margarita, llamado así por los nativos y habitantes de la zona. En realidad, “La Valla” es un collado entre ambas montañas, es la ruta de acceso más conocida y más atractiva hacia la cima de “El Cacao”, tesoro natural al noreste de la Isla de Margarita, donde confluyen paisajes de valles, campos, mar abierto, lugar donde viven las ancianas. Para visitarlas, hay que hacer la excursion al cerro El Cacao. Paula y Simplicia, madre e hija, testigos del transcurrir del tiempo. Seres que habitan entre el pasado y el presente, ausentes del mundo, clavados sus ojos en los recuerdos lejanos y a una montaña que les vio nacer y envejecer; sus raíces, como su rancho, no se desprenden del suelo donde caminan. Sólo Dios sabe qué edad tendrán; probablemente de ellas ni de sus antepasados se tienen registros civiles. Sin documentos de identidad, sin pertenencias ostentosas que cuidar, sin ganas de vivir en un pueblo... Son parte de la montaña, del sol que curtió su piel, del viento que despeina su cabello, de los secretos que guarda “La Valla”. No sabemos nada de su ascendencia; nos atrevemos a especular imaginando que tal vez son descendientes de indígenas y otras razas, mezcladas durante la época de la Conquista Española...
Cuentan ellas que antes vivía en la montaña “mucha gente”, vivían de la siembra, de los rebaños de chivos, de las gallinas. La mayoría de los hombres trabajaban en los campos de Aricagua, población vecina ubicada a las faldas de la montaña, hacia el extremo contrario del camino que entra por Pedrogonzález. Allí nacían los hijos; las mujeres hacían cestas de palma y bajaban a los pueblos cercanos a venderlas. Simplicia nos dice que tuvo “como 11 hijos”. Algunos se han muerto ya. Los que están vivos no volvieron jamás a la montaña. Ahora son algunos nietos los que en temporadas suben a acompañarlas. Hasta hace poco, era Simplicia la que bajaba a Aricagua a comprar alimentos. Pero ya la edad se lo ha impedido. Debe estar cerca de los 70 años. Paula, quizás cerca de 90; padece Artritis Deformante... Pero a medida que pasaba el tiempo, los habitantes de la montaña necesitaron abrirse otros caminos. Los riachuelos se secaron –la mayoría de los cauces de agua de la Isla de Margarita se secaron hace aproximadamente 3 ó 4 décadas- y ya no tenían agua para ellos ni para los animales. Fue así como comenzó progresivamente la emigración de “Los Valleros”. Actualmente, Simplicia y Paula son las dos únicas habitantes. Nos acercamos al rancho, a saludar a Paula. Al escucharnos llegar, Simplicia vino a recibirnos; se encontraba bajo la sombra de un árbol, comiendo sopa. Se alegró muchísimo y me abrazó, dándome “la bendición” y diciéndome, con todo su cariño: “Nieta”. Sí, porque para mi son “mis abuelas de corazón”. Nos sentamos en una cama hecha con ramas de árboles, que está fuera del rancho. Conversamos todos muy animadamente; ellas se ponen felices cuando alguien las visita, pues, como todo ser humano, necesitan compañía, compartir momentos, conversar, reír, llorar... Cada vez me preguntan por mis padres, mis amigos, y con cariño nombran a Saada –Webmaster, Productora y Editora de cruxdelsur.com-, quien durante varios años guió a muchísimas personas por esta ruta; fue ella quien me llevó a “La Valla” y “El Cacao” por primera vez.
Paula estaba tejiendo una cesta de palma, artesanía típica margariteña conocida con el nombre de “mapire”, el cual se elabora con los gajos secos de una palma que abunda en “La Valla”, cuyo nombre vulgar es “Palma Carana o Palma de Monte”. Es fascinante cómo se va haciendo esta cesta. Paula nos cuenta que lo aprendió de su mamá, desde muy pequeña, y su mama de su abuela; un arte que se ha transmitido por generaciones, y que esta a punto de extinguirse en esta región del Caribe. Aproveché para aprender un poco acerca de esta artesanía, manifestando mi deseo de aprender algún día esta tradición margariteña. Saqué mi cámara fotográfica y traté de captar el proceso de elaboración de los mapires especialmente para este relato. Me senté junto a Paula, quien interrumpió su labor para buscar gajos de palma secos e iniciar un nuevo mapire y así yo pudiese entender el proceso desde el comienzo. El rancho de Simplicia y Paula esta “estratégicamente ubicado por la Naturaleza”, en un sitio abierto, desde el cual se puede obtener una magnífica vista de todo el
Valle de Pedrogonzález, el pueblo de Juangriego y su bahía, las montañas de la Península de Macanao, la mayoría de las montañas de la isla, como: El Tragaplata, el Parque Nacional Cerro El Copey, El Alambique, El Mico, El Guayamurí, El Matasiete... También, los fértiles campos de Aricagua, las poblaciones de Antolín del Campo, y el fascinante paisaje marino... Playa El Agua, Playa Parguito, El islote Los Frailes, el Mar Caribe...
En un futuro no muy lejano la presencia física de Paula y Simplicia ya no estará en la montaña. Quedarán sus almas entre la brisa, el cielo y las palmas de sus mapires. Quedarán en mi corazón como imborrables huellas... Huellas en el tiempo.
Proceso de Elaboración de Los Mapires. Autor: Joselin Cristina www.cruxdelsur.com/joselin.htm Una importante muestra de la artesanía típica de la Isla de Margarita, es el tradicional “Mapire”. Es un cesto con su asa o “cuerda”, tejido, elaborado con la palma tierna o “cogollo” de la palmera, conocida vulgarmente en la isla como “Palma Carana” o “Palma de Monte”, planta que crece principalmente en las montañas de Pedrogonzález, Paraguachí y Tacarigua. En su elaboración intervienen tanto hombres como mujeres, transmitiéndose esta enseñanza de generación en generación. Aunque no se tiene un registro exacto de dónde provienen, se mantiene la hipótesis de que son oriundos del Valle de Pedrogonzález –sitio llamado “Arimacoa” por los indígenas Guaiqueríes-, y que esta artesanía data de épocas inmemoriales, mucho antes de la conquista española. El Mapire fue muy popular en toda la isla, pero donde actualmente se puede observar su uso frecuente, es en los campos y pueblos más alejados de la ciudad. Se utiliza para transportar infinidad de objetos. En las poblaciones aledañas a “La Valla”, los Mapires que teje Paula son muy nombrados y recordados; no es para menos, pues desde su infancia, Simplicia se encargaba de bajar a Pedrogonzález y Aricagua para vender los Mapires que su mamá tejía. Era su principal medio de subsistencia, con el cual mantuvieron a sus hijos y a ellas mismas, hasta hace poco, debido a la enfermedad de Paula y también porque Simplicia está en una edad senil; además, el comercio de esta y otras artesanías ha mermado con el transcurso de los años y el crecimiento de las ciudades. Todavía es posible hallar a Paula sentada frente al rancho, tejiendo hábilmente sus Mapires a pesar de su edad; ya menos que antes, pero con suerte los excursionistas pueden ver cómo ella realiza su maravillosa labor. Un nieto le ayuda a recolectar la palma, y Simplicia le ayuda seleccionando la palma que va a servir para el tejido. El proceso de elaboración es algo complicado para quienes no hemos aprendido este arte; requiere destreza manual y conocimiento del oficio, que se aprende, como todo, a través de la práctica. Dicho proceso se inicia cortando la palma tierna en la montaña –labor de los hombres-; en algunos sitios se cortan con la luna en Cuarto Menguante, ya que según sus creencias, son más suaves y duraderas que si se recolectan con la luna en Cuarto Creciente; a éstas últimas las dejan para que la planta “se encuerpe”. Luego las colocan al sol y al sereno para que sequen, entre 4 y 7 días. Se emparejan y se les quita la “pata” (pecíolo) con un machete o un cuchillo. Se toman varios cortes para el cuerpo del cesto, y uno para el asa (“cuerda”). Se separan en “gajos”. A partir de aquí comienza el tejido; se abren dos cortes de palma hasta la “pata” en dos partes iguales y se cruzan uniéndolas por lo partido. Se cruzan dos parejas y se dejan dos sueltas para las esquineras. Se echan de 14 a 16 gajos a cada lado y se comienza a tramar (tejer) las dos parejas entre sí, alternando los gajos de dos en dos para cerrar los costados del cesto. El entramado es diagonal, cruzado. Las “patas” de la palma quedan hacia adentro y al fondo del cesto. El tejido de un mapire de tamaño normal puede demorar aproximadamente 1 día. Al terminar el tejido del cuerpo, se le hace un borde (“orilla”) alrededor, uniendo las puntas sobrantes de los gajos en forma de “crineja” (trenza) gruesa. Esta trenza se va entrecruzando a través de los costados del cesto, y se ata al sobrante de la “orilla” con un nudo flojo, que permitirá al asa deslizarse para encogerla o estirarla –dependiendo del uso que se le pretenda dar al mapire-. Esta hermosa artesanía margariteña necesita ser rescatada por la sociedad actual; el Mapire es un rasgo importante de la cultura neoespartana, así como lo son todas las manifestaciones artesanales de todos los pueblos del mundo. Como lo comenté anteriormente, son pocas las familias que se dedican a su elaboración; ojalá esta bella tradición no desaparezca, captando el interés de las nuevas generaciones de niños y jóvenes, para devolverle a la artesanía el brillo de antaño... Tengo en casa varios Mapires nacidos de las prodigiosas manos de mis querida Paula; son uno de mis bienes más preciados y los conservaré con muchísimo amor. Y, en un pronto futuro, voy a aprender a tejerlos, guiada por los sabios consejos de estas nobles maestras. Ese aprendizaje será una invalorable herencia que yo recibiré; un legado de dos seres que algún día se convertirán en la leyenda más hermosa de “La Valla”. Joselin Cristina. fuentes bibliográficas: · “LA ARTESANÍA TRADICIONAL MARGARITEÑA”. José Joaquín Salazar Franco (Cheguaco) Tacarigua, 1.978 Editado por Fondene. · “SECRETOS DE LA PERLA DEL CARIBE”. Dirección Nacional de Artesanías, Consejo Nacional de la Cultura. Venezuela.
Estan disponibles excursiones A La Valla y El Cacao, Contactar a Joselin Hernandez o Saadita.
LEYENDA DE LOS MAPIRES: "Arimacoa" era una india ensoñadora. La más ensoñadora de todas las indias de la época del plenilunio. De la noche a la mañana se convirtió en la madre de la destreza o de las habilidades. Sus dominios fueron tan grandes que ocuparon toda la parte Norte de la Paraguachoa. Su morada estaba al pie de una montaña y muy cerca de la orilla del mar. De allí que sus colores favoritos eran el verde y el azul. Su símbolo principal la Carana o Palmera de Monte. Enseñó a los suyos a entrelazar los gajos de la palma o cogollo recién abierto de las caranas cortadas en menguante, secadas con los rayos del Sol del mediodía y blanqueadas con el sereno de las noches veraniegas. Pacientemente fue diciendo cómo se hacían los manares para cernir la catebía; cómo se elaboraban los manires y los mapires para prensar la yuca rallada y extraerle la catara, y cómo se fabricaban los macutos para cargar desde las distancias, las cosas más diversas. Manares, manires, mapires y macutos ponían a funcionar la destreza inigualable de sus dedos largos y secos como las patas de las arañas tejedoras. Una noche de fiesta, cuando la Luna enseñaba la fase de su Cuarto Menguante, Arimacoa entregó su alma al creador de todas las especies. Su cuerpo fue envuelto en caranas recién cortadas y ataviado con manares, manires, mapires y macutos y entregado a la tierra de donde había venido. Nadie supo cómo, ni cuándo ni dónde obtuvo el secreto de la destreza de sus manos, pero enseñó a los suyos la artesanía de la carana o palmera de monte. Los manares, los macutos y los manires la lloraron al ir desapareciendo, pero los mapires la añoran cada vez que van logrando traspasar la barrera del tiempo”. Autor: José Joaquín Salazar Franco, “Cheguaco”. (Publicada en su libro “Leyendas y Creencias Margariteñas”, Tacarigua, 1996. Colección Madre Perla, Editorial Fondene). |