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¿Dónde está el Piloto?
Por José Luis Gutiérrez Lozano
22/ene/2003
La semana pasada el gobernador del Banco de México, el Dr. Guillermo
Ortiz Martínez estableció que el crecimiento y futuro desarrollo de
la economía mexicana dependía del comportamiento que tendría la
economía de los Estados Unidos, del comportamiento del mercado
petrolero internacional y de la eventual guerra de EU contra Iraq (o
Corea, o ambos). Así quedó expresamente manifiesto, oficialmente
incluso, lo que todos hemos sabido desde tiempo atrás.
La economía nacional, aquella que va y va muy bien, resulta que no va
ni va bien si afuera de nuestras fronteras no sucede algo sobre lo
que no tienen control quienes manejan la política económica mexicana,
incluida la monetaria. En pocas palabras y de una sola tajante
afirmación, el gurú monetario se multiplicó por cero y de paso a sus
pares en la cúpula del gabinete económico, en cuanto a su capacidad
de influir positivamente a lograr el esperanzado repunte de la
economía. Con ello, también se desinflaron las esperanzas de quienes
vanamente confiaban que el nuevo año trajera la recuperación de sus
ingresos.
La enorme capacidad técnica del gobernante bancario y sus
especialistas, analistas monetaristas, economistas y artistas del
recorte, está supeditada a seguir el manual para el control de la
inflación que ahora ya también está disponible en cualquier libro de
economía para principiantes y al alcance de cualquier mediano
cibernauta.
Por desgracia para todos ellos, según el Premio Nobel de Economía
2001 y ex asesor presidencial de la administración Clinton, George
Stiglitz, el dichoso manual ya no sirve. Desgracia que es peor aún
cuando, sabiendo de la oficial obsolescencia, el intangible Consenso
de Washington, creador del manual para manejar economías, no ha
tenido a bien dotar al usuario (¿suscriptor?) del manual anterior,
con uno nuevo. Argentina, dijo Stiglitz, es claro y triste ejemplo de
lo inútil del manual.
Los ajustes de precios de finales de año aún causan estragos en la
política antiinflacionaria que sostiene el Banco de México, cuya
labor se centra precisamente en la función de mantener la estabilidad
de precios. El anuncio de la inflación anual del 2002 y el de la
inflación de la primera quincena de enero, impulsaron a la
institución bancaria central a aplicar nuevamente, en sendas
ocasiones, la receta del corto monetario para tranquilidad de
banqueros propios (si es que aún quedan) y extraños. La lógica detrás
de ello es la de aplicar contra la presión al alza de los precios,
una reducción de la oferta monetaria -el líquido que circula en la
economía- al igual que en el siglo XVIII se bajaba la fiebre
extrayendo sangre del cuerpo del enfermo.
De que es la receta eficaz para reducir la inflación, lo es, tanto
como la sangría lo era para reducir la fiebre, aunque la vida del
enfermo se fuera en ello. Lo que se pretende al retirar dinero de la
circulación es que se reduzca la demanda agregada, ya que la lógica
de los mercados es que los precios aumentan cuando la demanda es
superior a la oferta.
Pero, veamos la sensatez del paradigma de tratar así el problema del
desequilibrio entre oferta y demanda: Si llego a un restaurante y me
siento a una mesa de cuatro patas que está desnivelada, pido al
mesero que le calce a la pata que está corta y no que recorte las
otras tres. Así que, el mismo resultado de nivelar los precios se
lograría al hacer que el diferencial entre oferta y demanda se
elimine aumentando la producción, incrementando la cantidad que se
ofrece de bienes y servicios.
La razón de no hacerlo así estriba en que no es tan sencillo
simplemente aumentar la producción; es mas fácil y rápido reducir la
cantidad de dinero con que se demandan los bienes y servicios
existentes. Y, ante una emergencia inflacionaria, es lo que el manual
recomienda. Pero, ¿es acaso lo mas sensato como política de largo
plazo? Porque, como todos nos hemos dado cuenta, esta práctica ya
lleva varios años y no hay indicios de que pronto se vaya a suspender.
Así que, la administración orticista del banco central continuará
luchando contra el tigre digital, que ya no de papel por eso de la
postmodernidad, de la inflación con "cortos monetarios". No hay de
otra en este país cuyos responsables de la conducción económica no
tienen ni la fórmula ni la posibilidad de estimular la producción.
¿De veras tan difícil será tener un poco de creatividad para hacer
algo propio cuando el manual ya resultó obsoleto? Si hasta a Bush se
le ocurrió bajar los impuestos para estimular su economía. O sólo se
les habrá ocurrido mantener mas o menos en cierto nivel la oferta de
bienes y servicios con productos chinos o coreanos.
El reto no es pequeño. Y aunque con esto de los cortos monetarios se
está alimentando de refilón la sobrevaluación del peso, que incentiva
la importación y encarece la exportación, también parece que ha
faltado brújula para ver por donde soplan los vientos de la
productividad global.
Por poner sólo un ejemplo: los programas de fomento a la producción
continúan poniendo énfasis en financiar a los pequeños y medianos
productores para que fabriquen lo que saben hacer y salgan a los
mercados nacionales y extranjeros a ofrecer el producto de su
trabajo. Suponiendo, obviamente sin conceder, que los créditos
mencionados lleguen al productor al costo adecuado, a tiempo y en las
condiciones con las que realmente beneficien, aún así se están
desdeñando economías de escala que tan eficazmente han puesto en
práctica los chinos. Ellos y los coreanos han comprobado que hay que
ofrecer al mundo los productos que el mundo quiere comprar a cierta
calidad y cierto precio y no lo que ellos quisieran hacer a cierta
calidad y a otro cierto precio. Pero además, los productores producen
y punto. No andan desgastándose en ferias y exposiciones
internacionales para ver si venden. Para eso hay otros chinos e
instituciones chinas que, conociendo los mercados, les dicen lo que
tienen que producir y al precio que habrán de vender. El costo del
transporte se reparte entre grandes cantidades de productos
elaborados por muy distintas factorías con calidad homogénea, para
que puedan llegar a los precios a los que quiere comprar la gran masa
de consumidores con cada vez menos ingresos del mundo. Claro, el
subsidio gubernamental va directamente al precio, con todo lo que
ello implique a la equidad en el comercio internacional. Pero no se
desgasta en subsidios a créditos y programas que ni resultan baratos
ni llegan al lugar y al tiempo que se requeriría.
Hay formas nuevas en los negocios nacionales impuestos por las
prácticas globales. Y además el manual de la conducción económica ha
probado su total anacronismo e impracticabilidad. ¿Será muy difícil
darle vuelo a la famosa creatividad del mexicano? Tal vez los simples
ciudadanos estemos esperando algo que no está ya en manos de los
gobernantes. Ya no hay piloto. Tal vez sea ya momento de integrar
para los grandes propósitos económicos los engranajes de la sociedad
civil organizada.




Lun, 3 de Feb, 2003 3:01 am

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