El CEN y la propiedad
Si tenemos 20 caramelos en una bolsa para repartir entre 10 niños, existen
muchísimas combinaciones posibles de hacerlo, pero sólo existe un modo –sólo
uno- de ser justos y equitativos en su distribución: darle dos caramelos a cada
niño.
¿Qué mecanismo utilizamos para realizar tal distribución?
El más común –por aceptado y acertado, por convincente y conveniente,
igualitario y rápido- es la propiedad incluyente (no excluyente) sobre los
caramelos. Le decimos a cada niño: “Toma, estos dos caramelos son tuyos”, es
decir, son de tu propiedad. Pero esa posibilidad de poseer de cada uno de ellos
-esa propiedad-, se socializa, por ser igualitaria, idéntica, para todos: ella
no priva a ninguno, y no es privada.
Quienes distribuimos los caramelos y quienes los reciben aceptan el “modo de
distribución” elegido de forma tácita, sobrentendida, natural.
Cada niño reconoce esa situación como justa para consigo mismo y para con los
demás: es la puesta en práctica de la justicia social –es la misma propiedad
para todos, es la propiedad social-. A su vez, una vez realizada esa
distribución, se permite una total libertad: cada niño hará lo que quiera con
sus dos caramelos después de haberlos recibido.
Nada de esto se hubiera alcanzado si hubiésemos elegido otro “modo de
distribución”, como lo serían los otros modos excluyentes que podrían haberse
pergeñado.
La propiedad sobre las cosas es una de las formas jurídico-política,
ideológico-religiosa, impuesta y antinatural (superestructural) de distribución
de la riqueza, por tanto, en el primitivismo, ella queda supeditada a la base
económica: según los primitivos la riqueza es escasa (para ello, en lugar de
decirle a los niños que en la bolsa hay 20 caramelos se les dice que hay 6) por
tanto sólo algunos los recibirán. Lo cierto es que, generalmente, los 14
restantes se “repartieron” antes, entre anónimos, y nunca llegaron a la bolsa.
Esa es la explicación de su escasez.
Pero veamos que esa manera de distribuir (la que se usó siempre, hasta hoy) sólo
es -y ha sido- una de las formas elegidas de distribución –un simple modo-, de
los que hay tantos. En especial uno: el único que es igualitario. La forma, la
manera, el modo de distribuir la riqueza –sea justa o no, equitativa o no,
incluyente o no- para realizarse siempre utilizó como herramienta más apropiada
para llevarla a cabo la llamada “propiedad” sobre las cosas.
Debemos reconocer que, de tal manera, esa ha sido la forma de distribución más
usada a lo largo de la historia de la sociedad humana: no ha existido otra forma
más práctica, efectiva y directa de distribuir la riqueza (sin importar la forma
o modo de realizarla). La razón está en que, históricamente (esclavismo,
feudalismo), los medios de producción que el hombre ha explotado (la tierra, por
ejemplo) y los medios de distribución (el oro), siempre resultaron ser
“escasos”. Es decir, tal distribución nunca fue social. Ni, en esos casos dos
casos nombrados, pudo serlo nunca. En esos sistemas precapitalistas dicha
“escasez” tenía una explicación sólida que se perdió al alcanzarse el modo de
producción de carácter social que posibilitó la aparición del sistema que hoy
tolera y soporta la mayoría absoluta de la humanidad: el capitalismo. El cambio
de modo de producción de privado a social revolucionó todo lo “productivo”, pero
no pudo cambiar lo “distributivo”.
En el capitalismo la producción es social, en tanto que la distribución o
apropiación de la riqueza producida sigue siendo privada.
A la humanidad le ha faltado (por fallas propias) distribuir socialmente lo
producido socialmente. Y para ello se necesita de una herramienta, que bien
puede serlo la propiedad. Ella no sería más que un instrumento utilizado para
distribuir la riqueza. ¿Cómo podríamos distribuir los caramelos -en forma
incluyente o no, es decir, social o no- a un grupo de niños sin decirle a cada
uno de ellos: “estos son los tuyos”? Con un agregado, que los demás lo acepten.
Es evidente que la distribución justa sólo puede realizarse por intermedio del
reconocimiento social sobre la propiedad de lo materialmente producido y
distribuido.
La propiedad, en general, ha sido acusada –y, por muchos, hallada culpable y sin
atenuantes- de ser la causante de la mayoría de los males que el hombre ha
sufrido. Pero acusar a la propiedad como culpable de las injusticias es como
acusar al arma de autora del crimen: el criminal nunca es el revólver sino quien
lo empuña. El verdadero culpable de la distribución injusta no es la herramienta
utilizada para ello, sino que lo es el modo -la manera, la forma, y el fin- con
que se la manipula; es aquella que se eligió y utilizó para distribuir la
riqueza producida. El modo de usar la propiedad para distribuir la riqueza es el
que, durante la historia escrita, tuvo la característica de ser privado,
excluyente y, por tanto, clasista. Es muy fácil imaginar, frente a un reparto
desigual de los caramelos, qué dirían los niños excluidos. Pero a ellos nunca se
les hubiera ocurrido echarles las culpas a “la propiedad”. Por el contrario,
dirían: ¿Y los caramelos míos, los de mi propiedad? A la
inversa de los niños, muchos equivocadamente han echado la culpa de casi todos
los males –y aún hoy lo hacen- a la propiedad sobre las cosas.
Desde el punto de vista del postcapitalismo-CEN, se observa nítidamente que la
culpa de la distribución injusta de la riqueza no puede ser achacada a la
herramienta usada para llevarla a cabo. No puede acusarse a la propiedad de las
injusticias distributivas, entendida claro está como instrumento de
distribución, sin caer en un imperdonable error. El causante de la distribución
injusta ha sido el modo en que se usó a la propiedad para distribuir la riqueza
social producida. El modo privado, tanto en su aspecto cuantitativo como
cualitativo. (Este tema se profundiza en un capítulo del libro.)
Con la aplicación del postcapitalismo-CEN la distribución se socializa,
alcanzando el mismo carácter de la producción. Ambas son sociales. Ambas, en ese
aspecto, son idénticas, sin contradicciones. El postcapitalismo-CEN es
producción y distribución social. La distribución no queda supeditada a la
producción (como en el “productismo”), ni a la inversa, sino que ambas van “en
paralelo”.
Para el postcapitalismo-CEN no existe la escasez como tampoco la súper
producción. Si por cualquier motivo la producción llega a ser insuficiente o
exagerada (tanto cualitativa como cuantitativamente) se debe corregirla y
hacerla mejor. En él existen sobrados recursos, los poseemos. Veamos que la
producción es –siempre lo fue- el resultado obvio y esperado de una programación
premeditada. La producción es causa de una planificación: si resulta escasa o
abundante es a causa de la planificación o por la falta de ella.
Para el postcapitalismo-CEN la propiedad, al utilizarla como un instrumento
idóneo para la distribución, le es claro que no es la culpable de las
injusticias sino que, por el contrario, a través de ella es que se realiza (se
hace real) la distribución social de la riqueza que es producida socialmente.
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Hoy la sociedad está al servicio de la economía.
Juntos haremos que la economía esté al servicio de la sociedad.
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