AIRES DEL CAMPO
Red mexicana de productores y comsumidores orgánicos
Tiempos de Reflexión y de Búsqueda
http://www.airesdecampo.com
Cambiar es humano. Identificar problemas, observarlos con mirada crítica,
replantear las bases del conocimiento, explorar, descubrir y crear nuevas
soluciones son las etapas de un ciclo continuo de evolución que, visto en
retrospectiva, llamamos historia. Cuando se desgastan las soluciones que en
algún momento fueron consideradas válidas, la sociedad gradualmente enfoca
en ellas su atención y las convierte en tema de discusión y análisis, en
motivo de búsqueda. Conforme desaparecen los consensos, las razones se
trascienden, y alguna idea ya no nos convence, la inquietud se convierte en
el motor del cambio.
Distintos temas ocupan, cada uno a su tiempo, el centro del escenario. En
estos tiempos, entre otros aspectos de la vida, el mundo presta creciente
atención al tema de la producción y consumo de alimentos. ¿Qué comemos? ¿De
dónde vienen nuestros alimentos, quién (o qué) los preparó, utilizando qué
tecnología? ¿Qué sabemos y qué desconocemos aún acerca de cómo nos afectan
las distintas substancias sintéticas agregadas, o resultantes de algún
proceso de la producción industrial? ¿Cuál es la prioridad de las grandes
empresas del sector de alimentos cuando tienen que decidir entre la salud de
los consumidores y su rentabilidad? ¿Qué papel juega la ingestión prolongada
de residuos persistentes en afecciones cada vez más comunes, como
alteraciones del desarrollo hormonal, infertilidad y algunas formas de
cáncer? Estas y otras preguntas han sido planteadas, sobre todo por los
consumidores europeos, desde la segunda mitad del siglo XX. Conforme
traspasamos el umbral del milenio, las interrogantes acerca de la
alimentación industrializada se han multiplicado y esparcido. Se han venido
convirtiendo en elementos de un cuestionamiento mundial, impulsado por
evidencias cada vez más contundentes de enfermedad, desórdenes en desarrollo
fisiológico, destrucción ambiental, deterioro de la economía agrícola e
injusticia social; problemas que se vinculan directa o indirectamente con la
forma en que hoy producimos, procesamos, comercializamos y consumimos
alimentos en el planeta.
Al mismo tiempo que en Europa se planteaban los primeros cuestionamientos
acerca del modelo agrícola industrial, se originó en ese continente un
movimiento conocido como agricultura orgánica, también llamada ecológica o
biológica. En síntesis, se trata de una forma de producción donde no se
utilizan agentes sintéticos, tales como fertilizantes químicos o pesticidas.
En cambio, se utilizan los recursos propios del agroecosistema suelo,
minerales, diversidad biológica de la región, aire, sol y agua- para crear
una dinámica natural de producción de alimentos. Como resultado, se obtienen
productos de mejor calidad nutricional y, si su preparación posterior se
apega a la norma orgánica, libres de residuos tóxicos y aditivos bioquímicos
con efectos residuales riesgosos, como hormonas y anabólicos.
Durante los últimos diez años, la producción y el consumo orgánicos europeos
y norteamericanos han crecido notablemente. Datos recientes señalan que
dicho crecimiento ha mantenido promedios cercanos al 30% en Europa y Estados
Unidos, cifras muy importantes si se les compara con el casi 3% de
crecimiento promedio de la agricultura convencional en el mundo. La mayor
parte del consumo orgánico de estas regiones proviene de la producción
doméstica, aunque es notable la cantidad y variedad de productos que han
comenzado a importar desde otros países. México, por ejemplo, se ha
convertido en primer exportador mundial de café orgánico, la mayor parte del
cual se destina al consumo europeo.
El cambio de un modelo convencional al método orgánico es un proceso lento
y, en ocasiones, complejo. El primero es extensivo y mecanizado, el segundo,
intensivo y primordialmente manual. Para que los suelos y ecosistemas que
han sido sometidos a una explotación agroindustrial recuperen sus
capacidades originales, deben pasar por un largo proceso de eliminación de
residuos sintéticos tóxicos, algunos de ellos muy persistentes. Por otro
lado, ambos caminos corresponden a paradigmas agro-económicos muy
diferentes. Mientras que el modelo industrial se rige básicamente por
principios de negocios de gran escala (rentabilidad del capital, alquiler de
fuerza de trabajo, esquemas globalizados de producción y mercadeo), la
propuesta orgánica es mucho más compatible con escalas medias y pequeñas,
como las granjas y huertos familiares, las microempresas agrícolas y las
cooperativas de producción. En estas modalidades, distintos factores como la
propiedad de las parcelas, la disponibilidad de trabajo manual intensivo y
la cercanía con la Tierra proveen un contexto donde la alternativa orgánica
puede desarrollarse con mucha naturalidad. Otra diferencia básica entre el
esquema industrial y el orgánico es la comercialización. Mientras que el
primero implica fórmulas de mercadeo masivo, estructuras de distribución
altamente intermediadas y la desarticulación entre los extremos de la cadena
de valor (productores agrícolas y consumidores son mutuamente anónimos), el
segundo propone alternativas de comercio justo. En esta perspectiva, los
productores participan de la mayor proporción posible del valor agregado de
sus productos, a la vez que, mediante redes de micromercadeo, productores y
consumidores desarrollan formas de diálogo y comprensión recíproca de
valores y necesidades. Esto significa que los esquemas de intermediación se
reducen a un mínimo necesario y se hacen más eficientes, con el fin de
representar la menor proporción posible del costo total de los productos
terminados, lo que implica mayores beneficios para quienes producen y
quienes consumen.
El agro mexicano nunca alcanzó los ideales de industrialización y
mega-productividad que en su momento trajo la llamada "revolución verde".
Esa versión nacional, donde imitaríamos el camino de las grandes potencias
agroindustriales del mundo, no llegó a realizarse. Paradójicamente, en el
contexto de la actual dinámica mundial de revisión y búsqueda de
alternativas alimentarias más sanas y sustentables, esa aparente frustración
histórica se convierte en oportunidad real. En muchos sentidos, nuestro
campo está mejor preparado para incorporar los principios y exigencias de la
producción orgánica. Está menos claro si podríamos encontrar mejores formas
de organización de la producción, a la vez que desarrollamos una mayor
conciencia de consumo y redes de intercambio más justas y eficientes. Pero
la oportunidad está ahí, y promete caminos de crecimiento en muchos
sentidos.