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#118 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Vie, 25 de Nov, 2005 8:17 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (XVII Entrega)
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(Páginas 63, 64, 65, 66)
¿Rodrigo Bremer? ―repitió Nicolás―.
―Sí... lo extraño, es que al mismo tiempo, desapareció la esposa de... Abelardo Gómez: Nuria Gómez.
¿Abelardo Gómez? ―preguntó Nicolás, frunciendo el ceño―.
―Si jefe; Velisario, me comentó que Armando Bremer era el socio de Gómez, y que su sociedad terminó, cuando Gómez decidió instalar su empresa en Brasil―.
¿En Brasil? ―preguntó Nicolás sorprendido.
―Si... su decisi
ón la adujeron a todo lo que había sucedido, y el "shock", que le había causado la desaparición de su esposa, su mejor amigo y su hijo...
¿Hubo detenidos o sospechosos? ―preguntó Nicolás.
―Sospecharon por un tiempo de G
ómez, pero no pudieron encontrar pruebas en su contra, ya que tenía una coartada que fue avalada en su momento por... Lucrecia Fumagally
¿Fumagally? ―preguntó Nicolás más sorprendido aún.
―Si jefe, la mujer que encontramos ahorcada. Velisario me dijo que Fumagally era la apoderada de Transportes Abelardo G
ómez...
Nicolás suspiró, se pasó las dos manos por su cabello azabache.
Goliat miró a Nicolás.
―Jefe, los datos que usted me dio, co
rresponden a un posible triple asesinato con desaparición sucedido un seis de enero, pero de mil nueve sesenta y cuatro.
¿Mil novecientos sesenta y cuatro? ―preguntó Nicolás.
―Me lo confirm
ó Velisario que está hace más de veinte años prestando servicios en la seccional de Hurlingham; hasta le pareció extraño que yo fuera a preguntar por un caso tan puntual, y que supiera tantos detalles... ¿Nicolás... que está sucediendo?
El policía miró a su compañero, tenía todas las intenciones de relatarle lo que le había contado la madre del "perro" González, y Luciano Gómez, pero no se sentía con ánimos de hablar sobre una historia tan descabellada, como la que estaba viviendo.
―Goliat, quiero que hagamos un peque
ño viaje, hasta un edificio que está cerca de la ruta catorce ―dijo Nicolás.
¿Qué? ―preguntó Goliat extrañado.
―Ven, vamos.
¿Ahora... ahora mismo? ―preguntó Goliat.
―Si Goliat, ven conmigo, necesito que me ayudes con todo esto, porque creo que voy a enloquecer en cualquier momento ―dijo Nicol
ás―.
En realidad, quería tirarse al suelo, y girar como la hacía Curly de Los Tres Chiflados, ya no podía hilvanar las ideas, metió la mano dentro de su chaqueta y tomó media pastilla, que le había dado Allende.
Caviló unos minutos sobre lo que le había relatado la madre del "perro", el hijo de Gómez, y el mismo Goliat. Tenía una corazonada, pero no quería quedar como un estúpido delante de toda su gente, si era que no estaba en lo cierto.
Pero no era momento de echarse atrás.
―Goliat, llama a los bomberos, a Allende, a los perimetristas, la camioneta morguera y haz que traigan una camioneta de obra civil con todo el equipo tambi
én ―dijo Nicolás, ante la mirada azorada de su compañero.
―Bien jefe... ―dijo Goliat, y fue a dar a
viso a todo el equipo.
Nicolás se encaminó hasta su automóvil, y mientras se acomodaba, escuchó un pedido harto-conocido.
¿Puedo ir con usted? ―preguntó Cujo apretando su libro.
―Vamos Cujo ―dijo Nicol
ás.
Cujo tenía una sonrisa que parecía salirse de su rostro. Nicolás estaba cavilando sobre lo que encontraría en el lugar, pero ya tenía la certeza de que no iba a ser algo agradable.
Partieron de la seccional cuando todo el equipo se presentó.
Nicolás le había pedido a Goliat que condujera en todo el camino, y fue en el trayecto que duró poco más de dos horas, que Nicolás sintió el efecto de la gragea que le había dado el médico, y cayó en un profundo sueño.
La noche anterior no había descansado del todo bien, y ése pequeño sueño reparador, le sirvió un poco para reacomodar sus ideas.
Lo despertó Goliat, zamarreándolo de uno de sus hombros.
¡Nicolás... jefe... llegamos! ―dijo el gigante.
Nicolás abrió los ojos miró a su derecha, y se vio rodeado de descampados, en uno de los lotes cercanos, había varios vagones oxidados y una locomotora vieja, descarrilada.
Lejos de ahí, un par de caballos pastando, y más descampado.
Escuchó ladridos y volteó; notó que a poco más de cuarenta metros de dónde se encontraban, se levantaba un enorme edificio de un color amarillo opaco, con marcas negras de agua de lluvia y desgastado por el tiempo.
Había varios edificios pequeños que le hacía suponer a Nicolás, que la construcción había sido titánica en sus años gloriosos. El edificio de seis pisos, sobresalía sobre las construcciones que tenía alrededor: dos edificios pequeños (a comparación del mayor), oficinas destartaladas, varios playones de concreto resquebrajado y llenos de pastizales; detrás de ellos, varios vagones oxidados como gigantes muertos.
Cujo bajó del automóvil y señaló el edificio.
¡Ése es edificio que le había dicho jefe! ―exclamó.
Nicolás se apeó del vehículo casi tambaleándose, aún sentía los efectos de la gragea, pero se sentía mucho mejor.
―Si lo veo Cujo...
¿cómo conocías éste lugar? ―le preguntó, mientras que Goliat bajaba del vehículo, y escudriñaba todo el lugar.
―Una vez, hace muchos a
ños atrás, cuando éramos chicos, mi papá nos trajo a Jeremías y a mí, y luego vine varias veces a acompañarlo, pues él tenía negocios con el viejo Gómez ―dijo Cujo sonriente―.
―Si... cierto ―dijo Nicol
ás.
¿Vamos jefe? ―dijo Goliat.
―Si vamos...
Les avisó a los hombres de todo el equipo, que les haría una seña para ingresar, no quería que nadie se exponga a riesgo inútiles, en caso de que el lugar estuviera habitado por ladrones, o cayeran en el medio de un lugar que servía como "escondite"; todos los hombres asintieron y se quedaron en sus lugares.
 
(Continuará)
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JESÚS ALEJANDRO GODOY

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#117 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Vie, 25 de Nov, 2005 9:41 pm
Asunto: DE MADRUGADA
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DE MADRUGADA
Pensé que todo había salido bien… como yo había querido; pero sin embargo ahora… ahora estoy aquí mirando el mar en ésta madrugada.
Apenas si recuerdo lo que era recordar, apenas si recuerdo lo que era sonreír, llorar o caminar; y todo… ¿y todo parece tan poco importante ahora!
Y sin embargo, aún rodeado de varios, algunos conocidos, amigos, familiares… amores, me siento solo; o sea, no solo por que no los quiera ni los ame, sino porque ésta es mi verdadera soledad; la soledad donde hoy vuelvo a mi casa, y hoy es el día que estaba esperando.
Suspiro un poco, y miro hacia atrás, miro mi casa…
"Mucho sacrificio" pienso; pero al fin, valió la pena hacer algo con mis manos, en la playa, junto al mar, como lo había soñado con mi amor… mi gran amor.
Si… desde aquí la veo llorar; pero aún así, sus lágrimas no me hacen llorar porque me sienta triste, sino porque siento que hay amor en su tristeza.
Y respiro un poco, y sonrío… Me sorprende un extraño delfín que practica un salto; siento como mis párpados se abren y mis pupilas se dilatan; y es cuando… no tengo explicación… ése sólo momento me hizo feliz; feliz en silencio, aquí… solo.
Y recuerdo cuando vivía atormentado por el mañana, ése mañana que nunca llegó; y por esas… esas preocupaciones tan estúpidas… dinero, poder, un escalón más arriba que el otro, luchar, fingir…
No puedo retener la carcajada que se formó en mis labios, y río, y lloro…
Río porque no puedo creer que fui tan necio; lloro, porque parezco un sujeto salido de alguna novela cómica… corriendo la vida, siempre tratando de no quedar atrás…
Recordé algo… me pongo serio, y me toco la barbilla, (que por cierto tiembla mucho)
¿Cuándo fue la última vez que miré al cielo, y agradecí a Dios…?
Y recuerdo si… cuantas veces creí ser golpeado por Dios, y sin embargo yo era el único actor, que hacía de bueno, que hacía de malo, de rico, de pobre… mis decisiones… libre albedrío… ¡Por Dios… era tan simple! Ja, ja, ja, ja… ¡Soy feliz, soy feliz! Al final comprendí, que soy único, que soy el artífice de mi vida…! Mi vida … mi vida que recién está empezando.
¿Cuántas cosas dejé en el camino…?
Me toco la frente, y no lo puedo creer.
Miro alrededor y levanto mis brazos, giro una vez, otra vez.
¡Si todo esto fue para mí!
¿Cuándo he sido pobre?, ¿Cuándo he sido rico?, ¡Sino ante la mirada de los creen que son ricos o pobres!
¿Cuánto tiempo….?
Y bajo la vista… me acongojo.
Si… cuánto tiempo desperdiciado.
Cuanto tiempo pensando en lo que nunca fue, en lo que era, y en lo que me atormentaba.
Y recién ahora me doy cuenta… me doy cuenta que siempre fui feliz porque la felicidad nunca se alejó de mí, que siempre estuve enamorado, porque el amor vive en mí, que siempre nacía, porque a cada mañana le seguía un día nuevo, con nuevos desafíos y nuevas experiencias, que siempre moría, porque aunque sin más tener lo necesario para vivir, quise más, y más… y buscando lo material, mis preocupaciones me rodearon, mi cuerpo se arqueó, y hasta había creído que mi alma había muerto.
¿Y que fue de mí…? Sino, comprender que la vida empieza ahora, dejando todo atrás, todo lo que creía importante… dejando todo: mis amores, mis ropas, mis artefactos, mis pertenencias, mis palabras, mis legados, mis caprichos, mis lugares, mis signos, mis miedos… todo.
Y sonrío levemente primero; y no puedo para de reír.
Soy feliz…
-¿Abuela…? ¿Abuela? –preguntó la niña.
-Si hija –respondió la vieja mujer con paciencia, mientras se secaba las lágrimas-.
-¿El abuelo es feliz adonde fue?
-Si… si querida, es feliz, porque se fue con Dios, se fue al cielo.
La pequeña miró a la vieja con cierta extrañeza; miró de lejos el féretro de su abuelo y miró por la ventana.
Nunca había visto a su abuelo tan feliz.
Fue corriendo hacia donde estaba su padre y casi gritando le dijo-: ¡Papá, papá, descubrí que el cielo empieza a orillas del mar, de madrugada!
 
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#116 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Vie, 25 de Nov, 2005 5:29 pm
Asunto: ¿QUIEN ERES?
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¿QUIEN ERES?
 
¿Quién eres tú...?, sino mis ansias de ver lo mejor de mis anhelos hecho carne.
 
¿Quién eres tú?, sino mi más pesada carga, esa amalgama de sentimientos tan extraños y dolientes, tan semejantes a la muerte...
 
¿Quién eres tú...? sino mis plegarias hechas realidad, para después darme cuenta de lo mucho que me cuesta dejarte tranquila.
 
¿Quién eres tú...?. sino mis  noches de abandono y alcohol, mis días de solemne delicadeza esperando a un Dios... cualquier Dios.
 
¿Quién eres tú...?, que me dice que sí... me dice que no, y sin embargo te vas sin decirme las razones de tu enojo.
 
¿Quién eres tú...? que me llevas, me traes, y me dejas donde no quiero estar; me haces hablar de lo que no sé, y criticar aquello que no entiendo...
 
Dios santo...
 
¿¡Quién eres tú maldita sea!?, que me dices que todo está en orden, mientras mi vida no sabe detenerse, ni seguir el paso de éste mundo; que me haces matar, y odiar lo que no creo y lo que creo... ¿¡Quién eres tu maldita sea...!?, que vuelas libre por algún lugar cuando mis ojos se cierran, y vuelves a decirme que soy yo... cuando mi cuerpo vuelve a dolerse por las viejas heridas de siempre.
No sé si venerarte u odiarte; no sé... si alabarte o escaparme de ti... no sé porque extraña razón sigues aquí...
Me arrodillo ante ti, y seco mis lágrimas; dejo mi vaso de whisky; enciendo otro cigarrillo, miro una vez más mi rostro, cierro mis ojos... y sin esperar alguna respuesta, susurro nuevamente: alma mía... ¿Quién eres tú...?
 
© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#115 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 24 de Nov, 2005 8:02 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (XV Entrega)
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(Páginas 55, 56, 57 y 58)
¿Qué me estás recetando? ―le preguntó el policía.
―Clonacep
án, tómate un cuarto de la pastilla, en caso que te sientas mal, media; eso, te relajará, pero nunca la bebas con alcohol ¿entendido? ―dijo el médico.
―Si doctor ―respondi
ó Nicolás, y guardó el blister en su chaqueta.
―Doc...
¿me puedes hablar sobre la radiación que encontraron en los cuerpos?
Allende suspiró y dijo
―: Justamente eso iba a decirte Nicolás... Le pedí los informes a la policía científica, ellos hicieron las pericias en las casas dos veces seguidas ―se rascó la sien y miró al policía―. Me dijeron que no pueden explicar la radiación en los cuerpos, ni las marcas en los suelos y las paredes de las viviendas. Si bien, la radiación que recibieron las víctimas no es maligna, me informaron que la fuente de calor que produjo las marcas que hemos visto, es algo que escapa a su entendimiento...
¿Qué es lo que puede causar algo así? ―preguntó el policía.
―No lo s
é Nicolás... no puedo imaginar algo que emita radiación sin afectar a las víctimas... sé que los cuerpos expuestos a radiación presentan enseguida, vómitos, y distintos niveles de ceguera; y en el tiempo, desprendimiento de piel y cabello. Y ninguna de las dos personas que tratamos, tuvieron algún síntoma de ésa naturaleza. Pero a diferencia de la señora González, y Gómez... en el cadáver de Fumagally, encontramos marcas en la cuerda que estaba anudada a su cuello, es, es... como si alguien... hummm...
¿Qué sucede Sergio?.
―Es que, suena a locura; pero en fin ―Allende sopl
ó y arqueó las cejas―. Es como si alguien hubiera tratado de jalar la soga... no sé, quizá salvar a la mujer, o evitar que se suicide.
¿Cómo? ―preguntó Nicolás sorprendido.
―Si Nic
olás... Fumagally tenía excesivas marcas en la parte trasera de su cuello, evidencia que antes de morir, hubo una fuerte presión, para tratar de cortar, desatar, desanudar... en fin, en tratar de deshacerse de la soga...
¿No habrá sido ella mismo doc? ―preguntó Nicolás.
―Lo dudo, no encontramos part
ículas de cuerda bajo sus uñas, ni tampoco heridas autoinfligidas, ni en sus brazos ni en su rostro, signo de desesperación o intento de escape... solamente encontramos la cuerda chamuscada, con marcas muy similares a dedos...
¿Dedos?
Si... cinco marcas de forma rectangular y equidistante. Las comparamos con una mano normal... pero en realidad, las marcas parecían pertenecer, a la mano de un gigante descomunal. No lo sé Nicolás... sé que estarás pensando que perdí el buen juicio, pero solamente te comento el resultado de los primeros análisis.
El policía se quedó en silencio y suspiró.
―No entiendo lo que est
á sucediendo ―dijo Nicolás una vez más, y luego los dos hombres se quedaron en silencio―.
Llegaron al hospital de Haedo varios minutos después; se apearon del automóvil y caminaron rápidamente hacia la puerta de entrada. Allende saludó a varios enfermeros y médicos que estaban en el vestíbulo, y subieron a un ascensor.
Se bajaron en el cuarto piso y caminaron por el pasillo, hasta una de las habitaciones.
Allende golpeó la puerta suavemente e ingresó con Nicolás detrás.
Varias de las personas que estaban alrededor de la cama, miraron con alivio al médico y al policía.
¿Cómo le va señora? ―le preguntó Allende a una de las mujeres que estaba junto a la cama, donde reposaba el hombre.
―Nicol
ás... ella es Mariela Gómez, la esposa de Luciano Gómez ―dijo Allende.
―Encantado se
ñora ―dijo Nicolás.
¿Usted en Nicolas Cernadas? ―preguntó una mujer de algo más de treinta años y gesto vencido por el sueño y la preocupación―.
―Si se
ñora ―respondió Nicolás.
¡Gracias... gracias señor! ―exclamó en tono bajo la mujer, lo abrazó y se echó a llorar―.
Nicolás miró a la mujer y la abrazó suavemente. Allende mientras tanto, les pedía a los demás familiares si podían desalojar la habitación por unos momentos; uno a uno, se iban despidiendo del hombre y miraban a Nicolás con gratitud.
La mujer finalmente e dio un beso en la mejilla al policía, miró al hombre, le hizo un ademán con su mano y se despidió por un tiempo.
El policía volteó, y vio al hombre que estaba tendido en la cama, con el rostro atravesado por el dolor. Uno de sus brazos temblaba, y tenía un sorbete cerca de su boca, por el cual bebía líquido a intervalos regulares.
¿Cómo está señor? ―le preguntó Nicolás, al hombre de cabello crespo y ojos verdes. A simple vista, parecía gozar de un buen estado físico, se notaban sus abultados bíceps y bajo su sudadera, un torso musculoso.
―Bien... muy bien ―dijo el hombre con tono m
ás que bajo y voz trémula. Nicolás se acercó un poco más a la cama, para escuchar bien lo que decía el hombre―.
―Gracias... gracias por sal-var-me ―dijo el hombre jadeando, y mir
ó a Nicolás que le respondió con una pequeña reverencia y un cerrar de ojos.
―Por nada ―dijo.
Allende se acercó a Nicolás.
―Cinco minutos ―le dijo al o
ído, y se retiró de la habitación a paso rápido―.
Nicolás volvió a mirar al hombre, y sin rodeos le dijo
―: Sé que se quiso quitar la vida... ¿Tiene algo esto que ver con el asesinato de un niño?
El hombre asintió con un leve movimiento de su cabeza.
Nicolás miró al hombre y le preguntó
―: ¿Usted tuvo algo que ver con ése asesinato... estuvo ahí?
El hombre bajó su cabeza y gimoteó quedamente.
―D
ígame... Luciano... ¿Usted tuvo algo que ver con ése asesinato? ―volvió a preguntar Nicolás.
―Si... si... ―respondi
ó el hombre en tono bajo, y le hizo una seña a Nicolás para que se acercara―.
―Yo... yo... no, sa-b
ía, que... que... los iba a... matar ―dijo el hombre, e hizo un gesto de honda tristeza―.
¿A quien... Luciano...? ―preguntó Nicolás casi susurrando.
―A... a los... lo
s Bre-Bre... Bremer, y a... a mí... madre ―el hombre le hizo una seña a Nicolás para que se acercara, Nicolás colocó su oreja cerca de los labios del hombre, y éste le dijo―: Yo... le ju-ju juro, que no... lo sabía ―y echó a llorar amargamente.
―Se
ñor... Gómez... ¿Quien mató a los Bremer y a su madre? ―preguntó Nicolás
El hombre sollozó un momento y dijo
―: Mi... mi... pa-pa... padre
¿Su padre...? ¿Su padre mató a los Bremer y a su propia esposa?
El hombre asintió con la cabeza y sollozó, dando un gañido lastimero.
―Est
á bien... cálmese por favor ―dijo Nicolás―. El hombre tomó una toalla, y se secó las lágrimas...
―Yo... yo... no-no... lo sabía ―repitió con tristeza.
―Est
á bien... le creo, le creo ―dijo Nicolás―. Dígame ¿Cómo se llama su padre?
―Ab-Ab... Abelar-do... G
ómez ―murmuró el hombre.
¿Por qué su padre Abelardo Gómez mató a los Bremer y a su esposa? ―preguntó Nicolás
―Yo... yo, yo ―el hombre
echó a llorar amargamente―. Nicolás le alcanzó la toalla y le secó las lágrimas.
―C
álmese por favor ―le dijo.
El hombre asintió y prosiguió hablando
―: Yo... yo... vi a... mi... mi madre... en... el auto-móvil besan... besan-do a... a Arman-do Bremm-er... y... le-le connn-té a... mi papá... pero...pero, no sabía... que... iba a... ma-ma-tarlos, nun-ca, nun-ca lo, lo supe... él... él me... me dijo que... que... se habían escapado... juntos, se... se lo juro ―pudo decir el hombre, y echó a llorar nuevamente.
(Continuará)
 
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY

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#114 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Mié, 9 de Nov, 2005 7:02 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (XII Entrega)
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(Páginas 44, 45, 46 y 47)

11 de ENERO de 1985

¿Cómo que vio un asesinato? ―preguntó casi murmurando Nicolás y acercándose a la anciana. Volteó y miró a la enfermera que estaba enfrascada en su tarea; pero no se fiaba de eso.

―Doña Mercedes... ¿Le molesta si le digo a su enfermera, que nos deje un momento solos? ―preguntó Nicolás.

―No hijo... no me molesta para nada ―respondió la mujer.

Nicolás se puso de pie, y le dijo a la mujer amablemente si se podía retirar por veinte minutos. La blonda y exuberante enfermera, miró a Nicolás con desdén, se encogió de hombros, y se fue a paso rápido haciendo un ruido seco con sus zapatos de taco aguja.

"¿Qué clase de enfermera es ésta?" pensó Nicolás, mientras que miraba a la mujer como cerraba la puerta tras de sí.

Retornó a la banqueta y se sentó nuevamente, extrajo su libreta y el bolígrafo.

―Doña Mercedes, dígame por favor ¿qué fue lo que vio? ―preguntó Nicolás.

La mujer le hizo una seña para que la ayudara a erguirse un poco en la cama. Nicolás le colocó una almohada a la altura de su encorvada espalda y la tapó un poco con la sábana.

―Fue un domingo, hijo... Nicolás, fue un domingo por la noche ―empezó diciendo la mujer―.

¿El domingo seis de enero? ―preguntó Nicolás―.

―Si hijito, fue el domingo seis de enero ―la anciana tosió nuevamente, y se tocó el pecho con las manos―. Era de noche, era una noche muy cerrada, yo estaba sola, caminando por una de las calles cercanas a mi casa en Hurlingham, e iba pensando en mis cosas, como hacen todas las personas ¿has visto hijito?

―Si abuela ―dijo Nicolás―.

―Bueno... ―la mujer se pasó una de sus manos temblorosas, flacas y manchadas, por sus labios y apenas sonrió―, estaba contenta ése día, estaba muy contenta porque uno de mis hijos iba a venir a visitarme con una de mis nietitas... Roxi... Roxana, una de las hijas de mi otro hijo que se llama Rodolfo.

Nicolás la miró y sonrió.

―Cuando iba caminando, me crucé con un niño que iba montando una bicicleta... nunca lo había visto por el barrio ¿sabes hijito? ―preguntó la mujer un poco temerosa―.

―Está bien abuela... no se preocupe, yo no estoy aquí para juzgarla ―dijo Nicolás tomándola de una mano―.

―Está bien hijito ―dijo la mujer y se pasó un pañuelo por uno de sus ojos, que le lagrimeaba esporádicamente―. Hijito... vi a ése niño montando su bicicleta amarilla, me saludó con su manita, y llegó a la ochava ―la mujer se turbó y bajó la cabeza, se escuchó un débil gemido y se tapó los ojos con las manos―.

―Abuela... si quiere podemos hablar en otro...

―No, no, no, no... Nicolás, hijito... por favor, tengo que decirte todo ahora ―suplicó la vieja.

―Como usted diga doña Mercedes ―dijo Nicolás.

La mujer alzó la vista, y le tomó una de las manos

¿Qué fue lo que vio dona Mercedes? ―le preguntó Nicolás en tono bajo―.

La mujer gimoteó un poco y dijo―: Cuando el niño llegó a la ochava, bajó al pavimento con su bicicleta, y un automóvil frenó secamente a su lado... ―varias lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de la anciana―.

―Cálmese abuela... cálmese ¿Quiere agua? ―preguntó Nicolás―, y la mujer asintió con un leve movimiento de su cabeza―.

Nicolás le acercó el vaso, la mujer bebió un sorbo y dejó el vaso entre sus manos temblorosas.

―El... el... el automóvil frenó secamente a su lado, y bajaron la ventanilla... un hombre, un hombre sacó un arma y le disparó en la cabeza... así como si nada, le disparó un balazo en la cabeza... ―la mujer bajó la cabeza y rompió en llanto―.

Nicolás apenas podía creer lo que había escuchado, miró a la mujer arqueando las cejas y se rascó la sien suavemente.

¿Doña Mercedes...? ¿Me puede repetir eso?

¡Lo mataron Nicolás... lo mataron! ―exclamó la mujer y negó con la cabeza tapándose el rostro con las manos―.

El policía lentamente empezó a anotar en su libreta, lo que la mujer le había relatado.

¿Doña Mercedes...? Necesito que primero me describa al pequeño... ¿cómo era él?

La mujer levantó la vista; carraspeó, y se secó las lágrimas con su pañuelo. Se recompuso y miró al policía.

―Un niño de cabello rubio, casi pelirrojo; de ojos azules y enorme sonrisa, tenía puesta una remera amarilla y un pantalón oscuro... iba montando una bicicleta color azul, violeta o negra... no sabría decirle, estaba muy oscuro.

―Está bien abuela. ¿Qué edad tenía el niño... puede decirme?

―Diez o doce años... creo, sí... no más de doce años ―aseguró la mujer―.

―Abuela... lo que le pregunto ahora es importante... el automóvil que se detuvo al lado del niño, y el hombre que le disparó ¿los pudo ver... puede darme alguna descripción?

―Algo... era un vehículo grande, muy grande

¿Una camioneta, un camión? ―preguntó Nicolás.

―No... un automóvil, pero muy grande de color azul, y el hombre tenía barba, era algo gordo y tenía una camisa celeste, o un pullover de ése mismo color... no recuerdo bien.

―Bien abuela... ¿Qué sucedió después que éste hombre le disparó al niño?

―El hombre... el hombre se apeó del automóvil, tomó el cuerpo del chico y lo tiró dentro de la cajuela; luego, el mismo sujeto, me apuntó con el revolver, de lejos, desde la ventanilla del automóvil, pero no pudo disparar, no sé... si el arma se le había trabado, pero su acompañante le gritaba algo como: ¡Dispara, dispara!, pero no pudo hacerlo... parecía que había más personas en el automóvil, porque escuché los gritos desesperados de una mujer y de un hombre... Justo en ése momento uno de los vecinos se asomó a ver que sucedía, y los hombres escaparon ―la mujer se turbó nuevamente y echó a llorar―.

―Está bien doña Mercedes... está bien, creo que ya es demasiado con esto que me dijo...

―Ojalá hijito, ojalá ―dijo la mujer secándose las lágrimas.

―No se preocupe abuela... si esto sucedió el día domingo, tiene que haber alguna denuncia de los padres del niño; a lo sumo, tienen que tener asentado el hecho en la seccional de Hurlingham.

―Hubo denuncias hijito Nicolás, y hubo denuncias por la desaparición de toda la familia, pero yo nunca hablé porque tuve miedo... ¿me entiendes hijito?

―Si, la entiende abuela... pero esto es un hecho reciente... no se aflija que seguramente podremos dar con el paradero de los asesinos ―aseguró Nicolás.

―Lo dudo hijito ―dijo la mujer.

Nicolás la miró extrañado.

¿Por qué abuela? ―le preguntó.

―Esto que le conté sucedió un seis de enero, pero del año sesenta y cuatro... veinte años atrás ¿sabes?

Nicolás miró a la mujer y frunció el ceño.

¿Cómo dice?

―Si hijito, hace veinte años que llevo esto guardado en mi alma... y ya no puedo más...

Nicolás miraba a la mujer con sorpresa.

(Continuará)

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#113 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Lun, 7 de Nov, 2005 11:56 pm
Asunto: UNA CREACIÓN
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Una Creación

Adónde vas hombre...?

Adónde te diriges mujer?

Aún no sabes quien eres, ni mirando de reojo tu sombra...?

Y sueñas en silencio, con cambiar de rostro, tu alma duele porque tus ojos no son del color que deseas, y tu sonrisa se amarga, cuando aquel que pretendes amar te da vuelta el rostro...

Y caes... en pesadillas continuas vives.

Y aún, levantándote de la cama cada mañana, no sabes si es mejor vivir o morir, porque ya no distingues una de la otra.

De donde eres mujer...?

A quien buscas hombre...?

Si hasta rezas por cambiar de Dios, y que tus palabras sean escuchadas por todos... ¡Y en tus mejores sueños, todo el mundo te alaba y te acepta!

Porque aceptaste ese camino? Sin tratar de recorrer antes todos tus caminos, bajaste los brazos y rompiste en llanto; y hoy... aún rodeado por miles de conocidos y unos tantos extraños, te encuentras solo y lloras porque no eres diferente.

Diferente a que...?

No aceptas lo que ves? No te gusta lo que hay...?

Y en un último y desesperado intento por lograr que te escuchen, optaste por violarte a ti mismo, ajando tu piel una y otra vez con miles de navajas desafiladas, que dolieron tanto como todas las palabras sin amor que quedaron grabadas en tu memoria.

Y el silencio...

Y que has ganado...? Nada; solamente liberarte un poco más de una tortura que tú mismo has creado.

Crees que no puedes hacer milagros...?

Toma un lápiz y escribe algo, si eso no funciona, toma un pincel, y pinta algo, si nada sucede, canta; si eso falla, baila, si no funciona actúa, si no encuentras nada, calcula; si los números no son exactos, construye, si nada has podido hacer, diseña, si no aceptas lo que ves, planta flores, si todo se marchita, visita a alguien que viva en soledad...

Cuantos caminos!!!!!

Y tú solamente decidiste encerrarte a llorar por ti mismo...?

Una creación tan perfecta de hacer milagros, desperdiciada por uno que otro infortunio... es una verdadera pena.

No veas lo que ya ves, no hables lo que ya sabes, no toques lo que no te cause verdadera satisfacción; porque a cada momento, puedes crear algo nuevo.

Algo tan inmenso, que nadie podrá no hacer oídos sordos para escucharlo, o taparse los ojos para leerlo, o contener su sonrisa y abrir su alma para disfrutarlo

Una creación tan perfecta de hacer milagros...

 

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#112 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Lun, 7 de Nov, 2005 6:23 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (X Entrega)
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(Páginas 36, 37, 38 y 39)

A Nicolás le pareció muy extraño ése pedido, pero accedió inmediatamente, pues no tenía razones para tildar de insana a la mujer.

―Puede contar conmigo doña Mercedes ―dijo Nicolás.

¡Ayyy hijito... yo sabía que así sería... gracias, gracias! ―exclamó la mujer, ante la mirada atónita del policía―.

―Yo también le tengo que pedir un favor doña Mercedes ―dijo Nicolás, pero al segundo se arrepintió de sus palabras; no quería ofuscar a la vieja con su pedido, y si ésta le llegaba a comentar algo a su hijo, aunque sea mínimo, Nicolás pasaría a la historia en menos de un segundo.

―No, no... dime hijo cualquier cosa que desees, no te olvides que yo estoy en deuda por lo que hicieron ―dijo la mujer tomando la mano de Nicolás, con un temblequeo más agudo aún.

―Doña Mercedes... mmm... lo único que le pido es si me puede responder algunas preguntas que tiene que ver con su "accidente" ―disparó Nicolás. La mujer lo miró y bajó la cabeza; sabía que el policía seguramente ya estaba al tanto de la verdad de su caída dentro de la bañera.

―Hijo... Nicolás... ―empezó a decir la mujer―, yo; ya soy una mujer muy vieja, el mes que viene cumpliré ochenta y cinco años, y sólo Dios sabe si veré ése día, no tengo nada que ocultar, y menos a ésta altura... puede preguntarme lo que quieras ―dijo la mujer―, tomó muy lentamente un vaso con agua de una pequeña mesa junto a su cama, apenas bebió un sorbo, tosió apaciblemente y lo dejó nuevamente en el lugar―.

―Doña Mercedes... sé, que lo que sucedió no fue un accidente... ¿qué pasó en realidad? ―preguntó Nicolás directamente―. Sabía bien, que sus preguntas no solamente le podían costar el puesto, sino también todo su carrera, por eso cuando hizo esa pregunta, tomó de la mano a la mujer, para darle a entender que trataba de comprenderla.

―Nicolás... hijo ―la mujer suspiró dando un pequeño gorjeo con su pecho y alzó la vista―; hijo, ha pasado algo, algo muy... muy malo... muy malo, y yo soy una de las personas que tuvo que ver con eso ―dijo, y se puso la mano en la frente en signo de arrepentimiento―.

¿Qué pasó ahí, dentro de su casa? ―preguntó Nicolás.

―Mira hijito, yo tengo tres hijos, uno que ya conoces: Fabio; uno que vive en el exterior, y otro que vive cerca de ésta casa, que me compró Fabio hace poco días... para una madre los hijos siempre son pequeños, y siempre van a necesitar de uno, aunque las cosas que les digamos les caigan como una piedra en el estómago ―dijo la mujer y sonrió. Nicolás sonrió también y sacó su libreta para tomar nota de lo que el pudiera decir la mujer; ésta, miró la libreta con recelo.

―No se preocupe doña Mercedes, ésta libreta la llevo siempre conmigo... no se preocupe, nadie la va a leer, solamente yo ―dijo Nicolás para tranquilizar a la mujer―.

―Está bien hijo... voy a confiar en lo que me dices, pero por favor, te vuelvo a pedir que no me tomes por una loca... por favor ―suplicó nuevamente la anciana―, y por favor, que no entere mi hijo... Fabio González.

Nicolás hizo silencio, pero enseguida dijo―: No se preocupe abuela, no lo va a saber ―dijo Nicolás y sonrió.

Se hizo un pequeño silencio amable.

¿Tienes hijos Nicolás? ―preguntó la mujer.

―No señora... aún no, pero tengo una novia que se llama Karina, y ya estuvimos hablando de éste tema ―sonrió; sacó la billetera de su chaqueta y le mostró a la mujer una foto tipo carnet de su novia. La mujer se colocó una gafas que llevaba anudada al cuello con un cordón extremadamente largo, y miró la fotografía muy de cerca.

¡Pero que bella señorita! Te felicito... ―dijo la mujer y le retornó la fotografía. Nicolás se sintió más distendido; hasta cierto punto, esa mujer tendida en la cama le daba lástima, y no quería caerle groseramente con miles de preguntas que le podrían llegar a causarle algún mal mayor del que ya tenía, inclusive hasta llegar a deschavetarla; pero sabía también que si no se arriesgaba, no obtendría ninguna respuesta para empezar a armar ése extraño rompecabezas.

―Doña Mercedes... necesito saber que fue lo que sucedió ―hizo una pausa y tomó valor―. ¿Por qué razón una señora como usted querría quitarse la vida? ―preguntó Nicolás directamente, mirando a la mujer que escuchó al policía, tocándose la frente con su mano temblorosa―.

―Hijito... Nicolás... ―la anciana suspiró―, cargo con una culpa muy grande en mi alma y en mi corazón, desde hace muchos años; y ya, llegó el momento de pagar por mis culpas, y hablar al fin de todo lo que vi...

¿Qué fue lo que sucedió abuela...? ¿Qué fue lo que vio?

―Un asesinato hijito... un asesinato...

 

8 de ENERO de 1985

Jeremías Méndez cerró de un golpe la puerta de la oficina de Nicolás, y salió a paso rápido por el pasillo de la seccional, maldiciendo a todos los planetas del universo, a todos los agujeros negros y a Einstein; realmente quería acogotar a Nicolás, y que muriera dando sus últimos estertores en sus brazos, y si no hubiera sido por su hermano que había interrumpido la disputa, creía firmemente que iban a terminar la charla a los puñetazos; no soportaba, y no quería ver a Nicolás ni un instante más al mando de la seccional; su idea en ése momento, era reemplazarlo con alguno de sus conocidos o amigos de la fuerza.

Hasta ya estaba saboreando el momento cuando le dijera en pleno rostro que quedaba cesante. Rió un momento y se acercó al vestíbulo, pensó por ése momento, que su plan estaba andando "sobre rieles", pues ahora tenía un fuerte motivo para echar a Nicolás de su puesto.

Y era eso, lo que justamente Méndez quería lograr con toda esa discusión que instantes antes se había desatado; y, además, ahora que estaba al tanto que había rescatado a la madre de González, podía poner en juicio su conducta, y así desmerecer ése acto.

Lu, estaba completando unos papeles, cuando le sacó de un tirón, el tubo del teléfono que sostenía en el aire, esperando por una respuesta.

¡Hola! ―gritó por el tubo, pero enseguida su rostro cambió por completo; se tomó del escritorio e hizo un gesto de disgusto con sus labios―.

―Si señor... si señor, pero no puedo hablar de aquí, en un momento lo llamo ―dijo por el tubo, y lo dejó con un golpe seco en el mostrador, y salió rápidamente de la seccional, en dirección al municipio―.

Cuanto ingresó, estaba Rogelia tratando de levantarse de su asiento para atender al cartero, pero el intendente tomó la correspondencia, firmó una papeleta y la arrojó sobre el escritorio del la mujer sin decir palabra alguna, entró a su oficina, y dio un potente portazo.

Discó apresuradamente un número de teléfono y esperó a ser atendido.

―Hola... si, con Fabio González por favor... de parte de Jeremías Méndez ―dijo el intendente.

¿Hola...? Si señor... si señor ―carraspeó un poco―.

―Perdón... ¿Cómo dijo? ―exclamó Méndez.

―Pero quiero que sepa que Cernadas es un insurrecto... recién tuve una... No señor... No Fabio, no lo estoy contradiciendo... solamente es que éste muchacho... Si, lo escuché señor... si señor... si... enseguida salgo para allá ―dijo y cortó la comunicación―.

Golpeó el escritorio con su puño, y maldijo a toda voz. Caminó hasta la pequeña barra que tenía en su oficina, y se sirvió una medida de whisky.

Se tocó los bigotes y se miró a un pequeño espejo que tenía colgado en ángulo en la parte inferior del escritorio, practicó una sonrisa forzada y se puso de pie. Se reacomodó dentro de su saco y salió de su oficina rápidamente.

―Ya vuelvo Rogelia... a cualquiera que llame, dile que estoy en una reunión ―dijo, y salió del municipio.

Se subió a su Chevrolet Camaro negro, y salió del lugar a toda velocidad, dejando una estela de humo blanco.

(Continuará)

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#111 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 3 de Nov, 2005 9:04 pm
Asunto: LA VASIJA (Parte I)
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LA VASIJA

El hombre que yacía inerte, no presentaba signos de rigor mortis aún; sus amigos, entre lágrimas, se comentaban las posibles causas de su deceso, y los curiosos, solamente se mantenían en calma y en silencio cerca de la tumba, que había sido abierta por primera vez para la colocación del difunto.

Había sido tan estimado entre sus amigos y conocidos, que todos querían tocar el cuerpo o las ropas en las que estaba envuelto, antes de que los elegidos para trasladarlo lo depositaran definitivamente en el sector designado.

Cuando empezaron a movilizar el cuerpo, notaron que había una herida que no paraba de sangrar, decidieron, que cuando terminasen de colocar el cuerpo en la tumba, se ocuparían de ocultar las heridas más visibles o tratar, dentro de lo posible, de disimular los magullones, pues, no querían que la madre del difunto observara el estado del cuerpo, si por casualidad se aparecía de repente en el sector.

Empezaron en silencio a realizar la dolorosa tarea, primero, uno de sus amigos trató de cerrar la extraña herida con un delicado ungüento, pero no tuvo éxito; otro de los amigos se acercó y colocó un trapo, pues la sangre salía a borbotones, pero enseguida el trapo se tiñó de rojo...

El último de los amigos en un movimiento desesperado, colocó una pequeña vasija debajo de la herida, para que la sangre goteara dentro de ésta.

Y los tres hombres se sentaron alrededor del cuerpo en silencio, esperando que la herida dejara de sangrar.

Ya había pasado casi una hora, estaba cayendo el sol, y el recipiente estaba casi hasta al tope, pero de la herida aún caían algunas gotas de sangre...

Cuando notaron que no brotaba mas sangre, se dispusieron a limpiar el cuerpo en su totalidad.

Los tres amigos estaban realizando los arreglos finales, cuando escucharon algunos pasos cerca del lugar; y se miraron entre sí con signo de sorpresa, al darse cuenta, de que posiblemente, era la madre que venía a ver a su hijo.

Inmediatamente rociaron el lugar con algunas esencias, envolvieron el cuerpo rápidamente y se sentaron los tres a esperar; uno de ellos notó el recipiente lleno de sangre que estaba bajo el cuerpo, y en un movimiento veloz, y para que la madre de su amigo no viera nada raro alrededor del cuerpo, tomó la vasija entre sus manos y bebió la sangre de un solo sorbo....

Las arcadas del muchacho fueron instantáneas, y sus amigos lo miraron como si hubiera perdido el buen juicio, pero no lo detuvieron y tampoco lo aplazaron, solamente lo miraron y agacharon la cabeza.

Por la puerta de la tumba, apareció la madre del hombre muerto y se arrodilló ante el cuerpo de su hijo, dijo algunas palabras, lo abrazó, agradeció el trabajo realizado por los tres hombres y después partió en silencio.

Cuando la mujer se hubo marchado, los amigos le preguntaron al que había bebido la sangre del porque de su actitud, él, solamente se encogió de hombros y les dijo que no quería que la madre de su amigo muerto, viera la sangre de su hijo en una vasija, y en caso de que no la viera, no quería que el olor penetrante de la sangre dentro del recinto, diera pie a preguntas dolorosas o a un momento de desgarrador.

(Continúa)


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#110 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 3 de Nov, 2005 7:32 pm
Asunto: LA VASIJA (Parte II)
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(Continúa)

Los dos amigos asintieron al momento.

Entonces, terminaron de acomodar el cuerpo, y los tres, cada uno a su turno, se despidieron de su amigo y maestro...

El hombre había terminado de contar la historia como lo tenía acostumbrado ya durante muchos años, miles de veces y en la misma plaza; los niños a su alrededor se quedaban boquiabiertos, cada vez que les contaba unos de sus relatos.

Si bien, el hombre era maduro, parecía no tener más de cuarenta años, pero parecía llevar dentro de sí una sabiduría extrema, propia de un anciano que había viajado por todo el mundo, y que había vivido miles de experiencias.

Uno de los niños que era un asiduo oyente de sus relatos se ofreció a acompañarlo a su casa, pues el hombre, ante de sentarse en el banco de la plaza, había ido a hacer las compras al supermercado y tenía varias bolsas para cargar.

Cuando llegaron a la modesta casa, el hombre lo invitó a pasar, y como era su costumbre, atendía a todos sus invitados como si fuera único, porque no sólo era buen anfitrión sino que contaba con el respeto de toda la gente que lo conocía.

El muchacho terminó de extraer todo los víveres de la bolsa y los dejó en la mesada de la cocina, justo en ese momento, el timbre del teléfono sonó y el hombre fue a atender, mientras que el muchacho aprovechaba el momento para despedirse...

Cuando se disponía a salir de la casa, se detuvo a mirar una gran vitrina ubicada en el recibidor de la casa, su atención fue atraída por una pequeña vasija de barro que le recordó la historia del hombre, ésta, estaba bien protegida a su vez dentro de la vitrina, por una caja de madera con dos extraños símbolos tallados que representaban un pez y una cruz, el muchacho sonrió y se acercó para mirar de cerca el objeto, mientras que pensaba en las fantásticas historias que inventaba el hombre; de repente... los ojos del pequeño parecieron salirse de sus órbitas cuando alcanzó a ver una costra rojiza, pegada en el interior de la vasija de lo que parecía ser sangre coagulada, se acercó un poco más y vio que había una inscripción en el borde, apenas legible, y cuando hubo terminado de leer, miró al hombre que se acercaba tranquilamente adonde estaba el joven, puso una mano en su hombro y le preguntó: -muchacho... ¿alguna vez te he comentado como termina el relato?-

-en realidad nunca, señor-, respondió éste.

Se hizo un silencio abismal, el hombre miró la vasija, se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo: -"cuando hubo resucitado, fue a la búsqueda de sus hermanos, y los discípulos le preguntaron por el destino de Juan, el más amado....y Jesús respondió "si yo quiero que él se quede hasta mi venida, no es asunto de ustedes", debido a éstas palabras, los otros discípulos se comentaban entre sí, que Juan viviría por siempre, hasta la segunda venida del Maestro"-...

El muchacho solamente guardó silencio, y abrió la puerta del recibidor hacia la calle, el hombre lo miró y le dijo: -cuando gustes eres bienvenido Nicolás-...el muchacho apenas podía hablar pero dijo en voz baja: -gracias Juan- y se despidió del hombre sabio, que inventaba relatos en la plaza del barrio...

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#109 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 3 de Nov, 2005 3:07 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (IX Entrega)
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(Páginas 33, 34, 35 y 36)

Por la tarde, todos estaban muy tranquilos. Nicolás estaba esperando un nuevo llamado del niño adivinador, y se mantenía expectante.

Goliat entró a la oficina y se sentó frente al escritorio.

―Jefe... ¿Qué es lo que le preocupa? estamos almorzando algo, Lu compró algunos sándwichs de miga ―dijo, y le ofreció un par de sándwich de jamón y queso.

―No... te agradezco Goliat, pero estoy pensando en éstas llamadas que nos hacen... ehhh... no sé... creo que aquí hay algo más extraño del hecho que llame un niño que sabe todo lo que hacemos ―en ese instante tuvo un pensamiento fugaz, tomó el teléfono y llamó al doctor Sergio Allende―.

Goliat desapareció rápidamente por uno de los pasillos, y fue a seguir almorzando, mientras que escuchaban por una estación de radio, a Charly García cantando uno de sus últimos temas a volumen medio.

¿Hola? ―preguntó el doctor Sergio Allende.

―Si doctor, soy Cernadas ―dijo rápidamente Nicolás.

―Si Cernadas, ¿en que lo puedo ayudar...? Ahhh... y lo felicito por el ascenso ―dijo el médico.

―Gracias doctor... este... ¿cuando podía hablar con el hombre que rescatamos del interior del automóvil? ―preguntó directamente Nicolás.

¿Con Luciano Gómez...? por ahora no creo que sea posible Cernadas, si bien el hombre está estable, por ahora no puede hablar con nadie... no creo que quiera hablar de su casi muerte ¿no le parece?

―Si, probablemente doctor... pero es importante que pueda hablar con alguien que me aclare algo de esto que está sucediendo... creo que puede haber algo aquí, no creo que dos personas se quieran matar porque sí... amén, de la mujer que apareció colgada... a menos que haya un brote de suicidas en Ituzaingó ―explicó Nicolás.

―Si... no sé Cernadas, puede ser que tenga razón, pero le repito; por ahora el hombre no puede hablar con nadie... ―dijo el médico.

―Bueno, gracias Allende, ¿me avisa cuando el hombre esté disponible para hacerle un par de preguntas?

―Si Cernadas, yo lo tengo al tanto ―respondió el médico y se despidió.

Nicolás se quedó sentado mirando las fichas que había completado Cujo; y empezó a leer lentamente.

―El hombre se llama Luciano Ezequiel Gómez; 32 años, esposa, y dos hijos y la mujerrrr... ―dio vuelta un par de papeles―, María Lucrecia Fumagally; divorciada, 52 años, y una hija adolescente que vive en el exterior...

"¿Qué hay detrás de esto?" pensó, se cruzó de brazos y se quedó mirando el cielo raso.

Sabía que mañana tendría la posibilidad de hablar con la madre de González, y se quedó pensando en que le podría decir la anciana que fuese esclarecedor.

Tomó el teléfono y llamó a su novia Karina, estuvieron hablando de algunos temas, y concertaron cenar juntos esa misma noche.

Caminó por la oficina a paso rápido, suspiró y fue a comer algo con sus compañeros. Hablaron de cualquier tema mientras que reían sin cesar; eso, lo distendió un poco.

 

11 de ENERO de 1985

A las once menos cuarto de la mañana, Nicolás y Goliat, ingresaron por la puerta principal del hospital de Morón, preguntaron por el cuarto donde se encontraba Mercedes González, y enseguida la adolescente que oficiaba de recepcionista les dijo―: habitación 305.

Se dirigieron al tercer piso, y llegaron a una habitación que estaba fuertemente custodiada por varios policías en el pasillo y en la puerta.

Mostraron sus identificaciones, y los custodios, constataron los datos de visitas con una planilla; primero entró Goliat, pues les dijeron que solamente se podía ingresar a la habitación de una persona a la vez.

El gigante estuvo alrededor de diez minutos dentro de la habitación, y salió con una sonrisa de oreja a oreja.

Nicolás ingresó a paso lento, y lo primero que vio fue a una enfermera que se entretenía haciendo algún tipo de acertijo de una revista de pasatiempos; caminó un par de pasos más, y llegó hasta la cama de la anciana que habían salvado.

―Hoo... hooo-la Nicolás, hijito... ―saludó la anciana extendiendo sus huesudos brazos hacia el rostro del policía―; éste, se inclinó levemente y besó en la mejilla a la vieja, que tenía la piel tan fría como si recién hubiera salido de una cámara frigorífica.

―Hola señora... ¿Cómo se encuentra? ―preguntó Nicolás y se sentó en una banqueta que estaba junto a la cama―.

―Bien hijo... Nicolás... ji, ji, ji... aprendí tu nombre de memoria para agradecerte todo lo que has hecho por mí ―dijo la anciana―. ¿Te fue a saludar mi hijo...? sino le diré que vaya enseguida a darte las gracias de mi parte...―dijo la anciana frunciendo el ceño y sonriendo, dejando a la vista una dentadura postiza que bailoteaba en su rostro―.

―Si señora; no se preocupe, él ya fue a visitarme ―respondió Nicolás sonriendo.

¡Ahhh bueno... menos mal! No quiero que mi Fabito sea un desagradecido ―dijo la vieja con tono apenas serio.

La mujer era tan flaca como su hijo, y tenía los mismos ojos color café pero en el rostro de la mujer resaltaban, pues era excesivamente enjuto y surcado por arrugas que parecía pliegues en una tela amarillenta.

Sus manos temblaban esporádicamente, y bajo las sábanas, se dejaba entrever un cuerpo débil y esquelético.

Vio que parte de su cabello era exageradamente blanco, parte de su cabeza estaba cubierta por grandes vendas, que le llegaban hasta el cuello.

¿Cómo se siente doña Mercedes? ―preguntó Nicolás.

―Bien hijito... gracias, pero me duele mucho el cuello ―dijo en tono bajo―. La anciana movió el cuello haciendo un sonido descontracturado, solamente comparable al sonido del quiebre de las cáscaras de nueces.

El policía la miró con extrañeza, la anciana parecía venir ensamblada por partes, ya que su cuello se movió como una serpiente: de un lado a otro; en ése movimiento, la mujer tuvo un acceso de tos y escupió la dentadura, que salió despedida con fuerza de su boca, y fue a dar contra un vaso que tenía gelatina de frutas.

Nicolás enseguida fue en busca de los dientes postizos, y los limpió rápidamente en el lavatorio del sanitario.

Se los acercó a la mujer que estaba haciendo una mueca cómica, con sus labios retraídos y plegados, y su probable intensión de reír a carcajadas.

La anciana cogió los dientes, y se los encastró en la boca, con un repiqueteo; y enseguida, empezó a reír a carcajadas sin parar.

Nicolás se unió a la mujer y estuvieron así durante un tiempo.

Cuando la mujer estuvo un poco más distendida, y Nicolás se estaba reacomodando en su asiento; se dio inicio a una extraña conversación...

―Hijito... Nicolás... quiero pedirte un único favor; yo sé... que quizá esté fuera de lugar lo que voy a decirte... pero no quiero que me tomes por una vieja loca, después de hablar contigo, ¿puedo contar con eso hijo? ―preguntó la anciana uniendo sus manos en gesto de súplica―.

A Nicolás le pareció muy extraño ése pedido, pero accedió inmediatamente, pues no tenía razones para tildar de insana a la mujer.

―Puede contar conmigo doña Mercedes ―dijo Nicolás.

¡Ayyy hijito... yo sabía que así sería... gracias, gracias! ―exclamó la mujer, ante la mirada atónita del policía―.

―Yo también le tengo que pedir un favor doña Mercedes ―dijo Nicolás, pero al segundo se arrepintió de sus palabras; no quería ofuscar a la vieja con su pedido, y si ésta le llegaba a comentar algo a su hijo, aunque sea mínimo, Nicolás pasaría a la historia en menos de un segundo.

―No, no... dime hijo cualquier cosa que desees, no te olvides que yo estoy en deuda por lo que hicieron ―dijo la mujer tomando la mano de Nicolás, con un temblequeo más agudo aún.

―Doña Mercedes... mmm... lo único que le pido es si me puede responder algunas preguntas que tiene que ver con su "accidente" ―disparó Nicolás. La mujer lo miró y bajó la cabeza; sabía que el policía seguramente ya estaba al tanto de la verdad de su caída dentro de la bañera.

―Hijo... Nicolás... ―empezó a decir la mujer―, yo; ya soy una mujer muy vieja, el mes que viene cumpliré ochenta y cinco años, y sólo Dios sabe si veré ése día, no tengo nada que ocultar, y menos a ésta altura... puede preguntarme lo que quieras ―dijo la mujer―, tomó muy lentamente un vaso con agua de una pequeña mesa junto a su cama, apenas bebió un sorbo, tosió apaciblemente y lo dejó nuevamente en el lugar―.

―Doña Mercedes... sé, que lo que sucedió no fue un accidente... ¿qué pasó en realidad? ―preguntó Nicolás directamente―. Sabía bien, que sus preguntas no solamente le podían costar el puesto, sino también toda su carrera, por eso cuando hizo esa pregunta, tomó de la mano a la mujer, para darle a entender que trataba de comprenderla.

(Continuará)

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#108 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 3 de Nov, 2005 12:19 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (VII Entrega)
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(Páginas 25, 26, 27, y 28)

Nicolás cogió el tubo en paralelo y dijo―: Hable.

―Hola señor, soy Tiago ―se presentó la vocecita.

―Hola Tiago... ¿Cómo estas? ―saludó Nicolás, y le hizo una seña a Goliat para que activase el control de ubicación de llamadas, que estaba conectado a la central de telefonía.

¿Por qué quiere saber de donde lo estoy llamando? ―preguntó enseguida la voz.

Nicolás suspiró, era infructuoso engañar al pequeño, pues adivinaba todos los movimientos que hacían los hombres para ubicar su posición; hasta parecía, que usaba la telepatía, para leer sus mentes.

―Solamente queremos ubicarte para agradecerte por lo que nos avisas con antelación ―explicó Nicolás justificando el movimiento que habían realizado.

―Ya va haber tiempo para eso Nicolás ―dijo la pequeña voz―. Pero hoy le aviso que no pude ayudar a una señora... ella ya se fue, y yo no la pude ayudar ―dijo la vocecita compungida.

¿Cómo? ―preguntó Nicolás.

―La señora no quería estar más, aquí en éste lugar y no me escuchó, solamente hizo eso y se fue ―dijo la voz, en un momento hizo quiebres, y se escuchó un tenue lloriqueo.

―Tiago... ¿que sucedió? ―preguntó Nicolás.

―Calle Chacras 2560 ―informó la voz―, y cortó la comunicación secamente―.

Nicolás miró a Goliat, lo que habían escuchado, era igual a decir que alguien estaba muerto.

―Vamos Goliat... urgente ―exclamó―, corrieron hasta la patrulla y salieron a toda velocidad―.

¡Bueno ahora hay que festejjj...! ¿Dónde están...? ―preguntó Lu, que traía en sus manos una botella fría de sidra.

¿Pudiste captar alguna señal con el equipo? ―preguntó Nicolás mientras aceleraba y conectaba la sirena―.

―No jefe, ninguna... si es un bromista, tiene que estar al tanto de los procedimientos de escuchas ―dijo Goliat.

―Si es verdad... pero no creo que sea un bromista, a menos... que sea alguien que prepare las escenas y luego le pida a un menor que realice las llamadas... tal vez ―dijo Nicolás.

―Si... quizá jefe, pero tendría que ser muy experto para preparar una escena, limpiar sus rastros, no dejar huellas, y luego hacer el llamado ―argumentó Goliat.

―Si... es posible que tengas razón, pero no me dejo fiar con que sea un niño adivinador... tu sabes que no creo en esas cosas ―dijo Nicolás.

―Si, ya lo sé jefe, pero las llamadas están; además, el niño parecería como que nos está espiando desde algún lugar dentro de la seccional... ¡sabe todo lo que hacemos! ―exclamó Goliat un poco incómodo―.

―Si es verdad ―asintió―. Hicieron casi trescientos metros más en la patrulla, y se detuvieron frente a una casa en un barrio residencial, del lado norte de Ituzaingó.

Se apearon, y caminaron hasta una casa estilo suizo, con un enorme jardín en el frente. Dos perros de raza doberman que se movían rápidamente cerca de las rejas, apenas vieron a los policías, se sentaron en el pasillo de entrada uno, y en una de las puertas principales el otro; se mantenían como dos estatuas sin ladrar, pero mirando amenazantemente a los dos hombres, y siguiendo todos sus movimientos.

Nicolás accionó el botón de un portero con un pequeño visor, que supuestamente era una cámara de vigilancia, pero al igual que en los otras dos viviendas, nadie atendió al llamado.

¿Qué hacemos con los asesinos? ―preguntó Goliat señalando a los dos perros.

―No lo sé... fíjate si hay algún acceso por una casa lindera, yo me fijaré si puedo abrir el portón del garaje con la barreta ―dijo Nicolás.

Sabía bien que lo iba a hacer a continuación, estaba contra las reglas, pero también sabía que algo iban a hallar algo, si se repetían los aciertos del niño.

Abrió la cajuela y extrajo la barreta; enseguida, empezó a hacer palanca contra la pared, para abrir el portón, pero al tacto, empezó a sonar un alarma mediante un altavoz interno.

Los perros empezaron a ladrar locamente, y algunos vecinos espiaron por las ventanas, para ver que era lo que estaba sucediendo.

Por suerte, Goliat había logrado ingresar con el permiso de los dueños, a una casa vecina, y había constatado que había un cruce por el jardín trasero de la casa.

¡Por aquí jefe! ―llamó el gigante, y Nicolás dejó de tratar de palanquear el portón―.

Corrió hasta la casa vecina, saludó a sus habitantes que era una familia que se había visto sorprendida mirando un film en vídeo, y les indicó el lugar por dónde ingresar a la casa de la familia Fumagally.

―Jefe, estamos igual que cuando entramos a la casa de los Borysiewicz ―dijo Goliat en referencia al primer caso que habían resuelto juntos―.

―Si Goliat, pero creo que ahora tenemos un problema ―dijo Nicolás mirando hacia el jardín de la casa: los dos perros doberman que estaban apostados como dos granaderos dispuestos a atacar al menor movimiento―.

¿Quiere que baje yo primero? ―preguntó Goliat.

―No Goliat, no quiero que seas mordido por alguno de esos dos perros... llamaré al departamento de controles de animales de...

Pero no pudo terminar de explicar, que el gigante ya se había precipitado, para caer junto a los dos animales; extrañamente, los perros se alejaron, y ladraron exhaustivamente, como avisando al gigante de algo...

¡Goliat...! ―gritó Nicolás enfadado―, pero mirando que los animales no le hacían daño a su compañero, no dijo nada más―.

Subió por la pared, y se apeó cayendo casi en cuclillas. Los animales los miraban, pero no hacían ningún intento por atacarlos.

―Goliat, no quiero que me desobedezcas, no quiero que arriesgues tu vida por algo así ―le dijo en tono bajo mirando a los animales―.

―Ya lo sé jefe, disculpe... pero de alguna manera sabía que estas bestias no me harían daño ―respondió el gigante―.

Ninguno de los policías trató de confraternizar con los perros, sacaron sus macanas por si acaso, y empezaron a cruzar lentamente el jardín en dirección diagonal, ante la atenta mirada de los canes.

La casa ciertamente era enorme, tenía una piscina rectangular y una pequeña cancha de fútbol en su jardín, y antes del ingreso por la puerta trasera, había un vivero y una pequeña sala de juegos.

Nicolás y Goliat caminaron todo el tramo flanqueados por los dos perros, que no emitieron ningún sonido, salvo el tintineo que producía sus collares.

Cuando cruzaron la sala de juegos, llegaron a la puerta de entrada, que la encontraron entreabierta, pero ya desde el lugar, se podía percibir ése olor tan característico: el de la descomposición de carne humana.

Los policías ya se habían acostumbrado a esos "aromas" luego de todo lo que habían vivido en los casos anteriores.

Goliat empujó lentamente la puerta con su pie y el olor se hizo más penetrante aún.

El tufo parecía estar agravado porque la casa tenía todas las cortinas totalmente bajas, haciendo que aire viciado y las moscas fueron sus únicos ocupantes.

Extrajeron dos pañuelos y se cubrieron los rostros como bandoleros del oeste, entrando a robar la caja fuerte de un banco.

Desenfundaron sus armas, e ingresaron a paso lento.

En el medio de la sala y colgando de una gran lámpara araña, estaba el cuerpo de una mujer ahorcada.

Una parva de moscas revoloteaban alrededor del cuerpo; y algunas, se posaban sobre el líquido cadavérico que goteaba de los zapatos de la mujer al suelo de mármol, y que ya había formado un pequeño charco de color grisáceo.

¡Por Dios...! ―exclamó Nicolás―.

El cuerpo ya estaba presentando los primeros signos de descomposición, y aún colgaba de una cuerda negruzca anudada a la lámpara, como si fuera una res ladeada en un matadero.

Goliat enfundó su arma y le hizo una seña a Nicolás para ir a revisar el resto de la casa; estuvieron más de treinta minutos recorriendo las habitaciones superiores e inferiores, los baños, lavabos, todas las salas incluyendo el ático, y al igual que las veces anteriores, la casa estaba vacía.

(Continuará)

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#107 De: "Alberto Rafael Santa Maria Norabuen" <map_rafael2@...>
Fecha: Mar, 1 de Nov, 2005 1:18 am
Asunto: Novedades
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Octubre 31 / 2005

Amigos Decimistas : Pavel Baca Quiñones, Me dirás con quien caminas, No
me hagas sufrir por favor. VISITE ESTE ENLACE:
http://www.mundoalterno.com/decimas/pavel2.htm

Amigos Decimistas: David Alarco, Solo el cuerpo han desterrado, Uno de
regalo. VISITE ESTE ENLACE:
http://www.mundoalterno.com/decimas/davidalarco.htm

Publicidad: Revista CASA DE CITAS, presentacion del segundo número,
Lugar: Sala Lùmiere, Alianza Francesa de Miraflores(Av. Arequipa N°
4595), Fecha: 4 de Noviembre del 2005, Hora: 7:30pm; Performance a
cargo de Rocio Silva Santisteban y miembros de la revista.

#106 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Vie, 28 de Oct, 2005 7:38 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (VI Entrega)
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(Páginas 21, 22, 23 y 24)

9 de ENERO 1985

Cerca de las siete de la mañana, se estacionaron delante de la puerta de la seccional, dos camionetas Chevrolet con el escudo de la Municipalidad de Morón, y un automóvil importado de lujo.

Se apearon varias personas, hombres y mujeres vestidos pulcramente y se fueron quedando de pie en la acera.

De un Volvo azul, se apeó lentamente el Intendente de Morón, Fabio González, más conocido como "el perro". Era un hombre de un poco más de sesenta años, pero parecía la reencarnación de alguna momia del antiguo Egipto.

El viejo tenía unas gafas oscuras, y un gesto amargo en el rostro, si no fuera porque era el intendente, cualquier persona lo podría confundir con un capo mafia, ya que gustaba de usar trajes caros, anillos de oro, y pañuelos de seda blancos en reemplazo de las corbatas y moños.

Se apoyaba en un bastón engarzado en plata, y su andar era enclenque.

Caminó lentamente a la seccional, entró y se quedó sentado en uno de los sillones del vestíbulo.

Detrás de él, lo seguían todos sus asistentes, secretarias y secretarios, como perros falderos asustados.

El viejo González, le dijo algo al oído a uno de sus colaboradores y éste enseguida fue a hablar con Laura Goncalves.

―El intendente Fabio González quiere ver al policía... ehhhh... un tal Nicolás... Cerva... Cerfa...

―Nicolás Cernadas ―corrigió al muchacho que temblaba como una hoja―.

―Si... él por favor... ¿Está? ―preguntó mirando de reojo al "perro" González

―Si está, ahora le aviso que venga espe...

―No, no, no, no, no... por favor... Dígame donde está el señor, así el intendente va a buscarlo ―dijo el joven

―Bien, como desee ―dijo Lu, y le indicó como llegar a la oficina de Nicolás.

El joven fue hasta donde estaba el viejo, le dijo algo al oído y éste se puso de pie ayudado por uno de sus asistentes; volteó, e hizo una seña que indicaba que quería caminar solo. Pasó por el lado de Lu, hizo una pequeña reverencia en silencio y siguió su camino.

Nicolás se encontraba haciendo algún tipo de papeleo cuando apareció el viejo delante de la puerta de su oficina. Nicolás solamente lo conocía por fotografías, y una sola vez lo había visto a varios metros de distancia, charlando con su ex jefe, Carlos Zárate.

¿Lo molesto oficial? ―preguntó el hombre con voz pastosa y trémula―.

Nicolás levantó la vista y vio al perro González en persona. Su primera reacción fue mirar fijamente a ése hombre que parecía un muerto viviente, salido de algún filme de George Romero.

―Para nada... ¿Usted es...?

―Si soy yo hijo ―interrumpió el hombre―. ¿Puedo sentarme?

―Si por favor ―respondió Nicolás, señalando el sillón frente a su escritorio―. ¿En que puedo servirle intendente? ―preguntó Nicolás.

―La pregunta correcta sería en que puedo servirte yo, hijo ―respondió el viejo, sacándose las gafas, y dejando a la vista unos ojos llorosos de color café―.

―No entiendo lo que usted dice ―dijo Nicolás desconcertado.

―Llámame Fabio por favor. Pocos, tienen ése privilegio y uno de ellos ―dijo señalando la foto de Zárate―, es tu antiguo jefe.

Nicolás dudó, pero luego preguntó―: No entiendo lo que dice Fabio.

―Hijo... tu nombre es Nicolás... ¿no?

El policía asintió con un leve movimiento de cabeza.

―Nicolás, tú me has hecho uno de los mayores favores que se le puede hacer a un hombre ―dijo el viejo sacando un habano de su saco y encendiéndolo con un encendedor bañado en oro, que en su mano temblaba espasmódicamente―. Hijo... has salvado a mi anciana madre, y eso no tiene precio.

Nicolás miró al viejo frunciendo el ceño, pues no recordaba haber salvado a la madre del "perro González", pero enseguida recordó la anciana que habían rescatado con Goliat de la bañera.

¿Esa señora es su madre? ―preguntó Nicolás.

―Si hijo... se llama Mercedes González, y es uno de mis bienes más preciado junto a mis hijos y mis nietos ―respondió el viejo.

―Le digo señor intendente... Fabio, que sin la ayuda de mi compañero yo...

―Si, ya lo sé hijo... ustedes dos, y también el doctor Allende, ya recibieron mis recomendaciones en persona directamente al viejo Méndez... pero más allá de eso, me acerqué hasta aquí; primero para agradecer lo que has hecho, y segundo, para saber si necesitas algo, cualquier cosa que éste a mi alcance, yo te lo puedo dar ―ofreció el gobernador.

―Le agradezco infinitamente por las recomendaciones pero no creo que sea necesario...

―Hijo ―dijo el intendente, y levantó la mano suavemente para que lo dejara hablar―, quiero que me digas, hoy, mañana; no sé, cuando se te ocurra, lo que sea que necesites, patrullas, instalaciones, uniformes, ascensos... lo que sea... tú me lo pides a mí ¿me has entendido?

―Si señor ―respondió Nicolás al instante.

El viejo despidió una bocanada de humo de su puro, matando a todas las moscas y cucarachas, que se atrevieron a pasar cerca del lugar; sinceramente, el olor de ése habano, era solamente comparable con estar de pie en el medio de una quema de neumáticos viejos.

―Hijo... deseo que vengas a visitar a mi madre, cuando tengas tiempo claro está, ella quiere agradecerte a ti, y a tu compañero por lo que hicieron... y por el día de mañana, le diré ahora mismo a Méndez, que haga el acto en Morón y no aquí como el deseaba, yo quiero estar presente ahí... ¿entendido?

―Si señor ―respondió Nicolás.

El viejo se inclinó con un quejido, y sacó una tarjeta de su saco.

―Nicolás... hijo, quiero que tengas esto, es mi tarjeta personal, cuando sepas que es lo que deseas, me llamas directamente a mi oficina y habla conmigo, no te dejes derivar por ninguno de mis asistentes... diles que quieres hablar con Fabio, diles quien eres y ellos te comunicarán directamente conmigo ¿si?

―Claro, gracias ―dijo Nicolás tomando la tarjeta que el viejo le extendía―.

González se puso de pie trabajosamente, y se acercó a Nicolás. Primero le palpó la mejilla, dándole una suave cachetada, y le dio un fuerte apretón de manos.

―No te prives de hablar conmigo ningún tema... ni siquiera del viejo que tienes aquí como intendente ―le dijo González guiñándole un ojo y sonriendo.

―Así será... Fabio ―dijo Nicolás y sonrió.

―Hijo, me despido. Mañana quiero verte en el Municipio y dale mis saludos a tu compañero; igualmente mañana, tendré tiempo de hablar con ambos ―dijo el viejo, y salió de la oficina a paso cansino.

Nicolás lo acompañó hasta el hall, el viejo le volvió a dar un fuerte apretón de manos y partió con su comitiva.

Nicolás se quedó de pie al lado de Lu, y en ese momento entró Goliat por la puerta trasera que daba al garaje de la seccional.

¿Qué hacía el intendente aquí? ―preguntó Lu.

―Vino a darnos las gracias ―Nicolás miró a Goliat que había estado reparando algo de su automóvil―. Goliat, vino el perro González en persona a darnos las gracias ―agregó.

Goliat miró a Nicolás incrédulamente.

¿Recuerdas la anciana que rescatamos en la bañera...? ¡es la madre de González! ―exclamó Nicolás.

¿La vieja que salvamos, es la madre del perro? ―preguntó Goliat más incrédulo aún.

―Así parece... mañana tenemos que estar en el Municipio, quiere hablar con nosotros; además, su madre quiere vernos para darnos las gracias personalmente ―dijo Nicolás sonriendo.

¡Por todos los cielos santos! ¡¿Salvamos a la madre del intendente de Morón?! ―preguntó Goliat con los ojos abiertos de par en par.

―Parece que si... ―dijo Nicolás.

―Esto hay que festejarlo ―dijo Lu, y enseguida fue a buscar una sidra que había sobrado de la festividad de Año Nuevo―.

Sonó el timbre del teléfono y atendió Goliat, enseguida le hizo una seña a Nicolás, dándole a entender que el llamado era importante.

(Continuará)

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#105 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 27 de Oct, 2005 7:48 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (V Entrega)
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(Páginas 17, 18, 19 y 20)

Goliat abrió la cajuela del Falcon, y extrajo una barreta de acero, la colocaron debajo del portón e hicieron palanca; éste se elevó apenas unos centímetros y enseguida salió una nube gris de gases.

Tosieron, y retuvieron todo el aire posible en sus pulmones, mientras que cerraban los ojos.

Tomaron el portón por su extremo, e hicieron palanca para elevarlo sobre sus guías, el lugar olía a monóxido de carbono.

Hicieron más presión con sus manos sobre el portón, pero no pudieron moverlo ni un centímetro.

Parecía estar trabado.

―Goliat, levántalo aunque sea un poco, y yo pasaré por debajo ―dijo Nicolás, ante una seña de asentimiento de su compañero―.

¡A la cuenta de tres! ―exclamó Goliat―. ¡Tres! ―gritó e hizo palanca en el portón con sus manos. El rostro de Goliat estaba intensamente rojo, mientras que Nicolás pasaba por debajo serpenteando.

Apenas terminó de pasar sus pies, se irguió en las penumbras y tosió.

El olor a monóxido de carbono era penetrante, sacó su pañuelo y se cubrió la nariz y la boca, buscó a tientas algún interruptor de accionamiento del portón, giró y chocó su rodilla contra un parachoques y maldijo por lo bajo.

Volteó nuevamente y vio una caja de conexiones de color blanco, caminó hasta ahí, sus ojos estaban llorosos. Abrió la tapa rápidamente y giró una perilla.

El portón hizo un ruido chirriante, y empezó a elevarse lentamente, mientras que la nube de monóxido de carbono tapaba el rostro de Goliat.

A la vista quedó un BMW color crema, con un hombre inconsciente en el asiento del conductor; su cabeza, estaba pegada al volante, uno de sus brazos, caído al lado del cuerpo y el otro sobre el asiento del acompañante.

Nicolás, trató de abrir la puerta pero estaba trabada; tomó su arma, con la culata rompió la ventanilla y destrabó el seguro de la puerta.

¡Ayúdame Goliat! ―gritó Nicolás. El gigante se acercó, abrieron la puerta del automóvil y sacaron el cuerpo inerte de un hombre joven, de no más de treinta, o treinta y cinco años de edad.

Lo trasladaron hasta la acera, le rasgaron la chomba, y empezaron a practicarle los primeros movimientos de resucitación. Nicolás tomó su radio y pidió una ambulancia, mientras que Goliat seguía practicándole al hombre, movimientos de masaje cardíaco y de respiración boca a boca.

En un par de minutos llegó la ambulancia y el doctor Sergio Allende se apeó y se volcó a la tarea de ayudar al hombre junto a uno de los enfermeros.

Mientras hacía eso miró al policía y dijo―: ¿Qué pasó ahora Cernadas?

―No sé Allende... ehhh... pasamos por aquí y escuchamos el motor del vehículo... y solamente entramos ―respondió Nicolás mirando de reojo a Goliat.

Cuando el hombre dio los primeros signos de vida, rápidamente lo subieron a la camilla y lo trasladaron.

¿Qué está pasando jefe? ―le preguntó Goliat secándose el sudor de su frente con la manga de su camisa.

―No lo sé Goliat, pero sea lo que sea, parece ser que nos quiere ayudar ―respondió Nicolás. Volvió a ingresar al garaje y detuvo la marcha del motor.

Dentro de la cabina, se veía el extremo libre de una manguera de goma enroscada en el asiento del acompañante, y el otro extremo, seguramente tomado del caño de escape del automóvil.

―La gente que intenta suicidarse... ―murmuró Nicolás―, ven Goliat registremos la casa ―dijo, y entraron por una puerta hacia el interior de la vivienda.

Revisaron todas las habitaciones; no habían hallado a nadie más en la casa; ni tampoco una nota de suicidio, ni en la casa, ni en el auto.

Cuando volvieron al garaje, junto al automóvil, Nicolás notó algo extraño, pero conocido.

―Mira Goliat ―dijo.

Nicolás se acuclilló, y tocó el suelo del lugar, había una marca oval de un extraño color violáceo, en el centro de ellas, dos contornos definidos de lo que parecían ser huellas de dos pies desnudos.

―Mire jefe ―dijo Goliat, casi murmurando―.

Nicolás giró y vio que una de las estanterías del garaje, estaba surcada por un hondo corte, parecía como si hubiesen fundido el metal con algún tipo de soldadura, ya fría.

A la altura de la cajuela del BMW, la chapa estaba cercenada y hundida.

Cerca del automóvil, había partes de un alfombrado chamuscado. El calor, parecía haber afectado también parte de la pintura de la puerta del vehículo, ya que varias cáscaras de pintura estaban replegadas en sí mismas, y algunas costras de pintura color crema, habían volado por los aires.

¿Qué sucede aquí jefe? ―preguntó Goliat.

―No lo sé Goliat... no lo sé ―respondió Nicolás desconcertado.

Alzó la vista, y frunció el ceño.

¿Pero que rayos...?

Goliat lo miró, y también alzó la mirada. En el cielo raso beige, se dejaba ver una marca chamuscada, en forma de aureola.

¿Qué está sucediendo aquí... Nicolás? ―preguntó nuevamente Goliat―.

―No lo sé compañero, pero sea lo que sea, que haya dejado ésa marca, medía más de dos metros de altura ―dijo Nicolás, sin dejar de mirar la marca―.

Se encargaron de apagar todas las luces del lugar, y luego salieron por dónde habían entrado, accionaron el interruptor del portón, lo cerraron y lo fajaron, a la espera de la llegada de los peritos.

Retornaron a la seccional en silencio, se apearon de la patrulla y ambos se dejaron caer pesadamente sobre uno de los sillones de la sala de detenciones.

¿No llamó nadie Lu? ―preguntó Nicolás encendiendo un Gold Leaf―.

―No jefe, hoy está todo muy tranquilo ―respondió Laura Goncalves, haciendo uno de sus ya famosos crucigramas―.

―Goliat, tenemos que empezar a averiguar los datos del niño que nos llama por teléfono para avisarnos de éstas cosas ―dijo Nicolás―.

¿Qué está pensando jefe? ―preguntó Goliat.

―Las marcas... creo que pueden ser la firma de algún tipo de demente, que ataca a las víctimas y prepara las escenas para que parezcan suicidios ―explicó Nicolás son reservas―.

Goliat asintió, pero guardó silencio.

―Ve a la seccional de Morón y diles que necesitamos el equipo de rastreo de llamadas ―dijo Nicolás.

―Bien jefe ―respondió el gigante y se puso de pie.

―Goliat... da el menor de detalles posibles si te llegan a preguntar cualquier cosa ―explicó.

―Bien jefe ―respondió Goliat, y desapareció casi al instante.

De la nada, apareció el intendente Méndez por uno de los pasillos.

"Lo que faltaba" pensó Nicolás y aspiró un poco de humo.

―Hola Cernadas ―saludó el intendente.

¿Qué sucede Méndez? ―preguntó Nicolás, antes de que el intendente se despachara con alguna historia sobre su postulación para intendente, o algo así.

―Ehhh... quería disculparme por la intensa charla que tuvimos ayer, no fue mi intención gritarle ―dijo el intendente, de un modo forzado―.

Nicolás lo escudriño palmo a palmo. "¿Qué se trae éste hombre entre manos?" pensó.

―Disculpas aceptadas Méndez, yo tampoco actué del todo bien ―se disculpó Nicolás―. Ahora... ¿Qué sucede Méndez? preguntó nuevamente―.

El intendente bajó la vista y dijo―: Sinceramente nada... solamente me acerqué para disculparme y nada más... nos vemos; ―dicho eso, desapareció como un fantasma por uno de los pasillos―.

¿Qué le sucede a éste sujeto? ―murmuró Nicolás y aspiró un poco de humo.

Lo que fuese que pasara con Méndez, no era un buen signo.

Nicolás sabía que no podía confiar en él, y si había tenido esa actitud con, era porque algo grande se avecinaba.

Y fue lo que sucedió... (Continuará)

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#104 De: "Alberto Rafael Santa Maria Norabuen" <map_rafael2@...>
Fecha: Jue, 27 de Oct, 2005 6:25 pm
Asunto: Pavel Baca Quiñonez
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ME DIRÁS CON QUIEN CAMINAS
TE DIRÉ YO A TI QUIÉN ERES...
NOMBRA TAMBIÉN LAS MUJERES
PA´ LAS CUALES TU DECIMAS

I
Se oye a gente comentando:
"Yo lo he visto con fulano,
con zutano y con mengano".
Entre chismes mal hablando:
!así es éste!.....!desde cuándo!.
Si vas y dices: mentiras...
es lo que hablan mis vecinas,
te dirán: a ver, a ver,
pa´poderte conocer
ME DIRÁS CON QUIÉN CAMINAS

II
Fácil es un refrán crear,
y la gente que lo fue a hacer
lo que no pudieron ver
es que es malo etiquetar.
Digo yo.....pa´refutar:
Tu juicio nunca alteres
por los chismes de esos seres,
si aunque yo oiga mas de cien
!sólo conociendote bien!,
TE DIRÉ YO A TI QUIEN ERES...

III
Una vez yo conversando
a una hermosa trigueñita,
preguntóme mi nenita
con qué gente yo ando?,
le dije no tengo bando,
me dedico a mis deberes.
Soy amigo de los Pérez,
los Colchado y los Lozanos
se sonrió y me dijo: !Vamos!
NOMBRA TAMBIÉN LAS MUJERES

IV
Pa´concluír digo una cosa.
El adagio es bueno .....pero,
en boca de cizañero
mala hierba es una rosa.
Y aunque tu cantes en prosa
recitando las mas finas
alguien dirá por ahí: "rimas
como un gran inconsciente",
y hablará mal de esta gente
PA´LAS CUALES TU DECIMAS.

#103 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Mar, 25 de Oct, 2005 8:02 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (IV Entrega)
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(Páginas 14, 15 y 16)

―Mira Nicolás... si yo subo, tú subes; si yo bajo, tú no bajas... desapareces ¿si?, solamente vine a decir eso, y que estés el diez de enero, listo para tu nuevo cargo, no quiero que haya errores, mira que tengo mucha gente alrededor que quiere conocerte, gente que me va a llevar a mí... y a ti, porque no, hasta la cumbre... asi que estimado, no quiero problemas ¿Nos entendemos...?

―Si claro... siempre nos entendemos ―respondió Nicolás.

―Bueno muchacho, que tengas buen día, y mándale saludos de mi parte a tu novia Karina... ¡está buena...! ¿Ehhhh...? ―vociferó Méndez con una sonrisa de cotillón.

Ése comentario sacó a Nicolás de quicio.

¿Por qué no se mete en sus cosas Méndez? ―le dijo Nicolás con tono seco―.

Méndez frunció el ceño, su rostro se coloreó de un potente rojo y colocó medio cuerpo sobre el escritorio volteando todos los portarretratos

―Mira muchacho ―dijo señalando con un dedo el rostro de Nicolás―, no me importa que el viejo González te haya ascendido... ¡No me interesa! ―gritó―. Yo digo lo que quiero aquí, ésta ciudad es mía, y por ende todo lo que hay en ella también; y eso, te incluye a ti y a todo éste rejunte de vagos ―exclamó señalando la seccional―. ¡Esa es mí... política! ¿Comprendes?

¡Su política perjudica el proceder de mi gente, y no se olvide que a su hermano lo estoy cuidando yo! ―dijo Nicolás casi a los gritos y poniéndose de pie―.

¡No me grites maldito muchacho...! ¡Yo estaba en la política cuando tú aún jugabas con tus Match Box! ―gritó Méndez enardecido―.

¡Su política es una completa basura, solamente la usa para llenarse los bolsillos y dejar a los demás a la buena de Dios ―le gritó Nicolás de frente, casi tocando el rostro del intendente―.

¡No me vengas a sermonear maldito ignorante! ―gritó Méndez―.

¡No me insulte maldito político de cuarta! ―gritó Nicolás.

¡Voy hacer que te arresten por... ―el grito de Méndez se detuvo cuando la puerta de la oficina se abrió violentamente.

Méndez volteó y vio a su hermano menor que estaba de pie en la puerta de la oficina.

¿Qué quieres Carlos... no ves que estoy hablando con Cernadas! ―gritó a viva voz.

―Es algo urgente Jeremías ―dijo Cujo en tono bajo.

¿Qué pasa? ―gritó Méndez arqueando las cejas.

―No lo sé, pero hay una persona que quiere hablar contigo de forma urgente ―dijo Cujo.

Méndez miró de reojo a Nicolás.

―Luego terminaremos de hablar... muchacho ―dijo el intendente el tono áspero y salió de la oficina dando un portazo.

Nicolás se sentó y suspiró, aplastó la colilla de su cigarrillo que ya se había consumido, y encendió otro.

―No soporto a ése Méndez ―murmuró por lo bajo.

El timbre del teléfono lo sacó de su imagen golpeando al intendente con su puño en plena nariz.

―Hable ―dijo Nicolás.

―Gracias señor por ayudarme... muchas gracias ―dijo la vocecita del otro lado de la línea―.

¿Tiago? ―preguntó Nicolás.

―Si... gracias por recordar mi nombre ―agradeció la voz―.

―Gracias a ti Tiago, por avisarnos del hecho... pero dime ¿Cómo sabías que eso sucedió o iba a suceder? ―preguntó Nicolás, con curiosidad―.

―Los veo, Nicolás... ellos no tuvieron la culpa... los veo, y le aviso a la gente buena como usted ―respondió el pequeño.

―Tiago... dime dónde vives, quiero agradecerte por todo lo que...

―No puedo señor... no puedo, solamente lo llamé para avisarle que hay un señor que necesita ayuda, ayuda muy urgente.

―Tiago... ¿Cómo puedes ser que sepas...?

―Señor, solamente escúcheme... Hay un señor que necesita ayuda urgente, anota lo que te digo―.

Nicolás tomó su libreta y anotó la dirección que el niño le dio.

―Tiago necesito saber como ubicart...

Pero el niño cortó la comunicación enseguida. Nicolás miró la libreta. "Calle Ghutemberg al quinientos" pensó, y enseguida se puso de pie y llamó a Goliat.

Se subieron a la patrulla y partieron a toda velocidad.

¿A que dirección ahora jefe? ―preguntó Goliat mientras aceleraba.

―Ghutemberg quinientos sesenta, Goliat, vamos ―dijo, y encendió un Gold Leaf pensando en las llamadas que hacía el niño a la comisaría.

¿Qué dijo ahora el niño...? ¿Cómo se llama? ―preguntó Goliat.

―Tiago... dijo que hay un señor que necesita ayuda ―respondió Nicolás.

Subieron a la patrulla y salieron disparados de la seccional. Ubicaban la dirección, ya que conocían la calle porque cerca de ésta, vivía un familiar de la mano derecha de Nicolás: Kojack.

¿Cuándo se reincorpora Gustavo, jefe? ―preguntó Goliat.

―A fin de mes... la debe estar pasando bien Kojack, mojando su calva en Mar del Plata ―dijo Nicolás y sonrió.

―Si seguro... espero que regrese con un poco de cabello ―agregó Goliat.

Pasaron a toda velocidad por un paso a nivel, giraron hacia un bulevar, y llegaron al frente de la casa. Detuvieron el automóvil con un rechinar de los neumáticos.

Enseguida Nicolás se apeó de la patrulla, corrió por la acera, golpeó en la puerta principal de la casa y tocó el timbre varias veces; esperó un momento, pero al igual que en la casa anterior, nadie respondió al llamado.

Goliat miraba la escena desde la acera, ya había desenfundado su arma, pues había un enorme portón de chapa en la entrada del garaje, y se escuchaba el motor de un vehículo en funcionamiento.

Nicolás volvió a golpear la puerta, y a tocar timbre, pero nadie respondió.

―Jefe, creo que tendríamos que tratar de entrar por el portón ―dijo Goliat enfundado el arma―.

―Bien... ―dijo Nicolás trae la barreta.

(Continuará)

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#102 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Lun, 24 de Oct, 2005 10:32 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (III Entrega)
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(Páginas 10,11,12 y 13)

Probablemente Goliat... ven ayúdame a abrir la puerta ―pidió.

Nicolás le propinó un topetazo a la puerta de la verja, pero la reja onduló con un crujido.

Goliat se acercó y con la suela de su enorme zapato, hizo palanca contra uno de los barrotes de la reja.

La puerta no solamente cedió, sino que cayó ante la fuerza del gigante dando un ruido seco al caer, y casi aplastando al gato que seguía mirando la escena como si no le interesara nada más que echarse nuevamente, que fue lo que hizo.

Nicolás caminó sobre la reja y golpeó en la puerta principal de la casa.

La puerta era de chapa, y enseguida hizo un enorme eco dentro de la vivienda, pero nadie respondió.

Enseguida, Goliat rodeó la casa, y vio que la puerta trasera estaba entreabierta, y con la cerradura volada de un golpe.

¡Policía! ―gritó Goliat, al momento que desenfundaba su arma―. ¡Policía...! ―gritó nuevamente el gigante, entró a la casa y al tanteo accionó el interruptor de luz.

Nicolás corrió hasta el lugar y lo primero que vio, fue que el piso de la cocina, estaba marcado con pequeñas huellas de sangre, que seguramente eran del gato, desenfundó su arma y caminó lentamente hacia el interior.

Mientras caminaban, iban accionando lentamente los interruptores de iluminación; vieron que la única luz que estaba prendida, era la de un dormitorio.

En el suelo del living, aún había grandes valijas y bolsos aún sin desarmar.

El pequeño living y un recibidor estaban pulcramente ordenados. Tras Nicolás, entraron el perro seguido del gato, que enseguida se echó sobre un tapete.

Los vecinos curiosos, ya se habían arremolinado en la calle, y otros en la acera para ver que era lo que estaba sucediendo.

Goliat primero fue a una habitación, y Nicolás enseguida escuchó una débil caída de agua, y un lamento.

Rápidamente se dirigió hacia el baño, que estaba con la luz encendida; la puerta estaba entornada, la golpeó con el caño de su arma y gritó―: ¡Policía... salga con las manos en alto...!

Silencio...

Goliat se colocó a su lado y murmuró―: la casa está vacía jefe.

Abrieron la puerta.

Lo primero que vieron, fue a una anciana enfundada en un camisón rosa, con medio cuerpo fuera de la bañera, y con su cabeza sobre el suelo.

La mujer apenas balbuceaba y movía una de sus manos apretando una toalla. De la coronilla y de la sien, manaba abundante sangre, que había formado un pequeño pero grueso hilo rojo, que desembocaba por una rejilla que estaba en el piso.

Rápidamente Nicolás enfundó su arma y se acuclilló al lado de la mujer, le colocó la toalla debajo de su cabeza para tapar la herida, y la cubrió con un toallón.

―Llama urgente al Doctor Allende y que traiga la ambulancia ―le dijo Nicolás a Goliat―.

―Enseguida jefe ―respondió―, tomó su radio, y moduló pidiendo la ambulancia y presencia médica urgente―.

No querían tocar a la anciana, porque parecía ser un cuerpo más que frágil, solamente se quedaron ambos al lado de ella, mirando como la anciana respiraba dificultosamente.

A los diez minutos, escucharon las sirenas y las corridas de los camilleros y del médico.

¿Qué sucedió Cernadas? ―preguntó el doctor Sergio Allende Rojas.

―Ahí doctor ―respondió Nicolás señalando el baño.

Allende se dirigió rápidamente al lugar, y empezó a auscultar a la mujer con su estetoscopio.

Tocó el cuerpo para encontrar huesos rotos; viendo que la anciana no presentaba quebraduras, le hizo una seña a Goliat para que movieran el cuerpo muy suavemente.

―Bueno señores, muchas gracias, si no hubieran estado aquí, seguramente ya ésta mujer estaría en la morgue ―dijo Allende.

Luego, solamente colocaron a la anciana sobre la camilla muy cuidadosamente, y partieron rápidamente hacia el Hospital de Morón.

Ambos se miraron, se quedaron un momento sentados a la mesa de la cocina mirando la casa sin decir palabra alguna.

¿Qué diablos son esas marcas en el suelo del baño? ―preguntó Goliat.

―No lo sé Goliat... yo estaba pensando en lo mismo ―dijo Nicolás―.

Miró a su compañero, se puso de pie y se dirigió al baño. Era una extraña marca oval, era como si algo o alguien, hubiera calentado los cerámicos del baño hasta hacerlos estallar por la temperatura; y las marcas, no solamente estaban en el piso, en la pared también.

¿Qué hay ahí en el medio? ―dijo Goliat.

Nicolás se acuclilló junto a la marca negruzca, en el medio de ella, parecía haber dos marcas con contornos bien definidos.

¿Esas son marcas... son huellas de pies? ―preguntó Goliat sorprendido, acuclillándose junto a Nicolás.

―No lo sé Goliat ―dijo Nicolás―, tocando con la punta de sus dedos las superficies quemadas―.

Volteó y miró las marcas que había en las paredes laterales del baño. Los cerámicos estaban quemados, y surcados por hendiduras corvas, y algunas rectas: parecía que una y otra vez, hubieran raspado las paredes con algo filoso y caliente.

Nicolás y Goliat se quedaron en silencio contemplando eso.

¿Volvemos jefe? ―preguntó Goliat.

―Si... vamos ―respondió Nicolás, aseguraron las puertas con precintos, fajaron la entrada a la casa, y se dirigieron nuevamente a la seccional.

En el camino, se iban preguntando como rayos era posible que alguien (supuestamente un niño) pudiera predecir un hecho de ésa naturaleza, y se preguntaban quien diablos podía realizar esas extrañísimas marcas.

Llegó un momento, en el que no querían preguntarse nada más, ya habían tenido demasiado con el caso Montefusco.

Se apearon en silencio en la puerta de la seccional e ingresaron.

 

8 de ENERO 1985

―Buen día Lu ―saludó Nicolás entrando por la puerta de la comisaría―.

―Buen día jefe ―saludó su compañera.

¿Llamó alguien? ―preguntó Nicolás con gesto cansado.

―Si... Méndez ―respondió Lu con gesto magro.

¿Qué quería?

―Me dijo que cuando tenga tiempo, que vaya a hablar con él, al Municipio, dijo que quiere ultimar los detalles de su ascenso ―dijo Lu y sonrió.

―Tonterías de ése Méndez... ―exclamó Nicolás con desprecio―, ¿Dijo algo más?

―No... solamente que vaya presentable.

Nicolás miró a Lu y miró el cielo raso.

"Por Dios con éste Méndez" pensó, y entró a su oficina.

Dejó su chaqueta, se sirvió un poco de café y encendió un Gold Leaf.

¿Quiere una medialuna jefe? ―preguntó Lu con una sonrisa.

―Bueno... ¡que sea de grasa! ―gritó, y sonrió.

¡Buen día... estimado Cernadas! ―dijo una voz, pero por la tonada, enseguida Nicolás se puso en alerta máxima.

¿Qué sucede Méndez? ―preguntó Nicolás entrecerrando los ojos, mientras que el intendente se dejaba caer hábilmente sobre la silla frente al escritorio.

―Nada... sólo vine a saludar a mi nuevo Sargento Primero, el cual tuvo una brillante actuación el caso Montefusco ―dijo Méndez mirándose las uñas.

¿Qué sucede Méndez? ―volvió a preguntar Nicolás inhalando un poco de humo.

―Buenoooo jefe, aaaaquí le traigo su media... ―Lu se interrumpió, al ver el rostro de Méndez.

¡Pero gracias hermosa... no te hubieras molestado! ―dijo Méndez tomando la medialuna y dándole un mordisco ―y cierra la puerta que tengo que hablar con Cernadas ―agregó y volteó.

―Bueno Cernadas, vamos al grano... tú sabes que en el mes de junio me postulo para intendente de Morón ―Méndez miró al policía tajantemente―, hasta ése entonces, no quiero tener que vivir nuevamente, lo que viví con el caso Montefusco-Barrientos ¿está claro? agregó en tono suave pero amenazante.

―Bueno... como usted diga ―respondió Nicolás, no quería iniciar una reyerta con el intendente―.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#101 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Sáb, 22 de Oct, 2005 2:55 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (II Entrega)
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(Páginas 7,8 y 9)

―Que... hay una señora muy viejita que necesita ayuda, pero muy urgente... ¡No se ría señor...! ―pidió la voz.

Nicolás miró a Goliat desconcertado, y le hizo una seña para que tomara el auricular conectado en paralelo para realizar las escuchas.

―Bueno Tiago dime adónde puedo...

¿Por qué el señor Goliat está escuchando nuestra conversación? ―preguntó la voz con decepción―.

Nicolás y Goliat se miraron sorprendidos.

―Disculpa... ¿Cómo sabes que...?

―No importa señor Nicolás... ¿me ayudas a salvar a la señora? ―preguntó el niño suplicando―.

―Si Tiago... dime...

―Calle Bruselas 1045, una casa de verja color verde, ahí está la señora ―respondió la voz, y seguidamente cortó la comunicación―.

Nicolás miró el auricular con desconcierto.

¿Hola...? ¡Hola! ―exclamó, pero solamente escuchó el tono mudo que enseguida se transformó en un sonido chirriante que le perforó el tímpano.

―Goliat... ¿Tú... conoces... a un Tiago? no... no puede ser ―exclamó, colgó el auricular y se puso de pie―.

Goliat seguía mirando el auricular, como si tuviera en la mano una barra de oro puro.

―Vamos Goliat, ya habrá tiempo para las explicaciones ―dijo Nicolás y palmeó a su gigantesco compañero―.

¿A-A-A... Adónde tenemos que ir... jefe? ―preguntó el grandulón colgando el auricular y aún pensando en la vocecita―.

―Calle Bruselas al mil... del otro de Ituzaingó; ése lugar ya es jurisdicción de la seccional de Hurlingham ¿Vamos? ―dijo Nicolás; se subieron a la patrulla, conectaron la sirena y partieron rápidamente.

Parecía que iba a ser un día radiante, pues rondaba por el ambiente un intenso sopor, que daba la sensación de estar en un sauna gigantesco.

Nicolás enseguida se palpó las axilas y su pecho sobre la camisa, estaba más que sudado; sin embargo Goliat, a pesar de su enorme corpulencia, no había despedido ni una gota.

La llamada había sido por demás extraña, y Nicolás no estaba dispuesto a entrar nuevamente juegos de acertijos; entonces, decidió sacar cualquier tema de conversación, para no pensar en cosas extrañas.

¿Cómo haces Goliat? ―le preguntó Nicolás, mientras que Goliat pasaba rápidamente con la patrulla, por la calle paralela a la plaza de Ituzaingó.

¿Cómo hago que, jefe?

¿Cómo haces para no sudar ni una gota? ―preguntó Nicolás extrañado mirando la frente del gigante.

―Ahhh... eso... si, es un viejo truco que me enseñó mi abuelo Evaristo ―respondió Goliat sonriendo, y mirando el camino.

¿Serías tan amable de decirme de que se trata?, ya me estoy asando aquí dentro de éste cacharro ―suplicó Nicolás.

―Si, mire... primero tiene que pensar en alguien que le cause alegría, yo siempre pienso en mi hija que está en España; luego, imagínese que esa persona viene, lo abraza, y lo ventila con algo, una revista, las manos o soplando, pero de una forma potente; tanto, que el viento le hace volar la cabellera. Luego, solamente relájese y piense en que usted está siendo ventilado por la persona que le causa alegría y a la vez, le traen a su lado, su plato favorito.... Usted empieza a comer tranquilamente, mientras toma una bebida de su gusto, pero biennnn fría... ¿Si...?, luego ―Goliat miró a Nicolás un momento―; ¿Jefe...? Heyyy Nicolás... ¿Jefe? ―exclamó tocando su hombro.

Nicolás reaccionó abriendo los ojos, y levantando la cabeza rápidamente.

¿Jefe...? ¿Se quedó dormido...?

―No sé... Goliat... o estoy agotado, o el secreto de tu abuelo Evaristo a mí, me hace dormir al instante.

―Si... puede ser... hummmm; sí, es verdad, yo recuerdo que a mi primo Bruno, éste secreto hacia que tuviera ganas de ir al baño, casi siempre le estallaban horribles flatos en el culo... si, puede ser que a usted lo haga dormir....

Nicolás sonrió un momento con la pequeña historia de Goliat, miró nuevamente el lugar donde se encontraba, llegaron hasta una pequeña plazoleta; la sortearon, y enseguida aparecieron delante del club "Amigos de Hurlingham", que era una entidad para hombres y mujeres de la tercera edad.

Calcularon que faltaban pocas calles para llegar al destino que les había indicado la pequeña voz por teléfono,

Giraron en una ochava, y llegaron a la calle y a la altura indicada.

¿Es acá? ―preguntó Goliat.

―Si... creo que si ―dijo Nicolás y miró una vez más su libreta―. Si es aquí ―agregó y se apeó de la patrulla.

Miró con curiosidad la casa que rejas verdes. Era una casa estilo americano, muy acogedora y prolija, en su jardín se pavoneaba débilmente un pequeño y simpático perro al que le faltaba un ojo, y un viejo gato, por demás obeso, que miraba al policía con total desinterés.

Nicolás batió las palmas para hacerse escuchar, pero no fue atendido a su llamado. Mientras tanto, Goliat, seguía mirando la escena desde la patrulla, ya que le parecía que la llamada era todo autoría de algún bromista, que tenía poderes adivinatorios.

Nicolás batió las palmas nuevamente, pero sólo obtuvo como respuesta el débil ladrido del perro, que era más un gorjeo gastado que otra cosa.

¡Jefe, me parece que es todo una broma...! ¿Nos vamos? ―gritó Goliat desde la patrulla―.

Nicolás miró al gigante, pero no respondió.

El perro seguía gorjeando, cuando el gato se levantó lentamente, y le aplicó un zarpazo en el morro, el can pegó un gañido quedo, y se echó.

Nicolás se encaminó a la patrulla, abrió la puerta del acompañante y se sentó.

Las luces de la patrulla, ya habían alertado a varios vecinos que se asomaban por las ventanas o por las puertas.

―Bueno Goliat... vamos, puede ser que tengas... ―de repente se interrumpió y miró al gato―. ¡Mira Goliat... el gato! ―exclamó―, que era iluminado esporádicamente por la luz giratoria de la sirena.

Nicolás tomó una linterna, y salió rápidamente de la patrulla, e iluminó el cuerpo del felino.

El gigante se apeó del automóvil y se acercó a la verja.

¿Eso es sangre jefe?.

(Continuará)

 

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#100 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 20 de Oct, 2005 8:33 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS III (La Oscuridad de Tiago)
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HUELLAS VERDADERAS

Capítulo III

LA OSCURIDAD DE TIAGO

(Voces muertas)

 

Esto es para Jorge Hernán Cernadas.

Te quiero viejo hermano.

Nicolás Cernadas estaba mirando la fotografía de su antiguo jefe Carlos Zárate; tamborileaba los dedos sobre el escritorio, sin entender lo que había sucedido.

¿Qué pasa jefe? ―preguntó Goliat de que pasaba por la puerta de la oficina y miraba al muchacho totalmente concentrado―.

―No sé Goliat... todo esto que pasó con el viejo Montefusco me dejó pensando... sólo eso ―respondió.

―No se aflija jefe, ya todo terminó; es más, usted ya sabe que vino una orden de Morón para su ascenso inmediato... el viejo Méndez tiene que estar bailando de alegría ―dijo Goliat riendo, mientras que daba un enorme mordisco a una medialuna―.

Ciertamente a Nicolás no le interesaba el tema del ascenso; sabía, que sólo era un premio al que lo había recomendado el intendente de Morón, Fabio González, (quizá inducido por su antiguo jefe Carlos Zárate), y al cual, Jeremías Méndez se había opuesto terminantemente.

Pero Nicolás sabía que algún integrante de la familia Montefusco o Barrientos, (dos de las familias más poderosas de Ituzaingó), había dado el visto bueno para el inicio de la carrera del policía.

¿Qué hago con ése pedazo de madera, jefe? ―preguntó Goliat sacando de sus pensamientos a Nicolás―.

¿Cómo...? disculpa, no te escuché.

―Que... ¿qué hago con el tablero... Ouija, ése que quedó aquí? ―preguntó nuevamente Goliat terminando de devorar su desayuno.

―Ahhh... sí... el tablero ―Nicolás se quedó pensativo un segundo, obviamente tenía que destruirlo, dudaba que no fuera verdad lo que habían contado el viejo Montefusco y su nieto; pero no quería tener luego encima a Méndez, sermoneándolo sobre los destinos de las pruebas físicas de los casos―. Dile a Lu, que lo guarde en el depósito de pruebas; pero que lo oculte muy bien, y no quiero que alguien se acerque a curiosear ¿Entendido?

―Bien, jefe ―respondió Goliat y se encaminó hacia la sala de detenciones―.

Eran apenas los primeros días del nuevo año. y luego de que la lluvia estuviera arreciando sobre Ituzaingó; de un día al otro, había aparecido un inmenso sol sobre la ciudad.

La temperatura iba subiendo gradualmente, pero el calor ya era un poco sofocante.

Nicolás había tenido la confirmación de que su próximo cargo sería el de Sargento; pero él, estaba lejos de las adulaciones y los premios.

Su relación con el hermano del intendente, Carlos Méndez, alias Cujo, se estrechaba cada día más; sin embargo, la relación que mantenía con Jeremías Méndez, se tensaba a medida que pasaba el tiempo.

Nicolás sabía que Méndez lo podía hacer volar en un segundo de la jefatura de la seccional de Ituzaingó.

Ambos sabían (sobretodo Nicolás) que estar al frente de la comisaría, era un puesto que no le correspondía, pero a Méndez le facilitaba su trabajo en la urbe, ya que a diferencia de Zárate, Nicolás no tenía contactos con nadie de otras comisarías, y no tenía trato con reos o soplones que pudieran mantenerlo al tanto de los negociados de Méndez en el Municipio.

Fue ese año que la relación con el intendente, se volvió áspera y más tensa que nunca

Nicolás siempre recordaba como ése año había tenido a Méndez a su merced, si su intención hubiera sido querer hundirlo en su carrera política. Pero también recordaba, como había sido su encuentro con Rodrigo Bremer...

¡...Y a llegado la hora, en la cual todo lo que se evidencia, se muestra ante mis ojos, como una roca que tiene una sola y aterradora palabra esculpida: VERDAD!

Anónimo

7 de ENERO 1985

Eran cerca de las cinco de la madrugada, pero eran una de esas noches donde el calor era agobiante. Los ventiladores de techo y de pie, estaban funcionando a pleno.

―Listo jefe, ya Lu guardó el tablero en el sótano, solamente ella sabe dónde está colocado ―dijo Goliat.

―Bien... gracias Goliat... escucha quería hacerte ―Nicolás se detuvo, pasó su dedo por su labio y frunció el ceño―, no nada... olvídalo ―dijo finalmente.

―Jefe... ¿Me iba a preguntar por lo que pasó con el pedazo de madera? ―preguntó Goliat sonriendo de lado.

―Si Goliat... ¿Tú crees que todo lo que nos contó el viejo Montefusco y su nieto pudo ser verdad? ―preguntó Nicolás encendiendo un Gold Leaf―.

―Mire jefe... no sé si el viejo o su nieto decían la verdad; pero de lo que estoy seguro, es de lo que vi la otra noche aquí, junto con Cujo y Lu... esa madera se movía sola, como si tuviera vida. Además, no se olvide que usted nos contó lo que Montefusco gritó antes de morirse sobre la tumba de la niña... Yo creo que es verdad jefe.

―Si puede ser.... pero... bueno, ya no interesa Goliat, lo importante es que podamos estar tranquilos sin Méndez acechando desde las sombras ―dijo y sonrió maliciosamente―.

―Si, eso es lo mismo que...

―Tiene un llamado urgente jefe ―avisó Laura Goncalves.

―Gracias Lu ―dijo Nicolás y tomó el teléfono.

―Hable ―dijo con voz directa.

¿Nicolás Cernadas? ―preguntó una vocecita del otro lado de la línea.

―Si, él habla... ¿Con quien tengo el gusto? ―preguntó con una semi sonrisa―.

―Tiago ―respondió la voz.

―Bien Tiago dime, ¿en que puedo ayudarte?

―Señor... hay una señora muy viejita que necesita ayuda urgente ―dijo la voz.

Nicolás sonrió y miró el auricular.

―Disculpa... ¿Qué me has dicho?

―Que... hay una señora muy viejita que necesita ayuda, pero muy urgente... ¡No se ría señor...! ―pidió la voz.

Nicolás miró a Goliat desconcertado, y le hizo una seña para que tomara el auricular conectado en paralelo para realizar las escuchas.

―Bueno Tiago dime adónde puedo...

¿Por qué el señor Goliat está escuchando nuestra conversación? ―preguntó la voz con decepción―.

Nicolás y Goliat se miraron sorprendidos.

―Disculpa... ¿Cómo sabes que...?

―No importa señor Nicolás... ¿me ayudas a salvar a la señora? ―preguntó el niño suplicando―.

―Si Tiago... dime...

―Calle Bruselas 1045, una casa de verja color verde, ahí está la señora ―respondió la voz, y seguidamente cortó la comunicación―.

Nicolás miró el auricular con desconcierto.

¿Hola...? ¡Hola! ―exclamó, pero solamente escuchó el tono mudo que enseguida se transformó en un sonido chirriante que le perforó el tímpano.

―Goliat... ¿Tú... conoces... a un Tiago? no... no puede ser ―exclamó, colgó el auricular y se puso de pie―.

Goliat seguía mirando el auricular, como si tuviera en la mano una barra de oro puro.

―Vamos Goliat, ya habrá tiempo para las explicaciones ―dijo Nicolás y palmeó a su gigantesco compañero―.

¿A-A-A... Adónde tenemos que ir... jefe? ―preguntó el grandulón colgando el auricular y aún pensando en la vocecita―.

―Calle Bruselas al mil... del otro de Ituzaingó; ése lugar ya es jurisdicción de la seccional de Hurlingham ¿Vamos? ―dijo Nicolás; se subieron a la patrulla, conectaron la sirena y partieron rápidamente.

Parecía que iba a ser un día radiante, pues rondaba por el ambiente un intenso sopor, que daba la sensación de estar en un sauna gigantesco.

Nicolás enseguida se palpó las axilas y su pecho sobre la camisa, estaba más que sudado; sin embargo Goliat, a pesar de su enorme corpulencia, no había despedido ni una gota.

La llamada había sido por demás extraña, y Nicolás no estaba dispuesto a entrar nuevamente juegos de acertijos; entonces, decidió sacar cualquier tema de conversación, para no pensar en cosas extrañas.

¿Cómo haces Goliat? ―le preguntó Nicolás, mientras que Goliat pasaba rápidamente con la patrulla, por la calle paralela a la plaza de Ituzaingó.

¿Cómo hago que, jefe?

¿Cómo haces para no sudar ni una gota? ―preguntó Nicolás extrañado mirando la frente del gigante.

―Ahhh... eso... si, es un viejo truco que me enseñó mi abuelo Evaristo ―respondió Goliat sonriendo, y mirando el camino.

¿Serías tan amable de decirme de que se trata?, ya me estoy asando aquí dentro de éste cacharro ―suplicó Nicolás.

―Si, mire... primero tiene que pensar en alguien que le cause alegría, yo siempre pienso en mi hija que está en España; luego, imagínese que esa persona viene, lo abraza, y lo ventila con algo, una revista, las manos o soplando, pero de una forma potente; tanto, que el viento le hace volar la cabellera. Luego, solamente relájese y piense en que usted está siendo ventilado por la persona que le causa alegría y a la vez, le traen a su lado, su plato favorito.... Usted empieza a comer tranquilamente, mientras toma una bebida de su gusto, pero biennnn fría... ¿Si...?, luego ―Goliat miró a Nicolás un momento―; ¿Jefe...? Heyyy Nicolás... ¿Jefe? ―exclamó tocando su hombro.

Nicolás reaccionó abriendo los ojos, y levantando la cabeza rápidamente.

¿Jefe...? ¿Se quedó dormido...?

―No sé... Goliat... o estoy agotado, o el secreto de tu abuelo Evaristo a mí, me hace dormir al instante.

―Si... puede ser... hummmm; sí, es verdad, yo recuerdo que a mi primo Bruno, éste secreto hacia que tuviera ganas de ir al baño, casi siempre le estallaban horribles flatos en el culo... si, puede ser que a usted lo haga dormir....

Nicolás sonrió un momento con la pequeña historia de Goliat, miró nuevamente el lugar donde se encontraba, llegaron hasta una pequeña plazoleta; la sortearon, y enseguida aparecieron delante del club "Amigos de Hurlingham", que era una entidad para hombres y mujeres de la tercera edad.

Calcularon que faltaban pocas calles para llegar al destino que les había indicado la pequeña voz por teléfono,

Giraron en una ochava, y llegaron a la calle y a la altura indicada.

¿Es acá? ―preguntó Goliat.

―Si... creo que si ―dijo Nicolás y miró una vez más su libreta―. Si es aquí ―agregó y se apeó de la patrulla.

Miró con curiosidad la casa que rejas verdes. Era una casa estilo americano, muy acogedora y prolija, en su jardín se pavoneaba débilmente un pequeño y simpático perro al que le faltaba un ojo, y un viejo gato, por demás obeso, que miraba al policía con total desinterés.

Nicolás batió las palmas para hacerse escuchar, pero no fue atendido a su llamado. Mientras tanto, Goliat, seguía mirando la escena desde la patrulla, ya que le parecía que la llamada era todo autoría de algún bromista, que tenía poderes adivinatorios.

Nicolás batió las palmas nuevamente, pero sólo obtuvo como respuesta el débil ladrido del perro, que era más un gorjeo gastado que otra cosa.

¡Jefe, me parece que es todo una broma...! ¿Nos vamos? ―gritó Goliat desde la patrulla―.

Nicolás miró al gigante, pero no respondió.

El perro seguía gorjeando, cuando el gato se levantó lentamente, y le aplicó un zarpazo en el morro, el can pegó un gañido quedo, y se echó.

Nicolás se encaminó a la patrulla, abrió la puerta del acompañante y se sentó.

Las luces de la patrulla, ya habían alertado a varios vecinos que se asomaban por las ventanas o por las puertas.

―Bueno Goliat... vamos, puede ser que tengas... ―de repente se interrumpió y miró al gato―. ¡Mira Goliat... el gato! ―exclamó―, que era iluminado esporádicamente por la luz giratoria de la sirena.

Nicolás tomó una linterna, y salió rápidamente de la patrulla, e iluminó el cuerpo del felino.

El gigante se apeó del automóvil y se acercó a la verja.

¿Eso es sangre jefe?.

―Probablemente Goliat... ven ayúdame a abrir la puerta ―pidió.

Nicolás le propinó un topetazo a la puerta de la verja, pero la reja onduló con un crujido.

Goliat se acercó y con la suela de su enorme zapato, hizo palanca contra uno de los barrotes de la reja.

La puerta no solamente cedió, sino que cayó ante la fuerza del gigante dando un ruido seco al caer, y casi aplastando al gato que seguía mirando la escena como si no le interesara nada más que echarse nuevamente, que fue lo que hizo.

Nicolás caminó sobre la reja y golpeó en la puerta principal de la casa.

La puerta era de chapa, y enseguida hizo un enorme eco dentro de la vivienda, pero nadie respondió.

Enseguida, Goliat rodeó la casa, y vio que la puerta trasera estaba entreabierta, y con la cerradura volada de un golpe.

¡Policía! ―gritó Goliat, al momento que desenfundaba su arma―. ¡Policía...! ―gritó nuevamente el gigante, entró a la casa y al tanteo accionó el interruptor de luz.

Nicolás corrió hasta el lugar y lo primero que vio, fue que el piso de la cocina, estaba marcado con pequeñas huellas de sangre, que seguramente eran del gato, desenfundó su arma y caminó lentamente hacia el interior.

Mientras caminaban, iban accionando lentamente los interruptores de iluminación; vieron que la única luz que estaba prendida, era la de un dormitorio.

En el suelo del living, aún había grandes valijas y bolsos aún sin desarmar.

El pequeño living y un recibidor estaban pulcramente ordenados. Tras Nicolás, entraron el perro seguido del gato, que enseguida se echó sobre un tapete.

Los vecinos curiosos, ya se habían arremolinado en la calle, y otros en la acera para ver que era lo que estaba sucediendo.

Goliat primero fue a una habitación, y Nicolás enseguida escuchó una débil caída de agua, y un lamento.

Rápidamente se dirigió hacia el baño, que estaba con la luz encendida; la puerta estaba entornada, la golpeó con el caño de su arma y gritó―: ¡Policía... salga con las manos en alto...!

Silencio...

Goliat se colocó a su lado y murmuró―: la casa está vacía jefe.

Abrieron la puerta.

Lo primero que vieron, fue a una anciana enfundada en un camisón rosa, con medio cuerpo fuera de la bañera, y con su cabeza sobre el suelo.

La mujer apenas balbuceaba y movía una de sus manos apretando una toalla. De la coronilla y de la sien, manaba abundante sangre, que había formado un pequeño pero grueso hilo rojo, que desembocaba por una rejilla que estaba en el piso.

Rápidamente Nicolás enfundó su arma y se acuclilló al lado de la mujer, le colocó la toalla debajo de su cabeza para tapar la herida, y la cubrió con un toallón.

―Llama urgente al Doctor Allende y que traiga la ambulancia ―le dijo Nicolás a Goliat―.

―Enseguida jefe ―respondió―, tomó su radio, y moduló pidiendo la ambulancia y presencia médica urgente―.

No querían tocar a la anciana, porque parecía ser un cuerpo más que frágil, solamente se quedaron ambos al lado de ella, mirando como la anciana respiraba dificultosamente.

A los diez minutos, escucharon las sirenas y las corridas de los camilleros y del médico.

¿Qué sucedió Cernadas? ―preguntó el doctor Sergio Allende Rojas.

―Ahí doctor ―respondió Nicolás señalando el baño.

Allende se dirigió rápidamente al lugar, y empezó a auscultar a la mujer con su estetoscopio.

Tocó el cuerpo para encontrar huesos rotos; viendo que la anciana no presentaba quebraduras, le hizo una seña a Goliat para que movieran el cuerpo muy suavemente.

―Bueno señores, muchas gracias, si no hubieran estado aquí, seguramente ya ésta mujer estaría en la morgue ―dijo Allende.

Luego, solamente colocaron a la anciana sobre la camilla muy cuidadosamente, y partieron rápidamente hacia el Hospital de Morón.

Ambos se miraron, se quedaron un momento sentados a la mesa de la cocina mirando la casa sin decir palabra alguna.

¿Qué diablos son esas marcas en el suelo del baño? ―preguntó Goliat.

―No lo sé Goliat... yo estaba pensando en lo mismo ―dijo Nicolás―.

Miró a su compañero, se puso de pie y se dirigió al baño. Era una extraña marca oval, era como si algo o alguien, hubiera calentado los cerámicos del baño hasta hacerlos estallar por la temperatura; y las marcas, no solamente estaban en el piso, en la pared también.

¿Qué hay ahí en el medio? ―dijo Goliat.

Nicolás se acuclilló junto a la marca negruzca, en el medio de ella, parecía haber dos marcas con contornos bien definidos.

¿Esas son marcas... son huellas de pies? ―preguntó Goliat sorprendido, acuclillándose junto a Nicolás.

―No lo sé Goliat ―dijo Nicolás―, tocando con la punta de sus dedos las superficies quemadas―.

Volteó y miró las marcas que había en las paredes laterales del baño. Los cerámicos estaban quemados, y surcados por hendiduras corvas, y algunas rectas: parecía que una y otra vez, hubieran raspado las paredes con algo filoso y caliente.

Nicolás y Goliat se quedaron en silencio contemplando eso.

¿Volvemos jefe? ―preguntó Goliat.

―Si... vamos ―respondió Nicolás, aseguraron las puertas con precintos, fajaron la entrada a la casa, y se dirigieron nuevamente a la seccional.

En el camino, se iban preguntando como rayos era posible que alguien (supuestamente un niño) pudiera predecir un hecho de ésa naturaleza, y se preguntaban quien diablos podía realizar esas extrañísimas marcas.

Llegó un momento, en el que no querían preguntarse nada más, ya habían tenido demasiado con el caso Montefusco.

Se apearon en silencio en la puerta de la seccional e ingresaron.

                                               (Continuará)

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#99 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Mar, 18 de Oct, 2005 8:08 pm
Asunto: REVIVIR
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REVIVIR

Donde vayas, ahí te esperaré. Donde estés ahí yo estaré.

Donde caigas, estaré para socorrerte. Donde sueñes, estaré para alentarte.

Donde huyas, estaré para buscarte. Donde duermas, estaré para despertarte.

Donde calles, seré guardián de tu silencio. Donde camines, estaré para acompañarte.

Donde vueles, remendaré tus alas. Donde empieces, te mostraré como llegar al final.

Donde pierdas, te enseñaré como ganar. Donde te esfuerces, te alentaré para luchar.

Donde ames, te complaceré. Donde hables, escribiré tus palabras.

Donde sangres, te curaré. Donde pidas te daré.

Donde rías, festejaré contigo. Donde mueras, honraré tu memoria.

Donde puedas, ahí me verás surgir. Donde me llames, me verás revivir.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#98 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Lun, 17 de Oct, 2005 10:26 pm
Asunto: EN VANO
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EN VANO

De vez en cuando miro el mar, y recuerdo los vaivenes de mi vida, mis amigos, ex amigos, mis amores, ex amores, mis pérdidas y mis ganancias, y veo que no todo fue en vano, y que a pesar de que hoy mis manos juveniles se transformaron en una especie de garras temblorosas, no todo fue en vano.

Viví de la mejor forma posible, tal vez me equivoqué, quizá me mentí a mí mismo, pero no puedo culpar a un tercero por mis decisiones.

Hoy la lluvia cae lentamente sobre mi rostro que ya está casi desfigurado por las arrugas, y pienso, ¿qué hubiera sido de mí, si hubiera cambiado ese SI, por un NO y viceversa?...¿qué hubiera sido?, a veces me alegro, otras....me quedo imaginando en los buenos o malos rumbos que tal vez hubiese tomado mi vida.

Pero no todo fue en vano.

Hoy, miro al cielo, y veo la misma luna que me vio nacer, y tal vez que me vea morir, y pienso que historias mías se tejieron bajo ese halo lúgubre de luz sombría, ¿cuantas oportunidades habré perdido?

Me pregunto...

¿Y cuantas habré aprovechado...?

Hoy que estoy aquí , solo, ante la presencia del Buen Dios, me pregunto si fui todo lo que quise ser, si hice todo lo quise hacer, si dije todo lo que tuve que decir; me pregunto si los días que pasé de largo se transformaron en enemigos de mi futuro, y me pregunto también, si aquellos días que aproveché, se transformaron en los carceleros de mi historia.

No lo sé.

¡¡¡¡Si pudiera empezar una ves más!!!!!!!, pero no....

Creo que ya es suficiente, ya reí, lloré, callé y hablé lo suficiente, creo que ya es la hora de callar para siempre y dejar que el tiempo siga andando, a favor de los que suben al carrusel de la vida.

Ya creo...es suficiente.

Pero no digo, Adiós...

Digo más bien, Gracias.

Porque más allá de lo bueno y lo malo, no todo fue en vano.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#97 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Lun, 17 de Oct, 2005 4:38 pm
Asunto: HUELLAS VERDADERAS (Nicolás Cernadas)
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HUELLAS VERDADERAS

Capítulo III

LA OSCURIDAD DE TIAGO

(Voces muertas)

 

LA OSCURIDAD DE TIAGO

(VOCES MUERTAS)

 

Esto es para Jorge Hernán Cernadas.

Te quiero viejo hermano.

Nicolás Cernadas estaba mirando la fotografía de su antiguo jefe Carlos Zárate; tamborileaba los dedos sobre el escritorio, sin entender lo que había sucedido.

¿Qué pasa jefe? ―preguntó Goliat de que pasaba por la puerta de la oficina y miraba al muchacho totalmente concentrado―.

―No sé Goliat... todo esto que pasó con el viejo Montefusco me dejó pensando... sólo eso ―respondió.

―No se aflija jefe, ya todo terminó; es más, usted ya sabe que vino una orden de Morón para su ascenso inmediato... el viejo Méndez tiene que estar bailando de alegría ―dijo Goliat riendo, mientras que daba un enorme mordisco a una medialuna―.

Ciertamente a Nicolás no le interesaba el tema del ascenso; sabía, que sólo era un premio al que lo había recomendado el intendente de Morón, Fabio González, (quizá inducido por su antiguo jefe Carlos Zárate), y al cual, Jeremías Méndez se había opuesto terminantemente.

Pero Nicolás sabía que algún integrante de la familia Montefusco o Barrientos, (dos de las familias más poderosas de Ituzaingó), había dado el visto bueno para el inicio de la carrera del policía.

¿Qué hago con ése pedazo de madera, jefe? ―preguntó Goliat sacando de sus pensamientos a Nicolás―.

¿Cómo...? disculpa, no te escuché.

―Que... ¿qué hago con el tablero... Ouija, ése que quedó aquí? ―preguntó nuevamente Goliat terminando de devorar su desayuno.

―Ahhh... sí... el tablero ―Nicolás se quedó pensativo un segundo, obviamente tenía que destruirlo, dudaba que no fuera verdad lo que habían contado el viejo Montefusco y su nieto; pero no quería tener luego encima a Méndez, sermoneándolo sobre los destinos de las pruebas físicas de los casos―. Dile a Lu, que lo guarde en el depósito de pruebas; pero que lo oculte muy bien, y no quiero que alguien se acerque a curiosear ¿Entendido?

―Bien, jefe ―respondió Goliat y se encaminó hacia la sala de detenciones―.

Eran apenas los primeros días del nuevo año. y luego de que la lluvia estuviera arreciando sobre Ituzaingó; de un día al otro, había aparecido un inmenso sol sobre la ciudad.

La temperatura iba subiendo gradualmente, pero el calor ya era un poco sofocante.

Nicolás había tenido la confirmación de que su próximo cargo sería el de Sargento; pero él, estaba lejos de las adulaciones y los premios.

Su relación con el hermano del intendente, Carlos Méndez, alias Cujo, se estrechaba cada día más; sin embargo, la relación que mantenía con Jeremías Méndez, se tensaba a medida que pasaba el tiempo.

Nicolás sabía que Méndez lo podía hacer volar en un segundo de la jefatura de la seccional de Ituzaingó.

Ambos sabían (sobretodo Nicolás) que estar al frente de la comisaría, era un puesto que no le correspondía, pero a Méndez le facilitaba su trabajo en la urbe, ya que a diferencia de Zárate, Nicolás no tenía contactos con nadie de otras comisarías, y no tenía trato con reos o soplones que pudieran mantenerlo al tanto de los negociados de Méndez en el Municipio.

Fue ese año que la relación con el intendente, se volvió áspera y más tensa que nunca

Nicolás siempre recordaba como ése año había tenido a Méndez a su merced, si su intención hubiera sido querer hundirlo en su carrera política. Pero también recordaba, como había sido su encuentro con Rodrigo Bremer...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡...Y a llegado la hora, en la cual todo lo que se evidencia, se muestra ante mis ojos, como una roca que tiene una sola y aterradora palabra esculpida: VERDAD!

Anónimo

7 de ENERO 1985

Eran cerca de las cinco de la madrugada, pero eran una de esas noches donde el calor era agobiante. Los ventiladores de techo y de pie, estaban funcionando a pleno.

―Listo jefe, ya Lu guardó el tablero en el sótano, solamente ella sabe dónde está colocado ―dijo Goliat.

―Bien... gracias Goliat... escucha quería hacerte ―Nicolás se detuvo, pasó su dedo por su labio y frunció el ceño―, no nada... olvídalo ―dijo finalmente.

―Jefe... ¿Me iba a preguntar por lo que pasó con el pedazo de madera? ―preguntó Goliat sonriendo de lado.

―Si Goliat... ¿Tú crees que todo lo que nos contó el viejo Montefusco y su nieto pudo ser verdad? ―preguntó Nicolás encendiendo un Gold Leaf―.

―Mire jefe... no sé si el viejo o su nieto decían la verdad; pero de lo que estoy seguro, es de lo que vi la otra noche aquí, junto con Cujo y Lu... esa madera se movía sola, como si tuviera vida. Además, no se olvide que usted nos contó lo que Montefusco gritó antes de morirse sobre la tumba de la niña... Yo creo que es verdad jefe.

―Si puede ser.... pero... bueno, ya no interesa Goliat, lo importante es que podamos estar tranquilos sin Méndez acechando desde las sombras ―dijo y sonrió maliciosamente―.

―Si, eso es lo mismo que...

―Tiene un llamado urgente jefe ―avisó Laura Goncalves.

―Gracias Lu ―dijo Nicolás y tomó el teléfono.

―Hable ―dijo con voz directa.

¿Nicolás Cernadas? ―preguntó una vocecita del otro lado de la línea.

―Si, él habla... ¿Con quien tengo el gusto? ―preguntó con una semi sonrisa―.

―Tiago ―respondió la voz.

―Bien Tiago dime, ¿en que puedo ayudarte?

―Señor... hay una señora muy viejita que necesita ayuda urgente ―dijo la voz.

Nicolás sonrió y miró el auricular.

―Disculpa... ¿Qué me has dicho?

―Que... hay una señora muy viejita que necesita ayuda, pero muy urgente... ¡No se ría señor...! ―pidió la voz.

Nicolás miró a Goliat desconcertado, y le hizo una seña para que tomara el auricular conectado en paralelo para realizar las escuchas.

―Bueno Tiago dime adónde puedo...

¿Por qué el señor Goliat está escuchando nuestra conversación? ―preguntó la voz con decepción―.

Nicolás y Goliat se miraron sorprendidos.

―Disculpa... ¿Cómo sabes que...?

―No importa señor Nicolás... ¿me ayudas a salvar a la señora? ―preguntó el niño suplicando―.

―Si Tiago... dime...

―Calle Bruselas 1045, una casa de verja color verde, ahí está la señora ―respondió la voz, y seguidamente cortó la comunicación―.

Nicolás miró el auricular con desconcierto.

¿Hola...? ¡Hola! ―exclamó, pero solamente escuchó el tono mudo que enseguida se transformó en un sonido chirriante que le perforó el tímpano.

―Goliat... ¿Tú... conoces... a un Tiago? no... no puede ser ―exclamó, colgó el auricular y se puso de pie―.

Goliat seguía mirando el auricular, como si tuviera en la mano una barra de oro puro.

―Vamos Goliat, ya habrá tiempo para las explicaciones ―dijo Nicolás y palmeó a su gigantesco compañero―.

¿A-A-A... Adónde tenemos que ir... jefe? ―preguntó el grandulón colgando el auricular y aún pensando en la vocecita―.

―Calle Bruselas al mil... del otro de Ituzaingó; ése lugar ya es jurisdicción de la seccional de Hurlingham ¿Vamos? ―dijo Nicolás; se subieron a la patrulla, conectaron la sirena y partieron rápidamente.

Parecía que iba a ser un día radiante, pues rondaba por el ambiente un intenso sopor, que daba la sensación de estar en un sauna gigantesco.

Nicolás enseguida se palpó las axilas y su pecho sobre la camisa, estaba más que sudado; sin embargo Goliat, a pesar de su enorme corpulencia, no había despedido ni una gota.

La llamada había sido por demás extraña, y Nicolás no estaba dispuesto a entrar nuevamente juegos de acertijos; entonces, decidió sacar cualquier tema de conversación, para no pensar en cosas extrañas.

¿Cómo haces Goliat? ―le preguntó Nicolás, mientras que Goliat pasaba rápidamente con la patrulla, por la calle paralela a la plaza de Ituzaingó.

¿Cómo hago que, jefe?

¿Cómo haces para no sudar ni una gota? ―preguntó Nicolás extrañado mirando la frente del gigante.

―Ahhh... eso... si, es un viejo truco que me enseñó mi abuelo Evaristo ―respondió Goliat sonriendo, y mirando el camino.

¿Serías tan amable de decirme de que se trata?, ya me estoy asando aquí dentro de éste cacharro ―suplicó Nicolás.

―Si, mire... primero tiene que pensar en alguien que le cause alegría, yo siempre pienso en mi hija que está en España; luego, imagínese que esa persona viene, lo abraza, y lo ventila con algo, una revista, las manos o soplando, pero de una forma potente; tanto, que el viento le hace volar la cabellera. Luego, solamente relájese y piense en que usted está siendo ventilado por la persona que le causa alegría y a la vez, le traen a su lado, su plato favorito.... Usted empieza a comer tranquilamente, mientras toma una bebida de su gusto, pero biennnn fría... ¿Si...?, luego ―Goliat miró a Nicolás un momento―; ¿Jefe...? Heyyy Nicolás... ¿Jefe? ―exclamó tocando su hombro.

Nicolás reaccionó abriendo los ojos, y levantando la cabeza rápidamente.

¿Jefe...? ¿Se quedó dormido...?

―No sé... Goliat... o estoy agotado, o el secreto de tu abuelo Evaristo a mí, me hace dormir al instante.

―Si... puede ser... hummmm; sí, es verdad, yo recuerdo que a mi primo Bruno, éste secreto hacia que tuviera ganas de ir al baño, casi siempre le estallaban horribles flatos en el culo... si, puede ser que a usted lo haga dormir....

Nicolás sonrió un momento con la pequeña historia de Goliat, miró nuevamente el lugar donde se encontraba, llegaron hasta una pequeña plazoleta; la sortearon, y enseguida aparecieron delante del club "Amigos de Hurlingham", que era una entidad para hombres y mujeres de la tercera edad.

Calcularon que faltaban pocas calles para llegar al destino que les había indicado la pequeña voz por teléfono,

Giraron en una ochava, y llegaron a la calle y a la altura indicada.

¿Es acá? ―preguntó Goliat.

―Si... creo que si ―dijo Nicolás y miró una vez más su libreta―. Si es aquí ―agregó y se apeó de la patrulla.

Miró con curiosidad la casa que rejas verdes. Era una casa estilo americano, muy acogedora y prolija, en su jardín se pavoneaba débilmente un pequeño y simpático perro al que le faltaba un ojo, y un viejo gato, por demás obeso, que miraba al policía con total desinterés.

Nicolás batió las palmas para hacerse escuchar, pero no fue atendido a su llamado. Mientras tanto, Goliat, seguía mirando la escena desde la patrulla, ya que le parecía que la llamada era todo autoría de algún bromista, que tenía poderes adivinatorios.

Nicolás batió las palmas nuevamente, pero sólo obtuvo como respuesta el débil ladrido del perro, que era más un gorjeo gastado que otra cosa.

¡Jefe, me parece que es todo una broma...! ¿Nos vamos? ―gritó Goliat desde la patrulla―.

Nicolás miró al gigante, pero no respondió.

El perro seguía gorjeando, cuando el gato se levantó lentamente, y le aplicó un zarpazo en el morro, el can pegó un gañido quedo, y se echó.

Nicolás se encaminó a la patrulla, abrió la puerta del acompañante y se sentó.

Las luces de la patrulla, ya habían alertado a varios vecinos que se asomaban por las ventanas o por las puertas.

―Bueno Goliat... vamos, puede ser que tengas... ―de repente se interrumpió y miró al gato―. ¡Mira Goliat... el gato! ―exclamó―, que era iluminado esporádicamente por la luz giratoria de la sirena.

Nicolás tomó una linterna, y salió rápidamente de la patrulla, e iluminó el cuerpo del felino.

El gigante se apeó del automóvil y se acercó a la verja.

¿Eso es sangre jefe?.

―Probablemente Goliat... ven ayúdame a abrir la puerta ―pidió.

Nicolás le propinó un topetazo a la puerta de la verja, pero la reja onduló con un crujido.

Goliat se acercó y con la suela de su enorme zapato, hizo palanca contra uno de los barrotes de la reja.

La puerta no solamente cedió, sino que cayó ante la fuerza del gigante dando un ruido seco al caer, y casi aplastando al gato que seguía mirando la escena como si no le interesara nada más que echarse nuevamente, que fue lo que hizo.

Nicolás caminó sobre la reja y golpeó en la puerta principal de la casa.

La puerta era de chapa, y enseguida hizo un enorme eco dentro de la vivienda, pero nadie respondió.

Enseguida, Goliat rodeó la casa, y vio que la puerta trasera estaba entreabierta, y con la cerradura volada de un golpe.

¡Policía! ―gritó Goliat, al momento que desenfundaba su arma―. ¡Policía...! ―gritó nuevamente el gigante, entró a la casa y al tanteo accionó el interruptor de luz.

Nicolás corrió hasta el lugar y lo primero que vio, fue que el piso de la cocina, estaba marcado con pequeñas huellas de sangre, que seguramente eran del gato, desenfundó su arma y caminó lentamente hacia el interior.

Mientras caminaban, iban accionando lentamente los interruptores de iluminación; vieron que la única luz que estaba prendida, era la de un dormitorio.

En el suelo del living, aún había grandes valijas y bolsos aún sin desarmar.

El pequeño living y un recibidor estaban pulcramente ordenados. Tras Nicolás, entraron el perro seguido del gato, que enseguida se echó sobre un tapete.

Los vecinos curiosos, ya se habían arremolinado en la calle, y otros en la acera para ver que era lo que estaba sucediendo.

Goliat primero fue a una habitación, y Nicolás enseguida escuchó una débil caída de agua, y un lamento.

Rápidamente se dirigió hacia el baño, que estaba con la luz encendida; la puerta estaba entornada, la golpeó con el caño de su arma y gritó―: ¡Policía... salga con las manos en alto...!

Silencio...

Goliat se colocó a su lado y murmuró―: la casa está vacía jefe.

Abrieron la puerta.

Lo primero que vieron, fue a una anciana enfundada en un camisón rosa, con medio cuerpo fuera de la bañera, y con su cabeza sobre el suelo.

La mujer apenas balbuceaba y movía una de sus manos apretando una toalla. De la coronilla y de la sien, manaba abundante sangre, que había formado un pequeño pero grueso hilo rojo, que desembocaba por una rejilla que estaba en el piso.

Rápidamente Nicolás enfundó su arma y se acuclilló al lado de la mujer, le colocó la toalla debajo de su cabeza para tapar la herida, y la cubrió con un toallón.

―Llama urgente al Doctor Allende y que traiga la ambulancia ―le dijo Nicolás a Goliat―.

―Enseguida jefe ―respondió―, tomó su radio, y moduló pidiendo la ambulancia y presencia médica urgente―.

No querían tocar a la anciana, porque parecía ser un cuerpo más que frágil, solamente se quedaron ambos al lado de ella, mirando como la anciana respiraba dificultosamente.

A los diez minutos, escucharon las sirenas y las corridas de los camilleros y del médico.

¿Qué sucedió Cernadas? ―preguntó el doctor Sergio Allende Rojas.

―Ahí doctor ―respondió Nicolás señalando el baño.

Allende se dirigió rápidamente al lugar, y empezó a auscultar a la mujer con su estetoscopio.

Tocó el cuerpo para encontrar huesos rotos; viendo que la anciana no presentaba quebraduras, le hizo una seña a Goliat para que movieran el cuerpo muy suavemente.

―Bueno señores, muchas gracias, si no hubieran estado aquí, seguramente ya ésta mujer estaría en la morgue ―dijo Allende.

Luego, solamente colocaron a la anciana sobre la camilla muy cuidadosamente, y partieron rápidamente hacia el Hospital de Morón.

Ambos se miraron, se quedaron un momento sentados a la mesa de la cocina mirando la casa sin decir palabra alguna.

¿Qué diablos son esas marcas en el suelo del baño? ―preguntó Goliat.

―No lo sé Goliat... yo estaba pensando en lo mismo ―dijo Nicolás―.

Miró a su compañero, se puso de pie y se dirigió al baño. Era una extraña marca oval, era como si algo o alguien, hubiera calentado los cerámicos del baño hasta hacerlos estallar por la temperatura; y las marcas, no solamente estaban en el piso, en la pared también.

¿Qué hay ahí en el medio? ―dijo Goliat.

Nicolás se acuclilló junto a la marca negruzca, en el medio de ella, parecía haber dos marcas con contornos bien definidos.

¿Esas son marcas... son huellas de pies? ―preguntó Goliat sorprendido, acuclillándose junto a Nicolás.

―No lo sé Goliat ―dijo Nicolás―, tocando con la punta de sus dedos las superficies quemadas―.

Volteó y miró las marcas que había en las paredes laterales del baño. Los cerámicos estaban quemados, y surcados por hendiduras corvas, y algunas rectas: parecía que una y otra vez, hubieran raspado las paredes con algo filoso y caliente.

Nicolás y Goliat se quedaron en silencio contemplando eso.

¿Volvemos jefe? ―preguntó Goliat.

―Si... vamos ―respondió Nicolás, aseguraron las puertas con precintos, fajaron la entrada a la casa, y se dirigieron nuevamente a la seccional.

En el camino, se iban preguntando como rayos era posible que alguien (supuestamente un niño) pudiera predecir un hecho de ésa naturaleza, y se preguntaban quien diablos podía realizar esas extrañísimas marcas.

Llegó un momento, en el que no querían preguntarse nada más, ya habían tenido demasiado con el caso Montefusco.

Se apearon en silencio en la puerta de la seccional e ingresaron.

 

(CONTINUARÁ)

 

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#96 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Vie, 14 de Oct, 2005 9:40 pm
Asunto: DESTINO
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DESTINO

-Todo va a salir bien... todo va a salir bien no te preocupes.

-Si... ¿Todo va a salir bien...?

-Sí muy bien...

-¿Máximo va a estar bien...?

-Si... Máximo va a estar bien... muy bien...

Se podía decir que Silvana Gordin era un ángel, no tanto por que lo pareciera, sino porque su carácter era suave y tranquilo, una de sus virtudes más sobresalientes era su eterna paciencia y su continuo buen humor.

Ella veía casi todo de color rosa, su sonrisa inocente y su optimismo eran envidiables, admirables y sinceramente contagiables; pero, no siempre fue así...

Era una tarde de Otoño de 1985, todo marchaba bastante bien en la vida de Silvana, no tenía complicaciones económicas ni espirituales, no tenía contratiempos ni tampoco tiempos ausentes en su vida, o sea, era una mujer completa.

Su casi metro ochenta de estatura, sus ojos color pardo, su cabello pelirrojo y su figura bien torneada, eran su mejor carta de presentación a la hora de conquistar al sexo opuesto.

Eso, sumado a su agradable simpatía y a su "exacta" manera de ver la vida, (que todo se podía superar a fuerza de voluntad, compromiso y dedicación), la hacían una de las mujeres más apetecibles en la ronda de solteras. Los pretendientes de turno que revoloteaban, ya la tenían catalogada "como una presa dura de atrapar" por las constantes negativas de su parte a las propuestas de varias citas ocasionales, que algunos galanes le habían ofertado, entre los que se incluían compañeros de trabajo, vecinos de su barrio (Barrio Marina en la ciudad de Ituzaingó), y pretendientes ocasionales o "gaviotas" que ella conocía en boliches o en la calle.

Pero fue un encuentro casual, que dio por sentado la frase "Amor a primera Vista"...

Silvana iba camino a su trabajo como todas las mañanas, entró al hall del edificio de Dirección de Patentes y saludó con entusiasmo a los guardias de turno.

Subió al ascensor, y se dirigió hacia su sector de trabajo: El Control de Transcripciones de Estatutos de Patentes de la República Argentina.

Fue casi al mediodía, de Lunes ajetreado, que ingresó al edificio un muchacho de no más de 22 años (tres años más de los que tenía Silvana), y se colocó en el mostrador para registrar una patente de su automóvil último modelo.

Precisamente ése día, la persona que se encargaba de realizar la atención al público, se había retrasado, y Silvana tomó su lugar.

-Hola... disculpe... podría decirme donde pue... El hombre no pudo terminar la frase; su corazón dio un respingo, cuando sus ojos se cruzaron con los ojos de Silvana. A ella, le había sucedido otro tanto.

El muchacho tenía un barba un poco hirsuta, y miraba embobado a Silvana que estaba enfundada en un vestido enterizo levemente ceñido, que le marcaba su ondulante figura.

Ella, miró al hombre de arriba abajo... éste vestía un saco color azul marino, y un pantalón de vestir color arena.

Lo que enseguida atrajo la atención de Silvana, fue la penetrante mirada gris azulada del hombre y su atractivo perfume.

Se miraban sin decir palabra, parecían dos felinos a punto de atacarse, donde cualquier sonido, podía soltar un torbellino de arañazos a matar o morir.

Fue la interrupción de la mujer que ocupaba el puesto, que los sacó a ambos de su extraña somnolencia.

-¿Señor, señor...? –preguntó la mujer casi obesa e informal que oficiaba de atención al cliente e información-.

-Si... si... esteeee... si... vengo por... disculpe –dijo mientras metía su mano en un de los bolsillos internos del saco-.

-Vengo para habilitar la patente de un automóvil –dijo finalmente el hombre, mientras que miraba intermitentemente a Silvana, y ella hacía lo propio, sin alejarse un centímetro del mostrador-.

Le tendió un papel con varios dobleces exactos y prolijos a la mujer obesa, y ésta lo tomó como si fuera una carga de explosivo C4 a punto de estallar.

-Disculpa... yo me hago cargo –le dijo su compañera, mientras que miraba a los dos personajes que no podían dejar de mirarse sin sonreír-.

Silvana amagó retirarse...

-Disculpa... ejem... disculpa que sea atrevido... ¿Podría siquiera saber tu nombre? –dijo el hombre con el rostro atravesado por una inmensa vergüenza-.

En ese momento, pareció que a Silvana le hubieran tirado un balde del agua helada con dos pingüinos en su interior, ya que se había quedado inmóvil mirando al hombre sin decir palabra alguna; parecía, una víctima perfecta del Capitán Frío.

Dio media vuelta, bajó su cabeza y rió nerviosamente mientras que se perdía por un pasillo lateral.

Recordó luego, que no fue miedo lo que tuvo, fue auténtico terror... Era la primera vez que sentía algo así, por estar simplemente al lado de un hombre, se sentía desprotegida de sus atractivos, se sentía vulnerable y atontada, se sentía con incapacidad de maniobrabilidad, como un automóvil sin frenos y sin volante.

-¿Señor...? –susurró la mujer obesa.

-Dígame usted –dijo el hombre con sutileza y encantado a la mujer con su mirada azul-.

-Se llama Silvana Gordin... y se retira a las 17:00 horas en punto –dijo la mujer guiñándole un ojo-.

El hombre agradeció en silencio al Buen Dios, él haberse cruzado con la "chusma" del edificio-.

-Muchas gracias hermosa señora –le dijo el hombre, mientras que la mujer no solamente se creía las palabras del Don Juan, sino que se desabrochó dos botones de su camisa, dejando a la vista las uniones de dos enormes pechos a punto de explotar, enfundados en un corpiño color carmesí.

El hombre hizo una reverencia, retiró la hoja de papel suavemente de las manos de la necesitada mujer, y se retiró a paso lento del lugar, mirando hacia los costados, para comprobar efectivamente si "esa hermosa mujer", se había retirado.

-Guapo... ése trámite lo tiene que hacer en el piso cuarto hasta las diez de la mañana –dijo la mujer obesa, colocando sus enormes y pesados atributos sobre el mostrador, como si fueran dos grandes melones en oferta en un puesto de frutas, mientras que le guiñaba un ojo al hombre que se había dado vuelta para escuchar a la mujer-.

-Gracias –dijo nuevamente el hombre, mientras que se besaba la palma de la mano y le tiraba un beso por los aires-.

"Pobre señora" pensó el muchacho.

A las cinco de la tarde en punto, el hombre se encontraba estacionado frente del edificio de patentes, con su Alfa Romeo color champagne, esperando a que saliera por la puerta, la mujer que lo había cautivado casi cinco horas antes.

Cerca de las 17:15 horas, Silvana saludaba amigablemente a uno de los empleados de maestranza del lugar, mientras que le regalaba una manzana que ella no había probado durante el mediodía, pues les había dicho a sus compañeras de trabajo, "que ése día, había perdido el apetito por completo".

Y salió por la puerta giratoria externa que daba a la acera...

Cuando vio al hombre, (que estaba vestido exactamente igual que al mediodía), que se acercaba a ella, cruzando la calle como un león al acecho, sus músculos dejando de responderle por completo. Su boca marcó una semi-sonrisa nerviosa, y un vacío se le hizo en el estómago.

Instintivamente dio dos pasos hacia atrás, y se golpeó la cabeza involuntariamente con uno de los cristales del edificio, mientras que con sus manos, jugaba nerviosamente con su cartera de cuero negro.

-Hola... Silvana... me llamo Ramiro... Ramiro Pontevecchia –dijo el hombre con gesto nervioso pero firme.

Hol... ho... hola... ¿Cómo sabes mi nombre? –fue lo primero que dijo Silvana, mientras que no podía dejar de mirar los ojos del hombre.

-Me lo facilitó tu compañera –dijo Ramiro desinteresadamente-.

Silvana hizo un gesto de disgusto fingido. En realidad, ya estaba al tanto que su compañera le había dicho su nombre, pues ella misma se lo había comunicado, sin antes decirle que no confiara "en ése extraño", ya que no le había sacado los ojos de los pechos, cuando ella se había retirado.

-¿Soy inoportuno o atrevido... si te pido que tomes un café conmigo? –dijo el hombre mirando fijamente a Silvana-.

Silvana pareció meditarlo una fracción de segundo. Era verdad que no podía confiar en cualquier hombre atractivo que se le cruzase...

-Está bien... –dijo-. –Pero con una condición continuó diciendo... –yo elijo el lugar –dijo finalmente recobrando la compostura-.

-Cómo no... –lo que digas-, -dijo el hombre mirando a Silvana con extrañeza.

"El lugar elegido" no era no más ni menos que un bar que estaba a escasos cuarenta metros del departamento de un familiar suyo, pero el hombre, no necesariamente tenía que saberlo. Es más... no lo supo hasta después de la tercera cita, ya que Silvana, siempre que el hombre ofrecía llevarla a su casa, se negaba amablemente, y esperaba que su pretendiente se subiera a su automóvil, encendiera el motor y se alejara por las calles de la Capital Federal.

La relación iba viento en popa. Pasó el tiempo, más de un año, y antes que nadie pudiera advertirlo siquiera, Silvana y Ramiro, se comprometieron en una reunión privada primero; y luego, en una fiesta para sus amigos y conocidos.

Contrajeron matrimonio en la Iglesia Santo Domingo de la Capital Federal una primavera del 87’.

La pareja era muy respetada, no tanto porque conocieran bien a sus integrantes, sino porque Ramiro Pontevecchia, era el heredero de una cuantiosa fortuna (legado de su abuelo paterno) y varias empresas constructoras que regenteaba actualmente su padre, y que pronto pasarían a sus manos.

El holding, era uno de los más conocidos de la Argentina, y sus negocios se extendían hasta Japón, pasando por Brasil, España, Venezuela, Alemania, Portugal y los EE.UU.

Corría el año 1988, Silvana y Ramiro, recibieron una de las mejores noticias de su vida: iban a ser padres.

En realidad, esa noticia venían a "aceitar" un poco la relación, ya que las continuas riñas que tenía la pareja, no solamente se habían vuelto frecuentes, sino que también habían llegado a tal punto, que en algunos momentos de tensión, se había barajado la posibilidad de disolver el matrimonio de la manera más amigable posible.

Según se comentaba las altas exigencias que se manejaban en la empresa Pontevecchia S.A. y, las aventuras extramatrimoniales de Ramiro, tenían a maltraer a Silvana, ya que no dejaba de recibir disgusto tras disgusto, debido a la fama de Don Juan de su marido.

Silvana de vez en cuando se refugiaba en la casa de su madre. Su padre había estado ausente la mayor parte de su vida, y jamás había aparecido por la casa. Su madre trataba de sortear el tema y muchas veces, Silvana recordaba que cuando ella era niña, había visto a su madre llorar en silencio en el baño, y durante la noche cuando se apagaban todas las luces de la vivienda... generalmente los días Domingos.

"No quiero repetir la misma historia" pensaba la mujer, embarazada de cinco meses y medio.

Pero la vida, le jugó una mala carta...

Ramiro se había ido tras los pasos de una adolescente caza fortunas que por ese entonces era portada de la revista "Miradas", donde aparecían las modelos "top" del momento en pocas ropas o totalmente desnudas, y donde los editores imprimían artículos de cual sería la tendencia de moda del verano, y cual sería el lenguaje que se usaría ese año, en esa o aquella playa que hacía estragos entre los adolescentes (y no tanto) de gran poder adquisitivo.

Silvana Gordin, veía como su cuento de hadas daba por tierra el sueño perfecto, y se alejó de todo lo que tenía que ver con su ya casi ex marido.

Pasaba los meses en completa soledad. Justamente ese tiempo, había coincidido con la licencia que gozaba por maternidad en su trabajo, y tenía mucho tiempo para pensar que camino tomar o que pasos tendría que seguir para salir lo más ilesa posible de su traumática experiencia.

Pero nada era suficiente... su madre estaba completamente anulada por los recuerdos que le traía a ella, las actuales vivencias de su hija. Su marido estaba en Cancún, disfrutando de varias compañías femeninas, ajeno a todo lo que sucedía, y sus mejores amigos, solamente la podía consolar con continuas visitas nocturnas, pero no más que eso...

Una tarde, iba caminando por la calle Paraná al 900, más precisamente frente al edificio que tenía la dirección 959, y sufrió un desmayo. El portero del edificio de nombre Martín Soplán, le dio los primeros auxilios "a esa mujer que daría a luz en cualquier momento" pensaba el hombre asustado, mientras que trataba de ayudar a la futura mamá que estaba semi inconsciente y tirada en la acera.

Coincidió que en ese preciso instante, un hombre pasaba por el lugar y vio la perturbadora escena.

Se ofreció a trasladar a la mujer hasta la clínica más cercana, ya que ésta no reaccionaba y su estado, (además del obvio y visible embarazo), era por demás preocupante después de estar más de veinte minutos inconsciente, bajo un sol abrasador.

Dio a luz un 2 de Febrero del 89’, en una clínica privada del Microcentro porteño, pagada por sus suegros Rodolfo y Carmiña Pontevecchia, los cuales, no aprobaban la conducta irresponsable de su hijo Ramiro, que lo habían mandado a buscar urgentemente para que se hiciera cargo de su paternidad.

Pero Ramiro Pontevecchia, estaba muy ocupado, como para ocuparse de nimiedades.

Silvana, había dado a luz a un hermoso y saludable niño de casi dos kilos setecientos gramos, en un caluroso día de Verano.

Pero lo que más la angustiaba, era que su marido había hecho oídos sordos a las palabras de sus padres y le había dado la espalda a su hijo.

"He dado a luz en completa soledad" se repetía una y otra vez Silvana, mientras que sus lágrimas empapaban las sábanas de la cama de la habitación privada 1612.

No encontraba consuelo de ningún tipo, en ningún lado...

Aunque un vago recuerdo llegaba a su memoria... pero no podía saber de que se trataba, era como un sueño difuso y casi esotérico...

Finalmente, Ramiro Pontevecchia, hizo su acto de reaparición en el mes de Abril de ese año, cuando la modelo top Fabiana "Pingüi" Vidal, había encontrado una billetera más abultada que seducir, y su amor por Ramiro se había desvanecido de repente, después de muchos viajes, automóviles caros, noches de sexo y drogas livianas.

Ramiro entró caminando torpemente por la puerta principal de la casa de la madre de Silvana, como si fuera un reo que iba a la silla eléctrica, mientras que sus padres lo escoltaban como dos carceleros.

-Hola Sil... Silvana... soy yo –dijo Ramiro delante de la puerta antes de probar tocarla siquiera, por temor a recibir algún tipo de proyectil en la cabeza o en pleno rostro por parte de su "todavía"esposa-.

Silencio...

-Hola Sil... soy yo Ram... –Si... está abierto –lo interrumpió la voz de la mujer, que era casi un susurro-.

Cuando Ramiro ingresó a la habitación, lo primero que vio, fue a su mujer amamantando a un pequeño bebé... a su hijo.

En ese preciso momento el hombre cayó en cuenta de su error, y cayó de rodillas, tapándose los ojos con las manos.

-Disculpa... por favor discúlpame, es que... es que yo... no pude... ya ves como soy... y yo... –decía el hombre estólidamente-.

-Está bien –dijo Silvana con paciencia infinita-, -solamente quiero que estés cerca de MÍ... hijo, para que él vea que tiene un padre, pero nada más...

La frase de Silvana quedó flotando en el aire como una granada con su espoleta aún colocada, pero pronto cayó en el rostro de Ramiro e hizo explosión... el hombre miró a su hijo y empezó a llorar profusamente como un niño, al que habían apaleado sus compañeros de colegio.

Silvana miraba a su ex esposo con una mezcla de lástima y desprecio, pero no podía negar que era el padre de su hijo. Y como su naturaleza era ser lo más permisiva posible, sabía que dejaría que Ramiro se acercara a su hijo, pero tendría que demostrarle con creces, que podía confiar en él para la crianza del pequeño por separado, porque por lo que a su corazón concernía, Ramiro ya estaba lejos de poder volver a tenerla como esposa, amante o compañera.

El tiempo pasó lentamente, y Ramiro se hizo cargo de su hijo como todo un buen padre lo podría haber hecho; Silvana, estaba sorprendida.

Máximo Tadeo Gordin Pontevechia, fue bautizado un mes de Junio del 90’.

El divorcio de la pareja fue un descontento para los padres de ambos, que suponían que aún la pareja podía tener "esperanzas"; pero Silvana, no quería sufrir nuevamente los arrebatos sentimentales de su marido y vivir otra pesadilla.

La separación de bienes fue sencilla y hasta amena, no hubo abogados litigantes de por medio, buscando su media hora de fama y dinero, ni tampoco los programas de chimentos se hicieron eco de la noticia, ya que la familia Pontevecchia, practicaba un perfil bajo, casi rozando el hermetismo.

Los años pasaron lentamente...

Silvana había dejado de creer en el amor, y sus relaciones ocasionales, solo alimentaban su sensación de vacío y tristeza.

A veces, se veía llegando a la misma edad de su madre, recordando los amores pasados que se había llevado el tiempo, y encerrándose a ahogar sus penas entre lágrimas y un poco de alcohol. Pero ella sentía que podía tener una segunda oportunidad, no sabía dónde, no sabía como... pero seguramente esa oportunidad rondaba muy cerca o muy lejos, pero estaba, en algún lado.

Máximo hizo enseguida acuse de sus años, cuando empezó a caminar y decir las primera palabras.

Corría el año 1996, Ramiro y Silvana estaban separados legalmente, y sus vidas ya habían tomado rumbos diferentes. Se veían de vez en cuando, pero el trato no pasaba de ser un intercambio de palabras primero, para luego convertirse en un trato más flexible y amigable.

Por las noches, cuando Máximo se quedaba a solas con su madre, había tomado la costumbre de tomar varios crayones y dibujar la palma de una mano y unos ojos grandes. Se quedaba un rato largo mirando el cielo raso, como si estuviera cavilando sobre temas importantes, y luego garabateaba letras sin sentido.

-¿Amor...? ¿Qué estás dibujando...? –le preguntó Silvana a su hijo que ya contaba con 7 años de edad.

-No lo sé mami... es el sueño que siempre tengo –dijo Máximo sin mirar a su madre, mientras que seguía pintando trazos gruesos y finos, en varias hojas de papel-.

-¿Puedo ver? –preguntó Silvana mientras que miraba un canal de videos musicales, donde Metallica estrenaba un tema de su nuevo compacto-.

Máximo se acercó alegremente a su madre, y se posó en su regazo con la habilidad de una mariposa que hubiera comido dos kilos de carne.

Silvana hizo un gesto de semi-dolor, pero no dijo palabra alguna.

-¿Qué es esto cariño? –le preguntó Silvana al pequeño.

-Éste es mi sueño má... el que siempre tengo hummm... es alguien o algo... pero no me acuerdo que... es algo parecido a esto –le dijo el niño mientras que señalaba una mano o la palma de una mano extendida, con sus cincos dedos visibles, y por arriba de ellos, un par de ojos abiertos con gesto de sorpresa-.

Silvana no creía en la oniromancia, ni en hechos inexplicables que se podían presentar en los sueños, y atribuía esos dibujos al hecho, de que su hijo podía estar presentando algún tipo de patología debido al divorcio (cosa que ya le habían anticipado un psicólogo infantil, amigo de una compañera de trabajo)

Pero a medida que pasaba el tiempo, Máximo no solamente empezó a pintar con crayones esa imagen en la casa de sus padres, sino que también en el pequeño pupitre del establecimiento donde tomaba clases, en la cartuchera, en su mochila, y hasta en las paredes de algunas casas...

Silvana y Ramiro estaban muy preocupados.

Finalmente, decidieron llevarlo conjuntamente a un reconocido psicólogo infantil de la ciudad de Ituzaingó.

-Hola Matías –dijo amigablemente el hombre, enfundado en un elegante suéter caqui-.

-Hola señor –respondió amablemente el pequeño, ante la mirada complaciente de su analista-.

Y enseguida empezó con la consulta, ya que vio muy poca resistencia negativa del pequeño, el cual, colaboró intensamente con las preguntas que le hacía el psicólogo.

Matías le comentó absolutamente todo lo que pensaba o creía que pensaba de las imágenes, que se le aparecían en la mente durante la noche y a veces durante el día, y le dijo además, que creía que junto a la imagen se presentaban algunas palabras que el no podía desentrañar por completo.

El hombre, se quedó perplejo ante la lucidez del niño, y ante la problemática de resolver el enigma tanto como lo querían hacer sus padres, ya que le dijo al psicólogo, que ellos, ya tenían suficientes problemas con sus vidas individuales como para cargar con un problema más.

Después de casi más de dos horas de sesión, el facultativo, decidió reunirse en privado con los padres.

-Señores –empezó diciendo el médico-, -sinceramente no sé que extraña situación estará viviendo su hijo, pero de lo que estoy más que seguro, es que lo que él dibuja no tiene conexión alguna con su divorcio ni con ustedes... Él parece estar viviendo un tipo de alucinación orínica privada, que está predominada por algún tipo de símbolo, el cual, lo asocia con una sensación de cariño y protección, ajeno a su fallido matrimonio....

Ramiro y Silvana se miraron más desconcertados que antes, y con más preguntas que antes.

¿Doctor...? ¿No existe la posibilidad de que mi... "Silvana miró de reojo a Ramiro" –¿Nuestro hijo, esté pasando por un trauma debido a nuestra separación o por vivir en casas separadas? –preguntó la mujer jugando nerviosamente con sus manos-.

-No señora... ese hecho lo descarto por completo –dijo el hombre mirando a los padres-.

-Me remito –continuó diciendo el psicólogo-, -a una experiencia que tuvo mi padre, el que también era psicólogo infantil... allá por los años 70’, cuando hipnotizó a tres pequeños, los cuales dijeron que una niña voladora que había salido de una piscina, se había llevado a uno de sus amigos... –mi padre concluyó, que las alucinaciones de los tres niños (ya no recuerdo sus nombres), eran emociones reprimidas de desasosiego con sus progenitores, y eso, había llevado a los niños a descargar una inusitada furia contra su amiguito –dijo el médico-.

-Si he escuchado algo... –dijo Silvana... –pero mi hijo doctor... ¿Qué es lo que le sucede...?

-En un momento pensé que podía ser una especie de "venganza" sentimental o reprimida contra ustedes, pero después de hablar con él y analizar sus respuestas... doy por sentado, que éste tema en particular no tiene absolutamente nada que ver con alguno de ustedes dos, ya que el amor que tiene por ustedes, quedó demostrado cuando el niño, no quiso interponer su "probable" problema, con sus vidas –dijo finalmente el psicólogo Amadeo Urtiza-.

Ramiro y Silvana salieron del consultorio con Máximo, cada uno tomado de una mano, el niño se columpiaba intensamente, tomado de las manos de ambos.

En un momento, Máximo escuchó que alguien decía por lo bajo "Todo va a salir bien...", y el niño se clavó a las baldosas de la acera como un clavo en una débil madera. Sus padres se detuvieron con él, y vieron en la mirada del niño, una extraña expresión, como si vieran en su hijo, a un científico loco que hace el descubrimiento de su vida... dominar el mundo.

Esa noche, Máximo se tenía que quedar a dormir con su madre...

No mucho tiempo atrás, Silvana había adquirido una potente computadora hogareña, para poder pasar sus ratos libres y no aburrirse los días que Matías pasaba los días con su ex marido.

-¿Mami...? ¿Puedo usa la computadora? –preguntó Máximo como examinando a su madre y sus posibles respuestas-.

-Si cariño, pero ya sabes que mami tiene los accesos denegados a esos lugares que no tienes que mirar –dijo Silvana mientras se alistaba para preparar la cena-.

-Uhhh... ya lo sé mami... ya lo sé... pero yo no quiero mirar chicas desnudas, yo quiero buscar algo más interesante –fue la respuesta que dejó a Silvana con la boca abierta, preguntándose si su hijo era más inteligente de lo que demostraba ser-.

-Bueno está bien, pero en media hora cenamos... ¡¡¡milanesas con papas fritas!!! –dijo Silvana levantando los brazos mientras esbozaba una enorme sonrisa.

-¡¡¡En serioooo...!!! –fue la respuesta de Máximo con sus ojos abiertos y relamiéndose los labios, como un sabueso delante de un plato de carne recién horneada-.

Lo que se había bautizado como Internet, recién hacía su aparición en los hogares. El pequeño pareció perderse entre las miles de pantallas de Internet, pero por su gesto adusto, no parecía tener éxito en su empresa.

La escena se repitió en la casa de su padre, en la casa de sus abuelos, tíos, primos y amigos; pero Máximo, parecía no dar en el meollo del asunto, sus continuas derrotas lo dejaban un poco frustrado, pero su espíritu, iba más allá de cualquier resultado.

Corría del mes de Julio, el Invierno ya había hecho su presentación con mañanas, en las que la temperatura bajaba hasta cuatro y a veces cinco, grados bajo cero.

Una de esas mañanas, Máximo se despertó lentamente de la cama, el sueño había sido el mismo: la palma de una mano, con dos ojos, que lo miraba fijamente, y las palabras que habían llegado a su mente como una veloz flecha de claridad "todo va a salir bien..."

Se dejó caer pesadamente en la silla que usaba su madre para pasar las noches solitarias frente al monitor, y encendió la computadora a desgano, como si sus fuerzas, ya estuvieran flaqueando antes de los resultados.

Acertó a abrir distraídamente, una publicidad en una página web que la había visto varias, centenares de veces, donde se ofertaba la mejor manera de ganar amigos por todo el mundo y de manera gratuita.

"Que más da" pensó el niño... un tanto desencantado por los resultados negativos que había tenido su búsqueda casi infinita.

Extrañamente, parecía que su madre ya había estado husmeando esa página, ya que tenía varios nombres de hombres al azar, los cuales se encontraban en un menú desplegable.

-¡¡¡Mami...!!! –dijo Máximo susurrando -¿Esto haces cuando yo no estoy...? se preguntó sonriente.

Cuando dio un click con el puntero del mouse, la pantalla se desplegó en varias, miles, millones de fotografías de diferentes hombres de varias nacionalidades.

-Hummmm... a ver –dijo con la paciencia de un experimentado detective-.

-Argentina... Buenos Aires... Zona Oeste... –dijo, repitiendo las opciones que presentaba el menú de posibilidades-.

El número de resultados, había disminuido considerablemente.

-Hummm... ojos claros... altos... ¿Solteros... viudos... separados...? ¿Pelados... peludos?.. "No" pensó seriamente... "pero sí... Ojos claros... definitivamente" se dijo, y presumiblemente que también tuvieran hijos... quizá.

El número de fotografías llegaba a setenta...

Empezó a pasar una por una... Sus ojos se cerraban, y no tenía ganas de hacer esa tarea de nuevo. Parecía que se había quedado dormido de a poco, y con sus ojos entrecerrados vio algo inmensamente familiar...

"Esos ojos" pensó...

Y pasó la fotografía como si fuera una más, de hecho, ya había visto miles de ojos parecidos, pero...

Volvió a buscar la fotografía de ése hombre en particular, hizo un click con el mouse en su ficha personal, donde aparecían varias fotos de la misma persona, en este caso eran tres fotografías del hombre: una en su casa, otra con un amigo, y otra en la cual parecía estar con su pequeño hijo.

Y sus propios ojos se abrieron como si estuviera frente a un gran vaso de leche chocolatada de los que le preparaba su madre.

En la fotografía en la que el hombre estaba con un amigo, tenía su mano extendida, como pidiendo al fotógrafo, que no tomara la instantánea...

Máximo se irguió por completo; maximizó la imagen lo más que pudo y vio esa mano...

-Es él... –dijo-. "¡¡¡ Es él!!!" pensó, tocándose la frente como un estadista que tiene en sus manos todo el oro del mundo.

Corrió hasta su habitación y trajo consigo toda la colección de dibujos en las cuales había representado su sueño.

Miró los trazos que él había dibujado de las palmas de la mano del hombre y las comparó con las marcas de la palma de la fotografía...

"¡¡¡Son idénticas!!!" se dijo en pensamientos.

Sus manos temblaron, no sabía que hacer con todo su emoción... Primero pensó en despertar a su madre y contarle todo, pero no... Después optó por calmarse y revisar los datos personales del hombre minuciosamente, como si siguiera la pista más importante de todos los siglos.

Estaba excitado, estaba descontrolado, no podía razonar con claridad... La búsqueda había tardado casi más de un año y medio, y finalmente había tenido éxito.

Pensó en todas las posibilidades que se le entregaban a sus pies como diamantes en bruto, a los que él mismo tendría que darles forma, con la delicadeza y precisión de un experto orfebre.

Un tímido sol de invierno había hecho su aparición durante la mañana...

-¿Qué haces levantado tan temprano cariño...? –interrogó Silvana a su hijo, mientras se restregaba un ojo sin paciencia-.

-Te preparé el desayuno mami –dijo el niño con una sonrisa de oreja a oreja, mientras que sostenía un repasador tendido en su brazo izquierdo levemente flexionado, como si fuera un mayordomo que recibiera a su madre en una costosa mansión-.

¿De veras? –dijo su madre, bostezando silenciosamente, pero con su rostro alegre-.

Silvana caminó hasta la cocina, y vio que su hijo había preparado un desayuno a base de tostadas con manteca, tostadas con dulce de leche, y mermelada, todas dispuestas en platos separados y pulcramente ordenadas.

Al lado de éstas, se encontraban dos tazones de café con leche aún humeantes y en perfecta preparación de medidas como le gustaba a Silvana.

-¿Mami...? –preguntó Máximo mientras que tomaba los primeros sorbos de café con leche de su tazón-.

-Si amor – respondió Silvana, peinando con su mano el flequillo rubio de su hijo, que le tapaba sus ojos verde esmeralda-.

-¿Cuántas veces entraste a esa página web...? ¿Amigos del Alma se llama...? –preguntó.

Silvana lo miró inquisitivamente, pero su respuesta fue inmediata.

-Muchas veces cariño, de vez en cuando busco nuevas amistades –respondió Silvana.

-Dirás... ¿Candidatos tal vez? –dijo Matías sonriente-.

Silvana se ruborizó un instante.

-Si cariño... pero eso no quiere decir que tu papá tenga un reemplazante- dijo la mujer antes de recibir algún tipo de réplica por parte de su hijo.

-No mamá... no es eso, además yo quiero que sea feliz con quien elijas estar a parte de papá –dijo Máximo abrazando a su madre.

Ese gesto emocionó a Silvana, que dejó escapar unas lágrimas de alegría, al ver que su hijo la apoyaba completamente.

-Todo va a salir bien –dijo Máximo...

En ese momento Silvana se estremeció... esas palabras le resultaban tan familiares y cercanas, sentía como si un enorme cariño se acercara a ella y la abrazara. Esas palabras, eran parte de su sueño, eran palabras que la aliviaban de sus tristes experiencias.

-Si ya lo sé hijo, ya sé que todo va a salir bien –dijo Silvana, besando la frente de su hijo-.

-¿Mami...? –dijo Máximo a continuación, mirando los ojos pardos de su madre -¿Nos anotamos en esa página... tú y yo... juntos?

Silvana rió con la idea, pero no se negó.

Por la tarde, la abuela de Máximo retrataba a su nieto y a su hija en el jardín de la casa, en la biblioteca, y en varias poses graciosas.

El niño fue el que se ocupó de abrir un nuevo nick o nombre fantasía en la página web, y subió tres fotografías de él con su madre en la página www.AmigosdelAlma.com.

Esa misma noche, lo pasó a retirar su padre Ramiro con su nueva pareja. La cintura política del niño y la adaptación a la nueva novia de su padre, hacía que éste se quedara boquiabierto, ante las propuestas del niño a aprovechar el tiempo lo más posible con las eventuales mujeres que lo hicieran feliz, cosa que le trasmitía a cada momento que pasaba en su compañía.

La fotografía que había subido a la página, dio resultados inmediatos; tanto, que al día siguiente, Silvana tenía su casilla de correo electrónico repleta de mensajes de futuros candidatos.

Madre e hijo analizaron las respuestas una por una, pero para decepción de Matías, el hombre del que esperaba un mensaje, brillaba por su ausencia.

Pasó un tiempo, Silvana había aceptado varias propuestas. De hecho, había salido con varios pretendientes a tomar un café o a cenar, pero ninguno estaba a la altura de sus expectativas.

De vez en cuando, la mujer se hundía en sus pensamientos, que a través del tiempo, se habían transformado en pequeños pozos depresivos, de los cuales, su hijo era el único que la rescataba y le daba fuerzas para continuar su camino.

Una tarde, mientras el Invierno se alejaba lentamente, Silvana estaba jugando con su computadora para pasar el tiempo, ya que su hijo se encontraba en la casa de su padre Ramiro.

Cuando abrió sus mensajes de correo electrónico, encontró el mensaje solitario de un hombre que había visto su fotografía en la página web y le había interesado los detalles de su personalidad y sobre todo, las fotografías.

Por un tiempo, se enviaron mensajes de correo electrónico, y luego chatearon on-line. Luego, se pasaron los teléfonos e iniciaron varias charlas amenas y confortantes.

La voz del hombre, le resultada algo familiar a Silvana y otro tanto le sucedía al extraño sin rostro del otro lado del teléfono.

Silvana había ocultado sutilmente a su hijo, la cercana cita con el hombre, ya que no deseaba que Máximo se viera forzado a soportar tantos cambios y vaivenes en la vida de sus padres.

"Ya Maxi, tuvo suficientes cambios con la nueva novia de su padre" pensaba Silvana.

La tarde que se encontró con el hombre, Silvana había quedado petrificada nuevamente, igual que años atrás, cuando había conocido a su ex marido... el hombre era alto, tenía ojos claros y vestía elegantemente.

Pasaron la tarde en un bar de la ciudad de Flores, en la Capital Federal, el primer encuentro fue muy ameno y cordial, tenían mucho en común y la atracción entre ambos, era lo suficiente como para empezar una relación estable.

Una de esas tardes entre besos y arrumacos en una plaza cercana a la Avenida Rivadavia, Silvana cayó en cuenta que faltaban menos de una hora para pasar a retirar a su hijo por la casa de su ex marido en Banfield, al sur del Gran Buenos Aires.

Se despidió de su ya casi declarado novio y se subió a su automóvil Fiat Duna color rojo.

-¡¡¡Ay Dios mío... no!!! –dijo Silvana disgustada, mientras trataba de encender el motor del automóvil. Pero por más que trato sus intentos fueron fallidos.

-¿Quieres que te lleve? –le preguntó el hombre a su novia.

Silvana dudó un instante, ya que no quería que su hijo tuviera un contacto temprano con alguien ajeno a su entorno. Pero miró su reloj, y no tuvo otra opción.

-Está bien... gracias –dijo la mujer mientras que besaba en los labios al hombre.

Tuvieron un viaje agradable en el automóvil, y llegaron a la casa del ex marido de Silvana (que era una mansión estilo Suizo), después de poco más de una hora de viaje.

Máximo salió de la casa a la carrera, pero se detuvo en seco ante la vista del hombre que acompañaba a su madre.

Silvana estudió enseguida las reacciones faciales de su hijo, pero no encontró en ellas algo que transmitiera disgusto, sino algo como admiración o perplejidad...

El niño se había quedado inmóvil en el parque de la casa y su mochila había caído de su mano involuntariamente.

El hombre había bajado la cabeza, tratando de simular, un poco la tensión que le causaba ése momento, ya que detrás del niño, estaba el ex esposo de Silvana con su nueva pareja, que miraba la escena con cierto interés.

Máximo abrió la puerta de la reja externa de la enorme casa y se dirigió corriendo hacia su madre sin dejar de mirar a ése extraño tan conocido.

"No puedo creer que esté aquí" pensaba Máximo, mientras que su corazón le daba un vuelco.

-Discúlpame tesoro, es que tuve un pequeño problema con el automóvil –fue lo único que dijo Silvana-.

-Está bien mamá... no te preocupes –dijo, mientras que le daba un beso en la frente a su madre que estaba en cuclillas-.

Caminó lentamente hacia el hombre y le estiró la mano en un amable saludo. El hombre se puso firme y apretó suavemente la mano del niño.

Durante el viaje hasta Barrio Marina, en Ituzaingó, Máximo miraba al hombre como si fuera un extraterrestre que venía del planeta Fobos 45 y había dejado su nave estacionada en medio de la Avenida 9 de Julio para llamar la atención.

Cuando ya estuvieron en la casa de la mujer, el hombre se estaba despidiendo amablemente, pero Máximo lo invitó a tomar un café.

Silvana quedó extrañada ante la invitación de su hijo, ya que creía que él estaba reacio a una irrupción de un extraño en la casa que compartían ambos.

-¿Señor...? ¿Tomaría un café conmigo...? –le preguntó Máximo al hombre.

-Seguro... ¿Por qué no? –respondió el hombre mirando a Silvana, la cual hizo un gesto de desconcierto, ante la invitación de su hijo.

Se sentaron a la mesa del living con una pequeña chimenea a leños que les servía de calefacción.

-¿Se acuerda de mí...? –fue lo primero que preguntó Máximo, desconcertando al hombre y a su madre, que se miraron extrañado y confusos.

-Sinceramente... no –le respondió el hombre un poco por la extraña pregunta.

-Usted ayudó a mi mamá cuando ella estaba embarazada, hace muchos años atrás... ella estaba tirada en la calle y la subió a su auto y la llevó hasta una clínica –fue la explicación que dio el niño.

-¿Maxi...? Amor... no creo que el señor te conozca, y menos cuando mami estaba embaraz...

-Si recuerdo... que usted llegó con su Ford Ka Blanco, y nos subió a mi mamá y a mí en el asiento del acompañante –dijo Máximo interrumpiendo a su madre –y luego –prosiguió el niño –usted nos cargó en sus brazos y nos llevó hasta la camilla de una clínica, y se quedó con nosotros, hasta que llegaron mis abuelos –dijo el niño, mientras que su madre y el hombre lo contemplaban como si fuera un gurú que miraba más allá de lo posible-.

-Recuerdo que usted, colocó la mano en la panza de mi mamá, a la altura de mis ojos y le dijo que todo iba a salir bien...

El hombre se sacudió y Silvana también...

Silvana de repente recordó algo de su sueño, ese sueño... cuando estaba semi-inconsciente antes de dar a luz, donde un hombre la envolvía en sus brazos y ella, le preguntaba tendida en una camilla si su hijo iba a estar bien.

El hombre recordaba vagamente cuando una tarde de verano había ayudado a una mujer que estaba embarazada, que se había desmayado en la acera de una calle de la Capital Federal...

-Espérenme –dijo Máximo, mientras que salía corriendo a buscar algo.

Cuando volvió corriendo; entre sus manos traía un pilón de hojas con dibujos...

-Éste es usted –dijo el niño, mostrándole al hombre un dibujo de la palma de una mano y dos grande ojos sobre ella... –Usted es el hombre que nos salvó –dijo el pequeño.

El hombre parecía turbado, al igual que la madre del niño. Un mar de recuerdos difusos se rearmaron en la mente de ambos.

¿Se habían conocido antes...? ¿Era posible que dos personas pudieran reencontrarse nuevamente después de tanto tiempo, si en realidad habían estado juntos en un momento...?

-Y usted... nos dijo que todo iba a salir bien –repitió el niño sonriendo-.

-Silvana no puso contener el llanto y se tapó la boca con una de sus manos temblorosas.

El hombre se quedó mirando los centenares de dibujos que había hecho el niño, y se miró la palma de la mano... eran exactamente iguales... las mismas líneas. Además ése latiguillo de "que todo iba a salir bien", era una de las frases que siempre usaba en casi todas las ocasiones.

-¿Cómo... co... cómo puede ser posible que tú recuerdes...? –trató de preguntar el hombre, pero su pregunta se ahogó en su garganta. La sorpresa, lo había dejado más que extasiado y confundido.

-Solamente recuerdo que usted se llama Jorge –dijo el pequeño.

-No amor –dijo su madre secándose un par de lágrimas –su nombre es Hernán-.

-No... no... está bien... mi... mi... segundo nombre es Jorge... es un nombre que nunca uso porque no me gusta –dijo el hombre mirando al pequeño como si fuera un brujo de una aldea africana-.

Silvana miró a su pretendiente nuevamente, ella también recordaba ése nombre, por alguna razón...

-Fue el nombre que di ese día... ése verano... porque estaba muy nervioso –dijo el hombre recordando el momento.

¿Estás seguro Hernán? –le preguntó Silvana-.

-Si... más que seguro bebé, estoy recordando algo de aquel día –dijo Hernán-.

Se hizo un reconfortante silencio...

Hernán miró a su novia, y le separó sus cabellos pelirrojos de los ojos.

–Estás más linda que antes –le dijo mirándola con amor infinito.

Silvana estaba sin habla, no podía creer que la sensación de sus sueños, el abrazo de cariño, el sentimiento de amor que sentía, hubieran sido dados en ese entonces, por el hombre que estaba sentado a su lado.

-¿Amor... crees en el destino? –le preguntó Silvana a Hernán

-No lo sé... tal vez cariño –dijo el hombre, mientras que Máximo los miraba con enorme satisfacción, y saboreaba su café casi tibio.

Amagó retirarse, pero antes se acercó al hombre y le dio un fuerte abrazo. Lo miró a los ojos y le dijo –Gracias-.

Ya al pie de la escalera y antes de despedirse, Máximo giró en sus pies.

-Disculpen... -¿Puedo hacerles una pregunta...? –dijo, mirando a Hernán y a su madre que estaba acurrucada a su lado.

Ambos miraron al niño.

-Si... amor... puedes hacer todas las preguntas que quieras Maxi

–respondió su madre- con una sonrisa.

El niño levantó la vista un momento...

¿Qué nombre le van a poner a mi hermana?

Ambos se miraron sin entender lo que el pequeño preguntaba, y desapareció por la escalera.

Nueve meses después de que Silvana Gordin y Hernán Cernadas hubieran contraído matrimonio, Silvana daba a luz a una hermosa niña, a la que habían bautizado Chiara, a pedido de Máximo.

El pequeño tomó en brazos a su pequeña hermanita. A su lado, estaba Nicolás Cernadas, el hijo de Hernán, mirando también a su hermana con cariño y un poco de expectativa.

Ambos niños se acercaron al pequeño bebé.

Máximo la miró un segundo... y acercó su rostro al de la niña.

-¿Crees en el destino Chiara...? –le preguntó Máximo al oído.

La niña abrió los ojos de par en par y esbozó una sonrisa, mientras que estiraba su pequeña manito hacia el cielo.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#95 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Jue, 13 de Oct, 2005 7:56 pm
Asunto: POR SIEMPRE (tan cerca, tan lejos)
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POR SIEMPRE

(Tan cerca, tan lejos)

No sabía a ciencia cierta si todo lo que había sucedido era real, pero algo le decía, que ésta vez lo mejor estaba por venir...

Laura Goncalves era una mujer muy activa, (no solamente porque regenteara un locutorio familiar instalado en una esquina de la ciudad de San Antonio de Padua), sino también porque sus vaivenes personales, la tenían siempre activa mentalmente, tratando de encontrar una solución definitiva a sus desacertadas decisiones personales y sobretodo amorosas.

Siempre trataba de encontrar un "oasis" dónde descansar de su rutinaria vida, pero los brazos de su príncipe azul, se negaban a aparecer.

Había conocido a muchos pretendientes; algunos, en forma inusual, otros, deliberadamente, pero ninguno pasaba de ser una relación casual de una o más noches, para que después la supuesta pareja, se disolviera en la bruma de lo inconcluso.

Laura estaba bastante decepcionada de los hombres.

-No sé que haré –le dijo a su mejor amiga Vilma-.

-Tómatelo con calma, ya llegará el momento oportuno para conocer a un buen hombre –le respondió su amiga, minimizando el tema-.

-En realidad Vilma –empezó a decir Laura-, -la verdadera razón por la que me siento tan oprimida, es porque creo que no existe un hombre adecuado para mí –dijo finalmente, tamborileando los dedos en el mostrador del locutorio-.

-Es más –continuó diciendo-, la relación que tuve, que duró un mes con ése muchacho que conocí por internet, no prosperó para nada –dijo Laura sonriendo amargamente.

-¿Quién...? ¿Augusto? –preguntó su amiga esgrimiendo una sonrisa de lado-.

-Si... Augusto, no pasó de ser una relación "casi" ocasional... y si bien teníamos "felling" y nos gustábamos, creo que aún no estoy preparada para estar con nadie –dijo Laura casi asumiendo su papel de futura-vieja-solterona.

-Creo que para cada persona, existe un par que trae equilibrio –dijo Vilma, con la exactitud de una orientadora sentimental, con mezcla de delirio místico-.

Laura la miró con cierto escepticismo. Sabía bien, que por su manera de ver las cosas, tardaría un poco de más de una vida, en "atrapar" al hombre de sus sueños.

-Creo también –continuó diciendo Vilma, leyendo una revista de reojo-, -que cuando nacemos; Dios, crea un alma para que nos reconforte en la tierra, y estamos predestinados a encontrarla, en un momento u otro, tal vez, Augusto sea tu alma gemela aquí en la tierra–dijo finalmente Vilma-.

Laura sonrió, mientras que se entretenía atendiendo a varias personas que solicitaban cabinas telefónicas.

Pero en realidad, la mayoría de las personas que ingresaban al locutorio, estaban sentadas en las diez computadoras que estaban instaladas en el local (al que habían bautizado Pehuén), para conectarse a internet; la mayoría, eran adolescente, a los que les fascinaba chatear con amigos, conocidos, y para atreverse a las primeras aventuras amorosas.

Muchas de las personas, compraban tarjetas telefónicas, solicitaban fotocopias y demás cosas.

Los días se repetían incansablemente, desde las nueve de la mañana, hasta la medianoche, de Lunes a Lunes, sin descanso alguno.

Laura trataba de ver el lado positivo de las cosas, y sobre todo de los días, que parecían una exacta copia, a medida que pasaba el tiempo.

Fue, cuando vivió una extrañísima semana de otoño, donde cerca de las seis y media de la tarde, hizo su aparición una bella pequeña de unos diez años de edad, que le solicitó una computadora.

-LUNES-

-Disculpe... ¿Tiene una computadora libre? –preguntó la niña, casi colgándose del mostrador, y vestida con un jogging color azul marino, que resaltaban sus hermosos ojos grises

-Si... como no, pasa por la computadora número tres –respondió Laura.

La niña se sentó frente al monitor, y empezó a usar el teclado con la habilidad de un eximio pianista.

Fueron casi dos horas ininterrumpidas de uso, donde el rostro de la niña pegado a la pantalla, varias veces fue atravesado por gestos de disgusto.

Cerca de las ocho de la noche, la niña echó a llorar desconsoladamente delante del monitor, y sufrió un leve desmayo, por lo que enseguida varios hombres que se encontraban en el lugar (al igual que Laura), acudieron en la ayuda de la cibernauta desmayada.

-¿Te encuentras bien? –fue lo único que preguntó Laura, cuando la niña abrió los ojos, y miró para todos lados desconcertada.

-Si... si... estoy bien... muchas gracias –dijo la niña tocándose la frente y frunciendo el ceño-.

-Tuviste una fea caída –le dijo un hombre que estaba en cuclillas al lado de Laura-.

"La fea caída", había sido en realidad, la vista de la pobre niña, estrellándose de cabeza contra el suelo del local, como si fuera un avión kamikaze japonés, estrellándose contra un acorazado estadounidense...

Pero no era necesario que lo supiera, de hecho ya le bastaba con palparse el gran chichón que sobresalía de su frente.

-Gracias por ayudarme... –dijo la pequeña un poco avergonzada, ante la mirada atónita de todas las personas que estaban en el locutorio-.

-Toma un poco de agua con azúcar –dijo Laura, extendiendo un vaso hacia la pequeña mano de la niña, la cual sorbió el líquido como si fuese una pócima salvadora.

Pasaron más de veinte minutos, la pequeña trató de reincorporarse, pero sus esfuerzos fueron fútiles.

Laura, entonces, telefoneó a una empresa de emergencias cercana a su negocio, y en segundo una ambulancia estacionó en la puerta del locutorio.

Se hizo presente el doctor Sergio Allende Rojas, un reconocido profesional de la ciudad de Ituzaingó, y auscultó a la niña mirando el cielo raso concentradamente.

-¿Están los padres de la pequeña aquí? –preguntó el médico a Laura-.

-No lo creo doctor, la niña llegó sola, y desconozco el lugar donde vive –respondió Laura.

Trataron de interrogar a la niña, pero ésta había caído en un profundo sueño.

-Señorita, llevaremos a la niña a una clínica cercana, tal vez, sufra de algún problema leve, pero para asegurarme, tendré que realizarle otros estudios cuando lleguemos al lugar –le dijo el médico a Laura, la cual asintió al instante-.

-Por favor, si los padres de la niña se hacen presentes, necesito que les informe inmediatamente de los sucedido –le dijo el doctor Allende a Laura, mientras que le daba una tarjeta con sus datos personales-.

-Muy bien doctor, en cuanto lleguen los padres les avisaré –dijo Laura-.

Pero llegó la medianoche, y nadie apareció. Laura esperó casi hasta la una de la madrugada, pero nadie vino a preguntar por la niña. Apagó todas las computadoras y cerró el negocio.

-MARTES-

Cerca de las seis de la tarde, la extraña niña reapareció con el mismo atuendo.

-¿Te encuentras bien? –preguntó Laura-.

-Si... muy bien gracias –dijo la pequeña sonriendo-.

-¿Qué te ha dicho finalmente el doctor? –preguntó Laura a la niña que la miró seriamente.

En ése momento, Laura pensó que la pregunta era impertinente, al ver la reacción de la pequeña, que la miró como si le hubieran propinado un cachetazo en una de sus mejillas.

-Me dijo que me encuentro muy bien, muchas gracias por preguntar –fue lo único que dijo la niña-.

-¿Me habilitaría una computadora? –preguntó la pequeña rápidamente, evadiendo cualquier otra pregunta.

-Si... como no –dijo Laura un poco avergonzada por la situación, y pensó que era mejor olvidar el tema-.

La pequeña empezó a chatear con alguien, y miraba el monitor con dejos de extrañeza, sonrisas y tristezas. Parecía como si estuviera conversando con alguien a quien extrañaba demasiado...

"Tal vez con un amor platónico" pensó Laura, mirando de reojo a la niña.

Casi después de dos horas de sesión frente al monitor, la niña rompió en llanto nuevamente; Laura, al ver la reacción de ésta y para prevenir un futuro desmayo, blandió el teléfono en su mano como si fuera un Samurai para llamar al cuerpo médico.

Pero ésta en vez de desmayarse nuevamente, la pequeña solamente cerró los ojos, y se recompuso; tomó un pañuelo entre sus manos, y se secó las lágrimas. Se puso de pie y caminó hacia la consola donde Laura atendía a todos los clientes.

¿Cuánto le debo señora? –preguntó la niña, mirando a Laura con sus inmensos ojos grises.

-Creo que ayer has usado la com...

No había terminado de decir esas palabras, cuando la niña desapareció de su vista, como si el suelo se hubiera abierto, y hubiera caído en un hoyo profundo.

Laura, primero miró incrédulamente la imagen de la pequeña en su mente. Pero rápidamente abrió la puerta de la consola, y vio a la niña desmayada, apoyada de espaldas contra el armazón de la consola, como si fuera un mexicano tomando una buena siesta.

Nuevamente el doctor Allende se hizo presente en el lugar, con la ambulancia y los camilleros. Levantaron a la niña (que ésta vez no volvió en sí), y la colocaron dentro de la ambulancia.

-¿Qué es lo que sucede con ésta niña? –preguntó con preocupación, Laura-.

-No lo sé muy bien señorita, lo único que puedo decirle, es que posiblemente tenga un problema coronario leve, pero lo suficiente complicado, como para desestabilizar su salud diariamente –dijo el médico, ante la mirada incrédula de Laura-.

La mujer estaba un poco impaciente, y preocupada también, ya que ambas veces que la niña se había hecho presente, había sufrido desmayos, y sus padres no se habían presentado en el lugar.

Era cerca de la medianoche; en ése momento, un melodía musical en la computadora vacía, daba un aviso de que un programa aún estaba activo.

Laura estaba más que cansada, tanto era así, que sus pies parecían pesar dos toneladas cada uno, pero igualmente se dirigió vacilantemente hasta la computadora, y se sentó frente al monitor.

Cuando posó sus ojos en la pantalla, accionó el mensaje que titilaba, y se desplegó una caja de diálogo de un programa de comunicación, donde se repetían una y otra vez una única pregunta escrita por la pequeña: "¿Mami... estás ahí?... dime que vamos a estar juntas por siempre... por favor"

Laura leyó las palabras, una y otra vez, y entendió el porque de la angustia de la niña.

"Tal vez la madre es la única familiar que tiene, por eso no viene nadie a buscarla" fue lo primero que pensó Laura.

Garrapateó un par de letras contando que la pequeña se había desmayado en el locutorio... Pero no hubo respuesta alguna. Luego, Laura comprobó que el o los supuestos receptores del mensaje, aparecían como desconectados o sin acceso. Laura apagó la computadora, se dispuso a cerrar el negocio pensando en la desafortunada niña, pero enseguida se olvidó del tema, estaba mucho más que cansada, estaba casi a punto de dormirse.

-MIERCOLES-

Laura estaba esperando a la extraña pequeña, ya que eran cerca de las seis de la tarde.

La niña se hizo presente de vestida de la misma manera y a la misma hora.

Cuando la vio dirigirse hacia ella, pensó en no comentar lo sucedido los días anteriores, pero su curiosidad pudo más...

-Discúlpame –dijo Laura – ¿Cómo te encuentras hoy? preguntó finalmente-.

-Muy bien, muchas gracias –dijo la niña, y retrocedió dos pasos, alejándose de la consola, para mirar a los ojos a la mujer-.

-¿Cómo te llamas? –preguntó Laura.

-Karina... Karina Alejandra Dimarco –respondió la pequeña sonriendo-.

¿Y usted como se llama? –preguntó la niña sonriendo-.

-Laura Goncalves –respondió la mujer.

La niña miró extrañamente a la Laura, y viceversa.

Silencio...

¿Podría usted habilitarme una computadora por favor? –preguntó la pequeña-.

-Si, como no, espérame por favor –dijo Laura nuevamente-.

-No te cobraré las veces que utilizaste la computadora, de hecho, creo que ambos intentos fueron fallidos –le dijo Laura a la pequeña.

-Disculpe señora, yo no...

-Por favor, no es necesario que me digas nada, es lo que corresponde –dijo Laura haciendo un ademán con su mano, interrumpiendo a la niña, mientras que ésta miraba a la mujer con sus ojos abiertos de par en par-.

La niña miró de reojo a Laura, y se acomodó un poco su cartera color violeta.

-¿Me habilita una computadora por favor? –preguntó nuevamente la niña, mientras que se alejaba de la consola sin dejar de mirar a Laura.

Pasaron casi dos horas. Laura esperaba que la niña rompiera en llanto y seguidamente se desmayara nuevamente.

Pero para su sorpresa, la pequeña no se desmayó, pero vio que su rostro dejaba entrever una honda y pálida tristeza, como si le hubieran dado la peor de las noticias.

Cuando se dirigió a la consola, la pequeña extrajo un billete de su cartera.

-Por favor señora, cóbrese lo que le debo –dijo la pequeña-.

Laura miró a la pequeña, y le hizo un gesto como que no era necesario. Seguidamente se retiró del locutorio a paso lento, y con la cabeza gacha, como si fuera un reo condenado a muerte.

"Pobre niña" pensó Laura...

-JUEVES-

Laura estaba sentada sobre una banqueta detrás del mostrador, eran casi las seis de la tarde, ya casi rutinariamente, estaba esperando a la pequeña vestida con su jogging color azul y su pequeña cartera color violeta.

"Aquí viene nuevamente" pensó Laura, mientras que miraba como la pequeña asía la puerta corrediza del local y la abría trabajosamente.

-¿Hola como estás? –preguntó Laura sonriendo-.

-Muy bien, gracias... ¿Tiene alguna computadora libre? –preguntó la niña-.

Laura la miró pensando que tal vez la posible enfermedad, y su estado la hubiera dejado un poco inconsciente y tal vez no recordaba lo sucedido.

-La computadora número tres–dijo Laura señalando el equipo, el cual estaba rodeado de niños y niñas que sonreían y saludaban con las manos a las webs cams.

La pequeña caminó lentamente y se sentó frente al equipo.

Casi dos horas después, la extraña niña pagó el tiempo de uso, y se alejó del local con el mismo rostro compungido, y caminando como si su alma le pesara.

"Pobre pequeña" pensó Laura nuevamente, como si la niña le transmitiera la tristeza que sentía cada día que se aparecía en el locutorio.

-VIERNES-

Laura estaba hablando con una amiga dentro de la consola. Se comentaban varios temas como dos viejas chismosas y reían a carcajadas.

-Seguramente dentro de diez minutos, llegará la niña que te había comentado –le dijo Laura a su amiga Vilma-.

-¿La pequeña de jogging azul...? veremos –fue lo único que dijo Vilma, mientras que apuraba su café-.

El reloj marcó las seis de la tarde en punto, pero la extraña niña no apareció.

Laura estaba extrañada, y su amiga Vilma la miraba de reojo como si la predicción hubiera fallado por completo.

Cerca de las seis de la tarde, Laura salió a la acera del locutorio para comprar un atado de cigarrillos Gold Leafe, y se topó con la extraña pequeña, comprando un paquete de pastillas de mentas en el kiosco contiguo.

-¿Hola...cómo te va? –preguntó Laura a la niña que la miró y sonrió-.

-Muy bien, gracias –dijo la pequeña.

-Pensé que ibas a aparecer en el locutorio a las seis de la tarde en punto –dijo Laura, mientras que pedía su atado de cigarrillos.

-¿Disculpe? –dijo la pequeña-.

-Te decía, que pensé que ibas a aparecer en el locutorio a las seis de la tarde –dijo nuevamente Laura-.

-Creo que me confunde señora –respondió la niña sonriendo-, -pero justamente ahora, iba a buscar un locutorio –dijo finalmente la niña-.

-¿Estás segura que no has venido al locutorio? –interrogó Laura a la pequeña-

Ésta la miró con una sonrisa.

-No lo creo, recién me mudé con mi abuela, y es la primera vez que salgo a recorrer el barrio–respondió la extraña niña-.

Pero Laura no caía en cuenta de las palabras de la pequeña; y obvió el hecho de comentarle sobre los desmayos que había tenido dentro del locutorio-.

"Creo, que ésta pequeña ha perdido la memoria" pensó Laura, mirándola de reojo y sonriendo.

¿Tú no eres Karina? –preguntó Laura.

¿Cómo sabe mi nom...?

En ése preciso momento, las palabras de la niña, fueron interrumpidas por un automóvil conducido por una anciana, la cual saludó efusivamente con un ademán a la pequeña de jogging; ésta, enseguida se acercó a la ventanilla del automóvil, mientras que Laura volvía a su negocio, y pensaba en lo que le había dicho la pequeña.

Cuando ingresó al locutorio, Vilma, su amiga, se despedía...

-Bueno Laura... hermosa, por favor, llámame mañana Lunes... ¿Si...? –dijo-.

-Seguramente... ¿Lunes...? pero si... hoy es Viernes Vilma –dijo Laura abriendo su atado de cigarrillos, mientras que sonreía.

-Vamos Laura que... –empezó a decir Vilma, pero sus palabras se oyeron cada vez más lejanas.

El atado de cigarrillos cayó de sus manos, y se tambaleó como un barco acosado por fuerte viento en altamar, se tomó fuertemente de la puerta corrediza, seguidamente se nubló todo, y se desplomó pesadamente sobre la alfombra en la entrada del local.

Abrió los ojos casi tres horas después en la cama de la clínica del doctor Allende Rojas.

Cuando habló en privado con el médico, las palabras de éste fueron precisas y contundentes... –Laura, estás embarazada, felicitaciones –dijo el facultativo-.

La mujer se sintió alegre, perdida, eufórica y triste a la vez, no sabía que hacer. Siempre había soñado con formar una familiar antes de dar a luz...

"Le tendré que avisar urgentemente a Augusto" pensó para sus adentros.

Sus familiares estaban más que preocupados, pero Laura no les comentó nada de su estado, quería mantener el secreto a resguardo, hasta haber hablado con el padre de la criatura.

Después de mucho meses de no haber usado el correo electrónico, y de no haber chateado con nadie (sobre todo hombres), tendría que tratar de ubicar a Augusto.

Volvió al locutorio al día siguiente por la mañana. Encendió todas las computadoras y empezó la búsqueda de su "enamorado". Pero casi cuatro horas después de haber enviado infructuosamente mails por doquier y haber rastreado al hombre por intermedio del chat, desistió de su búsqueda...

Ideas extrañas empezaron a rondar por su mente. No quería ser una madre soltera, a la deriva, sin familia, sin nadie.

"Tal vez sea mejor abortar" pensó, pero enseguida esa idea se esfumó de su mente como un fantasma y rompió en llanto desconsolado.

Tuvo un inmenso acceso de vómitos, y luego mareos, que la mantenían arrodillada frente al inodoro del local.

Casi no había notado que ya eran las seis de la tarde, y que la niña del jogging azul se había hecho presente, para ocupar una computadora.

-Hola... –fue lo único que dijo Laura, mirando a la pequeña, con sus ojos entrecerrados, y dominados por vistosas ojeras grisáceas.

-Hola señora... ¿Se siente bien usted? –preguntó la niña-.

-Si, muy bien... gracias –respondió Laura pasivamente-.

-¿Me habilita una computadora? –preguntó la pequeña-.

-Si... claro –dijo Laura, tragando saliva, ya que sentía un extraño revoltijo en su estómago-.

Sus pensamientos se perdieron en la nada. De repente se imaginó criando a su hijo sola, en un lugar solitario, lejos sin nadie, y unas lágrimas rodaron por su mejilla. La idea del aborto reapareció en su mente, pero se negaba a realizar un acto así. Seguidamente, la idea del suicidio, tocó a la puerta de su mente, como un ladrón en una casa con las puertas abiertas.

Apartó esos pensamientos al instante.

"En realidad deseo ser madre" se dijo a sí misma, practicando una semi – sonrisa.

"Pero no quiero estar sola para siempre" pensó, y la idea del aborto tomó fuerzas nuevamente en su mente.

-Quizá sea mejor no preocupar a nadie, tal vez sea mejor dejar éste mundo en silencio –se dijo casi balbuceando, mientras que pensaba recurrir a una farmacia de la zona, para comprar un frasco de algún potente somnífero-.

En ése preciso instante, un aviso musical en la computadora, le advertía que uno de sus contactos le estaba enviando un mensaje.

-¡¡¡Augusto!!! –dijo Laura emocionada y se sentó frente a la pantalla de la computadora dentro de la consola-.

Pero cuando abrió el mensaje, leyó unas palabras que le resultaba conocidas...

¿Mami... estás ahí?... dime que vamos a estar juntas por siempre... por favor"

El corazón de Laura se detuvo por un segundo, y contuvo el aliento, leía y releía las palabras una y otra vez, que se repetían incansablemente una tras otras, casi como una súplica infinita a Dios, a todos los santos y al cielo.

Laura miró a la niña, que estaba sentada frente a la computadora, concentrada mirando el monitor como si fuera una gran barra de chocolate.

Miraba intermitente a la niña, la pantalla de su computadora, miraba alrededor, y no entendía lo que sucedía.

La niña empezó a llorar profusamente, mientras que se secaba las lágrimas con un pequeño pañuelo.

Laura se sentó frente a su computadora, mientras que las frases de la niña se repetían compulsivamente una y otra vez: ¿Mami... estás ahí?... dime que vamos a estar juntas por siempre... por favor"

¿Mami... estás ahí?... dime que vamos a estar juntas por siempre... por favor"

¿Mami... estás ahí?... dime que vamos a estar juntas por siempre... por favor"

Las manos de la mujer temblaban, y todo su cuerpo con ellas. Tuvo náuseas pero se contuvo, se sintió mareada...

Se acercó al teclado lentamente, casi en cámara lenta

"Te prometo que vamos a estar juntas para siempre... Karina" escribió Laura, y envió el mensaje.

Casi al instante miró a la niña, y vio como sus ojos se iluminaban y esgrimía la sonrisa más fabulosa que hubiera visto en todo su vida.

La niña miró a Laura directamente a los ojos sin dejar de sonreír. Sus ojos grises habían tomado un color azul cielo; sonrió nuevamente, y Laura le devolvió la sonrisa. La niña dejó lo que estaba haciendo, cerró los ojos, y lentamente se esfumó en el aire.

Laura no creía lo que estaban mirando sus ojos, se puso de pie y abrió la puerta de la consola, no sabía que hacer ni que decir, era como tener a alguien tan cerca, pero a la vez tan lejos.

En ese preciso instante, apareció por la puerta del locutorio el hombre que estaba esperando... Augusto.

Miró a Laura, no dijo nada, le dio un beso en los labios y la abrazó.

Laura estaba casi sin habla, pero finalmente miró a su enamorado directamente a los ojos

-Pensé que no ibas a venir –dijo Laura-.

El hombre la miró con amor infinito.

-Creo que ahora serás la señora Laura Dimarco –dijo Augusto-.

-¿Dimarco? –preguntó Laura-, -nunca me habías dicho tu apellido –dijo nuevamente-.

-Ahora lo escucharás siempre –dijo el hombre-, -¿Ya sabes si seremos padres de un niño o una niña? –preguntó el hombre-.

-De una niña –dijo Laura con seguridad mirando la silla vacía delante de la computadora número tres-.

-¿Y como la llamaremos? –preguntó Augusto.

-Karina... Karina Alejandra –dijo Laura-.

-Hermoso nombre –dijo Augusto y abrazó a su futura esposa-.

La medianoche llegó enseguida, Laura tuvo nauseas nuevamente, y corrió hasta el baño, con Augusto siguiéndola como su sombra. Juntos, apagaron todas las computadoras, caminaron lentamente hasta la puerta corrediza.

Laura miró la computadora número tres, y se sentó en la silla un segundo, y sintió que lo mejor, estaba por venir.

-Gracias bebé –dijo mientras que tocaba su vientre; sonrió y apagó todas las luces.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#94 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Lun, 10 de Oct, 2005 4:37 pm
Asunto: MIS NOVELAS: Resúmen
jesus_alejan...
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Me tomo el atrevimiento de enviarles un resumen de algunas de mis novelas:
 
 ADVENIMIENTO (la historia de Samir, el regreso a su hogar, sus reflexiones con Dios, su encuentro con personas del mas allá, y personajes que lo van guiando para encontrar el camino de regreso)
 
 
El SIGNO DE NUMARHIEL (el representante de Dios en la tierra, es buscado por la Santa Iglesia, a fin de detener el inminente regreso del Diablo... Las vivencias de un hombre común que ama y odia, duda de la leatal hacia Dios, y la gran responsabilidad que lleva a cuestas.
Y al fin el interrogante... ¿Será éste el elegido?
 
 
LA CASA INFERNAL (un grupo de amigos se atreve a investigar la historia de Belén y su padre, que desaparecieron en el siglo pasado en una casa que supuestamente está encantada, y que aún, entrado los 80', sigue en pie.
Un tributo a mi ídolo, Stephen King),
 
QUIMERA SILENCIOSA (la historia de cinco personas, que sufrieron pérdidas irreparables en su vida, y que trágicamente se cruzan en un extraño accidente que los tendrá atrapado por varias horas.
Las penas, las glorias, los recuerdos, las añoranzas, la desesperación, y el instinto de supervivencia, de personas comunes, para los cuales ya la vida no tiene sentido.
 
y mi favorita: NICOLÁS CERNADAS: uno de los policías-detectives, más jóvenes de Ituzaingó, que cuenta las historias más extrañas, sobre los casos policiales,  que tuvo que resolver en los años 70' y 80'. Aparecidos, maldiciones, asesinos seriales, ángeles y demonios, son los protagonistas de sus historias con su compañero Goliat, y su protegido "Cujo".
 
Espero que todas, o algunas de mis letras, sean de su agrado, vuelvo a agradecerles a todos por su apoyo y por sus mensajes; para servirles.
 
Saludos, abrazos y MUCHAS GRACIAS.
 
JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#93 De: montserrat alvarez <madameratt@...>
Fecha: Dom, 9 de Oct, 2005 10:17 pm
Asunto: Invitación
madameratt@...
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hey, novedades...
Ave.

Nota: Se adjuntó el mensaje reenviado.


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Miércoles 12 de octubre, 21 hs.

Espacio callejón, Humahuaca 3759

 

Gog y Magog ediciones invita al lanzamiento de sus nuevos títulos:

 

Poesía:

 

Botánicos , de Walter Ch. Viegas.

 

hacer sapito , de Verónica Viola Fisher (reedición)

 

Y continúa la colección narrativa con

 

Rota , de Leandro Uría, presentada por Gustavo Nielsen.

 

Lecturas de los poetas y canciones en vivo a cargo de Sebastián Rubín.

 



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#92 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Dom, 9 de Oct, 2005 3:14 pm
Asunto: MIS NOVELAS: Resumen
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Me tomo el atrevimiento de enviarles un resumen de algunas de mis novelas:
 
 ADVENIMIENTO (la historia de Samir, el regreso a su hogar, sus reflexiones con Dios, su encuentro con personas del mas allá, y personajes que lo van guiando para encontrar el camino de regreso)
 
 
El SIGNO DE NUMARHIEL (el representante de Dios en la tierra, es buscado por la Santa Iglesia, a fin de detener el inminente regreso del Diablo... Las vivencias de un hombre común que ama y odia, duda de la leatal hacia Dios, y la gran responsabilidad que lleva a cuestas.
Y al fin el interrogante... ¿Será éste el elegido?
 
 
LA CASA INFERNAL (un grupo de amigos se atreve a investigar la historia de Belén y su padre, que desaparecieron en el siglo pasado en una casa que supuestamente está encantada, y que aún, entrado los 80', sigue en pie.
Un tributo a mi ídolo, Stephen King),
 
QUIMERA SILENCIOSA (la historia de cinco personas, que sufrieron pérdidas irreparables en su vida, y que trágicamente se cruzan en un extraño accidente que los tendrá atrapado por varias horas.
Las penas, las glorias, los recuerdos, las añoranzas, la desesperación, y el instinto de supervivencia, de personas comunes, para los cuales ya la vida no tiene sentido.
 
y mi favorita: NICOLÁS CERNADAS: uno de los policías-detectives, más jóvenes de Ituzaingó, que cuenta las historias más extrañas, sobre los casos policiales,  que tuvo que resolver en los años 70' y 80'. Aparecidos, maldiciones, asesinos seriales, ángeles y demonios, son los protagonistas de sus historias con su compañero Goliat, y su protegido "Cujo".
 
Espero que todas, o algunas de mis letras, sean de su agrado, vuelvo a agradecerles a todos por su apoyo y por sus mensajes; para servirles.
 
Saludos, abrazos y MUCHAS GRACIAS.
 
JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#91 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Sáb, 8 de Oct, 2005 4:26 pm
Asunto: LOS MEJORES AÑOS
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LOS MEJORES AÑOS

Honor, Respeto y Lealtad.

Recordaba esas tres palabras, siempre.

Tal vez, estaban escritas en alguna pancarta o en algún cartel en la calle, lo cierto, es que fueron las tres últimas palabras que recordaba siempre.

También, recuerdo que desperté un Domingo por la tarde, ¿Cuánto tiempo había estado internado?, no lo sé, creo que decía para mis adentros que me dolían las piernas, pero todos se veían felices y contentos.

-¿Hola Ale?, ¿Cómo estás?- me preguntó el médico, que por su pequeña identificación de acrílico, vi que se llamaba Sergio N. Allende Rojas.

-¿Qué significa la N?- fue lo primero que pregunté.

-¿La N?- me dijo el médico extrañado, mientras que se miraba el bolsillo de su chaqueta blanca.

-Nicolás- dijo.

-Ahh, mucho gusto, yo soy Alejandro- le dije tendiendo la mano.

El hombre me pareció ser muy joven para ser médico. Luego, me enteré por uno de mis amigos que vinieron a visitarme, que el Dr. Allende Rojas, había sido becado años atrás por la Fundación Favaloro, para estudiar y perfeccionarse, ya que había demostrado aptitudes sobresalientes en el campo médico, lo que lo volvían un caso sumamente extraño en el país, ya que el muchacho no sobrepasaba los 25 años de edad.

Después, me enteré que tenía exactamente 23 años de edad.

-¿Cómo te sientes?- me dijo el médico mientras que me auscultaba con su estetoscopio.

-¿Puedes respirar bien?- me preguntó

-Si- le dije simplemente.

Me palpé el rostro, tenía una pequeña barba hirsuta, y hasta cierto punto sentía que algunos vellos se me habían encarnado, ya que cuando movía mi boca, o me rascaba, el dolor era instantáneo.

-¿Mis amigos?- le pregunté al médico, que me miró con cara de asombro, comprendiendo que mis facultades mentales estaban bastante lúcidas.

-Tus amigos están bien- me respondió el médico.

-Alejandro- hizo una pausa, mientras que tomaba una birome BIC del bolsillo de su chaqueta

-¿Qué recuerdas del accidente?- me interrogó atento, como para anotar mis palabras, apenas salieran despedidas de mi boca.

-Tengo sed- le dije.

El médico le hizo una seña a una enfermera, y ésta, trajo un vaso de agua bien helada.

Yo bebí, como si me encontrara en una isla desierta, y ése, fuese el último vaso de agua en toda la tierra.

En ese instante, sentí un fuerte dolor en mi cintura, como si una abeja gigante me punzara con su aguijón.

El dolor me hizo escupir el agua y me doblé en la cama.

Me llevé la mano instintivamente al lugar y me palpé.

El doctor y la enfermera me miraban atentamente, pero no decían palabra.

Creo que mi gesto de sorpresa se evidenció, cuando el médico retomó sus palabras.

-Alejandro, has tenido un accidente muy grave, no hace mucho tiempo atrás y-......Interrumpí al doctor nuevamente, -¿Puede traerme otro vaso de agua por favor?- le dije a la enferma; ésta asintió en silencio y volvió con un vaso repleto casi hasta el borde, lo tomé y lo bebí como si fuese una pócima salvadora, porque de alguna manera, ya sabía que me iba a decir el médico.

-Dos meses atrás- el dije al doctor Allende, mientras terminaba de saborear mi trago.

-¿Cómo dices?- me interrogó.

-Dos meses atrás- dije

El médico me miró con una sonrisa, -Bien, veo que no perdiste el sentido del tiempo, y que recuerdas algunas cosas...¿Me equivoco?- me preguntó un tanto expectante.

-No, creo que no se equivoca- le dije.

-Bien, entonces dime, ¿Qué recuerdas del accidente?- me volvió a preguntar, mientras que apoyaba nuevamente su birome sobre el block de hojas.

-Ok- le dije, e hice un silencio, mientras que escuchaba a los lejos, que una estación de radio, tocaba un tema de Charly García:"Demoliendo Hoteles".

-Salí con mis amigos: Hernán Cernadas, Cristian Cogno, y Gabriel Cipollone; creo que habíamos acordado ir a tomar un café a un restaurante, al restaurante que vamos siempre:"Don Balón", muy cerca de la estación de Ituzaingó- le dije al médico rascándome por enésima vez la barba, con gesto de dolor.

-Luego, nos detuvimos en una estación de servicio, yo compré una cajetilla de Gold Leafe, y fuimos a tomar un café al restaurante que le dije anteriormente; nos despedimos; Hernán, se ofreció a llevarme a mi casa, pero como yo sabía que él estaba cansado, y que al otro día tenía que ir a buscar a su hijo Nicolás en hora temprana, le dije que me dejara en una remisería cerca de la plaza de Ituzaingó- le dije al médico, mientras que éste anotaba velozmente.

-Bueno- proseguí, -Me subí a un Peugeot 505, color marrón claro, y llegamos a un paso a nivel, estábamos esperando el paso del tren Sarmiento.

-El lugar, está cercano a un supermercado, las barreras estaban bajas, y las campanillas funcionando, el tren pasó velozmente, mientras que yo le preguntaba al chofer sobre como iba el trabajo de la noche- me reacomodé un poco en la cama, pero el dolor ahora, se había vuelto algo molesto.

-Recuerdo que estaba hablando con el chofer, que era un hombre aproximadamente de mi edad, 32 a 34 años, no más-

-Cuando éste, por alguna razón, apretó el acelerador del automóvil, y pasó por el paso a nivel, con las barreras bajas-.........

-Yo, vi las luces y escuché la fuerte bocina del tren, pero el hombre estaba compenetrado, mirando en dirección a la Avenida Rivadavia. En ese momento, sentí un fuerte sacudón dentro del automóvil, como si algo nos arrastrara, era como si estuviese en un lavarropas gigante; y después, no recuerdo más nada- le dije al médico concluyendo con mi versión del accidente.

-Bien Alejandro- me dijo, -Veo que estás lúcido y tus facultades son óptimas, después, te realizarán más estudios, para chequear algunas lesiones internas, pero- dijo haciendo una pausa; -Siempre existe un pero- pensé.

-Debido a que tuviste un accidente ferroviario, tuvimos que amputarte un pie a la altura del tobillo- me dijo el médico, esperando mi reacción.

-¿Ese es el dolor que siento?- le pregunté

-Si, lo llamamos reflejos inmediato, tu cuerpo, actúa como si todavía tuvieras el pie en su lugar, y por ende, el cerebro envía las señales necesarias para el movimiento- me dijo colocando el capuchón en la birome.

-Pero Alejandro, debido al accidente que tuviste, debo confesarte, que estamos viendo, tu y yo, lo más cercano a lo que se puede rotular como un milagro- me dijo el médico.

-Ten en cuenta, que el 99% de las personas que tienen este tipo de accidente, no viven para contarlo, y tú, solamente tú- me dijo el médico, dándome a entender que el chofer no había sido tan afortunado como yo; -Sufriste solamente la amputación de un pie, y golpes internos; pero te digo, que he visto accidentes menos graves, con amputaciones considerables y más dolorosas- finalizó el doctor Allende, mientras se ponía de pie.

Al momento que se retiraba, giró un poco apenas y me dijo, -Ahora hago pasar a todas las visitas que están deseosas de verte-

Apenas traspasó la puerta de la habitación, entraron como un tropel mi madre y mis amigos. Pero mientras ellos entraban sonrientes, yo vi mucha gente arremolinada, mirando hacia mi cama.

-¡¡¡Hola hijo!!!!...que bueno verte- me dijo mi madre, al momento que tomaba asiento en el lugar, que hacía momentos antes, había estado ocupado por el médico.

Mis amigos, me abrazaban, algunos me besaban y otros reían, mientras que se miraban entre sí, como si lo peor ya hubiese pasado.

-¿Ale?..¿Sabías que hay mucha gente que se enteró de tu accidente y te quiere saludar?- me dijo Hernán.

-La verdad es que no lo sabía- le dije, mientras que las demás personas en la habitación, me miraban azoradas, como si yo fuera un superhéroe de historieta.

Las preguntas se abalanzaban una tras otra, pero todos estaban relajados, nadie se sentía triste, mal o molesto.

Los días pasaron, a veces recuerdo que cuando dormía, o cuando despertaba, escuchaba un tumulto de gente a mí alrededor, como si estuvieran trabajando o haciendo algo; pero luego, todo se aquietaba. Le comentaba estos sueños a un psicólogo que venía a visitarme de vez en cuando, y él me decía que eran las emociones post-traumáticas evidentes, luego de un suceso como ése.

Luego, me dijo que si llegaba a sentir ataque de pánico o algo así, que le avisara de inmediato al doctor Allende, para que éste le avise a él, así se hacía presente lo antes posible.

Pasaron los días, mis sueños ya no eran tan recurrentes, y empecé a asistir a las clases de rehabilitación; en ese lugar, conocí a una mujer hermosa de nombre Karina.

Congeniamos al instante.

-Yo te conozco- me dijo, mirándome con una gran sonrisa, salida de un comercial de crema dental.

-Te vi en la tele- me dijo nuevamente.

En ese momento pude apreciar sus enormes ojos color miel, su nariz perfecta, y su cuerpo exuberante.

Después que lo pensé mejor, parecía toda salida de un comercial, porque era simplemente, perfecta.

-¿Por qué razón una mujer hermosa como tú, esta en este lugar?- le pregunté haciéndome el galán.

Ella me miró adivinando mis intenciones, y me contó que se estaba recuperando de un accidente que había tenido casi un año atrás, por lo que se subió un poco la blusa, y me mostró una cicatriz que recorría toda su cintura.

-Quedé en medio de un tiroteo, entre ladrones y policías, un ladrón me tomó de rehén, pues yo estaba dentro de un cajero automático, y en la balacera, una bala perdida, me rozó, pero me abrió casi todo el costado de mi cuerpo, a veces tengo sueños, y no me puedo recuperar- me dijo evidenciando el trauma que había cambiado su vida.

-Yo te ayudo a que cambies tu historia- le dije, mientras sonreía y caminaba con mis muletas.

-Tú, primero cúrate de tus heridas, y luego-... dijo, como si se hubiese arrepentido de seguir hablando.

-¿Y luego?- le pregunté.

Ella se sonrojó al instante y bajó la cabeza sonriendo.

-Y luego vemos- dijo.

Yo no estaba en una buena posición para hacerme el Don Juan, pero mi inusitada fama, me daba un poco de ventaja sobre otros internos más presentables y más atractivos.

¡¡¡¡Milagro!!!, ¡¡¡¡Increíble!!!!, ¡¡¡¡Hombre de Acero¡¡¡¡¡, decían las tapas de algunos periódicos, que mi madre Olga, me había guardado, para que los leyera, porque según, como ella me dijo –Vine varias veces aquí, y estaba segura que despertarías, hijo- mientras que me besaba en la frente.

De hecho, ahora que recuerdo, creo que mi madre siempre me decía eso, porque recordaba que me decía algo, me besaba en la frente y me leía un libro o una revista, no sabía que, pero yo podía sentir, que el tiempo que estuve inconsciente, ella hacía eso, como un mágico ritual.

Tiempo después, las conversaciones con Karina, se hicieron más profundas, ella me contaba de su familia, yo le contaba de mi vuelta a la vida, y así, nos fuimos conociendo mejor.

Recuerdo, que recibía miles de mails, y muchas cartas, dándome aliento para seguir con mi vida, algunos mensajes, me los habían enviado cuando yo estaba "durmiendo" en la habitación del hospital.

Después de un poco más de ocho meses de rehabilitación, Karina y yo, oficializamos nuestra relación, convencidos, que éramos el uno para el otro.

Un tiempo después me dieron de alta, y me enviaron a mi casa, en Ituzaingó.

En mi lugar, Barrio Marina, mi llegada causó revuelo, recuerdo que las calles estaban atestadas de pancartas con leyendas, dándome aliento, o simplemente dándome la bienvenida.

La relación con mi madre, había mejorado lo suficiente, como para que yo pudiese hablar con ella de mis planes, mis afectos y de mi vida en todo sentido.

Ya había pasado casi un año de mi accidente, apenas lo podía creer, pero mi vida había dado un gigantesco vuelco.

Recuerdo que la primer noche que volví a dormir en mi habitación, soñé con la gente a mí alrededor, y con mi madre, que seguía leyendo, de hecho, cuando despertaba, la veía a mi lado sonriente; Muchas veces, solamente venía a mi habitación y me traía una merienda frugal, que yo devoraba en unos instantes.

Había recibido muchos regalos, de mucha gente, algunas que no había visto en mi vida, pero que parecían ser lo bastante afectuosas. Me regalaron de todo: libros, remeras, ropa de vestir, y muchas cosas que no vienen al caso.

Lo que sí recuerdo, era que mi habitación estaba repleta de osos de peluche de todos los tañamos y colores.

De vez en cuando, algunos médicos se presentaban en mi domicilio, para verificar y constatar mis avances, los cuales eran óptimos y hasta casi milagrosos.

De a poco, me atreví a andar solo dentro de mi casa, y el día que salí a dar mi primer paseo por Barrio Marina, realmente fue una locura. Algunas personas me paraban por la calle y me saludaban, otras me pedían autógrafos, otras, simplemente me regalaban tarjetas.

Estaba feliz.

Mi relación con Karina, iba viento en popa, luego, las cosas mejoraron, ya que cuando le dije que si quería comprometerse en una relación más seria, me dijo con una gran sonrisa -¿Cuándo me lo ibas a preguntar?-.

Ahora, sabía con exactitud, que destinos tendrían mis ahorros.

Nos casamos un día Viernes, en la iglesia San Judas Tadeo de Ituzaingó, y como ella vivía en Castelar, hicimos la fiesta en un salón de la zona.

Mis amigos, mi madre y todos los que habían compartido algún momento en mi vida, estaban conmigo.

Esa noche, fue alegre y hasta cierto punto, loca, ya que mi flamante esposa y yo, nos emborrachamos, antes de salir rumbo a Cancún, de luna miel, el viaje, había sido un regalo de sus padres.

Mis suegros, no solamente eran afectuosos, educados y buena gente, lo más importante, era, que me habían aceptado casi al instante de conocerme.

Cuando volvimos, yo vendí una vieja motocicleta que tenía detenida hace muchos años en el garaje de mi casa. Junto con el dinero de la venta y los ahorros de mi señora, compramos un pequeño lote, para construir nuestra casa.

Lo mejor que podía habernos pasado en la vida de mi esposa y en la mía, fue una mañana que ella se acercó a mi cama antes que yo despertara, me miró con sus hermosos ojos, y me dijo –Estoy embarazada-.

Mi corazón dio un vuelco y nos abrazamos sin creer lo afortunado que éramos.

Una de las personas más influyentes de Ituzaingó, el intendente Jeremías Méndez, viendo nuestra situación, nos regaló un chalet a estrenar en un barrio residencial de Ituzaingó.

Nueve meses después nacía Chiara Belén, y todos estábamos más que felices.

No solamente, porque después de mi fatal accidente, mi vida parecía haber cambiado, sino que ahora, sentía como si todo encajaba en su lugar.

Le daba gracias a Dios por todas las oportunidades que me estaba dando.

La relación con mi madre era por demás buena, estaba casado, y con mi esposa Karina, teníamos una hija hermosa.

Ese mismo año, me habían ofrecido un trabajo estable cerca de nuestra casa, y Karina, seguiría dando clases en el jardín de infantes, donde era una buena maestra.

Mis amigos me visitaban de vez en cuando y los lazos se estrechaban cada vez más.

Hice nuevas amistades, algunas de ellas eran matrimonios amigos de mi esposa y otras, gente que había conocido en el hospital de Haedo, y que me había acompañado en mis duros momentos.

Los medios se hicieron eco de mi vida y mi historia, me ofrecieron escribir una cuantas palabras, de lo que había sucedido, yo no era bueno para eso, pero igual lo intenté.

Nuestros ingresos se fueron incrementando, y así pudimos comprar nuestro primer automóvil.

Yo, estaba un poco reacio al principio, a subirme de nuevo a cualquier cosa que tuviese ruedas, pero lo intenté, con un éxito notable.

Cuando pude dominar el volante, era hora de empezar a utilizar una prótesis para mi pie faltante.

Fue doloroso al principio, pero después de casi seis meses de un doloroso tratamiento y rehabilitación, ya estaba listo para caminar nuevamente por mis medios y sin muletas.

Fue así, que pude visitar a los médicos que me habían atendido, y saludar de a poco a toda la gente que me había acompañado en mi convalecencia.

Volví al hospital de Haedo, y enseguida fui en busca del doctor Sergio Allende Rojas.

-Hola doctor ¿me recuerda?- le dije sonriente.

-¡¡¡Hoolaaa!!! Alejandro..¿Pero como olvidarte?- me dijo estrechándome la mano.

-Es increíble verte por aquí, casi después de tres años, es realmente notable tu avance- me dijo el médico colocando una mano en mi hombro.

-Gracias, doctor- le dije con una sonrisa.

-Si es increíble, es como si Dios, me hubiese dado otra oportunidad para vivir- le dije convencido de mis palabras

El joven médico sonrió.

Me invitó a tomar un café, y nos sentamos en uno de los bancos de un pasillo, muy cerca de la habitación donde yo había estado internado.

-¿Y?..¿Cómo vas superando todo?- me preguntó

-Muy bien, le dije, muy bien, sinceramente le agradezco a todos ustedes, y a usted principalmente, por todo lo que hicieron por mí- le dije tomando un pequeño sorbo de café.

-Por nada, por favor- me dijo, al momento que encendía un Gold Leafe.

-¿Cómo esta tu madre?- me preguntó el médico.

-Muy bien, gracias- le dije

-Envíale saludos de mi parte- me dijo sonriente, mientras exhalaba humo hacia el techo

-Ella estuvo muy pendiente de tu estado- me dijo.

-Si, ya lo creo, es más, hasta el día de hoy, sueño que ella está mi lado, y me lee algo- le dije

-Si, es que no podemos hacer otra cosa, señora- me dijo.

Yo lo miré, pensando que no había, entendido lo que había dicho.

-¿Perdón?- le dije extrañado.

En ese momento, un dolor agudo, recorrió todo mi cuerpo, y no podía moverme.

-No podemos hacer otra cosa, señora- volvió a decir el médico.

Yo, miré mi camisa y mis jeans, que empezaban a pintarse con puntitos de sangre, y perdían su color.

El dolor, era implacable, y constante, grité, a mí alrededor, todo pareció desvanecerse.

-Dios mío, Dios mío- pensé

Entreabrí los ojos un instante, apenas, abrí mis ojos y los cerré nuevamente.

El dolor era insoportable, sentía como mi cuerpo estaba completamente recorrido por tubos de goma flexibles.

Algo sucedió y todos me rodearon, solamente pude ver sangre; sangre por todos lados, y una sensación de estar y no estar.

Y luego lo escuché....

-Su hijo está en coma hace tres años señora, y no podemos hacer nada más, le soy franco, aunque despierte, el estado de su cuerpo es lamentable, mírelo por usted misma señora....Tiene el 99% de su cuerpo quemado, le tuvimos que amputar los brazos y una pierna a la altura de la cintura, ya tuvo seis paros cardíacos, con el de recién son siete, está totalmente desfigurado, lo único sano es el pie derecho, el resto del cuerpo está simplemente inutilizable- dijo el médico.

-Disculpe que sea tan directo, pero es infructuoso mantenerlo con vida en estas condiciones, usted sabe que el accidente que tuvo fue muy, muy grave, lo arrolló una formación ferroviaria en un automóvil- dijo el doctor

-Si pero el chofer se salvó, todavía tengo esperanzas- escuché que decía mi madre.

-Si señora, pero el chofer solamente se salvó porque salió despedido del vehículo, y justamente a él, le tuvimos que amputar solamente un pie, el resto de su cuerpo está en óptimas condiciones, y es justamente lo único que su hijo tiene sano, un pie- dijo el médico

-Lamento decirle esto señora, pero así es la vida, el hombre que iba en el automóvil con su hijo, se salvó no sé como, creo que es lo más cercano que vi a un milagro- dijo

-Además, usted lo sabe, el hombre estuvo internado mucho tiempo en la cama contigua a su hijo, señora- dijo nuevamente con una mezcla de culpa y vergüenza.

Mi madre cerró los ojos y se tomó fuertemente de la barandilla de la cama.

-Señora, le sugiero que ésta noche, llame nuevamente, al sacerdote, y esta vez, ordene la extremaunción, porque le digo francamente, que si su hijo soporta otro paro cardíaco, va a ser, para quedar en estado vegetativo irreversible- dijo el doctor

-Lo siento mucho- dijo el médico y se retiró

Todo se volvió a oscurecer.

Pasó un tiempo.

-Perdóname- dijo alguien, y besó mi frente

Instintivamente, supe que era el chofer del remise, no sé como lo supe, pero lo supe al instante.

-Solamente me acerqué para que conocieras a mi esposa Karina y a mi hija, se llama Chiara Belén, ojalá las pudieras ver......Sé bien, que esto no es justo, pero no puedo hacer otra cosa- dijo el hombre casi ahogado en llanto.

-Adiós Alejandro- dijo.

Se marcharon, y todo quedó en silencio.

Esa misma noche, por quinta vez, retornó el sacerdote Novak, amigo de mi madre, y dijo: -Dios, significa: Honor, Respeto y Lealtad.....

Luego que el padre Novak, hubo terminado de recitar las palabras de su vieja Biblia, la cerró y bajó su cabeza.

El doctor, Sergio Nicolás Allende, se acercó a un aparato, y escuché cuando lo apagaba.

-Lo siento mucho- dijo el médico mientras que anotaba algo en su block de hojas.

Yo, agradecí al Buen Dios, el haber pasado los tres mejores años de mi vida, y cerré los ojos.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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#90 De: montserrat alvarez <madameratt@...>
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Miércoles 12 de octubre, 21 hs.

Espacio callejón, Humahuaca 3759

 

Gog y Magog ediciones invita al lanzamiento de sus nuevos títulos:

 

Poesía:

 

Botánicos , de Walter Ch. Viegas.

 

hacer sapito , de Verónica Viola Fisher (reedición)

 

Y continúa la colección narrativa con

 

Rota , de Leandro Uría, presentada por Gustavo Nielsen.

 

Lecturas de los poetas y canciones en vivo a cargo de Sebastián Rubín.

 



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#89 De: Jesús Alejandro Godoy <jesus_alejandro_godoy@...>
Fecha: Sáb, 1 de Oct, 2005 3:59 pm
Asunto: EL VUELO DEL FHADDIM (Mágico y real)
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MAGICO Y REAL

(El vuelo del Fhaddim)

No había nada más mágico, ni nada más fabuloso.

Al fin, habían comprobado que la leyenda era real, pero no todo era como lo habían relatado sus antepasados.

Nicolás, había nacido en una pequeña aldea de la comarca más escondida que existía.

Parecía que su destino, iba a ser oscuro. No había conocido a su padre.

Su abuela materna, le había contado una y otra vez la extraña historia, donde varios hombres, tal vez miles, (incluido el padre de Nicolás), habían sido devorados por una bestia extraordinaria, a la que llamaban Greporius.

La habían bautizado con ese nombre, debido a que aquellos que juraban haberla visto, dijeron que sobrevolaba a toda velocidad uno de los picos más altos de la zona: el monte Grepo, que no era otra cosa que un majestuoso monte que se elevaba centenares de metros hacia el cielo.

Nicolás le había pedido un millón de veces a su abuela que dibuje al Greporius, a lo que la abuela siempre dibujaba lo mismo: una bestia alada, con cabeza de forma diamantada, tres cuernos, alas enormes, cola con un aguijón que daba muerte, y fauces terribles, con dientes tan grandes como las lanzas más filosas, que los mejores herreros podían llegar a construir.

A medida que Nicolás iba creciendo, podía llegar a entender la sumisión que daban los pobladores al monte Grepo, pues siempre le dejaban ofrendas de todo tipo, desde comida preparada por las cocineras más expertas, pasando por vacas, cabras, y hasta caballos.

La cuestión, es que las ofrendas siempre desaparecían misteriosamente, sin que nadie viera nada. Los animales que formaban parte de esa ofrenda, siempre desaparecían, algunas veces encontraban pedazos de algún cerdo o caballo; las jaulas donde colocaban a los animales más pequeños como patos o gansos, eran destruidas como si las hubiera aplastado una enorme mano invisible.

Es más, después de dejar las ofrendas a Greporius, todos se encerraban en sus casas, y colocaban trabas a las puertas, y hasta a veces, las trababan con maderos más pesados que los que usaban como trabas comunes, pues no querían que la bestia los ataque por si le parecía que ese día las ofrendas hubiesen sido escasas.

Fue una de esas noches, que a Nicolás se le ocurrió una idea.

Se quedaría una noche al pie de la montaña, para confirmar la existencia de la bestia.

Sabía que faltaban solamente un día para la ofrenda.

Así que fue al lugar donde el gran sacerdote Makius, preparaba la ceremonia.

-¿Señor... lo podría ayudar? preguntó Nicolás al hombre panzón y de barba tupida-.

-No, hijo... estoy preparando la ofrenda para el Greporius, y debo orar también por todos nosotros respondió el sacerdote.

-¿Orar?... ¿Porqué? preguntó el muchacho.

-¿Por qué...? preguntó el sacerdote como si el muchacho le estuviera tomando el pelo-, porque si Greporius llega a sospechar, aunque sea por un instante que nuestra ofrenda no le agrada, derribará nuestra aldea como sí fuera de juguete. Y a todos nosotros... nos devorará, como a muñecos de barro agregó Makius, con una gesto de terror-.

Nicolás lo miró de reojo.

-¿Ni siquiera puedo ayudar cargando la carreta con heno? preguntó Nicolás, con gesto de súplica-.

Makius lo miró suspirando.

Sabía que ese pequeño era insistente, de hecho, había conocido a su padre también desde pequeño, y sabía que tanto su padre como él, podía ser una molestia cuando una idea se les atravesaba con insistencia en la mente.

-Está bien Nicolás, prepara los fardos de heno, pero deja que mi hermano los coloque en la carreta dijo Makius con una mano en su gruesa y redonda cintura... (bueno, si se la podía llamar así)

Nicolás, fue donde estaba Moltis, el hermano del sacerdote.

Moltis, era uno de los ocho hermanos de Makius. Era un hombre joven, larguirucho, que siempre andaba desaliñado.

Sus pecas le cubrían casi toda la cara, y sus dientes le sobresalían de la boca, como si fuera un gran roedor.

-¡¡Hola Nicolás...las dijo Moltis-. (Que siempre repetía las últimas dos sílabas de las frases)

-¿Qué haces por aquí... quí? -preguntó Moltis, mientras Nicolás se detenía frente al gigante bueno.

-Moltis, vengo a ayudarte con los fardos de heno respondió Nicolás.

-¡Que bueno... no! exclamó Moltis, secándose el sudor de su frente con una de sus inmensas manos-.

Moltis, trasladaba trabajosamente los fardos en su espalda. Nicolás tomó uno de los gruesos fardos pajosos, pero aunque trató de moverlo, fue imposible.

Moltis sin darse cuenta, levantó uno de los fardos, donde estaba tomado Nicolás con fuerzas, y elevó al aire todo el conjunto: al fardo y al muchacho y lo revoleó hacia la carreta.

Nicolás que tenía unos enormes ojos negros, los abrió de par en par, y su cabello azabache se arremolinó, cuando voló por los aires como un súper-héroe, pero sin súper-poderes, y fue a dar duramente sobre el suelo de madera de una de las carretas.

-¡Ayyyyyyyyy! gritó Nicolás que había quedado aprisionado debajo del fardo

Moltis miró a su alrededor, pero no vio nada. Iba a tirar otro fardo sobre el cuerpo de Nicolás.

-¡Moltis, Moltis... estoy aquííííí...! gritó Nicolás suplicando.

-¿Dónde estás tas, Nicolás las? preguntó Moltis bajando el fardo en un solo movimiento-.

-¡Aquiiiiiii...¡ -gritó nuevamente-.

Moltis, vio como una pequeña mano se asomaba por debajo de uno de los fardos, y caminó lentamente hacia el lugar.

Levantó la carga, y vio a Nicolás acostado, boca abajo, como besando el piso de la carreta, con el cabello lleno de hebras.

-¿Qué haces ahí, no me ibas a ayudar dar? preguntó Moltis, un poco decepcionado.

-Si, te ayudaré Moltis, pero mientras que no me revolees por los aires

dijo Nicolás escupiendo un par de palillos de su boca.

-¿Yo, yo? preguntó Moltis sin entender.

-Si, Tú, tú exclamó Nicolás, extendiendo la mano, para que Moltis lo sacara de su trampa-.

Moltis, lo levantó como si el cuerpo del niño, estuviera hecho de aire.

-¿Moltis...? ¿Qué sabes del Greporius? preguntó Nicolás sin preámbulos, mientras que tomaba asiento sobre un fardo y se limpiaba sus ropas.

-¿El Greporius, rius? preguntó Moltis-. Su rostro se desdibujó, y sus rodillas temblaron como dos sonajeros.

-Moltius, necesito que me ayudes, quiero ver al Greporius le dijo Nicolás, mirando fijamente al hermano del sacerdote.

-¿Verlo, lo? respondió Moltis, mientras que se sentaba al lado de Nicolás.

-Si, Moltius, quiero verlo, y terminar con todas éstas leyendas sin sentido dijo Nicolás seguro de sí-.

Moltius, se sintió sacudido inmediatamente, por un sudor frío.

-Yo yo lo vi, Nicolás las dijo Moltius, bajando la cabeza-. Unió sus manos temblorosas y se removió en su asiento, como si tuviera resortes en sus nalgas.

-¿Cómo que lo viste?... ¿Cómo nunca me...?

Shhhhh, shhh interrumpió Moltius-, baja la voz, que mi hermano no se entere re dijo nuevamente Moltis.

-¿Cómo que nunca me has contado nada? lo interrogó Nicolás un poco ofendido.

-Lo que sucede Nicolás las, es que la noche que lo vimos, yo fui el único que volvió del monte Grepo po dijo Moltis, con los ojos llorosos.

-¿Cómo? preguntó Nicolás.

-Si, así es, fuimos con uno amigos gos, hace ya, como veinte años ños atrás, al pie de la montaña, a esperar la aparición de la bestia, porque nosotros, tampoco co creíamos en las historias rias dijo Moltis turbado.

-¿Y que sucedió?

-El Greporius, bajo volando, y nos miró ró, y dijo que tenía hambre bre, y después sacó de su bolsillo una jarra rra, y nosotros le servimos vino con mi botija ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja empezó a reír a carcajadas Moltius, tomándose su semi-abultado estómago.

-Pero que pedazo de estúpido eres, grandulón dijo Nicolás.

Moltius no dejaba de reír, mientras que zapateaba en el suelo, haciendo volar por los aires varias hebras de paja.

-¡Vamos! No te estoy pagando para que alegres a la concurrencia dijo Makius con una mano en su gruesa cintura.

Su hermano lo miró, y siguió riendo.

Parecía que la risa era contagiosa, porque Makius enseguida, empezó a reír también a carcajadas, mientras que Nicolás los miraba consternado, como si ambos, hubieran perdido la chaveta hace rato.

Una vez que el espectáculo terminó, Moltius volvió a sus tareas y su hermano se marchó, aún riendo, aunque no supiera que le causaba gracia.

-En serio Moltius, iré a ver al Greporius dijo Nicolás seriamente-.

Esta vez, Moltius lo miró de reojo. Sabía que el muchacho estaba hablando en serio, si bien éste no sobrepasaba los quince años de edad, parecía estar lo bastante decidido como para pararse delante del hermano del sacerdote y decirle sus planes.

-¿Acaso estás loco co? le preguntó Moltius

-No Moltius, te lo digo sinceramente, pero necesito que guardes mi secreto dijo Nicolás, que no sabía si podía confiar en el gigante bueno, pero, por su trato amable y su aparente lealtad, parecía de esas personas que saben guardar un secreto-.

-Nicolás las, es una locura lo que estás diciendo do. Nadie que se haya atrevido a ver al Greporius de cerca, ha vuelto con vida da, de la montaña ña dijo Moltius.

-Moltius, necesito que me ayudes, necesito que la noche de la ofrenda, me escondas en una de las carretas de heno, quiero quedarme en la noche, y saber que sucede en ese lugar dijo Nicolás desafiante.

Moltius lo miró, y soltó el fardo que tenía en las manos; ahora realmente, sabía que Nicolás, estaba hablando muy en serio.

-No, Nicolás las, estás chiflado, ¿Quieres suicidarte te? lo interrogó Moltius.

-No, pero necesito saber la verdad, quiero saber que pasó con mi padre, y además quiero terminar con esta estúpida leyenda, inventada por los ancianos dijo Nicolás.

-Nico.. lás... lás las palabras se habían atravesado en la garganta del hombre-, pero dijo-: No sé que quieres hacer, pero no puedo ayudarte, es simplemente y llanamente una locura ra-.

-Moltius, quiero hacer esto por mi padre, por mí, y por todos en esta aldea, no puede ser que vivamos con miedo, por un espejismo, por un animal que sabe Dios, si realmente existe dijo Nicolás.

-¡Existe... Nicolás las! Si que existe... ven dijo Moltius, y le hizo una seña para que lo siguiera a un lugar apartado.

Moltius metió la mano en su delantal y sacó una piel de conejo, atada con varias vueltas de tira de cuero.

-Mira Nicolás las dijo Moltius.

Lo que le mostró el hombre, parecía ser una uña como de halcón, parecía la uña de las garras de un ave inmensa. Nicolás la tomó entre sus manos y la tocó, mirándola en silencio.

La uña no era pesada, y hasta parecía ser hueca. Era de un color pardo, tenía líneas horizontales violáceas, como si hubieran sido dibujadas por un maestro artesano.

Parecía que Moltius la había lustrado, ya que estaba pulida, y Nicolás, podía ver el reflejo de su rostro, aunque un poco deformado, pero se veían claramente el reflejo de los rostros de Nicolás y Moltius en la uña corva y gigantesca.

-Es del Greporius rius dijo Moltius murmurando-. Se la compré a un anciano que se había atrevido a escalar, unos cuantos metros del Grepo. Me contó que a la uña la había encontrado junto a un claro de agua, una laguna, clavada en una inmensa roca, como si la bestia, la hubiera tomado entre sus garras rras. El viejo me dijo que de niño siempre había visto la roca en un sitio, pero después de varios años, no solamente estaba movida de su lugar, sino que también tenía profundos surcos, como arañazos zos.

Nicolás seguía mirando la uña, una y otra vez.

En ese momento, pareció que el miedo lo atrapó, pero, enseguida reaccionó.

-No me importa lo que digan los ancianos, yo quiero verlo con mis propios ojos dijo Nicolás, retornándole el tesoro a Moltius.

El hermano del sacerdote, lo miró sin entender, pero también compartía un poco la idea de saber de lo real de la leyenda de la bestia, si era verdad que existía, y si era verdad, que se había cobrado la vida de tantos hombres en tiempos ancestrales, y hasta el presente.

-Moltius, necesito saber la verdad dijo Nicolás, mirándolo con sus penetrantes ojos negros-.

El hombre, caminó una vez, y otra vez. Parecía un felino enjaulado. Sus botas hacían un sonido cómico... chuick, chuick, chuick-, pero a Moltius no parecía interesarle.

-Está bien, Nicolás las... te ayudaré. Pero quiero que entiendas, y que quede bien claro, que si eres el almuerzo, o el postre de la bestia tia, yo diré que no sé nada de ti, ti dijo finalmente el hermano del sacerdote.

Nicolás lo miró con un poco de recelo, ya que sabía que en cierta forma, podía confiar en el hombre, pero su advertencia lo preocupó, porque por primera vez, confrontó el hecho de que si llegaba a pasarle algo inclusive hasta morir, nadie podría ayudarlo, y ése... sería su fin a manos de lo que fuese que habitaba en el monte Grepo.

Por la noche, Nicolás cenó con su abuela Corinda, y trató de vivir ése día con auténtico amor, fijándose en cada detalle de su casa, de su habitación y de los lugares privados de su hogar, donde había crecido criado por su madre ya fallecida, su padre desaparecido, y luego, por su abuela, que lo había cobijado como si fuera uno de los mayores tesoros del universo.

Era la última noche. Sabía que al día siguiente, su decisión, tal vez, cambiaría su vida para siempre.

-¿Abuela...?. ¿Cuál es el mayor miedo que puede experimentar una persona? preguntó Nicolás cortando una hogaza de pan.

-El miedo a Dios, y al Greporius respondió su abuela Corinda sin dudar.

-¿Por qué le temen tanto a un ser que ni siquiera, saben que existe?

La anciana miró a su amado nieto como si estuviera delirando.

-No seas irreverente ante la presencia de un ser mágico respondió la anciana, sin dejar de comer la pata de cabra que tenía entre las manos.

-Abuela... ¿Qué dirías si algún día quiero ver al Greporius? preguntó Nicolás.

La anciana pareció atorarse con una roca que le había quedado atravesada en su garganta. Enseguida empezó a toser convulsivamente y se tomó el pecho con sus manos.

-¡Nicolássss...! ¡Por Dios! ¿Qué estás diciendo hijo? dijo la mujer ante la idea de su nieto.

-¿Acaso no sabes, que tu padre murió por enfrentar las leyendas sagradas? afirmó con indignación mirando fijamente al muchacho-.

-Si abuela, lo sé, pero quiero...

Pero nada- interrumpió la anciana-. Nicolás, no quiero que vagues con esas ideas en tu mente. Todas las noches, y todos los días rezo al Buen Dios, para que nos ampare y nos libre de todos los males, inclusive de esa abominación del infierno, al que llaman Greporius dijo finalmente la mujer, apretando la pata de cabra entre sus manos, como si fuera una moneda de oro.

-Está bien, abuela, lo siento dijo Nicolás

-Por favor hijo, estás creciendo, y mi idea es que salgas de ésta aldea pobre, y puedas convertirte en un hombre fuerte y de honor.

-Lo siento abuela, no fue mi intención herirte dijo Nicolás avergonzado-; sabía que su abuela quería lo mejor para él, y trataría por todos los medios de cumplir la palabra que le había dado a su hija antes de fallecer: Cuidar a su hijo ante todo, y convertirlo en un hombre sano y honrado.

La anciana se acercó lentamente a su nieto y le tomó suavemente las dos manos, y las acogió en las suyas como si fueran de cristal.

-Hijo, quiero verte feliz, no quiero que enfrentes ningún peligro ajeno a tu vida, pero sé también, que eres aventurero como tu padre, pero por favor, no cometas ninguna locura dijo la anciana, anticipándose a cualquier idea loca del muchacho.

-Está bien abuela, trataré de comprender dijo Nicolás bajando la cabeza aún más, en señal de subordinación.

Pero en su mente, viajaban, miles de millones de ideas, de cómo sería encontrarse cara a cara con la bestia, y enfrentar sus miedos.

Abrazó a su abuela infinitamente, y hasta cierto punto, la mujer intuía, que algo iba a suceder, pues el muchacho jamás se había mostrado tan apegado a ella.

Era como si se estuviera despidiendo.

La cena concluyó, su abuela se fue a recostar tranquilamente, pero se mantuvo en vigilia.

Nicolás caminó por el piso de madera de la vivienda, una y otra vez.

Subió a su habitación, y se dejó caer en su camastro pesadamente.

Afuera, un pequeño perro, aún cachorro, husmeaba cerca de un balde de madera, buscando unas gotas de agua.

Nicolás lo miró un segundo por la ventana, y el perro lo miró a él.

En ese instante, el muchacho alzó la mano, y el perro movió la cola, como si hubiera comprendido el saludo del niño.

El pequeño animal se sentó y ladró angustiosamente, sin dejar de mirar la ventana.

Bajó lentamente por la escalera, mirando la habitación de su abuela.

La anciana, parecía haber entrado en sueño, ya que sus pies se movían intermitente, como si una pequeña corriente eléctrica le estuviera corriendo por los huesos.

Corrió el postigo de la pesada puerta de madera, y se cercioró de que ningún intruso estuviera dando vueltas bajo la luz de la luna.

Pensó que la única persona que podía estar caminando a esas horas, podía ser Fabio, el guardia nocturno, que recorría las calles de vez en cuando con una antorcha.

Tomó el madero que usaban para trabar la puerta, y lo corrió de su sitio.

Abrió la puerta.

El perro lo estaba mirando con unos enormes ojos marrones, casi llorosos, y sus orejas caídas en gesto de súplica.

Ladró nuevamente

-Shhhh... no hagas ruido diijo Nicolás mirando al animal.

El perro movió la cola, como si fuera una flecha perdida en el viento.

-Ven entra... en silencio dijo Nicolás.

El animal, parecía entender lo que decía el niño, ya que caminó lentamente, e ingresó a la casa, a hurtadillas, como si fuera un ladrón en la noche.

Enseguida fue a oler una pequeña vasija de caldo, que había dejado la abuela del niño, muy cerca de la chimenea.

El perro metió el hocico en el líquido y se quemó la nariz. Los gañidos fueron instantáneos.

Nicolás lo miró y lo alzo con cariño.

-¿De donde has venido?... ¿Qué hace un cachorro como tú, por aquí?

interrogó al perro, mientras que éste se lamía la nariz y hacia gestos de dolor.

Nicolás cortó un poco de carne de cerdo y se la dio al cachorro, el cual la devoró, como si no hubiese comido en años.

Él también saboreó un poco de carne, pero la masticó si ganas.

-Mañana por la noche, iré a buscar al Greporius le dijo susurrando al cachorro.

El perro lo miró con sus ojos tristes, y movió la cabeza de un lado al otro, parecía estar entendiendo lo que decía el niño.

-Y seguramente lo encontraré, porque me esconderé en una de las carretas de la ofrenda dijo Nicolás, arrojándole un pequeño trozo de pan al animal, el cual lo tomó entre sus dientes y lo hizo desaparecer en una fracción de segundos.

El animal lo volvió a mirar. Tal vez, entendiendo que el niño estaba loco, sacó la lengua y se acercó lentamente hacia él, y le lamió uno de los dedos con auténtica sumisión simpática.

Nicolás lo alzó nuevamente, y lo colocó en su regazo.

Lo acarició, el perro movió la cola y gimió.

El animal lo miró, y ladró.

-Shhh... guarda silencio...

Su abuela, pareció escuchar algo, y se removió en su cama, balbuceando incoherencias por doquier.

-Ven te llevaré a mi habitación dijo Nicolás, alzó al perro y subió la escalera.

Se recostó en el camastro nuevamente, con el perro a su lado.

El cachorro dio un suspiro, enorme. Nicolás se preguntó, como tanto aire, podía caber en un cuerpo tan pequeño, mientras que recordaba la uña que le había mostrado Moltius por la tarde.

El cielo era negro, las nubes grises pasaban rápidamente como si estuvieran siendo succionadas por una enorme inhalación.

Nicolás miró a su alrededor, estaba cerca de un claro de agua. Varios arbustos y un gran árbol se agitaban por el fuerte viento.

No sabía dónde estaba. De repente, divisó la enorme roca, donde el viejo había encontrado la garra clavada del Greporius.

-No... ¿Estoy?... si... estoy en la montaña Grepo dijo mirando a su alrededor.

Caminó unos centímetros, pero un sonido, como un siseo gigante, le hizo levantar la vista.

-Ssssss... ssssss... ssssss se escuchaba desde lo alto-. Le hizo recordar una tarde cuando se había topado con una serpiente cerca de su casa, y su abuela Corinda la había espantado arrojándole un vaso de vino. Nicolás vio como el ofidio se alejaba no sabía sí ebria, pero sí, rápidamente.

Pero ese sonido era más fuerte, tal vez de una enorme serpiente.

Esa imagen lo inquietó bastante, y retrocedió en sus pasos.

Pero una enorme sombra, lo cubrió en un instante: Una enorme sombra que lo cubría todo, y luego desapareció en los cielos.

"¿Qué era?" se preguntó...

-¡El Greporius! dijo casi a los gritos, sin dejar de mirar el cielo.

La sombra reapareció, pero no se veía ningún animal.

Nicolás metió la mano en un bolsillo, tenía miedo; ¿Miedo?... tenía terror. Se dio cuenta en un instante que la uña que le había mostrado Moltius estaba en su bolsillo... ¿Estaba en un sueño?... no parecía ser un sueño.

Algo pesado, hizo retumbar la tierra bajo sus pies, como si algo enorme y pesado, se hubiera posado en la tierra.

"El Greporius está en la tierra" se dijo... y vendrá a buscarme dijo mirando a su alrededor-.

Estaba inmóvil, pero trató de controlar su miedo.

Se escuchó otro retumbo.

El viento era fuerte, sus cabellos, bailaban descontroladamente.

Le temblaron las rodillas, una sensación de cosquilleo, le subió por las piernas y un vacío se le hizo en el estómago.

Tenía la boca reseca, su nariz empezó a contraerse locamente, tenía ganas de llorar... pero se controló.

Un par ojos amarillentos se dejaron ver detrás de un arbusto.

Luego, lo siguieron otros, y otros, y otros.

Un lobo apareció de la nada, y aulló.

El animal era grande, su pelaje gris se movía al compás del viento.

Sus ojos amarillos eran un poco más que sobrenaturales... parecían los ojos de algo malo, un demonio tal vez.

Otro retumbo más.

Un rayo surcó el aire. Las nubes parecían estar descontroladas.

Una mueca de horror se dibujó en su rostro.

Algo enorme y pesado estaba viniendo hacia él.

Vio a lo lejos como una enorme ala verdosa, se retraía.

Y vio... vio... un cuerno, enorme, como una lanza puntiaguda y mortal.

Estaba seguro, era el Greporius en persona.

Tres lobos más se aparecieron detrás de los arbustos, y mostraron sus dientes mortales, en señal de amenaza latente.

Ladraron y tarasquearon el aire, mientras que pegaban pequeños saltos.

Otros dos lobos aullaron al cielo.

Un enorme siseo se escuchó de vuelta, como si una respiración inmensa y ronca zigzagueara entre los árboles.

Los lobos parecían estar hambrientos, pero la bestia también.

Se escuchó otro retumbo más.

Vio otro cuerno, y un ojo... un enorme ojo rojizo, con sus pliegues negros y marrones.

Una pupila enorme se contrajo en dirección al niño.

Los lobos no parecían darse cuenta que el Greporius estaba cerca.

Nicolás, estaba temblando.

Un diente negruzco y afilado, se dejo ver detrás de una roca.

Un hocico enorme, con miles, millones de escamas verdosas amarronadas, subió cerca de la copa de un árbol.

Uno de los lobos aulló una vez más, caminó lentamente hacia Nicolás, uno de los ojos del lobo tenía un enorme agujero, como una herida inmensa, pero el lobo parecía no sentir dolor alguno. Aulló nuevamente y se abalanzó sobre el muchacho dejando ver unos dientes perfectamente afilados...

Nicolás se despertó dando gritos de horror.

Era de madrugada. El cachorro salió disparado, dando altos gañidos como si lo hubieran apaleado.

Corinda, enseguida se hizo presente.

-¿Qué pasa hijo? preguntó la anciana-.

El perro se había escondido debajo del camastro.

Lo único que se veía era su cola, que estaba estática.

La anciana sin advertir esto, le propinó un fuerte pisotón...

Nicolás quedó al descubierto, y su mascota también.

La vieja, tomó al perro del lomo, como si fuera un animal inmundo.

Su nieto, aún estaba desconcertado por el sueño.

Era de madrugada, el frío era intenso, pero Nicolás estaba todo sudado, como si se hubiera dado una ducha debajo de las aguas de una pequeña cascada.

Esa mañana no quiso hablar, aún, con los pedidos insistentes de su abuela.

Nicolás era una tumba. Y por su mente una y otra vez, viajaban las imágenes de la enorme bestia, el cielo negro y los lobos.

Esas ideas lo habían acobardado un poco, pero quería subir igual al monte para encontrarse con el Greporius; pero, ahora estaba seguro de algo: iba a morir en el intento, o si quedaba vivo, iba a lamentar eternamente su osadía.

Teniendo eso en cuenta, trató de aprovechar su día, cómo el último de su vida.

Visitó a todos sus amigos y a todas las personas que habían conocido a su padre.

Se acercó a un gran bosque, (donde un hombre al que todos en la aldea, consideraban que estaba loco, y lo trataban como tal), soñaba con construir un día una gran ciudad.

¿Con qué nombre iba a bautizar el lugar...? ¿Ituza-Ingo...? "¿Qué clase de nombre era ése...?" se preguntó Nicolás; rió por lo bajo, pero ya no podía estar seguro de nada.

Sabía que aún las historias más descabelladas, podían hacerse realidad, en ese lugar, en su aldea o en cualquier lugar.

Se cruzó de brazos y recordó las historias que contaban de su padre.

Tal vez, algún día tendría hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, pero no lo sabía. Ya era tarde, ése... era su último día.

Lentamente cayó la tarde. Todos los habitantes de la aldea, se reunieron para invocar la protección de los dioses, y santificar las ofrendas para la gran bestia.

-Hola Nicolás lás le dijo Moltius, comiendo una pata de pollo-.

-Hola Moltius dijo Nicolás con voz queda y bajando la mirada.

-Veo que estás recapacitando do, de tu decisión sión dijo Moltius

Nicolás lo miró un segundo...

-No, para nada, quiero terminar con todo esto, quiero terminar con todo... de una vez por todas dijo el niño, clavando sus ojos negros en la mirada del hombre larguirucho.

-Está bien, si aún quieres ir, te esconderé re, en la carreta de la ofrenda da dijo Moltius mirando al pequeño cómicamente.

Mientras tanto, los habitantes de la aldea, saltaban alrededor de caballos, cabras, carretas repletas de gallos y gallinas, y jaulas con algunos cerdos que se removían en su sitio.

Makius, trajo dos carretas repletas de heno, y se dispuso a empezar con la ceremonia.

Todos empezaron a entonar una canción extraña, en un lenguaje un tanto extraño también.

Nicolás miraba de lejos la escena, y se preguntaba, porque los adultos se dejaban llevar por las antiguas leyendas.

Tenía ganas de caerle a patadas en el trasero a todos, incluyendo a su abuela.

Pero se sentó sobre una roca. En ese momento, el cachorro que había sido desterrado de su casa, reapareció y se sentó a su lado.

Ambos miraron como todos los de la aldea danzaban alrededor de los animales y las carretas que servirían para marcar las ofrendas a la gran bestia.

Makius estaba elevando los brazos al cielo y todos lo seguían como si estuvieran poseídos por algún extraño demonio.

"El demonio de la ridiculez" pensó el muchacho.

Se quedó mirando un rato a toda la gente que estaba en la reunión.

Moltis tocaba un tambor como si llamara a miles de guerreros para que se alisten para la batalla.

Makius tenía una tinaja en sus manos con la cual vertía un poco de líquido espeso sobre la cabeza de cada animal. El cerdo, pareció no estar de acuerdo con ese procedimiento y empezó a chillar como si estuvieran a puntos de asesinarlo (de hecho era algo parecido), así que Makius solamente le echó un par de gotas en la cabeza al animal, mientras que escapaba mirando de reojo a la bestia.

Nicolás se mantenía impávido mirando todo el espectáculo, hasta le causaba un poco de lástima todos lo que veía. Rió por lo bajo y miró a su perro.

-¿Qué nombre te pondré? le preguntó al perro, mientras que éste movía la cola de un lado a otro.

"Te llamaré con el mismo nombre con el que mi padre había bautizado su barco" pensó.

-Zimba dijo Nicolás.

El perro lo miró y ladró por lo bajo.

Pasaron casi dos horas hasta que las antorchas estaban casi consumidas y toda la gente ebria desparramada alrededor de la ofrenda como si hubieran sido fusilados por un pelotón.

Nicolás sabía que solamente quedaban poco más de tres horas para que los únicos que se mantenía sobrios (Moltis y su hermano menor Danhuj), empezaran a llevar a los animales y las carretas al pie del monte Grepo.

Nicolás empezó a temblar. Recordó su sueño, ciertamente no quería estar frente a frente con esa enorme bestia salvaje.

Sus pensamientos fueron muertos de improviso por la figura de Moltis que se acercaba hacia él, con su andar cansino.

-Ya es hora Nicolás las dijo el larguirucho.

El muchacho no pudo responder; solamente alzó la vista y vio a Danhuj a su lado, mirando a Nicolás y a su perro con sus ojos bizcos y sus manos rascándose animosamente los testículos.

Nicolás se puso de pie vacilantemente. Sus rodillas temblaban. Su perro Zimba lo miró como si supiera que su amo estaba partiendo.

El muchacho suspiró.

-Está bien Moltius... vamos dijo Nicolás sin estar convencido siquiera de lo que estaba diciendo, ni de lo que estaba por hacer.

Caminaron entre todos los aldeanos dormidos. Los ronquidos se entremezclaban con el sonoro ruido de potente flatos.

Nicolás miró a su abuela que estaba tan borracha como cualquier otro; se detuvo un instante y suspiró. Se le hizo un vacío en el estómago, no podía seguir caminando.

-Nicolás las... no es necesario que hagas esto to dijo su amigo.

-Ya lo sé Moltius, pero quiero hacerlo de veras... todo tiene que cambiar algún día dijo el muchacho.

Llegaron donde estaba la carreta de heno. Zimba lo había seguido hasta el lugar, mientras que miraba con atención a Danhuj que se rascaba una nalga como si lo hubiera picado un mosquito gigante.

Moltius estiró su enorme mano hacia la del muchacho.

-Que la luz del Creador te acompañe dijo Moltius.

-Gracias Moltius dijo Nicolás, se colocó la mano en el corazón en señal de saludo y se abrazaron.

-Toma Nicolás lás dijo Moltius-, mientras que le daba la una del Greporius que le había comprado al anciano para que te proteja, agregó Moltius con un toque de voz quedo-.

Nicolás la miró un segundo. No sabía si le serviría ese recuerdo en caso de encontrarse con la gran bestia, tal vez, se la daría al Greporius a cambio de su vida; sonrió con esa idea.

-Gracias Moltis dijo Nicolás, tomó la uña entre sus manos y la colocó en uno de los inmensos bolsillo de su pantalón de dril-.

De ahí en más todo fue vertiginoso.

Moltis subió a Nicolás a la carreta y junto a su hermano Danhuj lo escondieron bajo algunos fardos de heno bien dispuestos con la premisa de que el muchacho pudiese respirar.

Nicolás sabía que primero eran llevadas las carretas, luego era bajado el heno y prendido fuego para señalar el lugar donde eran abandonados los animales a su suerte.

El viaje no había durado ni media hora. Nicolás no había podido relajarse. Cuando Moltius le avisó que ya habían llegado al monte Grepo, no quería bajarse de la carreta.

Fue la procesión de ebrios encabezada por su abuela que lo hizo reaccionar.

Saltó de la carreta con la agilidad de una langosta y se escurrió bajo uno de los arbustos del lugar.

Pudo ver a su abuela que le hablaba a un ganso como si pudiera entender lo que la vieja decía en su monólogo monosílabo.

Algunos de los animales se miraban entre sí. En ese momento Nicolás no podía distinguir cuales eran las bestias, y cuales los seres humanos.

Moltius y su hermano prendieron fuego una parva de heno, mientras que ataban a los animales a unas estacas y colocaban algunas jaulas desprolijamente.

Makius dijo algo inentendible, mientras que se tambaleaba de un lado a otro; a continuación se fueron retirando poco a poco. Vio que algunos de las personas mientras se alejaban maldecían al monte, escupían a los animales y reían; otros, maldecían a Dios por permitir que el Greporius se devorara a sus hijos, hermanos, padres y madres.

Luego de toda esa demostración de furia que había dejado un poco estupefacto a Nicolás, se retiró la última de las personas: Moltius.

Mientras que se retiraba, tomó una de las antorchas y prendió fuego la última parva de heno.

Luego; todo quedó en silencio. Se escuchaba de vez en cuando el relincho de algún caballo o el graznido de alguna ave en su jaula, pero nada más.

Nicolás se quedó esperando, primero en cuclillas y luego sentado en el mismo lugar. Poco a poco empezó a dormirse.

Había tenido a la vista todo el tiempo la cabeza de un caballo y un pato que se movía en su jaula sin cesar pero sin emitir sonido.

Calculaba que habían pasado más de dos o tres horas.

Las estrellas fulguraban en el cielo, era una noche cerrada y no hacía mucho frío.

"Si el Greporius me ve desde lo alto, estaré perdido" pensó.

Obviamente no tenía intenciones de moverse ni un milímetro. Su nerviosismo le jugó una mala pasada y sintió ganas de orinar.

Se movió por la roca como si fuera una serpiente, luego caminó unos pasos erguido y se escondió velozmente detrás de un árbol. Cuando terminó con su deber miró una vez a los animales: estaban todos en su lugar, no había pasado nada, ninguno había desaparecido.

Alzó la vista un momento, se dio cuenta que estaba en camino a la cima del monte pero no se detuvo.

Recordó lo que le había contado Moltius sobre el viejo, la roca y el pequeño lago. Nicolás siguió caminando lentamente y miraba de vez en cuando sobre su hombro. A medida que avanzaba, parecía que la noche se hacía más oscura.

Se topó con grandes árboles crecidos en formas extrañas, algunos arbustos y nada más; luego, todo era roca y estrellas.

Empezó a hacer más frío, su piel empezó a crisparse, le dolían un poco los pies, pero no se detuvo.

Camino durante un largo tiempo, no recuerda cuanto tiempo, lo que sí recordaba era que con cada paso, su imaginación estallaba como si su cerebro estuviera repleto de fuegos artificiales.

Llegó hasta una enorme pared de rocas que se alzaba a su alrededor. Vio que había una pequeña entrada, como si fuera la cueva de un roedor de considerable tamaño.

"Jamás me meteré ahí" pensó casi cómicamente.

Bostezó; en ése momento se escuchó un enorme rugido como venido de las fauces de un león gigantesco, que hizo temblar todo el lugar.

Nicolás miró a su alrededor una vez más y no lo dudó: se escurrió por la abertura como si él mismo fuera un roedor asustado.

Su respiración era entrecortada. Casi lloró. Se pasó el dorso de la mano por los labios, tenía la boca reseca y su corazón parecía un tambor azotado por un forzudo de circo.

Ahí dentro estaba oscuro, escuchó un leve chillido como de una rata que pedía explicaciones al extraño que estaba violando sus dominios.

Otro rugido más y un retumbo hizo que Nicolás se alejara de la salida del túnel, y empezara a arrastrarse.

Luego... silencio.

Un siseo leve, como el silbido de un gato enojado a la distancia se escuchó por ahí, pero Nicolás no sabía bien de donde venía el sonido.

Tuvo terror.

Pareció ver una pequeña luz a lo lejos, parecía el final del túnel.

Empezó a arrastrarse hacia el lugar. Miraba esporádicamente hacia atrás. Vio una forma... "¿una araña... una enorme araña?" pensó; pero sabía, que su imaginación estaba funcionando a pleno, y si caía en esa trampa estaría perdido para siempre.

Una rata de pelaje grisáceo se cruzó con él, pudo verla a medida que la luz entraba en el lugar, pero ambos se ignoraron como si fueran dos amigos que estaban disgustados.

Estaba llegando al final de esa especie de cueva o túnel que se había formado en la roca; cuando llegó, se asomó como una comadreja, miró hacia todos lados, se dio cuenta que había estado llorando.

Lo primero que divisó fue el lago, que no parecía ser muy extenso, y ahí estaba... a su lado estaba la roca de la que le había hablado Moltius. Era verdad... tenía marcas de arañazos, como si la roca hubiera sido arañada por un gato descomunal; pero Nicolás sabía bien que los gatos descomunales no existían.

No quería salir de su guarida, pero un viento silbante y frío que vino hacia él desde el interior de la cueva lo hizo cambiar de parecer.

Se puso de pie, miró hacia todos lados como si quisiera descubrir algo nuevo. Miró al cielo, sobre la enorme luna nueva corrían nubes grises. El viento era veloz y algo frío. Los árboles se movían de un lado hacia otro. Metió la mano en el bolsillo y tocó la uña que le había dado Moltius.

Sabia bien que estaba a merced del Greporius, y en ése lugar, no había forma de esconderse, ni detrás de la roca, ni detrás de un árbol cercano, "tal vez" pensó...

Pero no tuvo tiempo de pensar, una enorme sombra lo cubrió todo en un segundo. Nicolás alzó la vista pero ya había desaparecido... sabía que la bestia estaba rondando.

Escuchó un enorme batir de alas en lo alto. Su barbilla empezó a temblar locamente. La sombra pintó nuevamente todo de negro, pero esta vez sí que lo había visto... ¡Ohhh sí que lo había visto...!

El Greporius era enormemente atroz. Era tan grande como... como una montaña. Tenía inmensas alas que remataban en uñas corvas y filosas. Su cuerpo era de color verdoso y su parte inferior de un color blanco moteado y sus patas... ¡ohhh sí sus patas! simplemente eran enormes, y terminaban en una garras enormes y deformes como la de las aves, pero diez veces más grandes... ¿diez veces...? noooo, ¡miles de veces más grandes!.

Nicolás no había podido ver la cabeza del Greporius, pero con eso le bastaba. Dio dos pasos hacia atrás y se quiso largar de ahí... ya estaba comprobado... el bicho malévolo existía, y era enorme... ¿Para qué quedarse en el lugar?.

Dio media vuelta y se agachó para entrar en la cueva. Acometió en la entrada como un toro acomete contra su rival, pero su cabeza dio de lleno contra la roca.

Se tocó la mollera con gesto doloroso, miró y abrió los ojos de par en par. Tocó la roca, se refregó los ojos, pero era inútil: la entrada a la cueva ya no estaba, su único escape ya no estaba en el lugar.

Pateó la enorme piedra, y rogó para que se abriera la roca, pero nada pasó.

Lo único que hizo fue saltar, pero no porque él quisiera, sino porque algo lo había elevado unos centímetros del suelo.

Algo enorme se había posado en el suelo y había hecho saltar todo a su alrededor, hasta creía que hasta la enorme roca arañada se había movido de su lugar.

Se colocó de espaldas a la montaña, y rogó para que el Greporius no hiciera su aparición, pero ese día no era el día de los ruegos.

Detrás de uno árboles, Nicolás vio una enorme ala que se retraía.

"Por Dios" pensó...

-Por Dios dijo a medias.

"Ahora aparecerán los lobos hambrientos" pensó nuevamente. Pero lo único que apareció fue un enorme ojo rojizo y un también enorme cuerno puntiagudo, tal como lo había visto en su sueño.

Era la cabeza del Greporius.

Nicolás pareció quererse fundir con la montaña. No quería ver lo que había frente a él. El grotesco animal se movió un centímetro y todo retumbó nuevamente. Se deslizó con su espalda pegada a la piedra. Pero a medida que se movía, parecía que el animal también se movía, y cada vez que esto sucedía el agua del lago vibraba.

Se quedó quieto y en silencio.

Y lo peor sucedió...

Primero vio un par de ojos amarillento detrás de unos arbustos.

Luego otro par y otros, muchos más. Enseguida vio las cabezas de varios lobos que mostraba sus dientes y daban dentelladas y tarascones al aire. Algunos aullaron.

Nicolás miró la roca, y el lago, la roca y el lago, el lago y la roca. Tomó aire y mucho valor. Dio un paso, el enorme ojo del Greporius lo siguió y se escuchó otro retumbo. Eran unos veinte pasos o más hasta el agua. Tenía que hacerlo si quería vivir. No había otra forma. Uno de los lobos, el líder de la manada, el Alfa, se movió amenazadoramente hacia el muchacho. Iba a ser una carrera de tiempos.

Nicolás dio un paso y se lanzó a la carrera, y el lobo también.

Mientras corría escuchó varios enormes estruendos por doquier, pero no quería detenerse a analizar de que se trataba, solamente quería correr y nada más.

Saltó como un experto clavadista hacia el agua, el lobo acertó a morder el talón de su bota de piel, y la desgarró con furia.

Lo último que vio Nicolás fue el enorme ojo del Greporius puesto sobre él, como si lo vigilara.

El agua no era muy cristalina, pero mientras nadaba lo más profundo que podía, las vio... a todas.

Calaveras!" gritó en sus pensamientos.

En el fondo de la laguna estaban desperdigadas miles de osamentas por todos lados. Los esqueletos estaban apilados uno encima del otro de forma extravagante y violenta. Aún algunos vestían sus ropas, pero todos tenían algo en común: las vestimentas estaban todas desgarradas.

Nicolás abrió los ojos y enseguida subió a la superficie a los gritos, mientras que el agua le entraba a borbotones por la boca.

Sacó violentamente la cabeza en la superficie y respiró. Tosió y casi vomitó, pero se controló. Miró a su alrededor, los lobos lo rodeaban. Parecían que estaban esperando que su alimento se dignara a salir del agua. Pero Nicolás se mantenía a flote como podía. Giró con un movimiento brusco sobre el agua, el Greporius aún lo miraba fijamente...

Lo sabía bien... estaba perdido.

No pensó ni elucubró un plan ingenioso, pues no lo tenía. Lo único que sabía era que iba a morir a manos de los lobos o del Greporius, no había salida alguna; o tal vez se ahogaría como aquellos...

Estaba aterrorizado si, no había dudas, "¿pero porque estaban esos esqueletos ahí abajo?" pensó.

Un lobo aulló y sintió mucho más temor de lo que podría suceder. Podía oler la muerte y sintió que los lobos la olían tanto como él, y al ver que algunos de los animales esperaban sentados, vio que sabían que él tenía que morir... sí o sí.

Cerró los ojos un momento y pensó en su padre, en su madre en su abuela y en sus amigos.

Miró a su alrededor, sabía que iba a morir ahí, solo, sin nadie. Como los demás. Abrió los ojos y vio que el Greporius abría los ojos también. Sonrió con la idea. ¡Era todo tan cómico...! estaba a punto de morir desgarrado por unos lobos hambrientos o ahogado y estaba mirando directamente a la leyenda de su aldea.

Se sintió frustrado y furioso consigo mismo, ¡si sabía que los lobos estarían allí! ¿Por qué no llevó una lanza o algo para hacer fuego y espantarlos!

-Que estúpido soy dijo mientras que tragaba un poco de agua.

-¡Estúpidos lobos, quieren comerme... ehhh! gritó con furia.

Escuchó que el Greporius hacía temblar la tierra con uno de sus rugidos, pero los lobos se mantenían ajenos a ese sonido.

Levantó un brazo, y vio que la bestia levantaba una de sus alas. Levantó los dos brazos y el animal levantó sus dos enormes alas.

Rió... rió a carcajadas.

Pero su risa se apagó cuando el lobo líder lo miró con aire desafiante y metió primero sus dos patas al agua, y luego su cuerpo.

Su risa se transformó en terror cuando vio que los demás lobos imitaban a su líder.

"Por Dios... no" pensó.

El animal se acercaba temerariamente nadando hacia él, mientras que los demás hacían lo mismo. Tuvo tiempo de contarlos... uno, dos, cuatro, diez, doce, trece lobos en total. Diez animales se habían lanzado al agua y tres se habían quedado sentados al borde de la laguna a esperar... solamente a esperar.

Nicolás lo único que podía hacer era tomar aire, y sumergirse, tal vez tratar de ahogar a los lobos uno a uno, y eso fue que trató de hacer. Se sumergió y nadó hasta tomar la pata de uno de los animales.

Pero el lobo enseguida le propinó una enorme mordida en una de sus manos. Nicolás volvió a sumergirse y pateó al animal en el hocico con todas su fuerzas, éste soltó un gañido seguido de un gruñido, pero indefectiblemente lo seguía donde iba. Estando bajo el agua alzó la vista y vio las patas de los animales que se acercaban hacia él formando un círculo.

Se quedó un instante suspendido en el agua, tratando de no salir a la superficie, pero el aire se le estaba terminando.

No atinó en su salida y fue a tomar aire justamente frente a las fauces de uno de los lobos que lo mordió en una de sus orejas.

Nicolás se hundió nuevamente, la sangre se mezcló con el agua.

Estaba furioso, y los lobos furiosos y hambrientos.

No había podido aspirar demasiado aire. Volvió a la superficie y uno de los lobos le mordió una de sus manos, mientras que otro le mordía el cuello.

De repente, los animales empezaron a alejarse hacia la orilla. Nicolás se tomó fuertemente del cuello, sentía un terrible ardor, parecía que la mordida le había desgarrado algo de piel. En un momento se sintió cansado.

Salió nuevamente a la superficie. Algunos de los lobos se estaban sacudiendo, otros aullaban. Nicolás estaba herido y cansado.

Miró al Greporius, también sangraba por el cuello.

No entendió lo que sucedía.

Pero lo que sí entendió fue que los lobos se estaban preparando nuevamente para atacar.

Tenía que pensar rápidamente que hacer. Tomó una bocana de aire y se sumergió hasta el fondo. La idea le causaba espanto y hasta un poco de asco, pero no importaba era su vida la que estaba en juego a fin de cuentas.

Volvió a la superficie con un fémur y una calavera en la mano. Cuando emergió, los lobos ya se acercaban nuevamente. Le asestó un buen golpe de revés a un lobo en el hocico con la calavera, rápidamente lo tomó de una pata y lo hundió con él, pero el perro aún herido de muerte, lo pudo morder en un dedo, luego, solamente se dejó caer en las profundidades con los ojos desorbitados.

Volvió a la superficie, aspiró por la boca y quiso partir el hueso en el lomo de otro animal, pero antes de eso, uno de los lobos le dio una dentellada en el hombro.

Nicolás gritó de dolor y se volvió a sumergir. Realmente ahora sí estaba cansado. En un momento pensó en dejarse morir. Parecía que la sangre que se regaba por el agua excitaba más a los lobos. Vio cuando éstos se dispersaron nuevamente para ir hacia la orilla

Samir pataleó en el agua casi sin fuerzas y apenas pudo mover los brazos. Salió nuevamente a la superficie. Ya casi no se podía sostener a flote; sabía que si moría ahogado, su cuerpo se hincharía y luego saldría a la superficie y ahí sería el banquete de esos animales del infierno.

Escuchó nuevamente los aullidos.

Vio que cuando el lobo líder aullaba, todos los demás se preparaban para el ataque.

Alzó la vista, tuvo miedo. Miró al Greporius que seguía inmóvil, pero ahora parecía como si su figura se desdibujara en la noche. La sangre seguía manando de las heridas y lo rodeaba con una pequeña aura rojiza que se disolvía en el agua.

Miró a la orilla. Notó que el lobo líder estaba agazapado nuevamente, y esa sería la última vez que vendría, porque él ya no podía siquiera dar más batalla. Pero notó también que el lobo alfa tenía un color más blancuzco que el de los demás. Tenía su lomo de un color gris oscuro y su pelaje se iba aclarando en dirección a las patas. Y lo mejor de todo... una de las patas tenía una enorme mancha rojiza.

De repente Nicolás se sintió deliberadamente solo; pero también se sintió furioso. Su padre seguramente estaba descansando eternamente en el fondo del lago como todos los demás, y ciertamente no quería terminar como él. Esa idea lo descolocó mentalmente. Imaginó a su padre y a todos los demás muriendo como él tal vez moriría, y luego a las bestias alimentándose de su carne hasta saciarse, dejando sus huesos limpios, cayendo en la negrura para formar un pila más, arriba de todos los demás esqueletos.

Miró fijamente al lobo.

"Ven maldito" pensó...

-¡Ven maldita bestia...! gritó Nicolás, en ése momento el Greporius rugió y abrió sus alas

-¡Ven maldita bestia... vamos... ven que hoy es un buen día para morir! gritó con todas sus fuerzas.

-¡Ven maldito imbécil... vamos! gritó una vez más-.

El lobo tarasqueó el aire y aulló. Pero ésta vez, Nicolás tomó la iniciativa y se fue acercando despacio, muy despacio... Arriesgaría todo por el todo, ya no importaba; si alguien moriría esa noche, no sería él.

El lobo no dejaba de mirarlo fijamente; no se movió.

A medida que Nicolás se acercaba. El Greporius empezó lentamente a salir de las sombras de la oscuridad.

Lo primero que se vio fue su enorme hocico rematado en filosos dientes como los de mil tiburones. Sus enormes cuernos, y cuernos más pequeños que formaban una terrible osamenta sobre su cabeza de forma de diamante.

Sus ojos rojizos se contrajeron y sus pupilas se dilataron atentas a algo.

La luz de la luna dejó por fin al descubierto casi todo el cuerpo. Era un ser mágico y que causaba terror, sin duda alguna. Pero a los lobos no parecía interesarle el Greporius. Estaban con sus ojos puestos en Nicolás.

El lobo bebió un poco de agua, y se sacudió el pelaje, mostró los dientes; parecía un pugilista antes de prepararse para un combate, y quizá eso era lo que estaba haciendo.

El lobo enseguida se zambulló en el agua. Los demás lobos lo imitaron. Nicolás no retrocedió ni un milímetro. Metió su mano en el bolsillo, tanteó y buscó ciegamente... ahí estaba: la uña del Greporius.

No sabía que podía hacer con ella, pero algo tendría que hacer si quería vivir.

El lobo alfa se acercó más. Nicolás se sumergió y tomó de la pata al lobo, éste le respondió con una dentellada que le rozó un nudillo. Nicolás se montó sobre él como si fuera un caballo. El lobo esta vez le mordió la mano y clavó sus colmillos hasta el fondo.

Nicolás gritó de dolor al tiempo que el Greporius rugía temiblemente. Otro de los lobos mordió la pantorrilla del muchacho desgarrando el pantalón y la carne. Otro soltó una mordida y le acertó en la mollera. Sintió el golpe de los colmillos como un sablazo. Nicolás gritó y lloró inmensamente.

Su mano aún estaba atrapada en la boca del lobo. Pudo girar, y su mano dibujó un semi círculo con la uña en su puño cerrado.

La una corva brilló bajo la luna como un puñal, y la descargó con fuerza en uno de los ojos del lobo. Éste dio un gañido aterrador, al momento que la sangre salía disparada a presión.

Uno de los lobos lo mordió en el brazo en el que tenía la uña, pero Nicolás no la soltó. Miró a su alrededor: estaba rodeado completamente.

Movió la uña y la empujó más adentro del ojo del animal, el lobo soltó otro gañido, fue cuando vio que retrocedió. Pero el muchacho lo tomó de una de sus patas traseras y lo jaló hacia donde estaba él. El lobo que tenía el brazo de Nicolás movió su cabeza como para desgarrar la carne, pero Nicolás pudo darle un puntapié en la panza al animal, y este lo soltó enseguida.

Todo estaba manchado de sangre.

Nicolás como último intento tomó fuertemente al animal líder y lo jaló nuevamente. El lobo empezó a aullar increíblemente, hasta parecía pedir auxilio. Lo último que hizo el muchacho, fue rodear con sus brazos el cuello del animal y se hundió con él...

Se hacía cada vez más oscuro. Nicolás había podido tomar un poco de aire, pero nada más. Vio cuando el lobo lo miró con su único sano aún podía ver maldad eterna.

Había algo malo ahí.

El lobo abrió sus fauces por última vez y lo mordió en la muñeca, dejándole una profunda herida. Luego de la boca del animal salieron un par de burbujas, seguidamente se convulsionó y quedó inerte.

Nicolás miró al animal y miró hacia abajó. Él cayó pesadamente sobre una pila de huesos. El sonido fue vago, la sensación dolorosa y terrible.

Todo estaba terminado.

Nicolás abrió los ojos y luego los entrecerró. Ya no tenía más fuerzas, ni siquiera para morir dignamente o tratar de hacer algo para salvarse.

Miró hacia abajo y notó que estaba parado sobre varias calaveras. Se imagino el estar pisándole suavemente la cabeza a su padre y sonrió con esa idea.

Cuando el cuerpo del lobo tocó los huesos, todo se iluminó en el agua.

Lo último que recuerda Nicolás es que vio acercarse a su padre, que lo tomaba de una mano y sonreía, luego... oscuridad.

No recuerda cuando se había despertado. Pero estaba en la orilla del lago. Sus heridas estaban limpias pero abiertas aún.

Escuchó un zumbido enorme, como una respiración de gigante.

Abrió los ojos y lo vio. A su lado estaba sentado el Greporius, como la esfinge de Gizeh, impávida, e inescrutable.

La enorme bestia lo miró y alzó su cabeza. Nicolás ya no podía sentir miedo, solamente atinó a ponerse de pie y se tambaleó como un ebrio en todo su esplendor.

El Greporius no dejaba de mirarlo fijamente.

Ahora si que estaba perdido en realidad, ni una uña kilométrica mataría a esa bestia del infierno.

Nicolás alzó sus brazos y con voz queda, casi susurrando dijo -: vamos bestia... vamos.. Aquí estoy, vamos... ven-. No pudo decir más. Se desmayó.

Cuando volvió en sí. Ya era de día. El sol estaba iluminando a pleno, pero aún hacía frío en el lugar.

Alzó su vista y vio a la enorme bestia nuevamente.

En realidad ambos se miraron, pero no hubo un intento de escape de Nicolás... sólo estupor y más miedo.

Se sintió desarticulado, le dolía todo el cuerpo. Se puso de pie, miró al Greporius.

Caminó despacio hacia atrás, el animal no dejaba de mirarlo.

Y fue justamente cuando sucedió lo que menos esperaba.

-Ya se han ido Nicolás dijo la bestia.

El muchacho primero se refregó los ojos y tocó sus oídos, no recordó que una de sus orejas estaba lastimada y la hizo sangrar nuevamente.

-No temas Nicolás... me llaman Fhaddim dijo la bestia-, y estos son mis dominios eternos agregó con voz trémula-.

-¿Qué...? ¿Qué... que?

-Tenemos mucho que hablar dijo.

Nicolás estaba estrepitosamente negado a ver lo que veía y a escuchar lo que estaba escuchando... "¿una bestia que habla?" pensó.

-Así es Nicolás, soy una bestia que habla, pero prefiero que me llamen Fhaddim afirmó el animal.

-¿Puedes leer mis pensamientos? preguntó el muchacho, quedando al descubierto-.

-Así es Nicolás, porque yo soy conciencia, soy el reflejo de los pensamientos dijo la bestia.

-¿Fhaddim...? ¿Te llamas Fhaddim...? preguntó Nicolás mirando boquiabierto de arriba abajo al enorme animal-. ¿No eres el Greporius? preguntó.

-No Nicolás... Greporius es lo que tú has detenido, el lobo que yace en el fondo del lago afirmó Fhaddim

-¿Cómo...? ¿Greporius es un lobo... el lobo que yo maté? preguntó Nicolás sin entender nada de la situación.

-Así es... pero no está muerto. Solamente dormido, tú solamente lo detuviste, y así detuviste la matanza de inocentes, tanto de seres humanos como los otros animales que le daban en sacrificio dijo la bestia.

-¿Y los otros lobos? preguntó Nicolás.

-El Greporius les daba poder de su poder, mal poder por cierto. Todo lo que toca el Greporius se vuelve malo y se estropea, porque está movido por un espíritu maligno explicó Fhaddim

Nicolás miró al animal sin entender lo que decía.

-Nicolás, no es necesario que entiendas todo ahora, con el tiempo tu sabiduría te hará ver lo que ahora no comprendes dijo la bestia.

-¿Y la garra con la que maté... detuve al lobo?

-Esa garra fue hecha hace años atrás por un artesano, el mismo que hizo esas hendiduras en la piedra. Luego quiso dejar más evidencias de mi existencia, y trató de burlarse de los demás pidiendo oro a cambio de que el Greporius no ataque la aldea... Su ambición le valió la vida, fue víctima del Greporius, y hoy descansa con tu padre en el fondo de la laguna dijo Fhaddim.

-¿Mi... mi padre? preguntó Nicolás nervioso.

-Tu padre fue un hombre valiente. Él había develado el secreto del Greporius, y vino a darle muerte, fue por ese entonces que el demonio que habitaba en el animal era muy fuerte. Tu luchaste contra trece lobos, pero tu padre mató a más de quince antes de morir asesinado por Greporius afirmó-. Murió con gran valor, como todo un guerrero, y tiene mis respetos eternos; eres digno hijo de él agregó.

Nicolás miraba en silencio al animal. No podía creer lo que escuchaba.

-¿Y cómo tu nunca hiciste nada para ayudar a nadie? preguntó Nicolás inquisitivamente.

-Nicolás yo tomé forma a partir de las creencias que fueron prevaleciendo en el corazón de los hombres y de las mujeres que habitan ésta tierra... Ellos me mantienen vivo, soy una leyenda creada por sus mentes, y a través del tiempo empezaron a temerme, pero lo que no ven, es que se temen a ellos mismos, yo soy ellos, yo soy tú, yo soy conciencia. El día que nadie más crea, ya no existiré, y mi historia se perderá en la bruma de la antigüedad.

-¿Tú eres mi reflejo? preguntó Nicolás asombrado.

-Así es Nicolás, yo soy el reflejo de las creencias valores, temores, esperanzas, miedos, y añoranzas de todos los que creen en mí, ellos me dan vida. Pero para pesar de eso, solamente me usan para temerme y rehuyen de la sabiduría con la que me crearon explicó Fhaddim.

-¿Y cómo es que te mantienes con vida...? digo... te veo, estás aquí, eres real dijo Nicolás.

-Sólo soy real a los ojos de los que me crearon siguió explicando Fhaddim-. Tú has crecido bajo la sombra de mi leyenda y creíste en ella, la mantuviste viva y me ves. Tu padre en cambio creía en mí, pero él sabía de su poder y no me temió, supo que yo era parte de su alma, de sus sueños... de su conciencia.

Nicolás se sentó y apoyó su espalda en la gran roca.

-¿Quién me salvó? preguntó.

-Tu mismo Nicolás dijo la bestia.

-¿Yo mismo? preguntó estólidamente.

-Si Nicolás, tú al tener la necesidad de ser salvado por tu padre y sentir su presencia, creaste la fantasía necesaria para salir a la superficie y llegar a gatas a la orilla explicó la bestia.

-¿Estas seguro best... digo Fhaddim? preguntó Nicolás.

-Si... yo estuve presente cuando todo sucedió afirmó el animal-. Todos creamos ilusiones y esas ilusiones a veces son nuestra salvación o nuestra derrota agregó.

-¿Qué es el Greporius? preguntó Nicolás un poco expectante-.

-El Greporius es la necesidad de maldad de los humanos. Así como en el Creador guardan los valores más nobles, en el Greporius ustedes guardan su parte de destrucción instintiva, lo que llevan en su naturaleza, su naturaleza mala explicó Fhaddim.

-¿Y como puede ser que no esté muerto?

-La maldad así como la bondad nunca muere, lo único que se puede hacer es prevenir a todos los demás sobre la existencia de un espíritu malvado que descansa en éste lugar. Pero solamente prevenir, porque siempre existe alguien dispuesto a despertar al espíritu del Greporius.

-¿Quién lo trajo aquí? preguntó Nicolás.

-Los ancestros de tus ancestros respondió Fhaddim-. El Greporius se alimenta de carne como todo animal salvaje que persiga sangre, pero su verdadero poder reside en las almas que lleva consigo... Tú las liberaste, y hasta que el demonio que vive en el Greporius no vuelva a ser invocado, no podrá matar nuevamente dijo Fhaddim.

-¿Cómo lo puedo detener? preguntó Nicolás.

-No puedes, solamente puedes advertir a las generaciones venideras, escribe esta historia en la roca, para que los demás la vean y sepan que aquí existe algo malo afirmó la bestia.

Nicolás no tenía fuerzas ni para ponerse pie. Solamente atinó a colocarse de rodillas dando gemidos de dolor.

-Nicolás... descansa... cierra los ojos, pero nunca olvides lo que te dije hoy, escribe la historia del Greporius, no lo olvides pidió Fhaddim.

Nicolás miró a la bestia alzar vuelo tremendo sobre su cabeza y perderse en dirección al sol.

Luego, todo fue más extraño de lo que había sido hasta ese momento.

Nicolás abrió a los ojos y estaba fuera del lugar, estaba dormido al lado de una cerda que lo miraba de reojo como si le fuera a decir algo importante.

Moltius fue el primero en ver a Nicolás y lo cargó hasta la aldea.

Nicolás miró a Moltius extrañado. Parecía más viejo.

Luego Moltius le explicó que habían pasado cinco años de su partida, y que hacía rato que lo habían dado por muerto.

-¡Pero Moltius no estuve ni siquiera un día ahí dentro! explicó Nicolás a los gritos-.

A su abuela Corinda casi le da un patatús cuando lo vio llegar en brazos de Moltius, no tan sólo por el hecho de que estaba vivo, sino que estaba tal cual se había ido de la aldea, y con la misma ropa que ahora olía a miles de pescados muertos.

Lo llevaron a su casa de siempre, en su camastro de siempre, se durmió apaciblemente como siempre.

Descansó todo lo que pudo.

Cuando despertó, casi todos los aldeanos estaban rodeando la casa.

Su abuela lo abrazó y lo mantuvo entre sus brazos durante mucho tiempo.

Nicolás le contó todo; le contó de lo que era el Greporius, le contó de Fhaddim, le contó lo del lago, los esqueletos, su padre...

Mientras Nicolás hablaba, Corinda lo miraba como si realmente estuviera delirando al máximo; pero por las heridas que tenía su nieto en todo el cuerpo, y su repentina aparición como si fuera un fantasma, le daba crédito a lo que decía.

Luego Nicolás tuvo que contar su historia al pueblo entero en la gran plaza de la aldea.

Todos lo escucharon atentamente. Algunos de los ancianos replicaban sus dichos negando intermitentemente con la cabeza, otros, apoyaban lo que decía el muchacho.

Pero ninguno dejó de escuchar atentamente las palabras de Nicolás.

Días después se reunieron y casi todo el pueblo fue hasta el pie del monte Grepo.

Cuentan que varios hombres tomaron sus herramientas, abrieron una galería en la piedra por donde pudieron pasar a pie y erguidos.

Llegaron a la gran piedra, y dragaron el lago

Encontraron los huesos dispersos de los esqueletos que les había hablado Nicolás; y en ese montón, también encontraron los huesos de dos enormes animales, uno de ellos tenía una uña corva aún clavada en el cuenco del ojo.

Se dice que poco a poco, sacaron todos los huesos menos los de los animales; luego, simplemente cubrieron el lugar con grava y con piedra, y colocaron la gran roca arañada sobre el lugar para marcarlo.

Uno de los artesanos del lugar, esculpió en la piedra y en la galería lo que Nicolás le contaba: Hombres y mujeres danzando alrededor de las ofrendas, el demonio Greporius rodeado de lobos. Nicolás luchando con Greporius y dándole muerte, y al mágico Fhaddim surcando los cielos

Luego el artesano esculpió una advertencia para las generaciones venideras, según el pedido expreso del Greporius.

Todo eso quedó grabado en la piedra, y tomó casi cuatro años realizar todos los trabajos.

Se cuenta también que la abuela de Nicolás había criado al perro Zimba, pues era el único recuerdo que tenía de su nieto.

Luego, la historia se pierde en el tiempo.

Algunos dicen que Nicolás Zer-Nadhas (tal era su nombre completo) murió tranquilamente siendo muy anciano.

Otros, cuentan que realmente había muerto cuando había detenido al Greporius, y que luego del episodio del lago simplemente resucitó mediante el poder del Gran Creador, que era el mismo que avivaba al Fhaddim.

Otros, los más osados, cuentan que Nicolás aún vive y que de vez en cuando se lo ve paseando con su perro Zimba por algún lugar apartado de la ciudad de Ituzaingo.

Lo cierto, es que muchos siglos después, en los años del 1900, más precisamente en 1920, los muchos trabajadores que abrían un enorme túnel construyendo una red subterránea en los lotes de la familia Seré, encontraron unas extrañas inscripciones que contaban una historia.

Quedaron documentadas las anotaciones de Don Manuel Seré, cuando empezaron a suceder cosas muy extrañas en el lugar.

Pero esa... esa es otra historia.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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