HUELLAS VERDADERAS
Capítulo III
LA OSCURIDAD DE TIAGO
(Voces muertas)
LA OSCURIDAD DE TIAGO
(VOCES MUERTAS)
Esto es para Jorge Hernán Cernadas.
Te quiero viejo hermano.
Nicolás Cernadas estaba mirando la fotografía de su antiguo jefe Carlos Zárate; tamborileaba los dedos sobre el escritorio, sin entender lo que había sucedido.
―
¿Qué pasa jefe? ―preguntó Goliat de que pasaba por la puerta de la oficina y miraba al muchacho totalmente concentrado―.―No s
é Goliat... todo esto que pasó con el viejo Montefusco me dejó pensando... sólo eso ―respondió.―No se aflija jefe, ya todo te
rminó; es más, usted ya sabe que vino una orden de Morón para su ascenso inmediato... el viejo Méndez tiene que estar bailando de alegría ―dijo Goliat riendo, mientras que daba un enorme mordisco a una medialuna―.Ciertamente a Nicolás no le interesaba el tema del ascenso; sabía, que sólo era un premio al que lo había recomendado el intendente de Morón, Fabio González, (quizá inducido por su antiguo jefe Carlos Zárate), y al cual, Jeremías Méndez se había opuesto terminantemente.
Pero Nicolás sabía que algún integrante de la familia Montefusco o Barrientos, (dos de las familias más poderosas de Ituzaingó), había dado el visto bueno para el inicio de la carrera del policía.
―
¿Qué hago con ése pedazo de madera, jefe? ―preguntó Goliat sacando de sus pensamientos a Nicolás―.―
¿Cómo...? disculpa, no te escuché.―Que...
¿qué hago con el tablero... Ouija, ése que quedó aquí? ―preguntó nuevamente Goliat terminando de devorar su desayuno.―Ahhh... s
í... el tablero ―Nicolás se quedó pensativo un segundo, obviamente tenía que destruirlo, dudaba que no fuera verdad lo que habían contado el viejo Montefusco y su nieto; pero no quería tener luego encima a Méndez, sermoneándolo sobre los destinos de las pruebas físicas de los casos―. Dile a Lu, que lo guarde en el depósito de pruebas; pero que lo oculte muy bien, y no quiero que alguien se acerque a curiosear ¿Entendido?―Bien, jefe ―respondi
ó Goliat y se encaminó hacia la sala de detenciones―.Eran apenas los primeros días del nuevo año. y luego de que la lluvia estuviera arreciando sobre Ituzaingó; de un día al otro, había aparecido un inmenso sol sobre la ciudad.
La temperatura iba subiendo gradualmente, pero el calor ya era un poco sofocante.
Nicolás había tenido la confirmación de que su próximo cargo sería el de Sargento; pero él, estaba lejos de las adulaciones y los premios.
Su relación con el hermano del intendente, Carlos Méndez, alias Cujo, se estrechaba cada día más; sin embargo, la relación que mantenía con Jeremías Méndez, se tensaba a medida que pasaba el tiempo.
Nicolás sabía que Méndez lo podía hacer volar en un segundo de la jefatura de la seccional de Ituzaingó.
Ambos sabían (sobretodo Nicolás) que estar al frente de la comisaría, era un puesto que no le correspondía, pero a Méndez le facilitaba su trabajo en la urbe, ya que a diferencia de Zárate, Nicolás no tenía contactos con nadie de otras comisarías, y no tenía trato con reos o soplones que pudieran mantenerlo al tanto de los negociados de Méndez en el Municipio.
Fue ese año que la relación con el intendente, se volvió áspera y más tensa que nunca
Nicolás siempre recordaba como ése año había tenido a Méndez a su merced, si su intención hubiera sido querer hundirlo en su carrera política. Pero también recordaba, como había sido su encuentro con Rodrigo Bremer...
¡...Y a llegado la hora, en la cual todo lo que se evidencia, se muestra ante mis ojos, como una roca que tiene una sola y aterradora palabra esculpida: VERDAD!
Anónimo
7 de ENERO 1985
Eran cerca de las cinco de la madrugada, pero eran una de esas noches donde el calor era agobiante. Los ventiladores de techo y de pie, estaban funcionando a pleno.
―Listo jefe, ya Lu guard
ó el tablero en el sótano, solamente ella sabe dónde está colocado ―dijo Goliat.―Bien... gracias Goliat... escucha quer
ía hacerte ―Nicolás se detuvo, pasó su dedo por su labio y frunció el ceño―, no nada... olvídalo ―dijo finalmente.―Jefe...
¿Me iba a preguntar por lo que pasó con el pedazo de madera? ―preguntó Goliat sonriendo de lado.―Si Goliat...
¿Tú crees que todo lo que nos contó el viejo Montefusco y su nieto pudo ser verdad? ―preguntó Nicolás encendiendo un Gold Leaf―.―Mire jefe... no s
é si el viejo o su nieto decían la verdad; pero de lo que estoy seguro, es de lo que vi la otra noche aquí, junto con Cujo y Lu... esa madera se movía sola, como si tuviera vida. Además, no se olvide que usted nos contó lo que Montefusco gritó antes de morirse sobre la tumba de la niña... Yo creo que es verdad jefe.―Si puede ser.... pero... bueno, ya no interesa Goliat, lo importante es que podamos estar tranquilos sin M
éndez acechando desde las sombras ―dijo y sonrió maliciosamente―. ―Si, eso es lo mismo que...―Tiene un llamado urgente jefe ―avis
ó Laura Goncalves.―Gracias Lu ―dijo Nicol
ás y tomó el teléfono.―Hable ―dijo con voz directa.
―
¿Nicolás Cernadas? ―preguntó una vocecita del otro lado de la línea.―Si,
él habla... ¿Con quien tengo el gusto? ―preguntó con una semi sonrisa―.―Tiago ―respondi
ó la voz.―Bien Tiago dime,
¿en que puedo ayudarte?―Se
ñor... hay una señora muy viejita que necesita ayuda urgente ―dijo la voz.Nicolás sonrió y miró el auricular.
―Disculpa...
¿Qué me has dicho?―Que... hay una se
ñora muy viejita que necesita ayuda, pero muy urgente... ¡No se ría señor...! ―pidió la voz.Nicolás miró a Goliat desconcertado, y le hizo una seña para que tomara el auricular conectado en paralelo para realizar las escuchas.
―Bueno Tiago dime ad
ónde puedo...―
¿Por qué el señor Goliat está escuchando nuestra conversación? ―preguntó la voz con decepción―.Nicolás y Goliat se miraron sorprendidos.
―Disculpa...
¿Cómo sabes que...?―No importa se
ñor Nicolás... ¿me ayudas a salvar a la señora? ―preguntó el niño suplicando―.―Si Tiago... dime...
―Calle Bruselas 1045, una casa de verja color verde, ah
í está la señora ―respondió la voz, y seguidamente cortó la comunicación―.Nicolás miró el auricular con desconcierto.
―
¿Hola...? ¡Hola! ―exclamó, pero solamente escuchó el tono mudo que enseguida se transformó en un sonido chirriante que le perforó el tímpano.―Goliat...
¿Tú... conoces... a un Tiago? no... no puede ser ―exclamó, colgó el auricular y se puso de pie―.Goliat seguía mirando el auricular, como si tuviera en la mano una barra de oro puro.
―Vamos Goliat, ya habr
á tiempo para las explicaciones ―dijo Nicolás y palmeó a su gigantesco compañero―.―
¿A-A-A... Adónde tenemos que ir... jefe? ―preguntó el grandulón colgando el auricular y aún pensando en la vocecita―.―Calle Bruselas al mil... del otro de Ituzaing
ó; ése lugar ya es jurisdicción de la seccional de Hurlingham ¿Vamos? ―dijo Nicolás; se subieron a la patrulla, conectaron la sirena y partieron rápidamente.Parecía que iba a ser un día radiante, pues rondaba por el ambiente un intenso sopor, que daba la sensación de estar en un sauna gigantesco.
Nicolás enseguida se palpó las axilas y su pecho sobre la camisa, estaba más que sudado; sin embargo Goliat, a pesar de su enorme corpulencia, no había despedido ni una gota.
La llamada había sido por demás extraña, y Nicolás no estaba dispuesto a entrar nuevamente juegos de acertijos; entonces, decidió sacar cualquier tema de conversación, para no pensar en cosas extrañas.
―
¿Cómo haces Goliat? ―le preguntó Nicolás, mientras que Goliat pasaba rápidamente con la patrulla, por la calle paralela a la plaza de Ituzaingó.―
¿Cómo hago que, jefe?―
¿Cómo haces para no sudar ni una gota? ―preguntó Nicolás extrañado mirando la frente del gigante.―Ahhh... eso... si, es un viejo truco que me ense
ñó mi abuelo Evaristo ―respondió Goliat sonriendo, y mirando el camino.―
¿Serías tan amable de decirme de que se trata?, ya me estoy asando aquí dentro de éste cacharro ―suplicó Nicolás.―Si, mire... primero tiene que pensar en alguien que le cause alegr
ía, yo siempre pienso en mi hija que está en España; luego, imagínese que esa persona viene, lo abraza, y lo ventila con algo, una revista, las manos o soplando, pero de una forma potente; tanto, que el viento le hace volar la cabellera. Luego, solamente relájese y piense en que usted está siendo ventilado por la persona que le causa alegría y a la vez, le traen a su lado, su plato favorito.... Usted empieza a comer tranquilamente, mientras toma una bebida de su gusto, pero biennnn fría... ¿Si...?, luego ―Goliat miró a Nicolás un momento―; ¿Jefe...? Heyyy Nicolás... ¿Jefe? ―exclamó tocando su hombro.Nicolás reaccionó abriendo los ojos, y levantando la cabeza rápidamente.
―
¿Jefe...? ¿Se quedó dormido...?―No s
é... Goliat... o estoy agotado, o el secreto de tu abuelo Evaristo a mí, me hace dormir al instante.―Si... puede ser... hummmm; s
í, es verdad, yo recuerdo que a mi primo Bruno, éste secreto hacia que tuviera ganas de ir al baño, casi siempre le estallaban horribles flatos en el culo... si, puede ser que a usted lo haga dormir....Nicolás sonrió un momento con la pequeña historia de Goliat, miró nuevamente el lugar donde se encontraba, llegaron hasta una pequeña plazoleta; la sortearon, y enseguida aparecieron delante del club "Amigos de Hurlingham", que era una entidad para hombres y mujeres de la tercera edad.
Calcularon que faltaban pocas calles para llegar al destino que les había indicado la pequeña voz por teléfono,
Giraron en una ochava, y llegaron a la calle y a la altura indicada.
―
¿Es acá? ―preguntó Goliat.―Si... creo que si ―dijo Nicol
ás y miró una vez más su libreta―. Si es aquí ―agregó y se apeó de la patrulla.Miró con curiosidad la casa que rejas verdes. Era una casa estilo americano, muy acogedora y prolija, en su jardín se pavoneaba débilmente un pequeño y simpático perro al que le faltaba un ojo, y un viejo gato, por demás obeso, que miraba al policía con total desinterés.
Nicolás batió las palmas para hacerse escuchar, pero no fue atendido a su llamado. Mientras tanto, Goliat, seguía mirando la escena desde la patrulla, ya que le parecía que la llamada era todo autoría de algún bromista, que tenía poderes adivinatorios.
Nicolás batió las palmas nuevamente, pero sólo obtuvo como respuesta el débil ladrido del perro, que era más un gorjeo gastado que otra cosa.
―
¡Jefe, me parece que es todo una broma...! ¿Nos vamos? ―gritó Goliat desde la patrulla―.Nicolás miró al gigante, pero no respondió.
El perro seguía gorjeando, cuando el gato se levantó lentamente, y le aplicó un zarpazo en el morro, el can pegó un gañido quedo, y se echó.
Nicolás se encaminó a la patrulla, abrió la puerta del acompañante y se sentó.
Las luces de la patrulla, ya habían alertado a varios vecinos que se asomaban por las ventanas o por las puertas.
―Bueno Goliat... vamos, puede ser que tengas... ―de repente se interrumpi
ó y miró al gato―. ¡Mira Goliat... el gato! ―exclamó―, que era iluminado esporádicamente por la luz giratoria de la sirena.Nicolás tomó una linterna, y salió rápidamente de la patrulla, e iluminó el cuerpo del felino.
El gigante se apeó del automóvil y se acercó a la verja.
―
¿Eso es sangre jefe?.―Probablemente Goliat... ven ay
údame a abrir la puerta ―pidió.Nicolás le propinó un topetazo a la puerta de la verja, pero la reja onduló con un crujido.
Goliat se acercó y con la suela de su enorme zapato, hizo palanca contra uno de los barrotes de la reja.
La puerta no solamente cedió, sino que cayó ante la fuerza del gigante dando un ruido seco al caer, y casi aplastando al gato que seguía mirando la escena como si no le interesara nada más que echarse nuevamente, que fue lo que hizo.
Nicolás caminó sobre la reja y golpeó en la puerta principal de la casa.
La puerta era de chapa, y enseguida hizo un enorme eco dentro de la vivienda, pero nadie respondió.
Enseguida, Goliat rodeó la casa, y vio que la puerta trasera estaba entreabierta, y con la cerradura volada de un golpe.
―
¡Policía! ―gritó Goliat, al momento que desenfundaba su arma―. ¡Policía...! ―gritó nuevamente el gigante, entró a la casa y al tanteo accionó el interruptor de luz.Nicolás corrió hasta el lugar y lo primero que vio, fue que el piso de la cocina, estaba marcado con pequeñas huellas de sangre, que seguramente eran del gato, desenfundó su arma y caminó lentamente hacia el interior.
Mientras caminaban, iban accionando lentamente los interruptores de iluminación; vieron que la única luz que estaba prendida, era la de un dormitorio.
En el suelo del living, aún había grandes valijas y bolsos aún sin desarmar.
El pequeño living y un recibidor estaban pulcramente ordenados. Tras Nicolás, entraron el perro seguido del gato, que enseguida se echó sobre un tapete.
Los vecinos curiosos, ya se habían arremolinado en la calle, y otros en la acera para ver que era lo que estaba sucediendo.
Goliat primero fue a una habitación, y Nicolás enseguida escuchó una débil caída de agua, y un lamento.
Rápidamente se dirigió hacia el baño, que estaba con la luz encendida; la puerta estaba entornada, la golpeó con el caño de su arma y gritó
―: ¡Policía... salga con las manos en alto...!Silencio...
Goliat se colocó a su lado y murmuró
―: la casa está vacía jefe.Abrieron la puerta.
Lo primero que vieron, fue a una anciana enfundada en un camisón rosa, con medio cuerpo fuera de la bañera, y con su cabeza sobre el suelo.
La mujer apenas balbuceaba y movía una de sus manos apretando una toalla. De la coronilla y de la sien, manaba abundante sangre, que había formado un pequeño pero grueso hilo rojo, que desembocaba por una rejilla que estaba en el piso.
Rápidamente Nicolás enfundó su arma y se acuclilló al lado de la mujer, le colocó la toalla debajo de su cabeza para tapar la herida, y la cubrió con un toallón.
―Llama urgente al Doctor Allende y que traiga la ambulancia ―le dijo Nicol
ás a Goliat―.―Enseguida jefe ―respondi
ó―, tomó su radio, y moduló pidiendo la ambulancia y presencia médica urgente―.No querían tocar a la anciana, porque parecía ser un cuerpo más que frágil, solamente se quedaron ambos al lado de ella, mirando como la anciana respiraba dificultosamente.
A los diez minutos, escucharon las sirenas y las corridas de los camilleros y del médico.
―
¿Qué sucedió Cernadas? ―preguntó el doctor Sergio Allende Rojas.―Ah
í doctor ―respondió Nicolás señalando el baño.Allende se dirigió rápidamente al lugar, y empezó a auscultar a la mujer con su estetoscopio.
Tocó el cuerpo para encontrar huesos rotos; viendo que la anciana no presentaba quebraduras, le hizo una seña a Goliat para que movieran el cuerpo muy suavemente.
―Bueno se
ñores, muchas gracias, si no hubieran estado aquí, seguramente ya ésta mujer estaría en la morgue ―dijo Allende.Luego, solamente colocaron a la anciana sobre la camilla muy cuidadosamente, y partieron rápidamente hacia el Hospital de Morón.
Ambos se miraron, se quedaron un momento sentados a la mesa de la cocina mirando la casa sin decir palabra alguna.
―
¿Qué diablos son esas marcas en el suelo del baño? ―preguntó Goliat.―No lo s
é Goliat... yo estaba pensando en lo mismo ―dijo Nicolás―.Miró a su compañero, se puso de pie y se dirigió al baño. Era una extraña marca oval, era como si algo o alguien, hubiera calentado los cerámicos del baño hasta hacerlos estallar por la temperatura; y las marcas, no solamente estaban en el piso, en la pared también.
―
¿Qué hay ahí en el medio? ―dijo Goliat.Nicolás se acuclilló junto a la marca negruzca, en el medio de ella, parecía haber dos marcas con contornos bien definidos.
―
¿Esas son marcas... son huellas de pies? ―preguntó Goliat sorprendido, acuclillándose junto a Nicolás.―No lo s
é Goliat ―dijo Nicolás―, tocando con la punta de sus dedos las superficies quemadas―.Volteó y miró las marcas que había en las paredes laterales del baño. Los cerámicos estaban quemados, y surcados por hendiduras corvas, y algunas rectas: parecía que una y otra vez, hubieran raspado las paredes con algo filoso y caliente.
Nicolás y Goliat se quedaron en silencio contemplando eso.
―
¿Volvemos jefe? ―preguntó Goliat.―Si... vamos ―respondi
ó Nicolás, aseguraron las puertas con precintos, fajaron la entrada a la casa, y se dirigieron nuevamente a la seccional.En el camino, se iban preguntando como rayos era posible que alguien (supuestamente un niño) pudiera predecir un hecho de ésa naturaleza, y se preguntaban quien diablos podía realizar esas extrañísimas marcas.
Llegó un momento, en el que no querían preguntarse nada más, ya habían tenido demasiado con el caso Montefusco.
Se apearon en silencio en la puerta de la seccional e ingresaron.
(CONTINUARÁ)
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY
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