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decimas_creacionliteraria · Decimas
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DESTINO

-Todo va a salir bien... todo va a salir bien no te preocupes.

-Si... ¿Todo va a salir bien...?

-Sí muy bien...

-¿Máximo va a estar bien...?

-Si... Máximo va a estar bien... muy bien...

Se podía decir que Silvana Gordin era un ángel, no tanto por que lo pareciera, sino porque su carácter era suave y tranquilo, una de sus virtudes más sobresalientes era su eterna paciencia y su continuo buen humor.

Ella veía casi todo de color rosa, su sonrisa inocente y su optimismo eran envidiables, admirables y sinceramente contagiables; pero, no siempre fue así...

Era una tarde de Otoño de 1985, todo marchaba bastante bien en la vida de Silvana, no tenía complicaciones económicas ni espirituales, no tenía contratiempos ni tampoco tiempos ausentes en su vida, o sea, era una mujer completa.

Su casi metro ochenta de estatura, sus ojos color pardo, su cabello pelirrojo y su figura bien torneada, eran su mejor carta de presentación a la hora de conquistar al sexo opuesto.

Eso, sumado a su agradable simpatía y a su "exacta" manera de ver la vida, (que todo se podía superar a fuerza de voluntad, compromiso y dedicación), la hacían una de las mujeres más apetecibles en la ronda de solteras. Los pretendientes de turno que revoloteaban, ya la tenían catalogada "como una presa dura de atrapar" por las constantes negativas de su parte a las propuestas de varias citas ocasionales, que algunos galanes le habían ofertado, entre los que se incluían compañeros de trabajo, vecinos de su barrio (Barrio Marina en la ciudad de Ituzaingó), y pretendientes ocasionales o "gaviotas" que ella conocía en boliches o en la calle.

Pero fue un encuentro casual, que dio por sentado la frase "Amor a primera Vista"...

Silvana iba camino a su trabajo como todas las mañanas, entró al hall del edificio de Dirección de Patentes y saludó con entusiasmo a los guardias de turno.

Subió al ascensor, y se dirigió hacia su sector de trabajo: El Control de Transcripciones de Estatutos de Patentes de la República Argentina.

Fue casi al mediodía, de Lunes ajetreado, que ingresó al edificio un muchacho de no más de 22 años (tres años más de los que tenía Silvana), y se colocó en el mostrador para registrar una patente de su automóvil último modelo.

Precisamente ése día, la persona que se encargaba de realizar la atención al público, se había retrasado, y Silvana tomó su lugar.

-Hola... disculpe... podría decirme donde pue... El hombre no pudo terminar la frase; su corazón dio un respingo, cuando sus ojos se cruzaron con los ojos de Silvana. A ella, le había sucedido otro tanto.

El muchacho tenía un barba un poco hirsuta, y miraba embobado a Silvana que estaba enfundada en un vestido enterizo levemente ceñido, que le marcaba su ondulante figura.

Ella, miró al hombre de arriba abajo... éste vestía un saco color azul marino, y un pantalón de vestir color arena.

Lo que enseguida atrajo la atención de Silvana, fue la penetrante mirada gris azulada del hombre y su atractivo perfume.

Se miraban sin decir palabra, parecían dos felinos a punto de atacarse, donde cualquier sonido, podía soltar un torbellino de arañazos a matar o morir.

Fue la interrupción de la mujer que ocupaba el puesto, que los sacó a ambos de su extraña somnolencia.

-¿Señor, señor...? –preguntó la mujer casi obesa e informal que oficiaba de atención al cliente e información-.

-Si... si... esteeee... si... vengo por... disculpe –dijo mientras metía su mano en un de los bolsillos internos del saco-.

-Vengo para habilitar la patente de un automóvil –dijo finalmente el hombre, mientras que miraba intermitentemente a Silvana, y ella hacía lo propio, sin alejarse un centímetro del mostrador-.

Le tendió un papel con varios dobleces exactos y prolijos a la mujer obesa, y ésta lo tomó como si fuera una carga de explosivo C4 a punto de estallar.

-Disculpa... yo me hago cargo –le dijo su compañera, mientras que miraba a los dos personajes que no podían dejar de mirarse sin sonreír-.

Silvana amagó retirarse...

-Disculpa... ejem... disculpa que sea atrevido... ¿Podría siquiera saber tu nombre? –dijo el hombre con el rostro atravesado por una inmensa vergüenza-.

En ese momento, pareció que a Silvana le hubieran tirado un balde del agua helada con dos pingüinos en su interior, ya que se había quedado inmóvil mirando al hombre sin decir palabra alguna; parecía, una víctima perfecta del Capitán Frío.

Dio media vuelta, bajó su cabeza y rió nerviosamente mientras que se perdía por un pasillo lateral.

Recordó luego, que no fue miedo lo que tuvo, fue auténtico terror... Era la primera vez que sentía algo así, por estar simplemente al lado de un hombre, se sentía desprotegida de sus atractivos, se sentía vulnerable y atontada, se sentía con incapacidad de maniobrabilidad, como un automóvil sin frenos y sin volante.

-¿Señor...? –susurró la mujer obesa.

-Dígame usted –dijo el hombre con sutileza y encantado a la mujer con su mirada azul-.

-Se llama Silvana Gordin... y se retira a las 17:00 horas en punto –dijo la mujer guiñándole un ojo-.

El hombre agradeció en silencio al Buen Dios, él haberse cruzado con la "chusma" del edificio-.

-Muchas gracias hermosa señora –le dijo el hombre, mientras que la mujer no solamente se creía las palabras del Don Juan, sino que se desabrochó dos botones de su camisa, dejando a la vista las uniones de dos enormes pechos a punto de explotar, enfundados en un corpiño color carmesí.

El hombre hizo una reverencia, retiró la hoja de papel suavemente de las manos de la necesitada mujer, y se retiró a paso lento del lugar, mirando hacia los costados, para comprobar efectivamente si "esa hermosa mujer", se había retirado.

-Guapo... ése trámite lo tiene que hacer en el piso cuarto hasta las diez de la mañana –dijo la mujer obesa, colocando sus enormes y pesados atributos sobre el mostrador, como si fueran dos grandes melones en oferta en un puesto de frutas, mientras que le guiñaba un ojo al hombre que se había dado vuelta para escuchar a la mujer-.

-Gracias –dijo nuevamente el hombre, mientras que se besaba la palma de la mano y le tiraba un beso por los aires-.

"Pobre señora" pensó el muchacho.

A las cinco de la tarde en punto, el hombre se encontraba estacionado frente del edificio de patentes, con su Alfa Romeo color champagne, esperando a que saliera por la puerta, la mujer que lo había cautivado casi cinco horas antes.

Cerca de las 17:15 horas, Silvana saludaba amigablemente a uno de los empleados de maestranza del lugar, mientras que le regalaba una manzana que ella no había probado durante el mediodía, pues les había dicho a sus compañeras de trabajo, "que ése día, había perdido el apetito por completo".

Y salió por la puerta giratoria externa que daba a la acera...

Cuando vio al hombre, (que estaba vestido exactamente igual que al mediodía), que se acercaba a ella, cruzando la calle como un león al acecho, sus músculos dejando de responderle por completo. Su boca marcó una semi-sonrisa nerviosa, y un vacío se le hizo en el estómago.

Instintivamente dio dos pasos hacia atrás, y se golpeó la cabeza involuntariamente con uno de los cristales del edificio, mientras que con sus manos, jugaba nerviosamente con su cartera de cuero negro.

-Hola... Silvana... me llamo Ramiro... Ramiro Pontevecchia –dijo el hombre con gesto nervioso pero firme.

Hol... ho... hola... ¿Cómo sabes mi nombre? –fue lo primero que dijo Silvana, mientras que no podía dejar de mirar los ojos del hombre.

-Me lo facilitó tu compañera –dijo Ramiro desinteresadamente-.

Silvana hizo un gesto de disgusto fingido. En realidad, ya estaba al tanto que su compañera le había dicho su nombre, pues ella misma se lo había comunicado, sin antes decirle que no confiara "en ése extraño", ya que no le había sacado los ojos de los pechos, cuando ella se había retirado.

-¿Soy inoportuno o atrevido... si te pido que tomes un café conmigo? –dijo el hombre mirando fijamente a Silvana-.

Silvana pareció meditarlo una fracción de segundo. Era verdad que no podía confiar en cualquier hombre atractivo que se le cruzase...

-Está bien... –dijo-. –Pero con una condición continuó diciendo... –yo elijo el lugar –dijo finalmente recobrando la compostura-.

-Cómo no... –lo que digas-, -dijo el hombre mirando a Silvana con extrañeza.

"El lugar elegido" no era no más ni menos que un bar que estaba a escasos cuarenta metros del departamento de un familiar suyo, pero el hombre, no necesariamente tenía que saberlo. Es más... no lo supo hasta después de la tercera cita, ya que Silvana, siempre que el hombre ofrecía llevarla a su casa, se negaba amablemente, y esperaba que su pretendiente se subiera a su automóvil, encendiera el motor y se alejara por las calles de la Capital Federal.

La relación iba viento en popa. Pasó el tiempo, más de un año, y antes que nadie pudiera advertirlo siquiera, Silvana y Ramiro, se comprometieron en una reunión privada primero; y luego, en una fiesta para sus amigos y conocidos.

Contrajeron matrimonio en la Iglesia Santo Domingo de la Capital Federal una primavera del 87’.

La pareja era muy respetada, no tanto porque conocieran bien a sus integrantes, sino porque Ramiro Pontevecchia, era el heredero de una cuantiosa fortuna (legado de su abuelo paterno) y varias empresas constructoras que regenteaba actualmente su padre, y que pronto pasarían a sus manos.

El holding, era uno de los más conocidos de la Argentina, y sus negocios se extendían hasta Japón, pasando por Brasil, España, Venezuela, Alemania, Portugal y los EE.UU.

Corría el año 1988, Silvana y Ramiro, recibieron una de las mejores noticias de su vida: iban a ser padres.

En realidad, esa noticia venían a "aceitar" un poco la relación, ya que las continuas riñas que tenía la pareja, no solamente se habían vuelto frecuentes, sino que también habían llegado a tal punto, que en algunos momentos de tensión, se había barajado la posibilidad de disolver el matrimonio de la manera más amigable posible.

Según se comentaba las altas exigencias que se manejaban en la empresa Pontevecchia S.A. y, las aventuras extramatrimoniales de Ramiro, tenían a maltraer a Silvana, ya que no dejaba de recibir disgusto tras disgusto, debido a la fama de Don Juan de su marido.

Silvana de vez en cuando se refugiaba en la casa de su madre. Su padre había estado ausente la mayor parte de su vida, y jamás había aparecido por la casa. Su madre trataba de sortear el tema y muchas veces, Silvana recordaba que cuando ella era niña, había visto a su madre llorar en silencio en el baño, y durante la noche cuando se apagaban todas las luces de la vivienda... generalmente los días Domingos.

"No quiero repetir la misma historia" pensaba la mujer, embarazada de cinco meses y medio.

Pero la vida, le jugó una mala carta...

Ramiro se había ido tras los pasos de una adolescente caza fortunas que por ese entonces era portada de la revista "Miradas", donde aparecían las modelos "top" del momento en pocas ropas o totalmente desnudas, y donde los editores imprimían artículos de cual sería la tendencia de moda del verano, y cual sería el lenguaje que se usaría ese año, en esa o aquella playa que hacía estragos entre los adolescentes (y no tanto) de gran poder adquisitivo.

Silvana Gordin, veía como su cuento de hadas daba por tierra el sueño perfecto, y se alejó de todo lo que tenía que ver con su ya casi ex marido.

Pasaba los meses en completa soledad. Justamente ese tiempo, había coincidido con la licencia que gozaba por maternidad en su trabajo, y tenía mucho tiempo para pensar que camino tomar o que pasos tendría que seguir para salir lo más ilesa posible de su traumática experiencia.

Pero nada era suficiente... su madre estaba completamente anulada por los recuerdos que le traía a ella, las actuales vivencias de su hija. Su marido estaba en Cancún, disfrutando de varias compañías femeninas, ajeno a todo lo que sucedía, y sus mejores amigos, solamente la podía consolar con continuas visitas nocturnas, pero no más que eso...

Una tarde, iba caminando por la calle Paraná al 900, más precisamente frente al edificio que tenía la dirección 959, y sufrió un desmayo. El portero del edificio de nombre Martín Soplán, le dio los primeros auxilios "a esa mujer que daría a luz en cualquier momento" pensaba el hombre asustado, mientras que trataba de ayudar a la futura mamá que estaba semi inconsciente y tirada en la acera.

Coincidió que en ese preciso instante, un hombre pasaba por el lugar y vio la perturbadora escena.

Se ofreció a trasladar a la mujer hasta la clínica más cercana, ya que ésta no reaccionaba y su estado, (además del obvio y visible embarazo), era por demás preocupante después de estar más de veinte minutos inconsciente, bajo un sol abrasador.

Dio a luz un 2 de Febrero del 89’, en una clínica privada del Microcentro porteño, pagada por sus suegros Rodolfo y Carmiña Pontevecchia, los cuales, no aprobaban la conducta irresponsable de su hijo Ramiro, que lo habían mandado a buscar urgentemente para que se hiciera cargo de su paternidad.

Pero Ramiro Pontevecchia, estaba muy ocupado, como para ocuparse de nimiedades.

Silvana, había dado a luz a un hermoso y saludable niño de casi dos kilos setecientos gramos, en un caluroso día de Verano.

Pero lo que más la angustiaba, era que su marido había hecho oídos sordos a las palabras de sus padres y le había dado la espalda a su hijo.

"He dado a luz en completa soledad" se repetía una y otra vez Silvana, mientras que sus lágrimas empapaban las sábanas de la cama de la habitación privada 1612.

No encontraba consuelo de ningún tipo, en ningún lado...

Aunque un vago recuerdo llegaba a su memoria... pero no podía saber de que se trataba, era como un sueño difuso y casi esotérico...

Finalmente, Ramiro Pontevecchia, hizo su acto de reaparición en el mes de Abril de ese año, cuando la modelo top Fabiana "Pingüi" Vidal, había encontrado una billetera más abultada que seducir, y su amor por Ramiro se había desvanecido de repente, después de muchos viajes, automóviles caros, noches de sexo y drogas livianas.

Ramiro entró caminando torpemente por la puerta principal de la casa de la madre de Silvana, como si fuera un reo que iba a la silla eléctrica, mientras que sus padres lo escoltaban como dos carceleros.

-Hola Sil... Silvana... soy yo –dijo Ramiro delante de la puerta antes de probar tocarla siquiera, por temor a recibir algún tipo de proyectil en la cabeza o en pleno rostro por parte de su "todavía"esposa-.

Silencio...

-Hola Sil... soy yo Ram... –Si... está abierto –lo interrumpió la voz de la mujer, que era casi un susurro-.

Cuando Ramiro ingresó a la habitación, lo primero que vio, fue a su mujer amamantando a un pequeño bebé... a su hijo.

En ese preciso momento el hombre cayó en cuenta de su error, y cayó de rodillas, tapándose los ojos con las manos.

-Disculpa... por favor discúlpame, es que... es que yo... no pude... ya ves como soy... y yo... –decía el hombre estólidamente-.

-Está bien –dijo Silvana con paciencia infinita-, -solamente quiero que estés cerca de MÍ... hijo, para que él vea que tiene un padre, pero nada más...

La frase de Silvana quedó flotando en el aire como una granada con su espoleta aún colocada, pero pronto cayó en el rostro de Ramiro e hizo explosión... el hombre miró a su hijo y empezó a llorar profusamente como un niño, al que habían apaleado sus compañeros de colegio.

Silvana miraba a su ex esposo con una mezcla de lástima y desprecio, pero no podía negar que era el padre de su hijo. Y como su naturaleza era ser lo más permisiva posible, sabía que dejaría que Ramiro se acercara a su hijo, pero tendría que demostrarle con creces, que podía confiar en él para la crianza del pequeño por separado, porque por lo que a su corazón concernía, Ramiro ya estaba lejos de poder volver a tenerla como esposa, amante o compañera.

El tiempo pasó lentamente, y Ramiro se hizo cargo de su hijo como todo un buen padre lo podría haber hecho; Silvana, estaba sorprendida.

Máximo Tadeo Gordin Pontevechia, fue bautizado un mes de Junio del 90’.

El divorcio de la pareja fue un descontento para los padres de ambos, que suponían que aún la pareja podía tener "esperanzas"; pero Silvana, no quería sufrir nuevamente los arrebatos sentimentales de su marido y vivir otra pesadilla.

La separación de bienes fue sencilla y hasta amena, no hubo abogados litigantes de por medio, buscando su media hora de fama y dinero, ni tampoco los programas de chimentos se hicieron eco de la noticia, ya que la familia Pontevecchia, practicaba un perfil bajo, casi rozando el hermetismo.

Los años pasaron lentamente...

Silvana había dejado de creer en el amor, y sus relaciones ocasionales, solo alimentaban su sensación de vacío y tristeza.

A veces, se veía llegando a la misma edad de su madre, recordando los amores pasados que se había llevado el tiempo, y encerrándose a ahogar sus penas entre lágrimas y un poco de alcohol. Pero ella sentía que podía tener una segunda oportunidad, no sabía dónde, no sabía como... pero seguramente esa oportunidad rondaba muy cerca o muy lejos, pero estaba, en algún lado.

Máximo hizo enseguida acuse de sus años, cuando empezó a caminar y decir las primera palabras.

Corría el año 1996, Ramiro y Silvana estaban separados legalmente, y sus vidas ya habían tomado rumbos diferentes. Se veían de vez en cuando, pero el trato no pasaba de ser un intercambio de palabras primero, para luego convertirse en un trato más flexible y amigable.

Por las noches, cuando Máximo se quedaba a solas con su madre, había tomado la costumbre de tomar varios crayones y dibujar la palma de una mano y unos ojos grandes. Se quedaba un rato largo mirando el cielo raso, como si estuviera cavilando sobre temas importantes, y luego garabateaba letras sin sentido.

-¿Amor...? ¿Qué estás dibujando...? –le preguntó Silvana a su hijo que ya contaba con 7 años de edad.

-No lo sé mami... es el sueño que siempre tengo –dijo Máximo sin mirar a su madre, mientras que seguía pintando trazos gruesos y finos, en varias hojas de papel-.

-¿Puedo ver? –preguntó Silvana mientras que miraba un canal de videos musicales, donde Metallica estrenaba un tema de su nuevo compacto-.

Máximo se acercó alegremente a su madre, y se posó en su regazo con la habilidad de una mariposa que hubiera comido dos kilos de carne.

Silvana hizo un gesto de semi-dolor, pero no dijo palabra alguna.

-¿Qué es esto cariño? –le preguntó Silvana al pequeño.

-Éste es mi sueño má... el que siempre tengo hummm... es alguien o algo... pero no me acuerdo que... es algo parecido a esto –le dijo el niño mientras que señalaba una mano o la palma de una mano extendida, con sus cincos dedos visibles, y por arriba de ellos, un par de ojos abiertos con gesto de sorpresa-.

Silvana no creía en la oniromancia, ni en hechos inexplicables que se podían presentar en los sueños, y atribuía esos dibujos al hecho, de que su hijo podía estar presentando algún tipo de patología debido al divorcio (cosa que ya le habían anticipado un psicólogo infantil, amigo de una compañera de trabajo)

Pero a medida que pasaba el tiempo, Máximo no solamente empezó a pintar con crayones esa imagen en la casa de sus padres, sino que también en el pequeño pupitre del establecimiento donde tomaba clases, en la cartuchera, en su mochila, y hasta en las paredes de algunas casas...

Silvana y Ramiro estaban muy preocupados.

Finalmente, decidieron llevarlo conjuntamente a un reconocido psicólogo infantil de la ciudad de Ituzaingó.

-Hola Matías –dijo amigablemente el hombre, enfundado en un elegante suéter caqui-.

-Hola señor –respondió amablemente el pequeño, ante la mirada complaciente de su analista-.

Y enseguida empezó con la consulta, ya que vio muy poca resistencia negativa del pequeño, el cual, colaboró intensamente con las preguntas que le hacía el psicólogo.

Matías le comentó absolutamente todo lo que pensaba o creía que pensaba de las imágenes, que se le aparecían en la mente durante la noche y a veces durante el día, y le dijo además, que creía que junto a la imagen se presentaban algunas palabras que el no podía desentrañar por completo.

El hombre, se quedó perplejo ante la lucidez del niño, y ante la problemática de resolver el enigma tanto como lo querían hacer sus padres, ya que le dijo al psicólogo, que ellos, ya tenían suficientes problemas con sus vidas individuales como para cargar con un problema más.

Después de casi más de dos horas de sesión, el facultativo, decidió reunirse en privado con los padres.

-Señores –empezó diciendo el médico-, -sinceramente no sé que extraña situación estará viviendo su hijo, pero de lo que estoy más que seguro, es que lo que él dibuja no tiene conexión alguna con su divorcio ni con ustedes... Él parece estar viviendo un tipo de alucinación orínica privada, que está predominada por algún tipo de símbolo, el cual, lo asocia con una sensación de cariño y protección, ajeno a su fallido matrimonio....

Ramiro y Silvana se miraron más desconcertados que antes, y con más preguntas que antes.

¿Doctor...? ¿No existe la posibilidad de que mi... "Silvana miró de reojo a Ramiro" –¿Nuestro hijo, esté pasando por un trauma debido a nuestra separación o por vivir en casas separadas? –preguntó la mujer jugando nerviosamente con sus manos-.

-No señora... ese hecho lo descarto por completo –dijo el hombre mirando a los padres-.

-Me remito –continuó diciendo el psicólogo-, -a una experiencia que tuvo mi padre, el que también era psicólogo infantil... allá por los años 70’, cuando hipnotizó a tres pequeños, los cuales dijeron que una niña voladora que había salido de una piscina, se había llevado a uno de sus amigos... –mi padre concluyó, que las alucinaciones de los tres niños (ya no recuerdo sus nombres), eran emociones reprimidas de desasosiego con sus progenitores, y eso, había llevado a los niños a descargar una inusitada furia contra su amiguito –dijo el médico-.

-Si he escuchado algo... –dijo Silvana... –pero mi hijo doctor... ¿Qué es lo que le sucede...?

-En un momento pensé que podía ser una especie de "venganza" sentimental o reprimida contra ustedes, pero después de hablar con él y analizar sus respuestas... doy por sentado, que éste tema en particular no tiene absolutamente nada que ver con alguno de ustedes dos, ya que el amor que tiene por ustedes, quedó demostrado cuando el niño, no quiso interponer su "probable" problema, con sus vidas –dijo finalmente el psicólogo Amadeo Urtiza-.

Ramiro y Silvana salieron del consultorio con Máximo, cada uno tomado de una mano, el niño se columpiaba intensamente, tomado de las manos de ambos.

En un momento, Máximo escuchó que alguien decía por lo bajo "Todo va a salir bien...", y el niño se clavó a las baldosas de la acera como un clavo en una débil madera. Sus padres se detuvieron con él, y vieron en la mirada del niño, una extraña expresión, como si vieran en su hijo, a un científico loco que hace el descubrimiento de su vida... dominar el mundo.

Esa noche, Máximo se tenía que quedar a dormir con su madre...

No mucho tiempo atrás, Silvana había adquirido una potente computadora hogareña, para poder pasar sus ratos libres y no aburrirse los días que Matías pasaba los días con su ex marido.

-¿Mami...? ¿Puedo usa la computadora? –preguntó Máximo como examinando a su madre y sus posibles respuestas-.

-Si cariño, pero ya sabes que mami tiene los accesos denegados a esos lugares que no tienes que mirar –dijo Silvana mientras se alistaba para preparar la cena-.

-Uhhh... ya lo sé mami... ya lo sé... pero yo no quiero mirar chicas desnudas, yo quiero buscar algo más interesante –fue la respuesta que dejó a Silvana con la boca abierta, preguntándose si su hijo era más inteligente de lo que demostraba ser-.

-Bueno está bien, pero en media hora cenamos... ¡¡¡milanesas con papas fritas!!! –dijo Silvana levantando los brazos mientras esbozaba una enorme sonrisa.

-¡¡¡En serioooo...!!! –fue la respuesta de Máximo con sus ojos abiertos y relamiéndose los labios, como un sabueso delante de un plato de carne recién horneada-.

Lo que se había bautizado como Internet, recién hacía su aparición en los hogares. El pequeño pareció perderse entre las miles de pantallas de Internet, pero por su gesto adusto, no parecía tener éxito en su empresa.

La escena se repitió en la casa de su padre, en la casa de sus abuelos, tíos, primos y amigos; pero Máximo, parecía no dar en el meollo del asunto, sus continuas derrotas lo dejaban un poco frustrado, pero su espíritu, iba más allá de cualquier resultado.

Corría del mes de Julio, el Invierno ya había hecho su presentación con mañanas, en las que la temperatura bajaba hasta cuatro y a veces cinco, grados bajo cero.

Una de esas mañanas, Máximo se despertó lentamente de la cama, el sueño había sido el mismo: la palma de una mano, con dos ojos, que lo miraba fijamente, y las palabras que habían llegado a su mente como una veloz flecha de claridad "todo va a salir bien..."

Se dejó caer pesadamente en la silla que usaba su madre para pasar las noches solitarias frente al monitor, y encendió la computadora a desgano, como si sus fuerzas, ya estuvieran flaqueando antes de los resultados.

Acertó a abrir distraídamente, una publicidad en una página web que la había visto varias, centenares de veces, donde se ofertaba la mejor manera de ganar amigos por todo el mundo y de manera gratuita.

"Que más da" pensó el niño... un tanto desencantado por los resultados negativos que había tenido su búsqueda casi infinita.

Extrañamente, parecía que su madre ya había estado husmeando esa página, ya que tenía varios nombres de hombres al azar, los cuales se encontraban en un menú desplegable.

-¡¡¡Mami...!!! –dijo Máximo susurrando -¿Esto haces cuando yo no estoy...? se preguntó sonriente.

Cuando dio un click con el puntero del mouse, la pantalla se desplegó en varias, miles, millones de fotografías de diferentes hombres de varias nacionalidades.

-Hummmm... a ver –dijo con la paciencia de un experimentado detective-.

-Argentina... Buenos Aires... Zona Oeste... –dijo, repitiendo las opciones que presentaba el menú de posibilidades-.

El número de resultados, había disminuido considerablemente.

-Hummm... ojos claros... altos... ¿Solteros... viudos... separados...? ¿Pelados... peludos?.. "No" pensó seriamente... "pero sí... Ojos claros... definitivamente" se dijo, y presumiblemente que también tuvieran hijos... quizá.

El número de fotografías llegaba a setenta...

Empezó a pasar una por una... Sus ojos se cerraban, y no tenía ganas de hacer esa tarea de nuevo. Parecía que se había quedado dormido de a poco, y con sus ojos entrecerrados vio algo inmensamente familiar...

"Esos ojos" pensó...

Y pasó la fotografía como si fuera una más, de hecho, ya había visto miles de ojos parecidos, pero...

Volvió a buscar la fotografía de ése hombre en particular, hizo un click con el mouse en su ficha personal, donde aparecían varias fotos de la misma persona, en este caso eran tres fotografías del hombre: una en su casa, otra con un amigo, y otra en la cual parecía estar con su pequeño hijo.

Y sus propios ojos se abrieron como si estuviera frente a un gran vaso de leche chocolatada de los que le preparaba su madre.

En la fotografía en la que el hombre estaba con un amigo, tenía su mano extendida, como pidiendo al fotógrafo, que no tomara la instantánea...

Máximo se irguió por completo; maximizó la imagen lo más que pudo y vio esa mano...

-Es él... –dijo-. "¡¡¡ Es él!!!" pensó, tocándose la frente como un estadista que tiene en sus manos todo el oro del mundo.

Corrió hasta su habitación y trajo consigo toda la colección de dibujos en las cuales había representado su sueño.

Miró los trazos que él había dibujado de las palmas de la mano del hombre y las comparó con las marcas de la palma de la fotografía...

"¡¡¡Son idénticas!!!" se dijo en pensamientos.

Sus manos temblaron, no sabía que hacer con todo su emoción... Primero pensó en despertar a su madre y contarle todo, pero no... Después optó por calmarse y revisar los datos personales del hombre minuciosamente, como si siguiera la pista más importante de todos los siglos.

Estaba excitado, estaba descontrolado, no podía razonar con claridad... La búsqueda había tardado casi más de un año y medio, y finalmente había tenido éxito.

Pensó en todas las posibilidades que se le entregaban a sus pies como diamantes en bruto, a los que él mismo tendría que darles forma, con la delicadeza y precisión de un experto orfebre.

Un tímido sol de invierno había hecho su aparición durante la mañana...

-¿Qué haces levantado tan temprano cariño...? –interrogó Silvana a su hijo, mientras se restregaba un ojo sin paciencia-.

-Te preparé el desayuno mami –dijo el niño con una sonrisa de oreja a oreja, mientras que sostenía un repasador tendido en su brazo izquierdo levemente flexionado, como si fuera un mayordomo que recibiera a su madre en una costosa mansión-.

¿De veras? –dijo su madre, bostezando silenciosamente, pero con su rostro alegre-.

Silvana caminó hasta la cocina, y vio que su hijo había preparado un desayuno a base de tostadas con manteca, tostadas con dulce de leche, y mermelada, todas dispuestas en platos separados y pulcramente ordenadas.

Al lado de éstas, se encontraban dos tazones de café con leche aún humeantes y en perfecta preparación de medidas como le gustaba a Silvana.

-¿Mami...? –preguntó Máximo mientras que tomaba los primeros sorbos de café con leche de su tazón-.

-Si amor – respondió Silvana, peinando con su mano el flequillo rubio de su hijo, que le tapaba sus ojos verde esmeralda-.

-¿Cuántas veces entraste a esa página web...? ¿Amigos del Alma se llama...? –preguntó.

Silvana lo miró inquisitivamente, pero su respuesta fue inmediata.

-Muchas veces cariño, de vez en cuando busco nuevas amistades –respondió Silvana.

-Dirás... ¿Candidatos tal vez? –dijo Matías sonriente-.

Silvana se ruborizó un instante.

-Si cariño... pero eso no quiere decir que tu papá tenga un reemplazante- dijo la mujer antes de recibir algún tipo de réplica por parte de su hijo.

-No mamá... no es eso, además yo quiero que sea feliz con quien elijas estar a parte de papá –dijo Máximo abrazando a su madre.

Ese gesto emocionó a Silvana, que dejó escapar unas lágrimas de alegría, al ver que su hijo la apoyaba completamente.

-Todo va a salir bien –dijo Máximo...

En ese momento Silvana se estremeció... esas palabras le resultaban tan familiares y cercanas, sentía como si un enorme cariño se acercara a ella y la abrazara. Esas palabras, eran parte de su sueño, eran palabras que la aliviaban de sus tristes experiencias.

-Si ya lo sé hijo, ya sé que todo va a salir bien –dijo Silvana, besando la frente de su hijo-.

-¿Mami...? –dijo Máximo a continuación, mirando los ojos pardos de su madre -¿Nos anotamos en esa página... tú y yo... juntos?

Silvana rió con la idea, pero no se negó.

Por la tarde, la abuela de Máximo retrataba a su nieto y a su hija en el jardín de la casa, en la biblioteca, y en varias poses graciosas.

El niño fue el que se ocupó de abrir un nuevo nick o nombre fantasía en la página web, y subió tres fotografías de él con su madre en la página www.AmigosdelAlma.com.

Esa misma noche, lo pasó a retirar su padre Ramiro con su nueva pareja. La cintura política del niño y la adaptación a la nueva novia de su padre, hacía que éste se quedara boquiabierto, ante las propuestas del niño a aprovechar el tiempo lo más posible con las eventuales mujeres que lo hicieran feliz, cosa que le trasmitía a cada momento que pasaba en su compañía.

La fotografía que había subido a la página, dio resultados inmediatos; tanto, que al día siguiente, Silvana tenía su casilla de correo electrónico repleta de mensajes de futuros candidatos.

Madre e hijo analizaron las respuestas una por una, pero para decepción de Matías, el hombre del que esperaba un mensaje, brillaba por su ausencia.

Pasó un tiempo, Silvana había aceptado varias propuestas. De hecho, había salido con varios pretendientes a tomar un café o a cenar, pero ninguno estaba a la altura de sus expectativas.

De vez en cuando, la mujer se hundía en sus pensamientos, que a través del tiempo, se habían transformado en pequeños pozos depresivos, de los cuales, su hijo era el único que la rescataba y le daba fuerzas para continuar su camino.

Una tarde, mientras el Invierno se alejaba lentamente, Silvana estaba jugando con su computadora para pasar el tiempo, ya que su hijo se encontraba en la casa de su padre Ramiro.

Cuando abrió sus mensajes de correo electrónico, encontró el mensaje solitario de un hombre que había visto su fotografía en la página web y le había interesado los detalles de su personalidad y sobre todo, las fotografías.

Por un tiempo, se enviaron mensajes de correo electrónico, y luego chatearon on-line. Luego, se pasaron los teléfonos e iniciaron varias charlas amenas y confortantes.

La voz del hombre, le resultada algo familiar a Silvana y otro tanto le sucedía al extraño sin rostro del otro lado del teléfono.

Silvana había ocultado sutilmente a su hijo, la cercana cita con el hombre, ya que no deseaba que Máximo se viera forzado a soportar tantos cambios y vaivenes en la vida de sus padres.

"Ya Maxi, tuvo suficientes cambios con la nueva novia de su padre" pensaba Silvana.

La tarde que se encontró con el hombre, Silvana había quedado petrificada nuevamente, igual que años atrás, cuando había conocido a su ex marido... el hombre era alto, tenía ojos claros y vestía elegantemente.

Pasaron la tarde en un bar de la ciudad de Flores, en la Capital Federal, el primer encuentro fue muy ameno y cordial, tenían mucho en común y la atracción entre ambos, era lo suficiente como para empezar una relación estable.

Una de esas tardes entre besos y arrumacos en una plaza cercana a la Avenida Rivadavia, Silvana cayó en cuenta que faltaban menos de una hora para pasar a retirar a su hijo por la casa de su ex marido en Banfield, al sur del Gran Buenos Aires.

Se despidió de su ya casi declarado novio y se subió a su automóvil Fiat Duna color rojo.

-¡¡¡Ay Dios mío... no!!! –dijo Silvana disgustada, mientras trataba de encender el motor del automóvil. Pero por más que trato sus intentos fueron fallidos.

-¿Quieres que te lleve? –le preguntó el hombre a su novia.

Silvana dudó un instante, ya que no quería que su hijo tuviera un contacto temprano con alguien ajeno a su entorno. Pero miró su reloj, y no tuvo otra opción.

-Está bien... gracias –dijo la mujer mientras que besaba en los labios al hombre.

Tuvieron un viaje agradable en el automóvil, y llegaron a la casa del ex marido de Silvana (que era una mansión estilo Suizo), después de poco más de una hora de viaje.

Máximo salió de la casa a la carrera, pero se detuvo en seco ante la vista del hombre que acompañaba a su madre.

Silvana estudió enseguida las reacciones faciales de su hijo, pero no encontró en ellas algo que transmitiera disgusto, sino algo como admiración o perplejidad...

El niño se había quedado inmóvil en el parque de la casa y su mochila había caído de su mano involuntariamente.

El hombre había bajado la cabeza, tratando de simular, un poco la tensión que le causaba ése momento, ya que detrás del niño, estaba el ex esposo de Silvana con su nueva pareja, que miraba la escena con cierto interés.

Máximo abrió la puerta de la reja externa de la enorme casa y se dirigió corriendo hacia su madre sin dejar de mirar a ése extraño tan conocido.

"No puedo creer que esté aquí" pensaba Máximo, mientras que su corazón le daba un vuelco.

-Discúlpame tesoro, es que tuve un pequeño problema con el automóvil –fue lo único que dijo Silvana-.

-Está bien mamá... no te preocupes –dijo, mientras que le daba un beso en la frente a su madre que estaba en cuclillas-.

Caminó lentamente hacia el hombre y le estiró la mano en un amable saludo. El hombre se puso firme y apretó suavemente la mano del niño.

Durante el viaje hasta Barrio Marina, en Ituzaingó, Máximo miraba al hombre como si fuera un extraterrestre que venía del planeta Fobos 45 y había dejado su nave estacionada en medio de la Avenida 9 de Julio para llamar la atención.

Cuando ya estuvieron en la casa de la mujer, el hombre se estaba despidiendo amablemente, pero Máximo lo invitó a tomar un café.

Silvana quedó extrañada ante la invitación de su hijo, ya que creía que él estaba reacio a una irrupción de un extraño en la casa que compartían ambos.

-¿Señor...? ¿Tomaría un café conmigo...? –le preguntó Máximo al hombre.

-Seguro... ¿Por qué no? –respondió el hombre mirando a Silvana, la cual hizo un gesto de desconcierto, ante la invitación de su hijo.

Se sentaron a la mesa del living con una pequeña chimenea a leños que les servía de calefacción.

-¿Se acuerda de mí...? –fue lo primero que preguntó Máximo, desconcertando al hombre y a su madre, que se miraron extrañado y confusos.

-Sinceramente... no –le respondió el hombre un poco por la extraña pregunta.

-Usted ayudó a mi mamá cuando ella estaba embarazada, hace muchos años atrás... ella estaba tirada en la calle y la subió a su auto y la llevó hasta una clínica –fue la explicación que dio el niño.

-¿Maxi...? Amor... no creo que el señor te conozca, y menos cuando mami estaba embaraz...

-Si recuerdo... que usted llegó con su Ford Ka Blanco, y nos subió a mi mamá y a mí en el asiento del acompañante –dijo Máximo interrumpiendo a su madre –y luego –prosiguió el niño –usted nos cargó en sus brazos y nos llevó hasta la camilla de una clínica, y se quedó con nosotros, hasta que llegaron mis abuelos –dijo el niño, mientras que su madre y el hombre lo contemplaban como si fuera un gurú que miraba más allá de lo posible-.

-Recuerdo que usted, colocó la mano en la panza de mi mamá, a la altura de mis ojos y le dijo que todo iba a salir bien...

El hombre se sacudió y Silvana también...

Silvana de repente recordó algo de su sueño, ese sueño... cuando estaba semi-inconsciente antes de dar a luz, donde un hombre la envolvía en sus brazos y ella, le preguntaba tendida en una camilla si su hijo iba a estar bien.

El hombre recordaba vagamente cuando una tarde de verano había ayudado a una mujer que estaba embarazada, que se había desmayado en la acera de una calle de la Capital Federal...

-Espérenme –dijo Máximo, mientras que salía corriendo a buscar algo.

Cuando volvió corriendo; entre sus manos traía un pilón de hojas con dibujos...

-Éste es usted –dijo el niño, mostrándole al hombre un dibujo de la palma de una mano y dos grande ojos sobre ella... –Usted es el hombre que nos salvó –dijo el pequeño.

El hombre parecía turbado, al igual que la madre del niño. Un mar de recuerdos difusos se rearmaron en la mente de ambos.

¿Se habían conocido antes...? ¿Era posible que dos personas pudieran reencontrarse nuevamente después de tanto tiempo, si en realidad habían estado juntos en un momento...?

-Y usted... nos dijo que todo iba a salir bien –repitió el niño sonriendo-.

-Silvana no puso contener el llanto y se tapó la boca con una de sus manos temblorosas.

El hombre se quedó mirando los centenares de dibujos que había hecho el niño, y se miró la palma de la mano... eran exactamente iguales... las mismas líneas. Además ése latiguillo de "que todo iba a salir bien", era una de las frases que siempre usaba en casi todas las ocasiones.

-¿Cómo... co... cómo puede ser posible que tú recuerdes...? –trató de preguntar el hombre, pero su pregunta se ahogó en su garganta. La sorpresa, lo había dejado más que extasiado y confundido.

-Solamente recuerdo que usted se llama Jorge –dijo el pequeño.

-No amor –dijo su madre secándose un par de lágrimas –su nombre es Hernán-.

-No... no... está bien... mi... mi... segundo nombre es Jorge... es un nombre que nunca uso porque no me gusta –dijo el hombre mirando al pequeño como si fuera un brujo de una aldea africana-.

Silvana miró a su pretendiente nuevamente, ella también recordaba ése nombre, por alguna razón...

-Fue el nombre que di ese día... ése verano... porque estaba muy nervioso –dijo el hombre recordando el momento.

¿Estás seguro Hernán? –le preguntó Silvana-.

-Si... más que seguro bebé, estoy recordando algo de aquel día –dijo Hernán-.

Se hizo un reconfortante silencio...

Hernán miró a su novia, y le separó sus cabellos pelirrojos de los ojos.

–Estás más linda que antes –le dijo mirándola con amor infinito.

Silvana estaba sin habla, no podía creer que la sensación de sus sueños, el abrazo de cariño, el sentimiento de amor que sentía, hubieran sido dados en ese entonces, por el hombre que estaba sentado a su lado.

-¿Amor... crees en el destino? –le preguntó Silvana a Hernán

-No lo sé... tal vez cariño –dijo el hombre, mientras que Máximo los miraba con enorme satisfacción, y saboreaba su café casi tibio.

Amagó retirarse, pero antes se acercó al hombre y le dio un fuerte abrazo. Lo miró a los ojos y le dijo –Gracias-.

Ya al pie de la escalera y antes de despedirse, Máximo giró en sus pies.

-Disculpen... -¿Puedo hacerles una pregunta...? –dijo, mirando a Hernán y a su madre que estaba acurrucada a su lado.

Ambos miraron al niño.

-Si... amor... puedes hacer todas las preguntas que quieras Maxi

–respondió su madre- con una sonrisa.

El niño levantó la vista un momento...

¿Qué nombre le van a poner a mi hermana?

Ambos se miraron sin entender lo que el pequeño preguntaba, y desapareció por la escalera.

Nueve meses después de que Silvana Gordin y Hernán Cernadas hubieran contraído matrimonio, Silvana daba a luz a una hermosa niña, a la que habían bautizado Chiara, a pedido de Máximo.

El pequeño tomó en brazos a su pequeña hermanita. A su lado, estaba Nicolás Cernadas, el hijo de Hernán, mirando también a su hermana con cariño y un poco de expectativa.

Ambos niños se acercaron al pequeño bebé.

Máximo la miró un segundo... y acercó su rostro al de la niña.

-¿Crees en el destino Chiara...? –le preguntó Máximo al oído.

La niña abrió los ojos de par en par y esbozó una sonrisa, mientras que estiraba su pequeña manito hacia el cielo.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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