LOS MEJORES AÑOS
Honor, Respeto y Lealtad.
Recordaba esas tres palabras, siempre.
Tal vez, estaban escritas en alguna pancarta o en algún cartel en la calle, lo cierto, es que fueron las tres últimas palabras que recordaba siempre.
También, recuerdo que desperté un Domingo por la tarde, ¿Cuánto tiempo había estado internado?, no lo sé, creo que decía para mis adentros que me dolían las piernas, pero todos se veían felices y contentos.
-¿Hola Ale?, ¿Cómo estás?- me preguntó el médico, que por su pequeña identificación de acrílico, vi que se llamaba Sergio N. Allende Rojas.
-¿Qué significa la N?- fue lo primero que pregunté.
-¿La N?- me dijo el médico extrañado, mientras que se miraba el bolsillo de su chaqueta blanca.
-Nicolás- dijo.
-Ahh, mucho gusto, yo soy Alejandro- le dije tendiendo la mano.
El hombre me pareció ser muy joven para ser médico. Luego, me enteré por uno de mis amigos que vinieron a visitarme, que el Dr. Allende Rojas, había sido becado años atrás por la Fundación Favaloro, para estudiar y perfeccionarse, ya que había demostrado aptitudes sobresalientes en el campo médico, lo que lo volvían un caso sumamente extraño en el país, ya que el muchacho no sobrepasaba los 25 años de edad.
Después, me enteré que tenía exactamente 23 años de edad.
-¿Cómo te sientes?- me dijo el médico mientras que me auscultaba con su estetoscopio.
-¿Puedes respirar bien?- me preguntó
-Si- le dije simplemente.
Me palpé el rostro, tenía una pequeña barba hirsuta, y hasta cierto punto sentía que algunos vellos se me habían encarnado, ya que cuando movía mi boca, o me rascaba, el dolor era instantáneo.
-¿Mis amigos?- le pregunté al médico, que me miró con cara de asombro, comprendiendo que mis facultades mentales estaban bastante lúcidas.
-Tus amigos están bien- me respondió el médico.
-Alejandro- hizo una pausa, mientras que tomaba una birome BIC del bolsillo de su chaqueta
-¿Qué recuerdas del accidente?- me interrogó atento, como para anotar mis palabras, apenas salieran despedidas de mi boca.
-Tengo sed- le dije.
El médico le hizo una seña a una enfermera, y ésta, trajo un vaso de agua bien helada.
Yo bebí, como si me encontrara en una isla desierta, y ése, fuese el último vaso de agua en toda la tierra.
En ese instante, sentí un fuerte dolor en mi cintura, como si una abeja gigante me punzara con su aguijón.
El dolor me hizo escupir el agua y me doblé en la cama.
Me llevé la mano instintivamente al lugar y me palpé.
El doctor y la enfermera me miraban atentamente, pero no decían palabra.
Creo que mi gesto de sorpresa se evidenció, cuando el médico retomó sus palabras.
-Alejandro, has tenido un accidente muy grave, no hace mucho tiempo atrás y-......Interrumpí al doctor nuevamente, -¿Puede traerme otro vaso de agua por favor?- le dije a la enferma; ésta asintió en silencio y volvió con un vaso repleto casi hasta el borde, lo tomé y lo bebí como si fuese una pócima salvadora, porque de alguna manera, ya sabía que me iba a decir el médico.
-Dos meses atrás- el dije al doctor Allende, mientras terminaba de saborear mi trago.
-¿Cómo dices?- me interrogó.
-Dos meses atrás- dije
El médico me miró con una sonrisa, -Bien, veo que no perdiste el sentido del tiempo, y que recuerdas algunas cosas...¿Me equivoco?- me preguntó un tanto expectante.
-No, creo que no se equivoca- le dije.
-Bien, entonces dime, ¿Qué recuerdas del accidente?- me volvió a preguntar, mientras que apoyaba nuevamente su birome sobre el block de hojas.
-Ok- le dije, e hice un silencio, mientras que escuchaba a los lejos, que una estación de radio, tocaba un tema de Charly García:"Demoliendo Hoteles".
-Salí con mis amigos: Hernán Cernadas, Cristian Cogno, y Gabriel Cipollone; creo que habíamos acordado ir a tomar un café a un restaurante, al restaurante que vamos siempre:"Don Balón", muy cerca de la estación de Ituzaingó- le dije al médico rascándome por enésima vez la barba, con gesto de dolor.
-Luego, nos detuvimos en una estación de servicio, yo compré una cajetilla de Gold Leafe, y fuimos a tomar un café al restaurante que le dije anteriormente; nos despedimos; Hernán, se ofreció a llevarme a mi casa, pero como yo sabía que él estaba cansado, y que al otro día tenía que ir a buscar a su hijo Nicolás en hora temprana, le dije que me dejara en una remisería cerca de la plaza de Ituzaingó- le dije al médico, mientras que éste anotaba velozmente.
-Bueno- proseguí, -Me subí a un Peugeot 505, color marrón claro, y llegamos a un paso a nivel, estábamos esperando el paso del tren Sarmiento.
-El lugar, está cercano a un supermercado, las barreras estaban bajas, y las campanillas funcionando, el tren pasó velozmente, mientras que yo le preguntaba al chofer sobre como iba el trabajo de la noche- me reacomodé un poco en la cama, pero el dolor ahora, se había vuelto algo molesto.
-Recuerdo que estaba hablando con el chofer, que era un hombre aproximadamente de mi edad, 32 a 34 años, no más-
-Cuando éste, por alguna razón, apretó el acelerador del automóvil, y pasó por el paso a nivel, con las barreras bajas-.........
-Yo, vi las luces y escuché la fuerte bocina del tren, pero el hombre estaba compenetrado, mirando en dirección a la Avenida Rivadavia. En ese momento, sentí un fuerte sacudón dentro del automóvil, como si algo nos arrastrara, era como si estuviese en un lavarropas gigante; y después, no recuerdo más nada- le dije al médico concluyendo con mi versión del accidente.
-Bien Alejandro- me dijo, -Veo que estás lúcido y tus facultades son óptimas, después, te realizarán más estudios, para chequear algunas lesiones internas, pero- dijo haciendo una pausa; -Siempre existe un pero- pensé.
-Debido a que tuviste un accidente ferroviario, tuvimos que amputarte un pie a la altura del tobillo- me dijo el médico, esperando mi reacción.
-¿Ese es el dolor que siento?- le pregunté
-Si, lo llamamos reflejos inmediato, tu cuerpo, actúa como si todavía tuvieras el pie en su lugar, y por ende, el cerebro envía las señales necesarias para el movimiento- me dijo colocando el capuchón en la birome.
-Pero Alejandro, debido al accidente que tuviste, debo confesarte, que estamos viendo, tu y yo, lo más cercano a lo que se puede rotular como un milagro- me dijo el médico.
-Ten en cuenta, que el 99% de las personas que tienen este tipo de accidente, no viven para contarlo, y tú, solamente tú- me dijo el médico, dándome a entender que el chofer no había sido tan afortunado como yo; -Sufriste solamente la amputación de un pie, y golpes internos; pero te digo, que he visto accidentes menos graves, con amputaciones considerables y más dolorosas- finalizó el doctor Allende, mientras se ponía de pie.
Al momento que se retiraba, giró un poco apenas y me dijo, -Ahora hago pasar a todas las visitas que están deseosas de verte-
Apenas traspasó la puerta de la habitación, entraron como un tropel mi madre y mis amigos. Pero mientras ellos entraban sonrientes, yo vi mucha gente arremolinada, mirando hacia mi cama.
-¡¡¡Hola hijo!!!!...que bueno verte- me dijo mi madre, al momento que tomaba asiento en el lugar, que hacía momentos antes, había estado ocupado por el médico.
Mis amigos, me abrazaban, algunos me besaban y otros reían, mientras que se miraban entre sí, como si lo peor ya hubiese pasado.
-¿Ale?..¿Sabías que hay mucha gente que se enteró de tu accidente y te quiere saludar?- me dijo Hernán.
-La verdad es que no lo sabía- le dije, mientras que las demás personas en la habitación, me miraban azoradas, como si yo fuera un superhéroe de historieta.
Las preguntas se abalanzaban una tras otra, pero todos estaban relajados, nadie se sentía triste, mal o molesto.
Los días pasaron, a veces recuerdo que cuando dormía, o cuando despertaba, escuchaba un tumulto de gente a mí alrededor, como si estuvieran trabajando o haciendo algo; pero luego, todo se aquietaba. Le comentaba estos sueños a un psicólogo que venía a visitarme de vez en cuando, y él me decía que eran las emociones post-traumáticas evidentes, luego de un suceso como ése.
Luego, me dijo que si llegaba a sentir ataque de pánico o algo así, que le avisara de inmediato al doctor Allende, para que éste le avise a él, así se hacía presente lo antes posible.
Pasaron los días, mis sueños ya no eran tan recurrentes, y empecé a asistir a las clases de rehabilitación; en ese lugar, conocí a una mujer hermosa de nombre Karina.
Congeniamos al instante.
-Yo te conozco- me dijo, mirándome con una gran sonrisa, salida de un comercial de crema dental.
-Te vi en la tele- me dijo nuevamente.
En ese momento pude apreciar sus enormes ojos color miel, su nariz perfecta, y su cuerpo exuberante.
Después que lo pensé mejor, parecía toda salida de un comercial, porque era simplemente, perfecta.
-¿Por qué razón una mujer hermosa como tú, esta en este lugar?- le pregunté haciéndome el galán.
Ella me miró adivinando mis intenciones, y me contó que se estaba recuperando de un accidente que había tenido casi un año atrás, por lo que se subió un poco la blusa, y me mostró una cicatriz que recorría toda su cintura.
-Quedé en medio de un tiroteo, entre ladrones y policías, un ladrón me tomó de rehén, pues yo estaba dentro de un cajero automático, y en la balacera, una bala perdida, me rozó, pero me abrió casi todo el costado de mi cuerpo, a veces tengo sueños, y no me puedo recuperar- me dijo evidenciando el trauma que había cambiado su vida.
-Yo te ayudo a que cambies tu historia- le dije, mientras sonreía y caminaba con mis muletas.
-Tú, primero cúrate de tus heridas, y luego-... dijo, como si se hubiese arrepentido de seguir hablando.
-¿Y luego?- le pregunté.
Ella se sonrojó al instante y bajó la cabeza sonriendo.
-Y luego vemos- dijo.
Yo no estaba en una buena posición para hacerme el Don Juan, pero mi inusitada fama, me daba un poco de ventaja sobre otros internos más presentables y más atractivos.
¡¡¡¡Milagro!!!, ¡¡¡¡Increíble!!!!, ¡¡¡¡Hombre de Acero¡¡¡¡¡, decían las tapas de algunos periódicos, que mi madre Olga, me había guardado, para que los leyera, porque según, como ella me dijo –Vine varias veces aquí, y estaba segura que despertarías, hijo- mientras que me besaba en la frente.
De hecho, ahora que recuerdo, creo que mi madre siempre me decía eso, porque recordaba que me decía algo, me besaba en la frente y me leía un libro o una revista, no sabía que, pero yo podía sentir, que el tiempo que estuve inconsciente, ella hacía eso, como un mágico ritual.
Tiempo después, las conversaciones con Karina, se hicieron más profundas, ella me contaba de su familia, yo le contaba de mi vuelta a la vida, y así, nos fuimos conociendo mejor.
Recuerdo, que recibía miles de mails, y muchas cartas, dándome aliento para seguir con mi vida, algunos mensajes, me los habían enviado cuando yo estaba "durmiendo" en la habitación del hospital.
Después de un poco más de ocho meses de rehabilitación, Karina y yo, oficializamos nuestra relación, convencidos, que éramos el uno para el otro.
Un tiempo después me dieron de alta, y me enviaron a mi casa, en Ituzaingó.
En mi lugar, Barrio Marina, mi llegada causó revuelo, recuerdo que las calles estaban atestadas de pancartas con leyendas, dándome aliento, o simplemente dándome la bienvenida.
La relación con mi madre, había mejorado lo suficiente, como para que yo pudiese hablar con ella de mis planes, mis afectos y de mi vida en todo sentido.
Ya había pasado casi un año de mi accidente, apenas lo podía creer, pero mi vida había dado un gigantesco vuelco.
Recuerdo que la primer noche que volví a dormir en mi habitación, soñé con la gente a mí alrededor, y con mi madre, que seguía leyendo, de hecho, cuando despertaba, la veía a mi lado sonriente; Muchas veces, solamente venía a mi habitación y me traía una merienda frugal, que yo devoraba en unos instantes.
Había recibido muchos regalos, de mucha gente, algunas que no había visto en mi vida, pero que parecían ser lo bastante afectuosas. Me regalaron de todo: libros, remeras, ropa de vestir, y muchas cosas que no vienen al caso.
Lo que sí recuerdo, era que mi habitación estaba repleta de osos de peluche de todos los tañamos y colores.
De vez en cuando, algunos médicos se presentaban en mi domicilio, para verificar y constatar mis avances, los cuales eran óptimos y hasta casi milagrosos.
De a poco, me atreví a andar solo dentro de mi casa, y el día que salí a dar mi primer paseo por Barrio Marina, realmente fue una locura. Algunas personas me paraban por la calle y me saludaban, otras me pedían autógrafos, otras, simplemente me regalaban tarjetas.
Estaba feliz.
Mi relación con Karina, iba viento en popa, luego, las cosas mejoraron, ya que cuando le dije que si quería comprometerse en una relación más seria, me dijo con una gran sonrisa -¿Cuándo me lo ibas a preguntar?-.
Ahora, sabía con exactitud, que destinos tendrían mis ahorros.
Nos casamos un día Viernes, en la iglesia San Judas Tadeo de Ituzaingó, y como ella vivía en Castelar, hicimos la fiesta en un salón de la zona.
Mis amigos, mi madre y todos los que habían compartido algún momento en mi vida, estaban conmigo.
Esa noche, fue alegre y hasta cierto punto, loca, ya que mi flamante esposa y yo, nos emborrachamos, antes de salir rumbo a Cancún, de luna miel, el viaje, había sido un regalo de sus padres.
Mis suegros, no solamente eran afectuosos, educados y buena gente, lo más importante, era, que me habían aceptado casi al instante de conocerme.
Cuando volvimos, yo vendí una vieja motocicleta que tenía detenida hace muchos años en el garaje de mi casa. Junto con el dinero de la venta y los ahorros de mi señora, compramos un pequeño lote, para construir nuestra casa.
Lo mejor que podía habernos pasado en la vida de mi esposa y en la mía, fue una mañana que ella se acercó a mi cama antes que yo despertara, me miró con sus hermosos ojos, y me dijo –Estoy embarazada-.
Mi corazón dio un vuelco y nos abrazamos sin creer lo afortunado que éramos.
Una de las personas más influyentes de Ituzaingó, el intendente Jeremías Méndez, viendo nuestra situación, nos regaló un chalet a estrenar en un barrio residencial de Ituzaingó.
Nueve meses después nacía Chiara Belén, y todos estábamos más que felices.
No solamente, porque después de mi fatal accidente, mi vida parecía haber cambiado, sino que ahora, sentía como si todo encajaba en su lugar.
Le daba gracias a Dios por todas las oportunidades que me estaba dando.
La relación con mi madre era por demás buena, estaba casado, y con mi esposa Karina, teníamos una hija hermosa.
Ese mismo año, me habían ofrecido un trabajo estable cerca de nuestra casa, y Karina, seguiría dando clases en el jardín de infantes, donde era una buena maestra.
Mis amigos me visitaban de vez en cuando y los lazos se estrechaban cada vez más.
Hice nuevas amistades, algunas de ellas eran matrimonios amigos de mi esposa y otras, gente que había conocido en el hospital de Haedo, y que me había acompañado en mis duros momentos.
Los medios se hicieron eco de mi vida y mi historia, me ofrecieron escribir una cuantas palabras, de lo que había sucedido, yo no era bueno para eso, pero igual lo intenté.
Nuestros ingresos se fueron incrementando, y así pudimos comprar nuestro primer automóvil.
Yo, estaba un poco reacio al principio, a subirme de nuevo a cualquier cosa que tuviese ruedas, pero lo intenté, con un éxito notable.
Cuando pude dominar el volante, era hora de empezar a utilizar una prótesis para mi pie faltante.
Fue doloroso al principio, pero después de casi seis meses de un doloroso tratamiento y rehabilitación, ya estaba listo para caminar nuevamente por mis medios y sin muletas.
Fue así, que pude visitar a los médicos que me habían atendido, y saludar de a poco a toda la gente que me había acompañado en mi convalecencia.
Volví al hospital de Haedo, y enseguida fui en busca del doctor Sergio Allende Rojas.
-Hola doctor ¿me recuerda?- le dije sonriente.
-¡¡¡Hoolaaa!!! Alejandro..¿Pero como olvidarte?- me dijo estrechándome la mano.
-Es increíble verte por aquí, casi después de tres años, es realmente notable tu avance- me dijo el médico colocando una mano en mi hombro.
-Gracias, doctor- le dije con una sonrisa.
-Si es increíble, es como si Dios, me hubiese dado otra oportunidad para vivir- le dije convencido de mis palabras
El joven médico sonrió.
Me invitó a tomar un café, y nos sentamos en uno de los bancos de un pasillo, muy cerca de la habitación donde yo había estado internado.
-¿Y?..¿Cómo vas superando todo?- me preguntó
-Muy bien, le dije, muy bien, sinceramente le agradezco a todos ustedes, y a usted principalmente, por todo lo que hicieron por mí- le dije tomando un pequeño sorbo de café.
-Por nada, por favor- me dijo, al momento que encendía un Gold Leafe.
-¿Cómo esta tu madre?- me preguntó el médico.
-Muy bien, gracias- le dije
-Envíale saludos de mi parte- me dijo sonriente, mientras exhalaba humo hacia el techo
-Ella estuvo muy pendiente de tu estado- me dijo.
-Si, ya lo creo, es más, hasta el día de hoy, sueño que ella está mi lado, y me lee algo- le dije
-Si, es que no podemos hacer otra cosa, señora- me dijo.
Yo lo miré, pensando que no había, entendido lo que había dicho.
-¿Perdón?- le dije extrañado.
En ese momento, un dolor agudo, recorrió todo mi cuerpo, y no podía moverme.
-No podemos hacer otra cosa, señora- volvió a decir el médico.
Yo, miré mi camisa y mis jeans, que empezaban a pintarse con puntitos de sangre, y perdían su color.
El dolor, era implacable, y constante, grité, a mí alrededor, todo pareció desvanecerse.
-Dios mío, Dios mío- pensé
Entreabrí los ojos un instante, apenas, abrí mis ojos y los cerré nuevamente.
El dolor era insoportable, sentía como mi cuerpo estaba completamente recorrido por tubos de goma flexibles.
Algo sucedió y todos me rodearon, solamente pude ver sangre; sangre por todos lados, y una sensación de estar y no estar.
Y luego lo escuché....
-Su hijo está en coma hace tres años señora, y no podemos hacer nada más, le soy franco, aunque despierte, el estado de su cuerpo es lamentable, mírelo por usted misma señora....Tiene el 99% de su cuerpo quemado, le tuvimos que amputar los brazos y una pierna a la altura de la cintura, ya tuvo seis paros cardíacos, con el de recién son siete, está totalmente desfigurado, lo único sano es el pie derecho, el resto del cuerpo está simplemente inutilizable- dijo el médico.
-Disculpe que sea tan directo, pero es infructuoso mantenerlo con vida en estas condiciones, usted sabe que el accidente que tuvo fue muy, muy grave, lo arrolló una formación ferroviaria en un automóvil- dijo el doctor
-Si pero el chofer se salvó, todavía tengo esperanzas- escuché que decía mi madre.
-Si señora, pero el chofer solamente se salvó porque salió despedido del vehículo, y justamente a él, le tuvimos que amputar solamente un pie, el resto de su cuerpo está en óptimas condiciones, y es justamente lo único que su hijo tiene sano, un pie- dijo el médico
-Lamento decirle esto señora, pero así es la vida, el hombre que iba en el automóvil con su hijo, se salvó no sé como, creo que es lo más cercano que vi a un milagro- dijo
-Además, usted lo sabe, el hombre estuvo internado mucho tiempo en la cama contigua a su hijo, señora- dijo nuevamente con una mezcla de culpa y vergüenza.
Mi madre cerró los ojos y se tomó fuertemente de la barandilla de la cama.
-Señora, le sugiero que ésta noche, llame nuevamente, al sacerdote, y esta vez, ordene la extremaunción, porque le digo francamente, que si su hijo soporta otro paro cardíaco, va a ser, para quedar en estado vegetativo irreversible- dijo el doctor
-Lo siento mucho- dijo el médico y se retiró
Todo se volvió a oscurecer.
Pasó un tiempo.
-Perdóname- dijo alguien, y besó mi frente
Instintivamente, supe que era el chofer del remise, no sé como lo supe, pero lo supe al instante.
-Solamente me acerqué para que conocieras a mi esposa Karina y a mi hija, se llama Chiara Belén, ojalá las pudieras ver......Sé bien, que esto no es justo, pero no puedo hacer otra cosa- dijo el hombre casi ahogado en llanto.
-Adiós Alejandro- dijo.
Se marcharon, y todo quedó en silencio.
Esa misma noche, por quinta vez, retornó el sacerdote Novak, amigo de mi madre, y dijo: -Dios, significa: Honor, Respeto y Lealtad.....
Luego que el padre Novak, hubo terminado de recitar las palabras de su vieja Biblia, la cerró y bajó su cabeza.
El doctor, Sergio Nicolás Allende, se acercó a un aparato, y escuché cuando lo apagaba.
-Lo siento mucho- dijo el médico mientras que anotaba algo en su block de hojas.
Yo, agradecí al Buen Dios, el haber pasado los tres mejores años de mi vida, y cerré los ojos.
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY
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