MAGICO Y REAL
(El vuelo del Fhaddim)
No hab
ía nada más mágico, ni nada más fabuloso.Al fin, hab
ían comprobado que la leyenda era real, pero no todo era como lo habían relatado sus antepasados.Nicol
ás, había nacido en una pequeña aldea de la comarca más escondida que existía.Parec
ía que su destino, iba a ser oscuro. No había conocido a su padre.Su abuela materna, le hab
ía contado una y otra vez la extraña historia, donde varios hombres, tal vez miles, (incluido el padre de Nicolás), habían sido devorados por una bestia extraordinaria, a la que llamaban Greporius.La hab
ían bautizado con ese nombre, debido a que aquellos que juraban haberla visto, dijeron que sobrevolaba a toda velocidad uno de los picos más altos de la zona: el monte Grepo, que no era otra cosa que un majestuoso monte que se elevaba centenares de metros hacia el cielo.Nicol
ás le había pedido un millón de veces a su abuela que dibuje al Greporius, a lo que la abuela siempre dibujaba lo mismo: una bestia alada, con cabeza de forma diamantada, tres cuernos, alas enormes, cola con un aguijón que daba muerte, y fauces terribles, con dientes tan grandes como las lanzas más filosas, que los mejores herreros podían llegar a construir.A medida que Nicol
ás iba creciendo, podía llegar a entender la sumisión que daban los pobladores al monte Grepo, pues siempre le dejaban ofrendas de todo tipo, desde comida preparada por las cocineras más expertas, pasando por vacas, cabras, y hasta caballos.La cuesti
ón, es que las ofrendas siempre desaparecían misteriosamente, sin que nadie viera nada. Los animales que formaban parte de esa ofrenda, siempre desaparecían, algunas veces encontraban pedazos de algún cerdo o caballo; las jaulas donde colocaban a los animales más pequeños como patos o gansos, eran destruidas como si las hubiera aplastado una enorme mano invisible.Es m
ás, después de dejar las ofrendas a Greporius, todos se encerraban en sus casas, y colocaban trabas a las puertas, y hasta a veces, las trababan con maderos más pesados que los que usaban como trabas comunes, pues no querían que la bestia los ataque por si le parecía que ese día las ofrendas hubiesen sido escasas.Fue una de esas noches, que a Nicol
ás se le ocurrió una idea.Se quedar
ía una noche al pie de la montaña, para confirmar la existencia de la bestia.Sab
ía que faltaban solamente un día para la ofrenda.As
í que fue al lugar donde el gran sacerdote Makius, preparaba la ceremonia.-
¿Señor... lo podría ayudar? –preguntó Nicolás al hombre panzón y de barba tupida-.-No, hijo... estoy preparando la ofrenda para el Greporius, y debo orar tambi
én por todos nosotros –respondió el sacerdote.-
¿Orar?... ¿Porqué? –preguntó el muchacho.-
¿Por qué...? –preguntó el sacerdote como si el muchacho le estuviera tomando el pelo-, porque si Greporius llega a sospechar, aunque sea por un instante que nuestra ofrenda no le agrada, derribará nuestra aldea como sí fuera de juguete. Y a todos nosotros... nos devorará, como a muñecos de barro –agregó Makius, con una gesto de terror-.Nicol
ás lo miró de reojo.-
¿Ni siquiera puedo ayudar cargando la carreta con heno? –preguntó Nicolás, con gesto de súplica-.Makius lo mir
ó suspirando.Sab
ía que ese pequeño era insistente, de hecho, había conocido a su padre también desde pequeño, y sabía que tanto su padre como él, podía ser una molestia cuando una idea se les atravesaba con insistencia en la mente.-Est
á bien Nicolás, prepara los fardos de heno, pero deja que mi hermano los coloque en la carreta –dijo Makius con una mano en su gruesa y redonda cintura... (bueno, si se la podía llamar así)Nicol
ás, fue donde estaba Moltis, el hermano del sacerdote.Moltis, era uno de los ocho hermanos de Makius. Era un hombre joven, larguirucho, que siempre andaba desali
ñado.Sus pecas le cubr
ían casi toda la cara, y sus dientes le sobresalían de la boca, como si fuera un gran roedor.-
¡¡Hola Nicolás...las –dijo Moltis-. (Que siempre repetía las últimas dos sílabas de las frases)-
¿Qué haces por aquí... quí? -preguntó Moltis, mientras Nicolás se detenía frente al gigante bueno.-Moltis, vengo a ayudarte con los fardos de heno
–respondió Nicolás.-
¡Que bueno... no! –exclamó Moltis, secándose el sudor de su frente con una de sus inmensas manos-.Moltis, trasladaba trabajosamente los fardos en su espalda. Nicol
ás tomó uno de los gruesos fardos pajosos, pero aunque trató de moverlo, fue imposible.Moltis sin darse cuenta, levant
ó uno de los fardos, donde estaba tomado Nicolás con fuerzas, y elevó al aire todo el conjunto: al fardo y al muchacho y lo revoleó hacia la carreta.Nicol
ás que tenía unos enormes ojos negros, los abrió de par en par, y su cabello azabache se arremolinó, cuando voló por los aires como un súper-héroe, pero sin súper-poderes, y fue a dar duramente sobre el suelo de madera de una de las carretas.-
¡Ayyyyyyyyy! –gritó Nicolás que había quedado aprisionado debajo del fardoMoltis mir
ó a su alrededor, pero no vio nada. Iba a tirar otro fardo sobre el cuerpo de Nicolás.-
¡Moltis, Moltis... estoy aquííííí...! –gritó Nicolás suplicando.-
¿Dónde estás tas, Nicolás las? –preguntó Moltis bajando el fardo en un solo movimiento-.-
¡Aquiiiiiii...¡ -gritó nuevamente-.Moltis, vio como una peque
ña mano se asomaba por debajo de uno de los fardos, y caminó lentamente hacia el lugar.Levant
ó la carga, y vio a Nicolás acostado, boca abajo, como besando el piso de la carreta, con el cabello lleno de hebras.-
¿Qué haces ahí, no me ibas a ayudar dar? –preguntó Moltis, un poco decepcionado.-Si, te ayudar
é Moltis, pero mientras que no me revolees por los aires–
dijo Nicolás escupiendo un par de palillos de su boca.-
¿Yo, yo? –preguntó Moltis sin entender.-Si, T
ú, tú –exclamó Nicolás, extendiendo la mano, para que Moltis lo sacara de su trampa-.Moltis, lo levant
ó como si el cuerpo del niño, estuviera hecho de aire.-
¿Moltis...? ¿Qué sabes del Greporius? –preguntó Nicolás sin preámbulos, mientras que tomaba asiento sobre un fardo y se limpiaba sus ropas.-
¿El Greporius, rius? –preguntó Moltis-. Su rostro se desdibujó, y sus rodillas temblaron como dos sonajeros.-Moltius, necesito que me ayudes, quiero ver al Greporius
–le dijo Nicolás, mirando fijamente al hermano del sacerdote.-
¿Verlo, lo? –respondió Moltis, mientras que se sentaba al lado de Nicolás.-Si, Moltius, quiero verlo, y terminar con todas
éstas leyendas sin sentido –dijo Nicolás seguro de sí-.Moltius, se sinti
ó sacudido inmediatamente, por un sudor frío.-Yo yo lo vi, Nicol
ás las –dijo Moltius, bajando la cabeza-. Unió sus manos temblorosas y se removió en su asiento, como si tuviera resortes en sus nalgas.-
¿Cómo que lo viste?... ¿Cómo nunca me...?–
Shhhhh, shhh –interrumpió Moltius-, baja la voz, que mi hermano no se entere re –dijo nuevamente Moltis.-
¿Cómo que nunca me has contado nada? –lo interrogó Nicolás un poco ofendido.-Lo que sucede Nicol
ás las, es que la noche que lo vimos, yo fui el único que volvió del monte Grepo po –dijo Moltis, con los ojos llorosos.-
¿Cómo? –preguntó Nicolás.-Si, as
í es, fuimos con uno amigos gos, hace ya, como veinte años ños atrás, al pie de la montaña, a esperar la aparición de la bestia, porque nosotros, tampoco co creíamos en las historias rias –dijo Moltis turbado.-
¿Y que sucedió?-El Greporius, bajo volando, y nos mir
ó ró, y dijo que tenía hambre bre, y después sacó de su bolsillo una jarra rra, y nosotros le servimos vino con mi botija ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja –empezó a reír a carcajadas Moltius, tomándose su semi-abultado estómago.-Pero que pedazo de est
úpido eres, grandulón –dijo Nicolás.Moltius no dejaba de re
ír, mientras que zapateaba en el suelo, haciendo volar por los aires varias hebras de paja.-
¡Vamos! No te estoy pagando para que alegres a la concurrencia –dijo Makius con una mano en su gruesa cintura.Su hermano lo mir
ó, y siguió riendo.Parec
ía que la risa era contagiosa, porque Makius enseguida, empezó a reír también a carcajadas, mientras que Nicolás los miraba consternado, como si ambos, hubieran perdido la chaveta hace rato.Una vez que el espect
áculo terminó, Moltius volvió a sus tareas y su hermano se marchó, aún riendo, aunque no supiera que le causaba gracia.-En serio Moltius, ir
é a ver al Greporius –dijo Nicolás seriamente-.Esta vez, Moltius lo mir
ó de reojo. Sabía que el muchacho estaba hablando en serio, si bien éste no sobrepasaba los quince años de edad, parecía estar lo bastante decidido como para pararse delante del hermano del sacerdote y decirle sus planes.-
¿Acaso estás loco co? –le preguntó Moltius-No Moltius, te lo digo sinceramente, pero necesito que guardes mi secreto
–dijo Nicolás, que no sabía si podía confiar en el gigante bueno, pero, por su trato amable y su aparente lealtad, parecía de esas personas que saben guardar un secreto-.-Nicol
ás las, es una locura lo que estás diciendo do. Nadie que se haya atrevido a ver al Greporius de cerca, ha vuelto con vida da, de la montaña ña –dijo Moltius.-Moltius, necesito que me ayudes, necesito que la noche de la ofrenda, me escondas en una de las carretas de heno, quiero quedarme en la noche, y saber que sucede en ese lugar
–dijo Nicolás desafiante.Moltius lo mir
ó, y soltó el fardo que tenía en las manos; ahora realmente, sabía que Nicolás, estaba hablando muy en serio.-No, Nicol
ás las, estás chiflado, ¿Quieres suicidarte te? –lo interrogó Moltius.-No, pero necesito saber la verdad, quiero saber que pas
ó con mi padre, y además quiero terminar con esta estúpida leyenda, inventada por los ancianos –dijo Nicolás.-Nico.. l
ás... lás –las palabras se habían atravesado en la garganta del hombre-, pero dijo-: No sé que quieres hacer, pero no puedo ayudarte, es simplemente y llanamente una locura ra-.-Moltius, quiero hacer esto por mi padre, por m
í, y por todos en esta aldea, no puede ser que vivamos con miedo, por un espejismo, por un animal que sabe Dios, si realmente existe –dijo Nicolás.-
¡Existe... Nicolás las! Si que existe... ven –dijo Moltius, y le hizo una seña para que lo siguiera a un lugar apartado.Moltius meti
ó la mano en su delantal y sacó una piel de conejo, atada con varias vueltas de tira de cuero.-Mira Nicol
ás las –dijo Moltius.Lo que le mostr
ó el hombre, parecía ser una uña como de halcón, parecía la uña de las garras de un ave inmensa. Nicolás la tomó entre sus manos y la tocó, mirándola en silencio.La u
ña no era pesada, y hasta parecía ser hueca. Era de un color pardo, tenía líneas horizontales violáceas, como si hubieran sido dibujadas por un maestro artesano.Parec
ía que Moltius la había lustrado, ya que estaba pulida, y Nicolás, podía ver el reflejo de su rostro, aunque un poco deformado, pero se veían claramente el reflejo de los rostros de Nicolás y Moltius en la uña corva y gigantesca.-Es del Greporius rius
–dijo Moltius murmurando-. Se la compré a un anciano que se había atrevido a escalar, unos cuantos metros del Grepo. Me contó que a la uña la había encontrado junto a un claro de agua, una laguna, clavada en una inmensa roca, como si la bestia, la hubiera tomado entre sus garras rras. El viejo me dijo que de niño siempre había visto la roca en un sitio, pero después de varios años, no solamente estaba movida de su lugar, sino que también tenía profundos surcos, como arañazos zos.Nicol
ás seguía mirando la uña, una y otra vez.En ese momento, pareci
ó que el miedo lo atrapó, pero, enseguida reaccionó.-No me importa lo que digan los ancianos, yo quiero verlo con mis propios ojos
–dijo Nicolás, retornándole el tesoro a Moltius.El hermano del sacerdote, lo mir
ó sin entender, pero también compartía un poco la idea de saber de lo real de la leyenda de la bestia, si era verdad que existía, y si era verdad, que se había cobrado la vida de tantos hombres en tiempos ancestrales, y hasta el presente.-Moltius, necesito saber la verdad
–dijo Nicolás, mirándolo con sus penetrantes ojos negros-.El hombre, camin
ó una vez, y otra vez. Parecía un felino enjaulado. Sus botas hacían un sonido cómico... –chuick, chuick, chuick-, pero a Moltius no parecía interesarle.-Est
á bien, Nicolás las... te ayudaré. Pero quiero que entiendas, y que quede bien claro, que si eres el almuerzo, o el postre de la bestia tia, yo diré que no sé nada de ti, ti –dijo finalmente el hermano del sacerdote.Nicol
ás lo miró con un poco de recelo, ya que sabía que en cierta forma, podía confiar en el hombre, pero su advertencia lo preocupó, porque por primera vez, confrontó el hecho de que si llegaba a pasarle algo inclusive hasta morir, nadie podría ayudarlo, y ése... sería su fin a manos de lo que fuese que habitaba en el monte Grepo.Por la noche, Nicol
ás cenó con su abuela Corinda, y trató de vivir ése día con auténtico amor, fijándose en cada detalle de su casa, de su habitación y de los lugares privados de su hogar, donde había crecido criado por su madre ya fallecida, su padre desaparecido, y luego, por su abuela, que lo había cobijado como si fuera uno de los mayores tesoros del universo.Era la
última noche. Sabía que al día siguiente, su decisión, tal vez, cambiaría su vida para siempre.-
¿Abuela...?. ¿Cuál es el mayor miedo que puede experimentar una persona? –preguntó Nicolás cortando una hogaza de pan.-El miedo a Dios, y al Greporius
–respondió su abuela Corinda sin dudar.-
¿Por qué le temen tanto a un ser que ni siquiera, saben que existe?La anciana mir
ó a su amado nieto como si estuviera delirando.-No seas irreverente ante la presencia de un ser m
ágico –respondió la anciana, sin dejar de comer la pata de cabra que tenía entre las manos.-Abuela...
¿Qué dirías si algún día quiero ver al Greporius? –preguntó Nicolás.La anciana pareci
ó atorarse con una roca que le había quedado atravesada en su garganta. Enseguida empezó a toser convulsivamente y se tomó el pecho con sus manos.-
¡Nicolássss...! ¡Por Dios! ¿Qué estás diciendo hijo? –dijo la mujer ante la idea de su nieto.-
¿Acaso no sabes, que tu padre murió por enfrentar las leyendas sagradas? –afirmó con indignación mirando fijamente al muchacho-.-Si abuela, lo s
é, pero quiero...–
Pero nada- interrumpió la anciana-. Nicolás, no quiero que vagues con esas ideas en tu mente. Todas las noches, y todos los días rezo al Buen Dios, para que nos ampare y nos libre de todos los males, inclusive de esa abominación del infierno, al que llaman Greporius –dijo finalmente la mujer, apretando la pata de cabra entre sus manos, como si fuera una moneda de oro.-Est
á bien, abuela, lo siento –dijo Nicolás-Por favor hijo, est
ás creciendo, y mi idea es que salgas de ésta aldea pobre, y puedas convertirte en un hombre fuerte y de honor.-Lo siento abuela, no fue mi intenci
ón herirte –dijo Nicolás avergonzado-; sabía que su abuela quería lo mejor para él, y trataría por todos los medios de cumplir la palabra que le había dado a su hija antes de fallecer: Cuidar a su hijo ante todo, y convertirlo en un hombre sano y honrado.La anciana se acerc
ó lentamente a su nieto y le tomó suavemente las dos manos, y las acogió en las suyas como si fueran de cristal.-Hijo, quiero verte feliz, no quiero que enfrentes ning
ún peligro ajeno a tu vida, pero sé también, que eres aventurero como tu padre, pero por favor, no cometas ninguna locura –dijo la anciana, anticipándose a cualquier idea loca del muchacho.-Est
á bien abuela, trataré de comprender –dijo Nicolás bajando la cabeza aún más, en señal de subordinación.Pero en su mente, viajaban, miles de millones de ideas, de c
ómo sería encontrarse cara a cara con la bestia, y enfrentar sus miedos.Abraz
ó a su abuela infinitamente, y hasta cierto punto, la mujer intuía, que algo iba a suceder, pues el muchacho jamás se había mostrado tan apegado a ella.Era como si se estuviera despidiendo.
La cena concluy
ó, su abuela se fue a recostar tranquilamente, pero se mantuvo en vigilia.Nicol
ás caminó por el piso de madera de la vivienda, una y otra vez.Subi
ó a su habitación, y se dejó caer en su camastro pesadamente.Afuera, un peque
ño perro, aún cachorro, husmeaba cerca de un balde de madera, buscando unas gotas de agua.Nicol
ás lo miró un segundo por la ventana, y el perro lo miró a él.En ese instante, el muchacho alz
ó la mano, y el perro movió la cola, como si hubiera comprendido el saludo del niño.El peque
ño animal se sentó y ladró angustiosamente, sin dejar de mirar la ventana.Baj
ó lentamente por la escalera, mirando la habitación de su abuela.La anciana, parec
ía haber entrado en sueño, ya que sus pies se movían intermitente, como si una pequeña corriente eléctrica le estuviera corriendo por los huesos.Corri
ó el postigo de la pesada puerta de madera, y se cercioró de que ningún intruso estuviera dando vueltas bajo la luz de la luna.Pens
ó que la única persona que podía estar caminando a esas horas, podía ser Fabio, el guardia nocturno, que recorría las calles de vez en cuando con una antorcha.Tom
ó el madero que usaban para trabar la puerta, y lo corrió de su sitio.Abri
ó la puerta.El perro lo estaba mirando con unos enormes ojos marrones, casi llorosos, y sus orejas ca
ídas en gesto de súplica.Ladr
ó nuevamente-Shhhh... no hagas ruido
–diijo Nicolás mirando al animal.El perro movi
ó la cola, como si fuera una flecha perdida en el viento.-Ven entra... en silencio
–dijo Nicolás.El animal, parec
ía entender lo que decía el niño, ya que caminó lentamente, e ingresó a la casa, a hurtadillas, como si fuera un ladrón en la noche.Enseguida fue a oler una peque
ña vasija de caldo, que había dejado la abuela del niño, muy cerca de la chimenea.El perro meti
ó el hocico en el líquido y se quemó la nariz. Los gañidos fueron instantáneos.Nicol
ás lo miró y lo alzo con cariño.-
¿De donde has venido?... ¿Qué hace un cachorro como tú, por aquí?–
interrogó al perro, mientras que éste se lamía la nariz y hacia gestos de dolor.Nicol
ás cortó un poco de carne de cerdo y se la dio al cachorro, el cual la devoró, como si no hubiese comido en años.É
l también saboreó un poco de carne, pero la masticó si ganas.-Ma
ñana por la noche, iré a buscar al Greporius –le dijo susurrando al cachorro.El perro lo mir
ó con sus ojos tristes, y movió la cabeza de un lado al otro, parecía estar entendiendo lo que decía el niño.-Y seguramente lo encontrar
é, porque me esconderé en una de las carretas de la ofrenda –dijo Nicolás, arrojándole un pequeño trozo de pan al animal, el cual lo tomó entre sus dientes y lo hizo desaparecer en una fracción de segundos.El animal lo volvi
ó a mirar. Tal vez, entendiendo que el niño estaba loco, sacó la lengua y se acercó lentamente hacia él, y le lamió uno de los dedos con auténtica sumisión simpática.Nicol
ás lo alzó nuevamente, y lo colocó en su regazo.Lo acarici
ó, el perro movió la cola y gimió.El animal lo mir
ó, y ladró.-Shhh...
–guarda silencio...Su abuela, pareci
ó escuchar algo, y se removió en su cama, balbuceando incoherencias por doquier.-Ven te llevar
é a mi habitación –dijo Nicolás, alzó al perro y subió la escalera.Se recost
ó en el camastro nuevamente, con el perro a su lado.El cachorro dio un suspiro, enorme. Nicol
ás se preguntó, como tanto aire, podía caber en un cuerpo tan pequeño, mientras que recordaba la uña que le había mostrado Moltius por la tarde.El cielo era negro, las nubes grises pasaban r
ápidamente como si estuvieran siendo succionadas por una enorme inhalación.Nicol
ás miró a su alrededor, estaba cerca de un claro de agua. Varios arbustos y un gran árbol se agitaban por el fuerte viento.No sab
ía dónde estaba. De repente, divisó la enorme roca, donde el viejo había encontrado la garra clavada del Greporius.-No...
¿Estoy?... si... estoy en la montaña Grepo –dijo mirando a su alrededor.Camin
ó unos centímetros, pero un sonido, como un siseo gigante, le hizo levantar la vista.-Ssssss... ssssss... ssssss
–se escuchaba desde lo alto-. Le hizo recordar una tarde cuando se había topado con una serpiente cerca de su casa, y su abuela Corinda la había espantado arrojándole un vaso de vino. Nicolás vio como el ofidio se alejaba no sabía sí ebria, pero sí, rápidamente.Pero ese sonido era m
ás fuerte, tal vez de una enorme serpiente.Esa imagen lo inquiet
ó bastante, y retrocedió en sus pasos.Pero una enorme sombra, lo cubri
ó en un instante: Una enorme sombra que lo cubría todo, y luego desapareció en los cielos."¿
Qué era?" se preguntó...-
¡El Greporius! –dijo casi a los gritos, sin dejar de mirar el cielo.La sombra reapareci
ó, pero no se veía ningún animal.Nicol
ás metió la mano en un bolsillo, tenía miedo; ¿Miedo?... tenía terror. Se dio cuenta en un instante que la uña que le había mostrado Moltius estaba en su bolsillo... ¿Estaba en un sueño?... no parecía ser un sueño.Algo pesado, hizo retumbar la tierra bajo sus pies, como si algo enorme y pesado, se hubiera posado en la tierra.
"
El Greporius está en la tierra" se dijo... –y vendrá a buscarme –dijo mirando a su alrededor-.Estaba inm
óvil, pero trató de controlar su miedo.Se escuch
ó otro retumbo.El viento era fuerte, sus cabellos, bailaban descontroladamente.
Le temblaron las rodillas, una sensaci
ón de cosquilleo, le subió por las piernas y un vacío se le hizo en el estómago.Ten
ía la boca reseca, su nariz empezó a contraerse locamente, tenía ganas de llorar... pero se controló.Un par ojos amarillentos se dejaron ver detr
ás de un arbusto.Luego, lo siguieron otros, y otros, y otros.
Un lobo apareci
ó de la nada, y aulló.El animal era grande, su pelaje gris se mov
ía al compás del viento.Sus ojos amarillos eran un poco m
ás que sobrenaturales... parecían los ojos de algo malo, un demonio tal vez.Otro retumbo m
ás.Un rayo surc
ó el aire. Las nubes parecían estar descontroladas.Una mueca de horror se dibuj
ó en su rostro.Algo enorme y pesado estaba viniendo hacia
él.Vio a lo lejos como una enorme ala verdosa, se retra
ía.Y vio... vio... un cuerno, enorme, como una lanza puntiaguda y mortal.
Estaba seguro, era el Greporius en persona.
Tres lobos m
ás se aparecieron detrás de los arbustos, y mostraron sus dientes mortales, en señal de amenaza latente.Ladraron y tarasquearon el aire, mientras que pegaban peque
ños saltos.Otros dos lobos aullaron al cielo.
Un enorme siseo se escuch
ó de vuelta, como si una respiración inmensa y ronca zigzagueara entre los árboles.Los lobos parec
ían estar hambrientos, pero la bestia también.Se escuch
ó otro retumbo más.Vio otro cuerno, y un ojo... un enorme ojo rojizo, con sus pliegues negros y marrones.
Una pupila enorme se contrajo en direcci
ón al niño.Los lobos no parec
ían darse cuenta que el Greporius estaba cerca.Nicol
ás, estaba temblando.Un diente negruzco y afilado, se dejo ver detr
ás de una roca.Un hocico enorme, con miles, millones de escamas verdosas amarronadas, subi
ó cerca de la copa de un árbol.Uno de los lobos aull
ó una vez más, caminó lentamente hacia Nicolás, uno de los ojos del lobo tenía un enorme agujero, como una herida inmensa, pero el lobo parecía no sentir dolor alguno. Aulló nuevamente y se abalanzó sobre el muchacho dejando ver unos dientes perfectamente afilados...Nicol
ás se despertó dando gritos de horror.Era de madrugada. El cachorro sali
ó disparado, dando altos gañidos como si lo hubieran apaleado.Corinda, enseguida se hizo presente.
-
¿Qué pasa hijo? –preguntó la anciana-.El perro se hab
ía escondido debajo del camastro.Lo
único que se veía era su cola, que estaba estática.La anciana sin advertir esto, le propin
ó un fuerte pisotón...Nicol
ás quedó al descubierto, y su mascota también.La vieja, tom
ó al perro del lomo, como si fuera un animal inmundo.Su nieto, a
ún estaba desconcertado por el sueño.Era de madrugada, el fr
ío era intenso, pero Nicolás estaba todo sudado, como si se hubiera dado una ducha debajo de las aguas de una pequeña cascada.Esa ma
ñana no quiso hablar, aún, con los pedidos insistentes de su abuela.Nicol
ás era una tumba. Y por su mente una y otra vez, viajaban las imágenes de la enorme bestia, el cielo negro y los lobos.Esas ideas lo hab
ían acobardado un poco, pero quería subir igual al monte para encontrarse con el Greporius; pero, ahora estaba seguro de algo: iba a morir en el intento, o si quedaba vivo, iba a lamentar eternamente su osadía.Teniendo eso en cuenta, trat
ó de aprovechar su día, cómo el último de su vida.Visit
ó a todos sus amigos y a todas las personas que habían conocido a su padre.Se acerc
ó a un gran bosque, (donde un hombre al que todos en la aldea, consideraban que estaba loco, y lo trataban como tal), soñaba con construir un día una gran ciudad.¿
Con qué nombre iba a bautizar el lugar...? ¿Ituza-Ingo...? "¿Qué clase de nombre era ése...?" se preguntó Nicolás; rió por lo bajo, pero ya no podía estar seguro de nada.Sab
ía que aún las historias más descabelladas, podían hacerse realidad, en ese lugar, en su aldea o en cualquier lugar.Se cruz
ó de brazos y recordó las historias que contaban de su padre.Tal vez, alg
ún día tendría hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, pero no lo sabía. Ya era tarde, ése... era su último día.Lentamente cay
ó la tarde. Todos los habitantes de la aldea, se reunieron para invocar la protección de los dioses, y santificar las ofrendas para la gran bestia.-Hola Nicol
ás lás –le dijo Moltius, comiendo una pata de pollo-.-Hola Moltius
–dijo Nicolás con voz queda y bajando la mirada.-Veo que est
ás recapacitando do, de tu decisión sión –dijo MoltiusNicol
ás lo miró un segundo...-No, para nada, quiero terminar con todo esto, quiero terminar con todo... de una vez por todas
–dijo el niño, clavando sus ojos negros en la mirada del hombre larguirucho.-Est
á bien, si aún quieres ir, te esconderé re, en la carreta de la ofrenda da –dijo Moltius mirando al pequeño cómicamente.Mientras tanto, los habitantes de la aldea, saltaban alrededor de caballos, cabras, carretas repletas de gallos y gallinas, y jaulas con algunos cerdos que se remov
ían en su sitio.Makius, trajo dos carretas repletas de heno, y se dispuso a empezar con la ceremonia.
Todos empezaron a entonar una canci
ón extraña, en un lenguaje un tanto extraño también.Nicol
ás miraba de lejos la escena, y se preguntaba, porque los adultos se dejaban llevar por las antiguas leyendas.Ten
ía ganas de caerle a patadas en el trasero a todos, incluyendo a su abuela.Pero se sent
ó sobre una roca. En ese momento, el cachorro que había sido desterrado de su casa, reapareció y se sentó a su lado.Ambos miraron como todos los de la aldea danzaban alrededor de los animales y las carretas que servir
ían para marcar las ofrendas a la gran bestia.Makius estaba elevando los brazos al cielo y todos lo segu
ían como si estuvieran poseídos por algún extraño demonio."
El demonio de la ridiculez" pensó el muchacho.Se qued
ó mirando un rato a toda la gente que estaba en la reunión.Moltis tocaba un tambor como si llamara a miles de guerreros para que se alisten para la batalla.
Makius ten
ía una tinaja en sus manos con la cual vertía un poco de líquido espeso sobre la cabeza de cada animal. El cerdo, pareció no estar de acuerdo con ese procedimiento y empezó a chillar como si estuvieran a puntos de asesinarlo (de hecho era algo parecido), así que Makius solamente le echó un par de gotas en la cabeza al animal, mientras que escapaba mirando de reojo a la bestia.Nicol
ás se mantenía impávido mirando todo el espectáculo, hasta le causaba un poco de lástima todos lo que veía. Rió por lo bajo y miró a su perro.-
¿Qué nombre te pondré? –le preguntó al perro, mientras que éste movía la cola de un lado a otro."
Te llamaré con el mismo nombre con el que mi padre había bautizado su barco" pensó.-Zimba
–dijo Nicolás.El perro lo mir
ó y ladró por lo bajo.Pasaron casi dos horas hasta que las antorchas estaban casi consumidas y toda la gente ebria desparramada alrededor de la ofrenda como si hubieran sido fusilados por un pelot
ón.Nicol
ás sabía que solamente quedaban poco más de tres horas para que los únicos que se mantenía sobrios (Moltis y su hermano menor Danhuj), empezaran a llevar a los animales y las carretas al pie del monte Grepo.Nicol
ás empezó a temblar. Recordó su sueño, ciertamente no quería estar frente a frente con esa enorme bestia salvaje.Sus pensamientos fueron muertos de improviso por la figura de Moltis que se acercaba hacia
él, con su andar cansino.-Ya es hora Nicol
ás las –dijo el larguirucho.El muchacho no pudo responder; solamente alz
ó la vista y vio a Danhuj a su lado, mirando a Nicolás y a su perro con sus ojos bizcos y sus manos rascándose animosamente los testículos.Nicol
ás se puso de pie vacilantemente. Sus rodillas temblaban. Su perro Zimba lo miró como si supiera que su amo estaba partiendo.El muchacho suspir
ó.-Est
á bien Moltius... vamos –dijo Nicolás sin estar convencido siquiera de lo que estaba diciendo, ni de lo que estaba por hacer.Caminaron entre todos los aldeanos dormidos. Los ronquidos se entremezclaban con el sonoro ruido de potente flatos.
Nicol
ás miró a su abuela que estaba tan borracha como cualquier otro; se detuvo un instante y suspiró. Se le hizo un vacío en el estómago, no podía seguir caminando.-Nicol
ás las... no es necesario que hagas esto to –dijo su amigo.-Ya lo s
é Moltius, pero quiero hacerlo de veras... todo tiene que cambiar algún día –dijo el muchacho.Llegaron donde estaba la carreta de heno. Zimba lo hab
ía seguido hasta el lugar, mientras que miraba con atención a Danhuj que se rascaba una nalga como si lo hubiera picado un mosquito gigante.Moltius estir
ó su enorme mano hacia la del muchacho.-Que la luz del Creador te acompa
ñe –dijo Moltius.-Gracias Moltius
–dijo Nicolás, se colocó la mano en el corazón en señal de saludo y se abrazaron.-Toma Nicol
ás lás –dijo Moltius-, mientras que le daba la una del Greporius que le había comprado al anciano –para que te proteja, agregó Moltius con un toque de voz quedo-.Nicol
ás la miró un segundo. No sabía si le serviría ese recuerdo en caso de encontrarse con la gran bestia, tal vez, se la daría al Greporius a cambio de su vida; sonrió con esa idea.-Gracias Moltis
–dijo Nicolás, tomó la uña entre sus manos y la colocó en uno de los inmensos bolsillo de su pantalón de dril-.De ah
í en más todo fue vertiginoso.Moltis subi
ó a Nicolás a la carreta y junto a su hermano Danhuj lo escondieron bajo algunos fardos de heno bien dispuestos con la premisa de que el muchacho pudiese respirar.Nicol
ás sabía que primero eran llevadas las carretas, luego era bajado el heno y prendido fuego para señalar el lugar donde eran abandonados los animales a su suerte.El viaje no hab
ía durado ni media hora. Nicolás no había podido relajarse. Cuando Moltius le avisó que ya habían llegado al monte Grepo, no quería bajarse de la carreta.Fue la procesi
ón de ebrios encabezada por su abuela que lo hizo reaccionar.Salt
ó de la carreta con la agilidad de una langosta y se escurrió bajo uno de los arbustos del lugar.Pudo ver a su abuela que le hablaba a un ganso como si pudiera entender lo que la vieja dec
ía en su monólogo monosílabo.Algunos de los animales se miraban entre s
í. En ese momento Nicolás no podía distinguir cuales eran las bestias, y cuales los seres humanos.Moltius y su hermano prendieron fuego una parva de heno, mientras que ataban a los animales a unas estacas y colocaban algunas jaulas desprolijamente.
Makius dijo algo inentendible, mientras que se tambaleaba de un lado a otro; a continuaci
ón se fueron retirando poco a poco. Vio que algunos de las personas mientras se alejaban maldecían al monte, escupían a los animales y reían; otros, maldecían a Dios por permitir que el Greporius se devorara a sus hijos, hermanos, padres y madres.Luego de toda esa demostraci
ón de furia que había dejado un poco estupefacto a Nicolás, se retiró la última de las personas: Moltius.Mientras que se retiraba, tom
ó una de las antorchas y prendió fuego la última parva de heno.Luego; todo qued
ó en silencio. Se escuchaba de vez en cuando el relincho de algún caballo o el graznido de alguna ave en su jaula, pero nada más.Nicol
ás se quedó esperando, primero en cuclillas y luego sentado en el mismo lugar. Poco a poco empezó a dormirse.Hab
ía tenido a la vista todo el tiempo la cabeza de un caballo y un pato que se movía en su jaula sin cesar pero sin emitir sonido.Calculaba que hab
ían pasado más de dos o tres horas.Las estrellas fulguraban en el cielo, era una noche cerrada y no hac
ía mucho frío."
Si el Greporius me ve desde lo alto, estaré perdido" pensó.Obviamente no ten
ía intenciones de moverse ni un milímetro. Su nerviosismo le jugó una mala pasada y sintió ganas de orinar.Se movi
ó por la roca como si fuera una serpiente, luego caminó unos pasos erguido y se escondió velozmente detrás de un árbol. Cuando terminó con su deber miró una vez a los animales: estaban todos en su lugar, no había pasado nada, ninguno había desaparecido.Alz
ó la vista un momento, se dio cuenta que estaba en camino a la cima del monte pero no se detuvo.Record
ó lo que le había contado Moltius sobre el viejo, la roca y el pequeño lago. Nicolás siguió caminando lentamente y miraba de vez en cuando sobre su hombro. A medida que avanzaba, parecía que la noche se hacía más oscura.Se top
ó con grandes árboles crecidos en formas extrañas, algunos arbustos y nada más; luego, todo era roca y estrellas.Empez
ó a hacer más frío, su piel empezó a crisparse, le dolían un poco los pies, pero no se detuvo.Camino durante un largo tiempo, no recuerda cuanto tiempo, lo que s
í recordaba era que con cada paso, su imaginación estallaba como si su cerebro estuviera repleto de fuegos artificiales.Lleg
ó hasta una enorme pared de rocas que se alzaba a su alrededor. Vio que había una pequeña entrada, como si fuera la cueva de un roedor de considerable tamaño."
Jamás me meteré ahí" pensó casi cómicamente.Bostez
ó; en ése momento se escuchó un enorme rugido como venido de las fauces de un león gigantesco, que hizo temblar todo el lugar.Nicol
ás miró a su alrededor una vez más y no lo dudó: se escurrió por la abertura como si él mismo fuera un roedor asustado.Su respiraci
ón era entrecortada. Casi lloró. Se pasó el dorso de la mano por los labios, tenía la boca reseca y su corazón parecía un tambor azotado por un forzudo de circo.Ah
í dentro estaba oscuro, escuchó un leve chillido como de una rata que pedía explicaciones al extraño que estaba violando sus dominios.Otro rugido m
ás y un retumbo hizo que Nicolás se alejara de la salida del túnel, y empezara a arrastrarse.Luego... silencio.
Un siseo leve, como el silbido de un gato enojado a la distancia se escuch
ó por ahí, pero Nicolás no sabía bien de donde venía el sonido.Tuvo terror.
Pareci
ó ver una pequeña luz a lo lejos, parecía el final del túnel.Empez
ó a arrastrarse hacia el lugar. Miraba esporádicamente hacia atrás. Vio una forma... "¿una araña... una enorme araña?" pensó; pero sabía, que su imaginación estaba funcionando a pleno, y si caía en esa trampa estaría perdido para siempre.Una rata de pelaje gris
áceo se cruzó con él, pudo verla a medida que la luz entraba en el lugar, pero ambos se ignoraron como si fueran dos amigos que estaban disgustados.Estaba llegando al final de esa especie de cueva o t
únel que se había formado en la roca; cuando llegó, se asomó como una comadreja, miró hacia todos lados, se dio cuenta que había estado llorando.Lo primero que divis
ó fue el lago, que no parecía ser muy extenso, y ahí estaba... a su lado estaba la roca de la que le había hablado Moltius. Era verdad... tenía marcas de arañazos, como si la roca hubiera sido arañada por un gato descomunal; pero Nicolás sabía bien que los gatos descomunales no existían.No quer
ía salir de su guarida, pero un viento silbante y frío que vino hacia él desde el interior de la cueva lo hizo cambiar de parecer.Se puso de pie, mir
ó hacia todos lados como si quisiera descubrir algo nuevo. Miró al cielo, sobre la enorme luna nueva corrí/(Mensaje cortado (tiene más de 64K).)