EL VIAJE
Autor:
© Jesús Alejandro GodoyEl monje salió un poco más que abatido de la abadía, su maestro le había negado por decimocuarta vez la posibilidad de viajar hacia esa tierra lejana de sus sueños.
El monje soñaba con viajar hacia Argentina, desde que unos viajeros perdidos, se habían topado casi por casualidad con las puertas de la abadía; su maestro, les había dado techo y comida durante tres días con sus noches, y fue en una de esas noches, que uno de los cuatro viajeros que a tientas hablaba un poco de nepalés, había subyugado a varios monjes con sus historias de la tierra rica y lejana, donde habitaban varias personas de distintas razas en muchas ciudades y donde sobre todo, no existían problemas religiosos, por lo que el monje se imaginó caminando entre varias personas tranquilamente, ya que en su Katmandú natal, él y sus compañeros era vistos como dementes o marcianos, que se dedicaban gran parte de su día y de su vida a rezar o adorar a Dios, sin que medie otro interés que el trabajar las tierras o comunicarse con entidades celestiales.
Un día después que los cuatro argentinos hubieran partido, el monje arregló su toga y se presentó ante su maestro, y como sabía que éste solamente aceptaba una sola pregunta por año vivido en la abadía, ésta debía ser muy bien formulada y sobre todo con las palabras correctas.
Cuando estuvo frente a él, el monje preguntó firme:
-¿Maestro…? ¿puedo viajar a la república de Argentina…?
El maestro sin levantar la vista del suelo le dijo: "No"
El monje se retiró sin decir palabra alguna.
En los años subsiguientes, exactamente catorce, se había repetido la escena una y otra vez.
En la última ocasión, el monje se había quedado sentado en las escaleras de la gran fuente visiblemente disgustado, y casi al borde del llanto, cuando vio salir a uno de sus compañeros de la gran sala del maestro con una gran sonrisa....
El monje le preguntó a su compañero cual era el motivo de su alegría, y éste le dijo: "¡Obtuve del maestro la aprobación para viajar a España!", y dicho esto se alejó en forma urgente para disponer su partida.
Tranquilamente, el monje reacomodó sus sandalias y casi al borde de la furia, ingresó nuevamente por la puerta de la gran sala…
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