PERSEGUIR SUEÑOS
(El Mejor Cazador)
Autor:
© Jesús Alejandro Godoy"¿Perseguir sueños?" le había preguntado al anciano, mientras compactaba con su dedo un poco de tabaco en su pipa.
Era un hombre sensato –no siempre debo admitirlo-, pero ciertamente su historia y su persona eran dignas de admiración; pero, no la admiración que uno siente de pequeño cuando ve a su superhéroe favorito por T.V., destrozando los planes de su archienemigo; sino, la admiración plena de saberse guiado por un ser humano sincero e imperfecto como él siempre hablaba de sí mismo.
No tenía porte de héroe, ni facciones de villano. No vendía soberbia con sus ojos, ni relataba historias para que luego todos exclamaran: "¡Ahí va...!". No, solamente era un hombre más que había llegado a su ocaso, y como le gustaba decir en esa etapa de su vida: "Al fin, el telón está bajando lentamente"
Sus comentarios escondían un lado fatalista –seamos sinceros-, y no siempre sus augurios eran ciertos o con base; solamente, le gustaba jugar a que era un viejo débil, y que la vida lo estaba dejando poco a poco.
Yo, lo conocí poco, muy poco. Creo que puedo llegar a decir que lo habré visto unas cinco o seis veces, sentado en el banco de la plaza de Ituzaingó, rodeado de niños y niñas que escuchaban sus historias con admiración magna; y, debo decir que muchas veces he visto muchos adultos quedarse sentados junto a sus hijos, o a sus nietos escuchando las historias.
De camino a la casa de algún amigo, casi siempre los días sábados, veía al anciano con sus seguidores y seguidoras rodeándolo, como serpientes hipnotizadas por un hábil encantador.
Ahora recuerdo con una sonrisa, una vez que el viejo movía su dedo de un lado a otro, formando una elipse; y todos los presentes, movían sus cabezas siguiendo el recorrido del dedo: de un lado a otro, hasta que al fin, él remataba con un: ¡Pum!, y los adultos se sobresaltaba, y los niños gritaban o se abrazaban con sorpresa, para luego sonreír ya librados de alguna cueva donde habitaba un extraño monstruo, o eximidos de la potente presencia de algún enorme dragón que sobrevolaba la torre mayor de un castillo lejano.
Era pura magia.
Y así como la magia lo tuvo a Houdinni, el teatro a Shakespeare, y el rock a Elvis, supongo que la oratoria en las plazas lo tuvo a él.
Solamente una noche me detuve a escuchar uno de sus relatos.
Recuerdo que retornaba de la casa de mi novia –ahora ex-, mientras trataba fútilmente de encender un cigarrillo. Hacía frío, mucho frío, pero el anciano estaba sentado en su banco recitando parsimoniosamente algunos de su extraños pero atrayentes cuentos, como siempre.
Iba a seguir de largo, pues mi paso ya era cansino y mi mente solamente pensaba en una buena almohada; pero...
Lo vi, solamente acompañado de una niña de cabellos negros, la cual estaba sentada a sus pies, con sus manitas bajo su mentón y una de las sonrisas más hermosas que recuerdo hasta el día de hoy. La pequeña tenía los ojos cerrados, muy apretados. De vez en cuando se dibujaba en su carita un gesto de temor, para al instante siguiente, cambiar a uno de sorpresa o duda.
Me detuve. Sonreí. El anciano me miró sin dejar de hablar, y me saludó con su mano en alto.
Yo, le devolví el saludo. Miré mi reloj de pulsera, encendí el cigarrillo mientras pensaba; giré, y caminé lentamente hacia él. Esa noche, la almohada podía esperar y la cena también.
Me senté a su lado tratando de no emitir ningún sonido extraño que sacara a la niña de su encantamiento. El anciano me miró y me guiño un ojo al momento que sus palabras relataban como un barco español de cuatro velas bautizado "Guardián Zeta", y capitaneado por "Ursula" una pirata bella y decidida, iban en busca de un tesoro enterrado hacía muchos años atrás por su bisabuelo en una isla extraña habitada por fantasmas y espíritus que custodiaban el botín.
Yo sonreí mentalmente primero ante la imagen, pero luego mi sonrisa se extendió a mis labios. Pero, fue una sonrisa de alegría cabal ante la magia que despertaba el viejo, en la imaginación de los niños –y a veces en los adultos-.
Cuando terminó su relato, la niña salió disparada como un misil hacia donde se encontraban sus padres, ya que vi como se abrazó a una mujer y le empezó a relatar las historias de Ursula, su barco de cuatro velas, doce cañones, y un cocinero gordo que cuando roncaba, despertaba al hurón "Santiago" que era la mascota de la capitana.
La pareja con la niña en brazos, saludó al viejo desde lejos y subieron lentamente hacia una camioneta que estaba estacionada en una calle lateral de la plaza.
—¿Cómo te encuentras muchacho? —me preguntó el anciano.
—Bien, muy bien gracias. Con un poco de frío.
—Sí es verdad —suspiró—, el frío es la estación más simple de todas para que la imaginación guarde los recuerdos debajo de las frazadas —dijo.
—No conocía su faceta de poeta —dije sonriendo—.
El viejo sacó una pipa de marfil del bolsillo de su sobretodo, y del otro bolsillo extrajo un envoltorio de tabaco negro. Sonrió.
Hizo un ademán mirando la pipa y dijo—: Alguien que aún tiene que reencontrarse, la tendrá que llevar algún día a su lugar de origen.
Lo miré condescendientemente ante el inminente comienzo de una nueva historia.
—Es de un elefante único que habita en la sabana africana —dijo—.
—¿Un elefante? —pregunté extrañado, siguiendo el hilo de sus palabras, con mi imaginación lista para levantar vuelo—.
—Si estimado, así es —dijo, y colocó un poco de tabaco en la pipa y lo encendió—. Dio varias pitadas, luego exhaló con la pericia de un eximio fumador.
—¿Nunca has escuchado hablar del elefante blanco? —preguntó—.
—No, jamás —dije.
Se removió un poco en el asiento y me miró pacientemente.
—El elefante blanco, no solamente es un animal sobrenatural que habita en África, sino que es el único animal, que aún lleva la magia del Creador en su mente —hizo una pausa, pitó y entrecerró los ojos—. Es un animal muy inteligente, con decirte muchacho que conoce el alma humana mejor que nadie, y por eso jamás pudieron capturarlo.
Yo guardé silencio por un momento; di una pitada a mi cigarrillo y luego pregunté—: ¿Pero cómo hizo usted para que el elefante le diera una pipa? Al instante sonreí. Mi imaginación ya estaba volando a varios -miles- metros de altitud, y me había dejado llevar por ella.
El anciano sin perder tiempo exclamó—: ¡Ajá...! ¡Que buena pregunta me has hecho muchacho!
Reí. El viejo abrió sus ojos y sonrió alegremente.
(Continúa)
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