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QUIMERA SIN DESTINO (Mabel y un Adiós)   Lista de mensajes  
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I

MABEL Y UN ADIÓS

―Maby, maby... vamos.

Las palabras de Ernesto, su esposo, resonaron como campanadas en sus tímpanos.

Mabel Nantes estaba sentada en un banco solitario, en algún patio de algún lugar. Su cuerpo estaba enredado en si mismo, como una serpiente que trataba de atrapar el aire con sus músculos.

Era demasiado dolor, mucho. Demasiado.

Es esa clase de dolor que no se siente en la piel, porque carcome el interior. Es esa clase de dolor que nace en algún lugar del corazón y del alma, y se va profundizando a medida que pasan los segundos.

Es esa clase de dolor extraño; que algunos lo definieron como un bautismo de fuego, donde alguien o algo, penetra el pecho con su mano, y primero arranca el corazón, y luego arremete contra el alma y la va mezclando, deshaciéndola en pequeños trozos, que hacen que el cuerpo deje de vivir de a poco; entonces primero pesan los párpados, luego el estómago se cierra, la espalda se encorva, las piernas no responden, el cerebro queda anestesiado; y, un solo pensamiento pasa por él: morir...

Ernesto la tomó de un brazo, su hermana la abrazó, y cuando caminó hasta la acera, comprendió que había salido por la puerta de una funeraria.

Facundo Ariel Nantes, era su único hijo. Un adolescente de esos comunes, con sueños, rebeldía, novia y muchos proyectos.

El Ford Taurus 83’, que había comprado con sus ahorros, también era único, pero seguramente había muchos más, por las calles de Ituzaingó, de Buenos Aires, de Argentina, y tal vez, del mundo.

Pero Facundo era único, y no había otro igual, aunque hubiera muchos adolescentes con rasgos físicos parecidos.

Era un muchacho de 21 años de edad, de un metro setenta y dos de estatura, medio regordete, no era muy atractivo, pero su falta de rasgos físicos bellos, las enmendaba con creces, con su carisma e inteligencia.

Tenía una novia: María Eugenia, que a su lado, era una reina de la belleza; o tal vez, una miss mundo.

Facundo aún no sabía, como esa mujer de 19 años, figura exuberante y de familia acomodada, había aceptado su invitación.

Pero de repente cuando caminaban de la mano, se detenía y le preguntaba―: ¿Cuántas veces intenté que aceptaras mi invitación a tomar un café, y recibí un rotundo NO?

Su novia lo miraba y le respondía con una sonrisa―: Veintidós veces te dije que NO... ―y sonreían.

Tal vez por eso María Eugenia había aceptado su invitación.

Facundo era único, no importaba que tuviera que trasladar toda la arena de una playa con una cuchara para helados; él lo hacía, y en sus empresas nadie podía persuadirlo de que estaba perdiendo el tiempo. Él lo hacía, y en su esfuerzo, soñaba con el éxito; y ese, era su secreto, tan simple como eso...

El automóvil había llegado de la mano de su primer trabajo: como cadete en un supermercados en el centro de Ituzaingó.

Había empezado a trabajar a los 16 años, justo, mientras cursaba sus estudios en un colegio técnico, también de la zona. Su capacidad, dedicación y esmero, lo hicieron sobresalir entre todos los empleados, y primero sus jefes, y luego uno de los dueños del "super" (como él lo llamaba), lo habían promovido al puesto de supervisor los primeros, y a jefe de sector el segundo.

Lucía Shang, la hija del dueño del local, se llevaba muy bien con él. Y con el tiempo, llegaron a ser buenos amigos, de hecho, Lucía, empezó a noviar con Mauricio, uno de los mejores amigos de Facundo; y un día de esos, había conocido a María Eugenia Rhuter, la prima de Mauricio; y, había sido amor a primera vista, pero solamente de su parte.

Su insistencia y su esperanza, lo había llevado a arrojarse en un lugar donde muchos habían fracasado: conquistar a María Eugenia, una especie de "princesa intocable" entres los adolescentes de ése entonces.

Pero a él, no le importaba que María Eugenia se hubiese negado a salir con Atilio Zander, que era uno de sus conocidos; y era uno de los muchachos más codiciados y perseguidos por las mujeres, no solamente por su atractivo, sino también por su dinero y su elegancia; pero Facundo, había tenido el valor y la insistencia suficientes, para ganar donde muchos habían fracasado

Era un trabajador más, y escapaba como un gato al agua, cuando sabía que llegaba el turno de usar un traje, o mocasines.

Se vestía de una manera especial. No parecía un linyera, pero tampoco un modelo.

Prefería un jean descolorido a un pantalón de vestir, o una remera con una corbata estampada, a una corbata real.

Vivía en Barrio Seré con sus padres, en uno de los tantos barrios de la ciudad de Ituzaingó de clase media-baja, pero sus sueños eran de rey.

Y en ése sueño, había llegado el automóvil. Su padre y uno de sus amigos que era mecánico, lo habían acompañado a comprarlo. De mecánica estaba en óptima condiciones, el único detalle, era que la pintura estaba descascarada, y la poca que aún se mantenía adherida a la carrocería, un poco endeble.

Invitó a subir al Taurus, a casi toda la familia, y los llevó a dar vueltas por ahí, se sentía Meteoro, ¿Meteoro? Se sentía Fangio con Senna de copiloto; pero su copiloto había sido su perro Zimba, hasta que María Eugenia ocupó su lugar.

Estaba feliz. Tenía todo lo que un muchacho de su edad podría desear: automóvil propio, una novia, un trabajo, y proyectos para empezar a estudiar ingeniería electromecánica.

¿Mamá... Qué harías si yo me muero? Había preguntado un día. Tal vez, por curiosidad, quizá para saber como reaccionaría su madre.

Mabel se había enojado, y había golpeado la mesa del comedor con la palma de su mano; luego, había empezado a llorar.

Facundo nunca más volvió a realizar esa pregunta.

Esa misma noche, había aparecido con un ramo de rosas blancas, se había arrodillado frente a su madre, y le había pedido mil disculpas.

Su padre cuando vio eso, enseguida fue a buscar la cámara fotográfica, y ése momento había quedado plasmado para siempre.

Se reconciliaron, y todo volvió a la normalidad.

Se divertía como un adolescente normal que va buscando su personalidad, y su lugar en el mundo. Admirador de Arnold Schwarzenegger, Charly García, y Collective Soul, sabía bien adonde quería llegar, y soñaba con ser un magnate a lo Donald Trump, o Ricky Ricón. Su padre le había enseñado el valor de tener una educación, y de llegar a ser alguien en la vida, pero nunca olvidándose de dónde había venido.

Su madre, le había enseñado el amor por la lectura, la educación en general y el cariño por los animales.

Fue por eso que siempre compartía lo que tenía, se hacía respetar, y muchos lo admiraban en silencio; y tal vez fue por eso, que un día cerca del centro de la ciudad de Castelar, y cuando volvía con unos amigos de una fiesta elegante, había encontrado a un perro; un manto negro arrollado por un automóvil, y casi moribundo. Lo había llevado a su casa a cuestas, su madre lamentaba más la camisa manchada con sangre del animal, que el animal en sí. "Pobre... no tiene esperanzas" había sentenciado Mabel.

Pero Facundo hizo oídos sordos, lo cuidó, y lo alentaba hablándole cerca de una de las orejas, diciéndole que si se recuperaba, lo iba a bautizar con el nombre del perro que más había querido en su vida, y que se había llevado la vejez, un año y medio antes: Zimba.

Nadie supo si el perro escuchaba lo que le decía Facundo, o fue una cuestión de suerte o destino; pero Zimba a los dos meses, estaba completamente recuperado de su mortal accidente, y se había hecho de un nuevo dueño y hogar.

Era una vida normal, con día normales, entre estudio, trabajo, noviazgo, y más estudio.

Y en esa vida normal, hubo una noche más, como todas las noches de un día domingo del 2004, cerca de las 21.00 horas.

Había dejado a María Eugenia en la puerta de su chalet, luego de hacer el amor en el asiento trasero del Taurus, en un lugar apartado y oscuro.

Se despidieron con millones de besos, y prometieron verse el día martes, luego de que ambos cumplieran con sus obligaciones inmediatas: los primeros exámenes de admisión a la universidad. Facundo caminó hasta el automóvil, y fue cuando aparecieron por la acera, tres muchachos de su edad, o un poco menos.

Los tres iban corriendo desesperados, (después se supo que estaban escapando de una patrulla policial, porque instantes antes, habían asaltado un restaurante de la zona), y en su desesperación, lo primero que vieron fue al Ford Taurus con la puerta del conductor entreabierta. Empujaron a Facundo violentamente, y uno de ellos, sin necesidad, le había disparado a quemarropa. El fogonazo iluminó por un segundo el rostro incrédulo del muchacho, y la bala, había viajado velozmente a través de su corazón.

Los ladrones escaparon, y a las cuatro calles de distancia, habían colisionado con una columna de concreto a toda velocidad, uno había muerto, y los otros dos se habían arrodillado en el pavimento, suplicando por sus vidas, delante de los policías que los habían rodeado.

Eso había sido todo.

Facundo muerto en la acera, María Eugenia y los padres de ella, tratando de reanimarlo, su automóvil destruido, con un extraño muerto en su interior, y su matador saliendo de la cárcel dos meses después, por que era menor de edad.

El otro muchacho (que algunos conocían como "Topo"), había jugado con su suerte, y se había enfrentado a un convicto con cadena perpetua por homicidio en el penal de Ezeiza. Su vida, terminó en un baño sucio de la prisión, con una navaja clavada en su cuello.

Los padres de Facundo, volvían de una cena en la casa de unos amigos; cuando bajaron del taxi, lo primero que vieron fue una patrulla policial estacionada frente a la vivienda; de ella, bajó un hombre que Mabel Nantes conocían muy bien: el principal Nicolás Cernadas.

―Mabel... Facundo tuvo un accidente ―dijo el policía sin dar más detalles―.

El rostro de ambos se tensó.

¿Dónde está mi hijo... donde está Facundo? ―preguntó Mabel.

El policía suspiró, se pasó la mano por sus cabellos, y no tuvo más remedio que darle la noticia.

La mujer cayó de rodillas, mientras que el compañero de Nicolás, un gigante de ojo celestes, al que todos conocían como Goliat, la trataba de ayudar. Ernesto Nantes, el padre de Facundo, quedó pasmado, y se asió del capot de la patrulla, bajó la cabeza y derramó lágrimas hasta el hartazgo.

Eso era todo.

"La vida tiene sus secretos, y el Señor también" le había dicho Francisco Novak, el sacerdote de la familia. Pero sus palabras fueron tan vacías, tan lejanas, que ni siquiera sirvieron para menguar una lágrima.

Mucha gente había asistido al funeral de Facundo. Mucha gente que sus padres no recordaban siquiera haber visto; y fue en ése momento, que se dieron cuenta que Facundo no solamente había sido su hijo, sino que era único, pues toda esa gente, se relataba entre sí, algún buen momento vivido con él, o palabras que recordaban de él, y siempre eran momentos alegres, y palabras de aliento, nunca algo triste o desalentador.

Cuando sus padres, familiares, amigos y conocidos rodearon la tumba aún abierta y los sepultureros echaron los primeros trozos de tierra sobre el féretro, Mabel se desprendió de la realidad, era como ver una película, una película extraña y ajena.

El golpe de la tierra con la madera, le había despedazado el corazón en mil partes, y se había desmayado.

Volvió en si, dentro de una de las oficinas del cementerio de Morón. Sus ojos parecían estar desteñidos por el mar de lágrimas que habían corrido sobre sus pupilas marrones.

Volver a su casa, y caminar por delante de la habitación de su hijo, era lo mismo que tratar de caminar por un mar tempestuoso con los ojos vendados.

Cerró la puerta con llave, no quería tocar nada, no quería mirarla siquiera, no podía, no debía... no había ganas de hacer nada.

Era un día miércoles tormentoso, Ernesto tendría que volver a su trabajo en una empresa de informática al día siguiente. Pero Mabel aún no podía asimilar nada. Su trabajo de maestra en una escuela secundaria, tendría que esperar, un día, dos, varios años, para siempre, no le interesaba.

Solamente quería a su hijo de vuelta, pero ya no había vuelta atrás.

Los segundos eran horas, y las horas meses. Era como estar detenida en algún lugar atemporal y pesado.

El dolor es extraño, porque primero se presenta con negación, enojo, miedo, y luego aceptación; pero el dolor de Mabel, le hacía guiños a la locura.

Era como caminar el último tramo hasta una ejecución: la propia, y nada más... nada más que esperar a que todo termine.

Pero no era posible.

El sol se asomó, y Mabel salió caminando de su casa a paso cansino. Sabía hacia donde ir, pues todo lo que veía, todo lo que sentía, todo lo que podía recordar, iba en una misma dirección: Facundo.

Cuando había llegado a una ochava cerca de su casa, vio un taxi, mecánicamente elevó su mano, y lo abordó.

―Al cementerio de Morón ―dijo. No habló en todo el trayecto, y eso estaba bien, porque el chofer tenía cara de poco amigos.

Se apeó, pagó, y caminó por la calle central del cementerio, mirando los mausoleos grises. Llegó como un autómata hasta la tumba número 1002; donde la tierra ya se había hundido un poco, y donde una cruz de madera ladeada, estaba clavada casi a desgano, como quien va clavando cruces rápidamente como una máquina.

"Un trabajo más" pensó, pero esa era la cruz de Facundo, se removió un poco los cabellos lacios de la frente, se inclinó y la reacomodó lentamente.

Esperó un "Gracias", o una señal del cielo, se colocó en cuclillas, y colocó sobre la tierra, una rosa blanca que había cortado del jardín de su casa.

Sonrió, estar al lado de su hijo le hacía bien, y ahí se quería quedar, no quería otra cosa que estar ahí.

Metió la mano en su cartera, y ahí halló lo que buscaba, un revolver calibre 22, que Ernesto tenía guardado en el lavabo, como protección, por si fallaba su perro Zimba, o si el bate de béisbol, no era efectivo para repeler un ataque.

Y ahí estaba: la salvación.

Movió el arma temblorosamente cerca de su muslo, y lo fue subiendo despacio.

"¿Cómo será el cielo?" pensó.

Su esposo fue el que había notado algo extraño, cuando vio un pan de jabón removido, y una de las puertas de la alacena entreabierta.

Corrió hasta la puerta, y llegó a ver a su esposa abordando el taxi. Rápidamente había llamado a su vecino para que lo ayude, y siguieron al automóvil en una motocicleta, porque su camioneta Chevrolet, estaba en reparación, con el motor a medio fundir.

Los dos hombres: Ernesto y su vecino Rodolfo, un hombre obeso y gruñón, pero de buen corazón, habían llegado justo a tiempo.

Mabel gatilló el arma en su sien, pero la bala se negó a salir.

Se dejó caer al suelo, como un niño haciendo las peor y la más demoníaca de las rabietas.

Y llegó el llanto, la ira y la negación, todos a la vez, como el peor de los monstruos de Poe; pero, la aceptación jamás se presentó.

Luego todo se oscureció.

Cuando despertó, estaba en su cama, con Ernesto a su lado, su hermana Rocío bebiendo un poco de té, y el sacerdote Novak, de pie, cerca de la puerta de la habitación.

Todos la miraron con compasión. Pero ella no quería estar ahí. Respondió a regañadientes algunas preguntas simples, pero después de eso, no habló más.

Novak les hizo una seña a todos para que salieran de la habitación, y se sentó al lado de la mujer.

Suspiró y preguntó―: ¿Qué puedo hacer por ti Mabel?

La mujer lo miró y sonrió. Era como estar en una comedia de enredos, donde todas las preguntas y ofrecimientos sonaban humorísticamente sarcásticos. No había nada ni nadie que pudiera hacer nada por ella, porque la persona que necesitaba no estaba ahí, y no iba a volver.

Novak se quedó en silencio mucho tiempo, mientras que Mabel miraba los ojos grises del sacerdote fijamente.

Novak arqueó las cejas, se tocó los labios, se puso de pie y se encaminó hacia la puerta.

¿Por qué Dios permitió que mi hijo muriera? ―preguntó la mujer―. Novak se detuvo en seco, volteó, y se sentó nuevamente en la silla―.

―Dios tiene muchos misterios que...

―Francisco, no me respondas como sacerdote... solamente respóndeme como hombre, como ser humano. Tú que eres un hombre de Dios, dime ¿qué haría Dios si pierde al ser que más ama en el mundo?

―Mabel, Dios... entregó a su propio hijo para lavar nuestros...

La mujer empezó a reír, mientras unas lágrimas rodaban por sus mejillas; se pasó la mano por la nariz y dijo―: ¡Francisco, mi hijo no puede resucitar al tercer día! ―y siguió riendo, mientras que sus lágrimas mojaban las sábanas―.

Novak apretó los labios y bajó la cabeza.

―Es verdad Mabel, es verdad lo que dices, no tengo respuesta para eso, solo te puedo decir que trates de afrontarlo de la mejor manera posible ―dijo Novak.

Hubo un silencio pesado.

¿Por qué... mi hijo murió asesinado? ¿Por qué así? ―preguntó de repente la mujer―, y en cada pregunta, parecía como si un poco de la vida que había en ella, se fuera desvaneciendo―.

¡Quiero a Facundo de vuelta! ―gritó Mabel enardecida, apretando las cobijas con su mano―.

Los que estaban afuera, abrieron la puerta presurosamente al escuchar el grito, pero enseguida Novak les dio a entender que todo estaba bien.

―Mabel... no puedo hacer que Facundo regrese, nadie puede. Solamente queda su recuerdo, y su obra, nada más; el cuerpo desapareció, pero su amor queda ―trató de convencerla Novak.

Pero la mujer negó con la cabeza una vez, dos, cien veces. No quería palabras vacías sobre un hecho consumado.

Dicen que cuando el dolor llega de la mano de cualquier desgracia, deja una marca profunda en el alma; pero eso... eso era como morir en vida, era peor que una tortura, era peor que morir lentamente y a desgano.

―No me interesa lo que digas Francisco, dime ¿Cómo puedo hacer que Facundo vuelva? ―preguntó Mabel y se elevó un poco en la cama y se cruzó de brazos soltando la mano del sacerdote―.

―No puedo responderte a eso Mabel, solamente tienes que aceptar el hecho, de que Facundo... ha muerto ―respondió Novak.

¿Mi hijo muerto? ―no... estás loco Francisco, mi hijo está conmigo siempre, de hecho yo soñé con él, y está en algún lugar no muy lejos de aquí, no en el cementerio, no aquí, está en algún lugar, y yo, quiero ir con él ―explicó la mujer.

―Mabel, Maby... no sé donde pueda estar el alma de Facundo, tal vez con Dios, tal vez viajando hacia Él, pero su cuerpo no volverá ―explicó Novak.

¡Estás equivocado! ―gritó Mabel. ¡Estás equivocado... volverá, y me llevará con él, yo lo sé, él me lo dijo, yo lo sé!. LO SÉ ―gritó Mabel con los ojos inyectados en sangre―. Pero un segundo después empezó a deshacerse en un llanto tan profundo, que daba pena ver a esa hermosa mujer, tan destruida y triste―.

―Bien, bien ―dijo Novak―, Mabel, tranquilízate por favor, todo se solucionará ―dijo el sacerdote, y le acarició la frente.

Novak sabía, que con la muerte de alguien amado, siempre muere parte de uno... ¿Pero como sería sentir la muerte de un hijo? ¿Qué parte de la persona muere, cuando un hijo se va? ¿Muere el cerebro, el corazón, el alma, los ojos, las manos, las piernas... muere todo?

¿Por qué , por qué? ―sollozó la mujer; luego, el sollozo se transformó en llanto, y el llanto en gritos desesperados; al instante, se desmayó convulsionando―.

Novak enseguida llamó al doctor Sergio Allende que estaba esperando en el vestíbulo por si acaso; y ése por si acaso se había presentado.

Allende tomó su estetoscopio, la iba a auscultar, pero vio a la mujer con los ojos velados, y el vómito que asomaba por los labios.

¡Tiene un paro cardiaco! ―gritó el médico, mientras le metía un dedo dentro de su boca, para apartar un poco el líquido viscoso, y le hacía los primeros movimientos de resucitación―.

Todos pensaban que la situación no podía ser más grave de lo que ya era.

Ernesto cayó en una profunda desesperación, y depresión, no quería perder a su esposa también.

Enseguida apareció una ambulancia, cargaron a la mujer en una camilla, y el vehículo, no tardó en llegar a la clínica de Allende.

La hospitalizaron, lograron mantenerla estable y esperaron...

Todo era negro, la perfecta explicación de la nada. No había suelo, paredes, ni aire, era todo negro, como caminar en algún lugar vacío, era estar perdido en la verdadera nada.

La oscuridad era familiar. Mabel recordó una vez, cuando era pequeña, y se había encerrado con su hermana Rocío, en el sótano de la casa de sus padres; querían saber simplemente como era estar en la oscuridad total, pero solamente pudieron estar cerca de quince minutos a oscuras. Rocío había accionado el interruptor de luz, y todo había terminado. La experiencia había sido reveladora: estar a oscuras no era agradable y producía miedo.

Mabel ahora estaba a oscuras, con miedo, un miedo extraño, pues no llegaba a ser terror, pero tampoco era desesperante, y por más que palpaba el aire, no había ningún interruptor de luz para accionar, no había nada allí. Ni interruptor, ni luz... Nada.

Caminó hacia alguna dirección, no podía verse a sí misma; solamente siguió caminando como pudo, como un navegante sin estrellas, con su barco a merced de un mar negro y enorme.

Una presencia, y una pequeñísima luz, la obligaron a elevar la vista.

Alguien, algo, se estaba acercando

¿Quién eres? ―preguntó.

Pero el hombre, la mujer, o lo que fuera, solamente sonreía. No era un ángel pues no tenía alas, no era una persona, pues era informe. Mabel sabía que era alguien que no dejaba de sonreír.

La forma le tomó la mano muy lentamente y empezó a caminar a su lado.

¿Dónde estoy? ―preguntó la mujer―. Pero por más preguntas que hizo, el silencio fue la única respuesta.

Llegaron a un lugar más extraño aún.

Era como un bosque sin árboles, blancuzco, pero había formas de árboles, ¿o no...?

Miró alrededor, se sintió confundida.

Había mucha gente de pie, lejos de ella y nada más. Se sintió confundida primero, pero luego tranquila y por más que no quiso reconocerlo, se sintió feliz.

Miró hacia todo lados, y divisó a Facundo, lejos, sonriendo, que no se acercaba. Ella trató de caminar hacia él, pero no podía alcanzarlo.

¿Mamá? ―escuchó en sus oídos, en su mente y en todo su alrededor―.

―Si, Facundo ―respondió, mirando a su hijo de lejos, que seguía sonriendo sin cesar―.

―Mamá, ¿por qué estás triste? ―preguntó Facundo.

Mabel miró a su hijo, no podía ser él, el que estaba hablando, pues no dejaba de sonreír, y aunque su voz resonaba en su cabeza, como si le estuviera hablando al oído, él estaba lejos. Mabel se sintió confundida, pero enseguida gritó―: ¡Quiero que vuelvas!

―Mamá estoy en mi casa, estoy en el lugar al que pertenezco ―resonó la voz.

¿No quieres estar conmigo? ―preguntó Mabel.

―Mamá, estoy contigo siempre, pero que no me veas, no significa que no esté contigo.

La visión se difuminó por un momento.

¿Adónde estás hijo? ―preguntó Mabel.

―Aquí mamá, a tu lado

Pero la mujer miró a su alrededor, y no había nadie. En un instante el color se tornó en algo irreal; y en ésa irrealidad, había muchos extraños, y salvo su hijo, todas las demás personas eran desconocidas, pero extrañamente cercanas.

―No te veo hijo

―Estoy aquí ―dijo la voz―, a tu alrededor, en todo lo que amas de mí―.

¿Adonde?

―En todo lo que hagas, en todo lo que sientes, en todo lo que amas de mí, ahí estoy; y éste es mi lugar, tu lugar, nuestro lugar, el lugar donde estaremos juntos

¿Juntos...? ¿Cuándo, cuando estaremos juntos? ―preguntó Mabel rápidamente.

―Siempre estamos juntos, siempre.

―Hijo, no te veo.

―Soy de la vida mamá, no soy tuyo, y sin embargo vine a través de ti, y tú me amas, tanto como yo te amo en silencio, y aunque muchas veces te he negado y no coincidíamos en nuestros pensamientos, no puedo negar el hecho de que te amo por todo lo que hiciste por mí ―explicó la voz.

―No entiendo hijo ―dijo Mabel girando en su centro, y mirando a su alrededor―.

―Mamá, me has cargado en tu vientre, has padecido por mí; y crecí dentro de tu cuerpo, y siempre fuimos uno, abrí los ojos a la vida, y cuando los cerré a la muerte no me alejé de ti, porque siempre seremos uno, pero de la misma manera que tú me llevaste en tu cuerpo con todo el amor, y contado los días para verme caminar sobre la tierra, ahora cuenta los días para verme caminar en la vida, y ansía ese día, como ansiaste el día de mi nacimiento: con alegría, paciencia, y mucho amor. Porque no es lo que crees, ahora he partido, pero cuando murió mi cuerpo, no murió mi amor por ti, y jamás morirá.

¿Cuándo te veré hijo? ―preguntó Mabel.

―Mamá, siempre me ves, en todos lados, no sientas que me has perdido, porque no es así; pero comprende, que mi alma no es tu alma, y si cuando era un niño me arropaste, me bañaste, y me acariciaste, también estabas haciéndolo con lo que no veías de mí; pero mi cuerpo no soy yo, solamente era la forma en que todos, inclusive tú, me conocieron. Mamá, no estés triste, ¿acaso estas triste por perder un cuerpo material, hecho de carne? ¿Cuánto estarás más triste por perder el alma de tu hijo, lo que verdaderamente soy, lo que no ves de mi interior? Mamá, mi cuerpo era de todos, y del tiempo. Muchos lo tuvieron en sus manos, y sin embargo, pocos supieron tocar mi alma como tú lo hiciste. No llores algo que es del tiempo y se pierde en él. No llores por mi cuerpo mamá, no llores mi presencia; porque el tiempo reclama lo suyo, y mi cuerpo le pertenecía. Mi alma siempre estará contigo, y nadie podrá decir que no estoy a tu lado, porque será nuestro secreto.

Mabel miró hacia todos lados y sonrió.

―Mamá, no llores las circunstancias de mi muerte, llora los fallos en mi vida, porque no fui perfecto. No llores mi partida, alégrate mejor, por el momento cuando nos volvamos a ver.

¿Cuándo hijo, cuando? ―preguntó la mujer.

―Mamá, búscame en tu interior, porque ahí yo vivo. No me busques en mis cosas, porque no me hallarás, no me busques en lo material, porque no vivo ahí. Búscame en la vida, no me busques en la muerte, porque no estoy ahí. Mamá... búscame en tus palabras y en tu vida, porque mientras decidas respetar tu vida, estarás honrando mi recuerdo, y los demás verán mi esencia en ti, porque somos uno...

Mabel sonrió nuevamente, y estiró su mano para alcanzar la luz, pero ésta, empezó a menguar, y el ser sonriente la volvió a tomar de la mano y la fue alejando del lugar. Mabel se negó a irse de ahí, pero no pudo hacer mucho, pues el ser parecía manejar a su merced la nada; ella, solamente parecía sufrirla.

Volvió a estar todo oscuro.

"No quiero partir" pensó, estar ahí con Facundo era bueno, era un ambiente sobrecogedor y sereno.

Pero abrió los ojos violentamente.

Un cielo raso de color pastel fue lo que primero vio, y todas las sensaciones retornaron a su cuerpo. La tristeza volvió a llamarse tristeza, el dolor volvió a ser el mismo, los recuerdos volvieron; y con él, la imagen de su esposo sentado en una silla, durmiendo a su lado, en la cama de la clínica.

Era de madrugada, el reloj marcaba las 2.00 en punto. Estiró su mano, tocó el brazo de Ernesto, y éste se despertó al instante.

¿Cómo estás cariño? ―preguntó Mabel.

A los tres días, Allende dio el visto bueno para darle el alta médica. Le parecía extraño que se repusiera tan pronto, pero estaba bien tener un signo así.

Le recomendó a Ernesto, que la vigile, para que hiciese reposo absoluto durante dos semanas como mínimo.

Seguramente Rocío se encargaría de esa tarea, y así fue.

Mabel seguía triste, pero su experiencia apaciguó a medias su dolor, y fue cuando recordó algo.

En la plaza de Ituzaingó, estaba emplazada la estatua de un ángel.

Recordaba que jamás se había percatado de ella, hasta que un día el mismo Facundo había ido a colocar una flor en el pedestal. Le había contado que una de sus profesoras, había perdido a uno de sus hijos en un accidente hogareño, parecía que el pequeño, se había ahogado en una pileta de lona, jugando con su hermana, en uno de esos veranos, donde los días de febrero superaban tranquilamente los 32 grados centígrados; y, aprovechando que habían ido a comprar víveres al centro de la ciudad, se habían acercado a la estatua.

Facundo, había llevado un clavel del jardín de la casa, lo había depositado suavemente cerca de los pies, dijo una oración en voz baja, y se alejaron.

Mabel se durmió con ése recuerdo, era un buen recuerdo.

Antes de lo que había recomendado Allende, Mabel se apeó de la cama de su casa un día miércoles por la mañana, y con el consentimiento de Rocío, y el de su esposo, la llevaron hasta la plaza de Ituzaingó.

Le pidió a Rocío que esperara en el automóvil y caminó con Ernesto hasta el lugar.

Algunos ancianos, un día dijeron que esperaban la muerte apaciguados por la vida; y el dolor, o el placer que les había causado vivirla.

"¿Pero como esperar la muerte, de alguien que aún no sabía que era la vida? ¿Qué es la muerte...?" pensó Mabel.

Pero su respuesta no llegaba, y tal vez, no llegaría hasta su propio turno de morir.

La pareja caminó lentamente hasta el centro de la plaza, levantaron la vista, y ahí estaba...

La estatua del ángel, no era de gran tamaño, pero sus formas eran bellas.

Tenía el rostro mirando hacia el cielo, una de sus manos estaba en alto, como si esperara que alguien la asiera, la otra mano estaba al lado de su cuerpo, y llevaba una flor. Sus alas estaban abiertas de par en par, sus vestiduras pulcramente blancas, y sus pies apenas salpicados con restos de lodo.

Había flores por todos lados.

No recordaba quien la había erigido, justo enfrente de la iglesia San Judas Tadeo, pero daba gracias de que estuviera ahí.

Se acercó un poco hacia la placa de bronce que estaba en el pedestal y leyó: "A la memoria de mi hija Chiara Xenia Guido, y todos lo que la amaron" 26 de Enero de 1985.

Si, recordaba la historia de esa pobre muchacha, su novio y sus amigos que habían muerto.

Pensó un momento en sus padres, y en todos los padres que habían perdido a un hijo.

Parecía que habían adoptado el lugar para sí mismos, y ciertamente, era un lugar de peregrinaje. Muchas flores frescas, otras marchitas, (y otras de las cuales poco vestigio quedaban), se entremezclaban en las manos, los pies y el pedestal del ángel.

Mabel tomó la rosa blanca que traía. Ernesto le tomó la mano, y la colocaron a los pies del ángel.

Ése simple acto, hizo que ambos estallaran en lágrimas, pues jamás creyeron que visitarían ése lugar, Pero ahí estaban, se abrazaron.

Y en el silencio, su dolor se mitigó un poco. Mirar la estatua, e imaginar a Facundo venciendo a la muerte, saliendo de la tumba, convertido en un hermoso ángel, y en su mano, una de las tantas flores que le habían depositado, les trajo un poco de esperanza.

Coincidió, que se acercó una mujer algo mayor, los miró, sonrió, y dejó una rosa; se persignó y se quedó orando en silencio, cerca de ellos.

Luego se alejó como había venido.

Se sorprendieron, cuando internamente algo de paz habían hallado en ése lugar. Mabel suspiró y se aferró más a su marido. Cada uno, recordó a su hijo de manera personal, y con auténtico amor.

Pero Mabel, aún así, se sintió vencida y lloró nuevamente.

Sabía que las cicatrices se cerrarían con el tiempo, pero iba a ser un camino arduo y penoso. Se prometió a sí misma visitar el ángel cada vez que se sintiera derrumbarse.

"Dios misericordioso, cuida el alma de mi hijo, y en tu infinita sabiduría, protégelo en el cielo, así como lo protegiste en la tierra..."

Mabel empezó a orar a su manera, mientras que Ernesto solamente miraba las alas del ángel; en un momento, empezó a llorar, pero se contuvo.

Terminaron de orar, tocaron los pies de la estatua, se persignaron y caminaron hasta el automóvil.

"¿Entender la muerte... que la muerte es un premio?, los premios no causan dolor, sólo alegría" pensó Mabel, mientras entraba a su hogar, y recordaba algunas palabras que había leído por ahí.

Mirar su casa un poco más vacía, le hacía doler todo el cuerpo, y el alma.

Por las noches, solamente tomaba unas grageas que la hacían dormir al instante.

Ernesto la besaba todo el tiempo y la abrazaba. Una noche, que las pastillas no habían surtido el efecto esperado, lo había descubierto llorando, casi sollozando, acariciando al perro, a Zimba, el único recuerdo vivo que les quedaba de Facundo.

Comprendió que Ernesto sufría a su manera, y que el sufrimiento era uno; pero, a cada palabra de esperanza, había otra palabra que la destrozaba, y todo quedaba en la nada.

Pasaron seis semanas, y Mabel visitaba la tumba de Facundo y el ángel alternativamente. Pero su consuelo llegaba cuando podía visitar ambos lugares en el mismo día.

Pasaron dos meses, y el desconcierto llegó, cuando Juan Tevi, un muchacho de 16 años, (y el que "supuestamente" había asesinado a Facundo), fue a juicio, pero quedó libre por falta de mérito, y por su edad.

Los Nantes, no asistieron al juicio, pero mascaron el dolor encerrados en la casa de unos amigos, y en ése momento se preguntaron si realmente Dios existía; y si existía... ¿Qué clase de justicia era esa? ¿Justicia del hombre? ¿El hombre no fue hecho a imagen y semejanza? ¿Entonces Dios, que clase de justicia era esa?

Silencio.

Pero Tevi, más conocido como "Puñal", no tardó en tentar a la suerte una vez más.

Los matutinos informaron luego, que un día jueves por la madrugada, un muchacho, un tal Puñal, había sido arrojado al paso del ferrocarril. Nunca encontraron a los culpables; no hubo preguntas, ni respuestas.

Pasaron seis meses más.

Fue un día que Mabel, salió del cementerio e iba tomar un taxi para dirigirse al centro de Ituzaingó. Pero en un momento, decidió caminar, y llegó hasta el centro de la ciudad de Morón y de ahí, se encontró sobre el andén del ferrocarril Sarmiento, no sabía porque estaba ahí, pero solamente estaba de pie, junto a muchas personas que esperaban abordar.

Esperó a que apareciera la formación, y subió a un vagón semi repleto de gente.

Las puertas del vagón se cerraron, y el tren empezó a moverse pesadamente.

Reacomodó su cartera; en su mano llevaba una rosa blanca para depositar a los pies de la estatua del ángel, iba pensando en su hijo y en su esposo.

Miró de reojo a un hombre que iba leyendo el periódico, y a una mujer embarazada, que iba sentada, haciendo un crucigrama.

Luego, sus ojos se posaron en un muchacho que venía leyendo un libro con la tapa ajada y llena de dobleces, "parece ser una novela de amor comprada en una barata" pensó. Miró el título de la novela: "Amor al viento".

"Una novela de amor y romance" pensó nuevamente, viendo la ilustración de la tapa, donde aparecía una bella doncella en apuros, con un muchacho fornido y bello, montando un caballo blanco.

Volteó, y vio a más personas que estaban mirando el paisaje, o durmiendo en sus asientos, una niña comiendo un alfajor, una mujer bien vestida, hablando por su teléfono celular, y un vendedor, voceando la oferta del día: dos chocolates, por una moneda.

El reflejo del sol se entremezcló por los cristales de las ventanillas. Vio varias personas que caminaban por la calle, y varios automóviles aparcados.

Suspiró, miró la rosa y sonrió.

Se escuchó un sonido extraño, que enseguida dominó el lugar, extrañamente, el tren cobró más velocidad y pasó de largo por la estación de Castelar, despeinando a todas las personas que esperaban de pie en el andén. Se escuchó el insulto de un hombre que traía una bicicleta consigo, y desde el anden, escupió al vagón, dejando una marca babosa en una de las ventanillas.

Todos miraron como se alejaban el andén y la estación; no había de que preocuparse.

"Tal vez en un servicio especial" pensó Mabel.

Los bocinazos del ferrocarril empezaron a sonar, haciendo un ruido ensordecedor, todas las personas, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y miraron hacia delante, o se miraron nerviosamente dentro de ése vagón, y en todos los vagones.

Las luces parpadearon, mientras que los bocinazos no cesaban.

A continuación, escucharon el siseo tremendo de los frenos del tren accionándose, y el tren a una mayor velocidad.

¿Qué sucede? ―preguntó un hombre delgado, el periódico del día en su mano―.

Una adolescente que iba a su lado lo miró y le dijo―: No lo sé, no...

Un ruido seco pero enorme, los interrumpió; y luego, el estruendo.

Todos gritaron, el vagón se movió como si hubiera un terremoto en su interior.

Mabel se asió fuertemente del pasamanos, pero el hombre que tenía a su lado, cayó sobre ella, y sobre el hombre cayeron muchas más personas.

El choque de metales hizo un sonido monstruoso, todas las personas, aún las que estaban sentadas, cayeron al suelo, los cristales de las ventanillas, volaron sin piedad hacia todos lados.

Mabel cerró los ojos, y lo primero que vio fue el rostro de su hijo, y recordó el lugar donde él estaba. Recordó la estatua del ángel, y su mano extendida al cielo.

Todo era confusión y terror.

Se escuchó nuevamente el sonido del choque de metales, y una fuerte explosión; todos gritaron al unísono, y luego nuevamente el silencio.

Mabel estaba ahí, se preguntó si iba a morir. Trató de respirar, pero le fue imposible, instintivamente trató de aferrarse a la vida.

Sangre, mucha sangre salpicaba todo alrededor, pero a la vez, la visión no pasaba de ser varias personas apiladas.

Una arriba de otra, y tendida a los costados, y en todas direcciones.

Gritos, silencio, dolor... muerte.

Mabel cerró los ojos, otra explosión movió todo el ferrocarril, y hasta parecía que había hecho volar el vagón de su sitio.

Todos gritaron, y empezaron a llorar cuando vieron las primeras llamas, y el humo.

Estaba todo oscuro, Mabel creyó estar nuevamente en aquel lugar donde había visto a su hijo, pero no, el dolor la alejó de cualquier pensamiento. Estaba ahí, y con ella, dos, o tres, varias personas, que lloraban o se lamentaban a su lado.

Recordó las palabras de Facundo y lloró, no quería morir, y menos, ahí, de alguna forma extraña u horrible.

Recordó que tenía un rosario en su cartera. No era un rosario costoso, era de madera. Se lo había regalado su abuela, junto a un tiovivo con hermosos caballos blancos.

Quiso mover su mano, pero el dolor le hizo soltar un alarido, no podía ver nada, parecía que estaba encapsulada en un sótano chato y olvidado; pero los gritos y lamentos que escuchaba a su alrededor, le decían que en ése sótano, donde una vez su hermana había apagado la luz, había más personas con ella, y todas con un mismo miedo.

¡Rocío, Rocío, prende la luz! ―le había gritado Mabel cuando tuvo miedo―, pero ahora, estaba en otro sótano―.

"Dios tiene maneras extrañas de revelarse" había dicho el sacerdote Novak.

Cerró los ojos, y se encomendó a Dios.

Quimera sin destino, se había iniciado.

© JESÚS ALEJANDRO GODOY

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