(Continúa)
Los dos amigos asintieron al momento.
Entonces, terminaron de acomodar el cuerpo, y los tres, cada uno a su turno, se despidieron de su amigo y maestro...
El hombre había terminado de contar la historia como lo tenía acostumbrado ya durante muchos años, miles de veces y en la misma plaza; los niños a su alrededor se quedaban boquiabiertos, cada vez que les contaba uno de sus relatos.
Si bien, el hombre era maduro, parecía no tener más de cuarenta años, pero parecía llevar dentro de sí una sabiduría extrema, propia de un anciano que había viajado por todo el mundo, y que había vivido miles de experiencias.
Uno de los niños que era un asiduo oyente, se ofreció a acompañarlo a su casa, pues el hombre, ante de sentarse en el banco de la plaza, había ido a hacer las compras al supermercado y tenía varias bolsas para cargar.
Cuando llegaron a la modesta casa, el hombre lo invitó a pasar, y como era su costumbre, atendía a todos sus invitados como si fuera único, porque no sólo era buen anfitrión sino que contaba con el respeto de toda la gente que lo conocía.
El muchacho terminó de extraer todo los víveres de la bolsa y los dejó en la mesada de la cocina, justo en ese momento, el timbre del teléfono sonó y el hombre fue a atender, mientras que el muchacho aprovechaba el momento para despedirse...
Cuando se disponía a salir de la casa, se detuvo a mirar una gran vitrina ubicada en el recibidor de la casa, su atención fue atraída por una pequeña vasija de barro que le recordó la historia del hombre; ésta, estaba bien protegida a su vez dentro de la vitrina, por una caja de madera con dos extraños símbolos tallados que representaban un pez y una cruz, el muchacho sonrió y se acercó para mirar de cerca el objeto, mientras que pensaba en las fantásticas historias que inventaba el hombre; de repente... los ojos del pequeño parecieron salirse de sus órbitas cuando alcanzó a ver una costra rojiza, pegada en el interior de la vasija de lo que parecía ser sangre coagulada, se acercó un poco más y vio que había una inscripción en el borde, apenas legible, y cuando hubo terminado de leer, miró al hombre que se acercaba tranquilamente adonde estaba el joven, puso una mano en su hombro y le preguntó: -muchacho... ¿alguna vez te he comentado como termina el relato?
-En realidad nunca, señor -respondió éste.
Se hizo un silencio abismal, el hombre miró la vasija, se le llenaron los ojos de lágrimas, apenas balbuceó, pero finalmente, empezó a hablar quedamente
-Cuando hubo resucitado, fue a la búsqueda de sus hermanos, y los discípulos le preguntaron por el destino de Juan, el más amado... y Jesús respondió "si yo quiero que él se quede hasta mi venida, no es asunto de ustedes", debido a éstas palabras, los otros discípulos se comentaban entre sí, que Juan viviría por siempre, hasta la segunda venida del Maestro...
El muchacho solamente guardó silencio, y abrió la puerta del recibidor hacia la calle, el hombre lo miró y le dijo: -cuando gustes eres bienvenido Nicolás.
El muchacho apenas podía hablar.
-Gracias Juan -dijo con el corazón acelerado.
Y se despidió del hombre sabio; ése, que inventaba relatos en la plaza del barrio.