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POLIZONTE DE ALMAS   Lista de mensajes  
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POLIZONTE DE ALMAS

La lluvia era torrencial, un aguacero sin precedentes.

La mujer alzó en sus brazos a su pequeño hijo, lo miró por última vez y lo dejó junto a unas cajas viejas por donde merodeaban ratas y cucarachas en busca de su comida diaria.

El crío lloró abriendo sus ojos, de alguna manera sabía que algo estaba sucediendo. La mujer se alejó con sus ojos envueltos en lágrimas. Su andar cansino y errante hizo que diera de lleno con un pequeño volquete repleto de basura y agua. La luna era enorme, el frío era intenso, y la lluvia casi bíblica, ése fue el primer día... el comienzo.

Las calles de Ituzaingó estaban casi desiertas, no solamente porque el frío calaba los huesos, sino porque la lluvia era incesante.

-¡¡¡Como llueve!!! –exclamaba un anciano, tomando a su pequeño nieto en brazos, mientras que se apeaba de una desvencijada camioneta para comprar algunos panes y facturas de una panadería que ya estaba cerrando sus puertas.

Eran casi las ocho de la noche de un invierno gris y oscuro.

Las calles parecían el croquis de un par de ríos rápidos de aguas tumultuosas, hasta parecía que en cualquier momento iban a saltar truchas u otros peces y los habitantes al ver esto, se sentarían en el borde de la acera con sus cañas de pescar.

-¿Abuelo...? ¿Por aquí... siempre llueve así? –preguntó el pequeño con cierta incredulidad.

Su abuelo lo miró cariño y alzó la vista y vio Avenida Rivadavia y la plaza de Ituzaingó casi bajo el agua

-No... no, casi nunca llueve así –respondió el anciano mientras que abría la puerta rebatible de la panadería, y una pequeña campana sujeta del dintel avisaba que un nuevo cliente había ingresado al local.

El niño enseguida se sintió atraído por el aroma de una bandeja repleta de masas de chocolate que estaba dejando una empleada sobre el mostrador.

La mujer miró al pequeño y con una gran sonrisa de publicidad de algún dentífrico tomó una masita del montón y la colocó en la pequeña mano del niño, que miró el bocado como si tuviera un lingote de oro puro.

Por una vieja radio colocada sobre un mostrador, el locutor de turno daba cuenta del infernal aguacero que caía sobre la ciudad de Buenos Aires y alrededores.

-"Ya a caído más de diez milímetros de agua en toda la ciudad... y para alegrar un poco este tormentoso día, a continuación... la mejor selección de tangos..." –decía el locutor-.

-"Aceites Ru-ru-ru... Rufiendo, ¡¡¡y haga sus milanesas durmiendo!!!

–decía la voz de una locutora vendiendo un aceite-.

Luego, se escuchaba una suave melodía de un bandoneón y un cantante daba cuentas del regreso a la casa de sus padres luego de un amor perdido.

El anciano se había quedado de pie dentro del local, debajo de la campanilla que daba sus últimos tintineos. Miraba a través de uno de los vidrios empañados de la puerta como los automóviles pasaban lentamente por la calles, haciendo pequeñas olas que llegaban hasta la puerta de la panadería y golpeaban en la pequeña compuerta con la que estaba protegido el acceso al local.

-¡¡¡Qué aguacero...!!! ¿No? –preguntó un hombre cuarentón y calvo que parecía salir desde la cuadra de la panadería a reacomodar las estanterías que servían de muestrario para la mercadería.

-Si es verdad... –respondió el viejo-, no recuerdo un aguacero parecido desde... El anciano miró de reojo al extraño y enseguida acalló sus palabras.

El hombre calvo lo miró sonriendo, extrajo de su delantal una cajetilla de Gold Leafe y encendió un cigarrillo, convidando uno al viejo que estaba apoyado sobre el grueso marco de madera de la puerta.

-Gracias –fue lo único que dijo el anciano tomando el cigarrillo entre sus dedos-.

-¿Qué aguacero ehh...? –preguntó nuevamente el panadero calvo mirando hacia la avenida-, yo también sé algo de ése día... señor.

El anciano no volteó, ni respondió, solamente siguió mirando la lluvia que caía.

-Si... sé de que habla, pero no crea en todo lo que escucha –continuó diciendo el hombre despidiendo una bocanada de humo-, todo es una leyenda urbana, folklore que le dicen... y usted sabe bien que Ituzaingó tiene mucho de eso.

El anciano miró al hombre que pitaba su cigarrillo rápidamente, mientras que jugaba con la cajetilla en sus manos sudorosas.

-¿Cuántos años tienes hijo? –preguntó el anciano mirando al hombre.

El panadero calvo parecía no sobrepasar los cuarenta años de edad, no era alto, pero parecía estar cortado de un árbol macizo, tal vez de un palo borracho u otro árbol de grueso tronco, pues sus brazos y sus cuello le daban una impresión de alto poderío, muy parecido al que tenía Popeye después de comer su salvadora lata de espinaca.

-Treinta y seis años abuelo... el 20 de Julio cumplo los treinta y siete –respondió el hombre con una sonrisa-.

-¡¡¡Ahhh...!!! muy buena edad –dijo el anciano.

-¿Y usted... que edad tiene? –preguntó el hombre.

-Ochenta y dos... casi ochenta y tres, mañana es mi cumpleaños –dijo el anciano.

-¿Mañana... el 2 de Julio? –preguntó el hombre, nuevamente pitando su cigarrillo-.

-Si... así es hijo –dijo el viejo.

-¿Trajo a su nieto a comprar un poco de pan? –preguntó el panadero-, mientras que miraba al pequeño que se entretenía acariciando a un gato gordo y vago que estaba panza arriba.

-Sí, así es... no lo veo seguido, porque mi hijo vive en España y viene de vez en cuando –respondió el anciano-.

-¿En España...? –preguntó el panadero casi con el mismo asombro como si le hubieran dicho que alguien vivía en Júpiter.

-Sí, mi hijo tiene una empresa en Tarragona, pero vive en Valencia –respondió el anciano-, tal vez, algún día yo también me vaya con él –agregó.

-¡¡Mire usted que bien!!! –dijo el panadero.

-Si... yo vine a la Argentina en el 37’ escapando de Franco, y jamás pensé que ahora sucedería lo contrario... por suerte mi hijo no tiene que escapar de nadie, o por lo menos espero que nunca pase algo así –dijo el anciano.

-No creo que pase algo así por aquí... pero nunca se sabe ¿vio? –dijo el panadero tocando su calva sudorosa.

Si... es verdad... nunca se sabe –susurró el anciano, y su mirada se perdió nuevamente en la lluvia-, ¿Así que usted sabe lo que sucedió en el último aguacero...?

La pregunta del anciano quedó flotando en el aire unos segundos.

-Solamente por lo que me contó un conocido de por aquí, del cual ahora no recuerdo su nombre–respondió el panadero.

El anciano siguió mirando la cortina de agua, un par de colectivos y personas que saltaban las grandes olas que éstos producían.

-Cuentos... si... solamente palabras hijo, pero es diferente cuando lo ves con tus propios ojos –dijo el anciano encorvándose un poco-.

El panadero miró al anciano, primero con cierta desconfianza, pero luego con infinita curiosidad. No parecía un viejo que estuviera hablando estólidamente, ni tampoco un anciano loco.

¿Usted vio... algo? –preguntó el panadero.

-Hijo... todas las leyendas se forman a partir de un hecho real, pero seguramente nosotros las escuchamos de segunda o de tercera mano... es como comprarse un auto usado, nunca sabrás por que lugares lo hizo rodar el dueño, ni tampoco a cuantas personas llevó, ni siquiera... si alguna vez murió alguien en su interior, sólo sabes una parte y lo que no sabes solamente lo sabe el dueño original –dijo el anciano.

-Si algo así... ¿Pero que tiene que ver con todo esto? –preguntó el panadero-.

-Yo también he escuchado muchas leyendas de éste lugar, Ituzaingó, y sobre todo del Barrio Marina: el pequeño al que todos creían un Mesías, la serpiente gigante del túnel, una extraña casa a la que mi hijo cuando era pequeño la llamaba La Casa Infernal y muchas historias más que mientras te las estaría contando dejaría de llover, habría sequía, y llovería nuevamente –dijo el anciano sonriendo de lado-.

-He escuchado las historias de Samir, la serpiente y de la casa ésa, pero no creo que sean verídicas... son todas hummmm... son todas habladurías –dijo el panadero.

-Tal vez hijo, pero no creo que lo que se habla del polizonte sean todas historias –dijo el anciano.

-¿El polizonte de almas? –preguntó el panadero.

-Si... exacto –respondió el anciano.

-¿No me diga que cree en el hombre que vaga por las calles de ésta ciudad y nace de la lluvia...? –preguntó el hombre calvo con una sonrisa socarrona.

El anciano miró al hombre que sonreía intermitentemente.

-No... hijo no creería en él, si no lo hubiera visto –respondió el anciano, limpiando un poco el vidrio empañado de la puerta de la panadería.

-¡¡Vamos... abuelo!!! –exclamó el hombre-, no es que no le crea, pero... ja, ja, ja –rió nuevamente el hombre seguido por un pequeño acceso de tos.

-Me alegro poder divertirte, hijo –dijo el anciano seriamente.

El hombre lo miró directamente a los ojos, cesó de reírse y frunció un poco el ceño.

-Disculpe abuelo, no fue mi intención...

-No importa hijo, está bien –dijo el anciano-, la mayoría a los que les cuento la historia se ríen de mí.

-No es eso abuelo, pero... es extraño que me diga esto, es la primera vez que alguien me dice que vio al polizonte –dijo el panadero.

Ambos se quedaron en silencio un instante.

Frente a la panadería, una pareja de enamorados se sentaba en el banco de una garita a esperar el próximo taxi que los llevara, quizá a algún lugar más tranquilo, debido a los manotazos casi bestiales y desesperados que se propinaban el uno al otro por todas sus partes íntimas.

-Lo vi tan claro, como estoy mirando a ésa pareja de tortolitos desesperados –dijo el anciano.

-Si, también los veo... ¿Pero está seguro de lo que me está diciendo? –preguntó el hombre.

-¿Cómo se llama el gato? –preguntó el niño, mientras que el felino se refregaba una y otra vez en sus pantalones a la altura de sus pantorrillas.

-Don Pericles –respondió el panadero con una sonrisa, mientras que el niño se alejaba con el gato, vociferando su nombre y le daba un pequeño trozo de su masa de chocolate.

El panadero encendió otro Gold Leafe y lo colocó en sus gruesos labios, aspirando inmensamente el humo.

-Hijo... no debes fumar tanto –dijo el anciano mirando el cigarrillo del hombre-.

-Si es verdad abuelo, pero bueno... ya sabe de algo hay que morirse –dijo el hombre sonriendo.

-Si... ¿Temes morir? –preguntó el anciano.

-No, abuelo... pero no creo estar preparado aún para morir –dijo el hombre-. Pero usted lo sabrá mejor que yo, cuando Dios nos llama, ya no podemos hacer nada...

-Seguro que no podemos... –dijo el anciano, sin dejar de mirar a la pareja de enamorados-.

-Pero... ¿Me contará la historia del polizonte? –preguntó el panadero-.

-Eran los años 60’. Se dice que fue un niño que fue abandonado por su madre, no muy lejos de aquí, en uno de los tantos callejones que tiene Ituzaingó –dijo el anciano-. Ése día llovía como nunca. El pequeño era un recién nacido, y su madre lo abandonó porque era producto de una relación extramatrimonial –agregó el anciano-.

-¿Un bastardo? No sabía que era un bastardo –dijo el hombre un poco extrañado-.

-Si... un pequeño bastardo –dijo el anciano dando las últimas pitadas de su cigarrillo-. Su madre lo abandonó porque su pareja que era de buena posición económica, le dijo que no iba a soportar un hijo extramatrimonial, y que si quería quedarse con el crío, que se olvidara para siempre de los lujos y el dinero...

-¿Así que lo abandonó? –preguntó el panadero.

-Si... su madre prefirió la comodidad terrenal a su propio hijo –continuó contando el viejo-. Pero como dicen que todo se paga en vida, su madre murió en un accidente ferroviario tiempo después, en un paso a nivel de por aquí.

-¿Usted conoció a la señora? –preguntó el panadero cruzándose de brazos.

-Si... la conocí. Una extraña mujer, pero parecía vivir atormentada por lo que había hecho, o por lo menos, así lo dejaba entrever entre todas las personas que sospechaban lo que había hecho con su hijo. Una tarde, simplemente se dejó caer en las vías del ferrocarril Sarmiento –dijo el anciano mirando a su nieto, que estaba jugando concentradamente con Don Pericles.

-¿Se suicidó? –preguntó el hombre mirando al anciano-.

-Así parece ser, o por lo menos eso es lo que cuentan –dijo el viejo, observando una pequeña banqueta que estaba a escasos metros de una balanza repleta de harina por doquier-.

-¿Se quiere sentar abuelo? –preguntó el panadero.

-Si hijo, por favor, mis huesos ya no soportan mucho el peso de mi carne... además éste saco que traigo es muy pesado –dijo el anciano sonriendo-.

El hombre le alcanzó la banqueta al anciano, que se mantenía en pie un poco vacilantemente.

El viejo la miró y se sentó sobre ella haciendo crujir la madera con un sonido seco. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó un poco el sudor de su frente.

-¿Se siente bien abuelo? –preguntó el panadero.

-Si hijo... es que he tenido dolencias... gástricas... digamos, desde hace un tiempo –respondió el anciano-.

El anciano bajó su mirada y miró de reojo a su nieto, que estaba enseñándole algún tipo de truco al gato, porque éste estaba parado en sus patas traseras siguiendo atentamente con la mirada algo que el niño tenía escondido en una mano.

La lluvia seguía cayendo incesantemente, parecía que en cualquier momento iba a aparecer Noé con su arca a llevarse a Don Pericles con alguna compañera de su especie.

-Parece saber mucho de la historia del polizonte –dijo el panadero, tocándose la calva.

-Si hijo, un poco, pero en realidad no te he contado todo aún –dijo el anciano mirando fijamente al hombre.

-¿Pero usted sabe todo esto de primero mano? –interrogó el hombre al anciano casi inquisitivamente-.

-Si hijo, las personas hablan siempre tácitamente de éste asunto y hasta algunas veces inventan lo que no saben –dijo el anciano un poco agotado y hasta parecía que de su pecho se oía un pequeño gorgoteo-. Pero en realidad en una noche muy parecida a ésta, y con un aguacero idéntico al que estamos viendo, yo vi al polizonte...

El panadero se acuclilló al lado del anciano y lo escuchó con toda atención.

-Yo era un adolescente, había ido a dejar a mi novia por ése entonces a un barrio no muy lejos de aquí, Barrio Marina...

-Si, paso por ahí de vez en cuando –dijo el hombre.

-Bueno... cuando los dos nos apeamos de mi viejo Citroen, corrimos hasta la entrada de la casa de mi novia y empezamos a besarnos como una pareja que no se vería nunca más –dijo el anciano-, y a continuación tuvo un fuerte acceso de tos. Un pequeño hilo de baba le corrió por la comisura de los labios.

Enseguida el panadero fu en busca de un vaso de agua que trajo a toda prisa y lo colocó en la temblorosa mano del viejo.

-¿Estas bien abuelo? –preguntó su nieto, con las cejas arqueadas y sus pupilas inmensamente dilatadas-.

-Estoy bien hijo, no te preocupes, es solamente que tu abuelo está un poco cansado, nada más –dijo el anciano, acariciando el flequillo de su nieto-.

A continuación tomó un sorbo de agua y suspiró un poco. El pequeño se alejó flanqueado por Don Pericles, ambos estaban buscando algo que se había caído bajo una de las estanterías.

Miró al panadero que se había acuclillado nuevamente a su lado y encendió otro cigarrillo.

-Enseguida te cuento el resto de la historia hijo –dijo el anciano.

-No abuelo... no es necesario, solamente le preguntaba por curiosidad –se justificó el hombre.

El anciano pareció hacer arcadas, pero enseguida se compuso. Inhaló como si fuera la primera vez que respiraba y se irguió en la banqueta.

-Esta bien hijo... disculpa, es que a veces me quedo sin aire –dijo el anciano con una semi sonrisa-.

-No hay problema abuelo...

-Te decía que estaba con mi novia de entonces y vimos a una mujer mayor de edad que se acercaba por la acera. La mujer estaba completamente empapada y sus zapatos hacían un sonido parecido a un chasquido de dedos pero más audible... miramos a la mujer casi con desinterés y seguimos besándonos. Pero nos alertamos cuando la mujer cayó pesadamente al suelo, su rostro se había hundido en una zanja que se había formado donde la acera tenía una gruesa rajadura.

Nos asustamos, yo corrí hasta donde estaba la mujer y mi novia fue a llamar a su padre. Traté de levantar el cuerpo de la mujer, pero parecía estar inerte... muerta. Con todas mis fuerzas pude dar vueltas el cuerpo, y noté que la mujer tenía el rostro contraído, y una de sus manos estaba colocada directamente arriba de su pecho

-¿Estaba muerta? –preguntó el hombre.

-Si... estaba muerta –aclaró el anciano-. O eso creía; de repente, la mujer abrió la boca, y los ojos, yo salte hacia atrás como si tuviera resortes en mis zapatos. El agua me estaba empapando por completo. La mujer me miró, estiró su brazo como si quisiera tocarme, y empezó a convulsionarse como si una corriente eléctrica le estuviera recorriendo el cuerpo –agrego el anciano y tomó otro sorbo de agua-.

-Luego, de sus ojos y su boca, empezó a salir agua...

-¿Agua? –preguntó secamente el panadero.

-Si... agua, de un color azul profundo, era un color que parecía tornasolarse con las gotas pulsátiles de agua que caían sobre la mujer. En un santiamén, el agua, o lo que fuera que salía del interior de la mujer, formaron una figura humana que estaba de pie a mi lado. Era la figura de un hombre alto, lo bastante como para que yo lo mirara alzando la vista. Los ojos de esta cosa era como dos esmeraldas que brillaban en la oscuridad. No tenía boca, ni orejas, solamente esos dos ojos que brillaban sin parar...

-¿Abuelo...? ¿Es verdad lo que me está contando? –preguntó nuevamente el panadero con un poco de cobardía-.

-Si hijo, es la pura verdad –afirmó el viejo.

¿Y luego... que sucedió? –preguntó nuevamente el hombre, pero totalmente ensimismado en lo que contaba el viejo-.

-El hombre o la cosa ésta formada por el agua, solamente me miró, sus ojos centellearon en la noche y retrocedió como si me temiera, parecía ser asustadizo como un venado frente a un cazador. Pero no tuve miedo, parecía ser un ser perdido, solitario, hasta tuve ganas de invitarlo a tomar un café –dijo el anciano y sonrió-, luego, simplemente se confundió entre el aguacero y desapareció entre el agua de lluvia –agregó ante la mirada atónita del hombre calvo-.

-Es increíble lo que me cuenta –dijo el panadero con expresión de asombro-.

-Si... hijo, dicen que lo llaman el polizonte de almas porque fue un bebé abandonado. No llegó a vivir lo suficiente, y el tiempo que vivió lo vivió bajo la lluvia y murió bajo ella ahogado. Tal vez su vida terrenal habrá durado horas o segundos nadie lo sabrá. Pero lo cierto es que dicen que por alguna razón, éste ente renace de tanto en tanto bajo un aguacero como éste, para vivir lo que nunca pudo y tal vez, para buscar a su madre. Y siempre bajo una lluvia infernal como ésta

–dijo el anciano señalando la puerta de la panadería-, y de tanto en tanto también vive en las personas que solamente él sabe que pronto morirán, y así vive un poco la vida que le fue arrebatada, pero es un fantasma que vaga entre algún mundo y éste –dijo finalmente el anciano-.

-Mire usted... para mí no deja de ser una leyenda un poco terrorífica –dijo el panadero sonriente-.

-Si, como te he dicho antes Francisco, tal vez sea una leyenda, pero bueno, solamente te he contado lo que vi... –dijo con recelo el anciano-.

-Está bien ... no hay problema, lo que suceddd... ¿Cómo sabe mi nombre? –preguntó el hombre secando su calva-.

Miró al anciano directamente a los ojos.

Y vio cuando los ojos del viejo centellearon como dos esmeraldas, y de su boca salía un hilo de agua azul profundo...

-Luego dicen que de la boca y que de los ojos del viejo, salió el polizonte de almas y se introdujo silenciosamente pero rápidamente por los ojos del panadero calvo –dijo el muchacho-.

-Ayyyy ¡¡¡Vamos... no me asustes estúpido!!! –dijo la joven entre sonrisas-, sabes que después tengo pesadillas.

Ja, ja, ja, ja rió, casi vehementemente el joven.

-No seas tonto Aníbal... ¿por qué me cuentas esas cosas raras?

–preguntó su novia con un gesto casi de súplica-.

-¡¡¡Es verdad Carolina...!!! Mira, todo sucedió en la panadería de aquí enfrente, me lo contó mi abuelo... me dijo que pasó allá por los años 70’, antes de que empezara la Dictadura en Argentina. Hasta me dijo que la policía no quería remolcar la vieja camioneta que estaba estacionada en la acera de la panadería –dijo el joven con total seguridad-.

-¿En serio? –preguntó la joven con total terror-.

-Si... mi abuelo me contó que encontraron al anciano muerto sentado en una banqueta, un gato, un niño y una empleada de la panadería, todos muertos... ahogados –dijo el muchacho-, pero lo más extraño es que luego, el único acusado por los supuestos asesinatos se suicidó en la celda de la comisaría, y ése día dejó de llover...

-¿El hombre calvo... el panadero se suicidió? –preguntó la joven tomándose de la chaqueta de su novio-.

-Si, el panadero se suicidó –asintió el joven-. Luego la panadería fue cerrada para siempre, y algunos dicen que aún sus fantasmas rondan por el lugar –agregó con voz gutural-.

-¡¡¡Ayyyy noooo!!! Por favor Aníbal, no por favor, fantasmas no

–dijo la mujer con súplica extrema-.

-Está bien cariño, tampoco es para tanto... –dijo el joven abrazando a su novia que ya estaba sollozando-.

La joven miró hacia la panadería. Ésta tenía todas las ventanas tapiadas con maderas. La persiana central de la fachada estaba completamente oxidada y aún se podía ver debajo del óxido, un color grisáceo, que parecía haber sido también el color original de la fachada.

-¿Estás seguro de lo que me éstas contando? –preguntó la joven asustadiza-.

-No lo sé cariño... sólo es una historia... una leyenda urbana

–dijo su novio con una sonrisa-.

La mujer pareció calmarse.

Enseguida apareció un taxi bajo el aguacero, y frenó frente a la garita. La pareja subió al taxi sin poder evitar que la lluvia los empapara mientras abrían la puerta del automóvil.

La joven miró de reojo la panadería una vez más. Pareció escuchar un leve tintineo, como una campanilla y abrazó a su novio.

-Amor, es sólo una historia más... como las historias de Samir, la serpiente gigante del túnel o la casa infernal... sólo historias –dijo el joven sonriendo-.

-¿Adonde vamos? –preguntó el chofer del taxi-.

-A Barrio Marina por favor, Casacuberta y Bernardez –dijo el joven.

El taxi arrancó suavemente y se perdió bajo el aguacero.

© JESÚS A. GODOY


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Lun, 11 de Jul, 2005 4:11 pm

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POLIZONTE DE ALMAS La lluvia era torrencial, un aguacero sin precedentes. La mujer alzó en sus brazos a su pequeño hijo, lo miró por última vez y lo dejó...
Jesús Alejandro Go...
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11 de Jul, 2005
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POLIZONTE DE ALMAS La lluvia era torrencial, un aguacero sin precedentes. La mujer alzó en sus brazos a su pequeño hijo, lo miró por última vez y lo dejó...
Jesús Alejandro Go...
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30 de Ago, 2005
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