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13 de ENERO 1985
Era un día domingo, retornaron a la seccional cerca de las tres de la madrugada, todos estaban exhaustos, pero Nicolás se sentía morir, después de todo lo que había visto.
Goliat y Cujo se retiraron enseguida, con la promesa que al día siguiente, tomarían el servicio por la mañana.
―Goliat... Cujo, mañana tómense el día libre, quiero ver sus feos rostros, recién el martes por la mañana, no antes ¿entendido? ―dijo Nicolás.―Si jefe ―dijo Goliat. Pero Cujo lo mir
ó sin estar de acuerdo.―
¿Qué sucede Cujo? ―Yo, quiero venir ma
ñana ―dijo, casi con un lamento. ―Bueno Cujo... como quieras, ma
ñana a las seis de la mañana te quiero aquí, en el mostrador con Lu ―dijo Nicolás, como para espantar al muchacho, pero Cujo lo miró y sonrió―. ―
¡Si jefe! ―dijo Cujo―. Nicolás bajó la cabeza y sonrió. ―
¡Está bien... tú ganas... compañero ―dijo Nicolás. Cujo ya era parte de la familia, y no podía dejarlo a la deriva, Nicolás sabía que podía confiar en él.
Todos se despidieron. Nicolás entró a la seccional y como siempre, se dejó caer en el sillón del vestíbulo.
―
¿Alguien llamó Lu? ―preguntó Nicolás. ―No jefe... pero el departamento de la polic
ía científica, encontró una carta a su nombre, en el vehículo de... ―Laura miró sus anotaciones―, la señora Fumagally ―respondió, y le dejó en su mano, una carta abierta, rugosa y con el sobre seriamente marcado por dobleces. ―Me llam
ó Karina... y me dijo que ellos la abrieron, para constatar la documentación encontrada con el deceso de la señora, la enviaron aquí ayer por la tarde,
casi media hora después de se fuera ―agregó Lu. Nicolás miró el frente, decía: "Al Señor Nicolás Cernadas", en el dorso del sobre, no había remitente.
―
¿Estás segura que encontraron éste sobre en el vehículo de Fumagally? ―preguntó. ―Si jefe, me lo dej
ó ayer Karina en persona. Lo revisaron, y encontraron las huellas de la mujer en todo el papel, el documento no está alterado y encontraron la máquina de escribir dónde suponen que mecanografió el documento... en la máquina, también encontraron sus huellas ―explicó Lu. Nicolás suspiró, y se pasó la manga por la frente. Estaba todo sudado, y con la piel pegajosa; tenía olor a transpiración y le dolían los pies.
Caminó lentamente hasta su oficina, se sentó en el sillón y encendió un Gold Leaf, dejó el sobre arriba del escritorio y se refregó los ojos.
Ya no quería hacerse más preguntas sin respuestas, solamente inclinó su cuerpo; tomó el sobre, extrajo el papel, lo desdobló y vio que la carta estaba mecanografiada en un papel con el membrete de la empresa Transporte Internacional Abelardo Gómez, fijó la vista y empezó a leer.
Ituzaingó 6 de enero de 1985 Estimado Nicolás Cernadas.
Le escribe la señora María Lucrecia
Fumagally.
Me tomo el atrevimiento de escribirle éstas líneas ya que formé parte de la empresa que figura en membrete, actuando como su contadora general, y apoderada.
En los próximos días, será de su conocimiento, que el señor Abelardo Gómez, decidió poner fin a su vida en el de día de la fecha, en la República de Brasil, más precisamente en Porto Alegre.
Desde su creación y durante más de (20) veinte años, he participado y llevado adelante los negocios de Transportes Gómez, es por eso que también, durante más de 20 años, he sufrido la maldición de guardar un secreto que me ha carcomido el alma y el corazón, desde que supe del trágico fin del señor Armando Bremer, de su hijo Rodrigo Bremer, y de la señora Nuria Gómez.
Cómo será de público conocimiento en los días venideros, el señor Gómez, decidió dar a luz estos sucesos antes de tomar tan trágica decisión.
No expondré en ésta carta, la situación de las desapariciones de los Bremer y de Gómez, solamente le diré que yo financié con conocimiento de causa, el destino de éstas personas, a pedido del señor Gómez, y sus intereses, cosa que él, expuso de puño y letra en una carta, que según se me ha informado, está en posesión de uno de sus hijos.
Dejo asentado que escribo éstas líneas, con total dominio de mis facultades mentales y corporales, y decido poner fin a mi vida, sin ningún tipo de medio, ayuda, u intromisión externa.
Es mi anhelo más preciado, recibir el juicio de Dios en éste momento, y no, el juicio de los hombres.
Tengo la última necesidad de decirle, que ésta misiva es dirigida a usted, sin conocimiento de su persona, y por intermedio de Tiago, que es el único ser, que trató de persuadirme, de una decisión ya tomada.
Sin más, saludo a Usted Atentamente.
Fumagally, Lucrecia María
D.N.I: 4.356.657
Nicolás leyó y releyó la carta, se refregó los ojos con las dos manos y bajó la cabeza.
―Por Dios ―murmur
ó y se puso de pie, caminó por la oficina, tomó la carta una vez más, empezó a leerla, pero la dobló y la volvió a guardar en el sobre. Miró el cielo raso, se colocó la chaqueta y salió de la oficina a paso cansino.
(Continuará)
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY
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