Páginas (74, 75, y 76)
Se quedaron en silencio. Nicolás se pasó las manos por los ojos, se sentía impotente, al no poder hacer nada ya.
―
¡Cernadas ven a ver esto! ―gritó AllendeNicolás miró hacia el lugar, y se encaminó rápidamente hacia el hoyo.
―
¿Qué sucede? ―preguntó Nicolás colocándose en cuclillas―. ―Mira ―dijo el doctor extendiendo un par de papeles
ajados―.
Nicolás los asió con cuidado, pues parecían disolverse al tacto, pero resultaron ser papeles lo bastante resistentes, como para dejarse leer aún.
―
¿Sus documentos? ―preguntó. ―Los enterraron con todos los documentos ―asinti
ó Allende, sentado sobre el baúl delantero del automóvil. Nicolás enseguida abrió la primer hoja y leyó trabajosamente
―Armando... ―hab
ía algo más escrito ilegible―, Armando Bremer...
―dijo Nicolás, y miró al médico. ―Abri
ó el otro documento y leyó... Nuria... Nuria Gómez ―leyó Nicolás, se quedó en silencio y suspiró. Se pasó la manga de su chaqueta y se secó el sudor.
Caminó hasta donde estaba dispuesto el esqueleto del niño y se acuclilló en la orilla del agujero, mientras los médicos legistas y los perimetristas hacían su trabajo.
Miró la calavera del niño. Tenía un impacto de bala en la sien, tal cual le había contado la madre del "perro".
―
¿Por qué te asesinaron? ―murmuró Nicolás mirando la calavera del niño―. Allende movió el esqueleto del hombre y llamó a Nicolás
―: ¡Mira Cernadas! ―gritó. El esqueleto del hombre tenía atadas las manos a su espalda, al igual que el esqueleto de la mujer, signo de que habían sido asesinados tal vez dentro del automóvil, y luego enterrados en el lugar.
―
¡Por Dios...! ―murmuró Nicolás―. Que Dios se apiade del alma del viejo Gómez ―agregó. Ya no había nada más que hacer, habían pasado veinte años de los asesinatos, y el culpable estaba muerto... ¿Qué podían hacer...? más que extraer los cuerpos de ése tétrico lugar y darles cristiana sepultura.
Esperaron alejados del lugar, hasta que los bomberos retiraron los tres cuerpos; los colocaron en bolsas, y los trasladaron a la camioneta morguera.
Los hombres se sintieron algo turbados, cuando recolectaron los huesos del niño y los colocaron en la bolsa, pero ya no había nada más que hacer.
Los obreros abrieron un hoyo más profundo en dirección a la parte frontal del automóvil.
Voltearon una de las paredes, y entraron el autobomba, ataron el extremo del cable de acero de uno de los malacates, y removieron trabajosamente el
vehículo del lugar.
Era exactamente el automóvil que dona Mercedes le había descripto, los bomberos cortaron las oxidadas puertas con tijeras neumáticas e ingresó Allende a examinar el interior del vehículo, que ya estaba casi enteramente corroído por el óxido, la humedad, y la propia descomposición de los cuerpos que había perforado todo el tapizado y partes de la luneta y el recubrimiento de las puertas.
El médico y uno de sus ayudantes examinaron el interior del vehículo, pero no encontraron nada más... eso era todo.
Nicolás miró a su alrededor, ya habían finalizado con todas la tarea, los linyeras miraban incrédulamente el lugar, y no creían que hubieran estado conviviendo diez años de sus vidas, con tres cadáveres enterrados a casi dos metros de profundidad de sus pies.
―
¿Me puedo quedar con
esto? ―preguntó uno de los linyeras señalando en cartel―. ―Si... no hay problema ―respondi
ó Nicolás―. ―
¡Que bueno... lo venderemos...! ¿No Polo? ―le preguntó a su compañero―. ―
¡Claro que sí, claro que sí! ―exclamó, al tiempo que lo levantaban trabajosamente y lo daban vuelta, dejándolo caer con un ruido que retumbó dentro del edificio. Nicolás notó
que había unas inscripciones en el cartel y se acercó a él, lentamente. Estaba en algunas de sus partes, con restos de lodo pegado, y caminaban pequeñas cucarachas por toda la superficie.
―
¡Goliat... ayúdame con algo! ―dijo Nicolás. Su compañero lo siguió y llegaron al lado del cartel, ante la atenta mirada de los dos linyeras.
―
¿Qué sucede Nicolás? ―preguntó Goliat. Se arrodilló, y empezó a extraer grandes costras de barro seco, que permanecía pegado sobre la superficie, pidió una pala, y empezó a despegar el barro y el óxido, con la ayuda de
Goliat.
Cuando quedó al descubierto la leyenda, Nicolás sólo pudo guardar silencio. Se pasó la mano por la frente y por sus ojos; se colocó en cuclillas y suspiró, mirando una vez más el cartel y su leyenda: "Transporte Internacional Abelardo Gómez... Use lo mejor, use TIAGO"
Nicolás se tapó los ojos con las manos, se puso de pie y miró la cicatriz que había quedado en el suelo.
"Ya todo terminó Rodrigo" pensó, y cerró los ojos.
(Continuará)
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY
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