(Páginas 63, 64, 65, 66)
―
¿Rodrigo Bremer? ―repitió Nicolás―.―Sí... lo extraño, es que al mismo tiempo, desapareció la esposa de... Abelardo Gómez: Nuria Gómez.
―
¿Abelardo Gómez? ―preguntó Nicolás, frunciendo el ceño―.―Si jefe; Velisario, me comentó que Armando Bremer era el socio de Gómez, y que su sociedad terminó, cuando Gómez decidió instalar su empresa en Brasil―.
―¿En Brasil? ―preguntó Nicolás sorprendido.
―Si... su decisi
ón la adujeron a todo lo que había sucedido, y el "shock", que le había causado la desaparición de su esposa, su mejor amigo y su hijo... ―
¿Hubo detenidos o sospechosos? ―preguntó Nicolás. ―Sospecharon por un tiempo de G
ómez, pero no pudieron encontrar pruebas en su contra, ya que tenía una coartada que fue avalada en su momento por... Lucrecia Fumagally ―
¿Fumagally? ―preguntó Nicolás más sorprendido aún. ―Si jefe, la mujer que encontramos ahorcada. Velisario me dijo que Fumagally era la apoderada de Transportes Abelardo G
ómez... Nicolás suspiró, se pasó las dos manos por su cabello azabache.
Goliat miró a Nicolás.
―Jefe, los datos que usted me dio, co
rresponden a un posible triple asesinato con desaparición sucedido un seis de enero, pero de mil nueve sesenta y cuatro. ―
¿Mil novecientos sesenta y cuatro? ―preguntó Nicolás. ―Me lo confirm
ó Velisario que está hace más de veinte años prestando servicios en la seccional de Hurlingham; hasta le pareció extraño que yo fuera a preguntar por un caso tan puntual, y que supiera tantos detalles... ¿Nicolás... que está sucediendo? El policía miró a su compañero, tenía todas las intenciones de relatarle lo que le había contado la madre del "perro" González, y Luciano Gómez, pero no se sentía con ánimos de hablar sobre una historia tan descabellada, como la que estaba viviendo.
―Goliat, quiero que hagamos un peque
ño viaje, hasta un edificio que está cerca de la ruta catorce ―dijo Nicolás. ―
¿Qué? ―preguntó Goliat extrañado. ―Ven, vamos.
―
¿Ahora... ahora mismo? ―preguntó Goliat. ―Si Goliat, ven conmigo, necesito que me ayudes con todo esto, porque creo que voy a enloquecer en cualquier momento ―dijo Nicol
ás―. En realidad, quería tirarse al suelo, y girar como la hacía Curly de Los Tres Chiflados, ya no podía hilvanar las ideas, metió la mano dentro de su chaqueta y tomó media pastilla, que le había dado Allende.
Caviló unos
minutos sobre lo que le había relatado la madre del "perro", el hijo de Gómez, y el mismo Goliat. Tenía una corazonada, pero no quería quedar como un estúpido delante de toda su gente, si era que no estaba en lo cierto.
Pero no era momento de echarse atrás.
―Goliat, llama a los bomberos, a Allende, a los perimetristas, la camioneta morguera y haz que traigan una camioneta de obra civil con todo el equipo tambi
én ―dijo Nicolás, ante la mirada azorada de su compañero. ―Bien jefe... ―dijo Goliat, y fue a dar a
viso a todo el equipo. Nicolás se encaminó hasta su automóvil, y mientras se acomodaba, escuchó un pedido harto-conocido.
―
¿Puedo ir con usted? ―preguntó Cujo apretando su libro. ―Vamos Cujo ―dijo Nicol
ás. Cujo tenía una sonrisa que parecía salirse de su rostro. Nicolás estaba cavilando sobre lo que encontraría en el lugar, pero ya tenía la certeza de que no iba a ser algo agradable.
Partieron de la seccional cuando todo el equipo se presentó.
Nicolás le había pedido a Goliat que condujera en todo el camino, y fue en el trayecto que duró poco más de dos horas, que Nicolás sintió el efecto de la gragea que le había dado el médico, y cayó en un profundo sueño.
La noche anterior no había descansado del todo bien, y ése pequeño sueño reparador, le sirvió un poco
para reacomodar sus ideas.
Lo despertó Goliat, zamarreándolo de uno de sus hombros.
―
¡Nicolás... jefe... llegamos! ―dijo el gigante. Nicolás abrió los ojos miró a su derecha, y se vio rodeado de descampados, en uno de los lotes cercanos, había varios vagones oxidados y una locomotora vieja, descarrilada.
Lejos de ahí, un par de caballos pastando, y más descampado.
Escuchó ladridos y volteó; notó que a poco más de cuarenta metros de dónde se encontraban, se levantaba un enorme edificio de un color amarillo opaco, con marcas negras de agua de lluvia y desgastado por el tiempo.
Había varios edificios pequeños que le hacía suponer a Nicolás, que la construcción había sido titánica en sus
años gloriosos. El edificio de seis pisos, sobresalía sobre las construcciones que tenía alrededor: dos edificios pequeños (a comparación del mayor), oficinas destartaladas, varios playones de concreto resquebrajado y llenos de pastizales; detrás de ellos, varios vagones oxidados como gigantes muertos.
Cujo bajó del automóvil y señaló el edificio.
―
¡Ése es edificio que le había dicho jefe! ―exclamó. Nicolás se apeó del vehículo casi tambaleándose, aún sentía los efectos de la gragea, pero se sentía mucho mejor.
―Si lo veo Cujo...
¿cómo conocías éste lugar? ―le preguntó, mientras que Goliat bajaba
del vehículo, y escudriñaba todo el lugar. ―Una vez, hace muchos a
ños atrás, cuando éramos chicos, mi papá nos trajo a Jeremías y a mí, y luego vine varias veces a acompañarlo, pues él tenía negocios con el viejo Gómez ―dijo Cujo sonriente―. ―Si... cierto ―dijo Nicol
ás. ―
¿Vamos jefe? ―dijo Goliat. ―Si vamos...
Les avisó a los hombres de todo el equipo, que les haría una seña para ingresar, no quería que nadie se exponga a riesgo inútiles, en caso de que el lugar estuviera habitado por ladrones, o cayeran en el medio de un lugar que servía como "escondite"; todos
los hombres asintieron y se quedaron en sus lugares.
(Continuará)
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JESÚS ALEJANDRO GODOY__________________________________________________
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