(Páginas 36, 37, 38 y 39)
A Nicolás le pareció muy extraño ése pedido, pero accedió inmediatamente, pues no tenía razones para tildar de insana a la mujer.
―Puede contar conmigo do
ña Mercedes ―dijo Nicolás.―
¡Ayyy hijito... yo sabía que así sería... gracias, gracias! ―exclamó la mujer, ante la mirada atónita del policía―.―Yo tambi
én le tengo que pedir un favor doña Mercedes ―dijo Nicolás, pero al segundo se arrepintió de sus palabras; no quería ofuscar a la vieja con su pedido, y si ésta le llegaba a comentar algo a su hijo, aunque sea mínimo, Nicolás pasaría a la historia en menos de un segundo.―No, no... dime hijo cualquier cosa que desees, no te olvides que yo estoy en deuda por lo que hicieron ―dijo la mujer tomando la mano de Nicol
ás, con un temblequeo más agudo aún.―Do
ña Mercedes... mmm... lo único que le pido es si me puede responder algunas preguntas que tiene que ver con su "accidente" ―disparó Nicolás. La mujer lo miró y bajó la cabeza; sabía que el policía seguramente ya estaba al tanto de la verdad de su caída dentro de la bañera.―Hijo... Nicol
ás... ―empezó a decir la mujer―, yo; ya soy una mujer muy vieja, el mes que viene cumpliré ochenta y cinco años, y sólo Dios sabe si veré ése día, no tengo nada que ocultar, y menos a ésta altura... puede preguntarme lo que quieras ―dijo la mujer―, tomó muy lentamente un vaso con agua de una pequeña mesa junto a su cama, apenas bebió un sorbo, tosió apaciblemente y lo dejó nuevamente en el lugar―.―Do
ña Mercedes... sé, que lo que sucedió no fue un accidente... ¿qué pasó en realidad? ―preguntó Nicolás directamente―. Sabía bien, que sus preguntas no solamente le podían costar el puesto, sino también todo su carrera, por eso cuando hizo esa pregunta, tomó de la mano a la mujer, para darle a entender que trataba de comprenderla.―Nicol
ás... hijo ―la mujer suspiró dando un pequeño gorjeo con su pecho y alzó la vista―; hijo, ha pasado algo, algo muy... muy malo... muy malo, y yo soy una de las personas que tuvo que ver con eso ―dijo, y se puso la mano en la frente en signo de arrepentimiento―.―
¿Qué pasó ahí, dentro de su casa? ―preguntó Nicolás.―Mira hijito, yo tengo tres hijos, uno que ya conoces: Fabio; uno que vive en el exterior, y otro que vive cerca de
ésta casa, que me compró Fabio hace poco días... para una madre los hijos siempre son pequeños, y siempre van a necesitar de uno, aunque las cosas que les digamos les caigan como una piedra en el estómago ―dijo la mujer y sonrió. Nicolás sonrió también y sacó su libreta para tomar nota de lo que el pudiera decir la mujer; ésta, miró la libreta con recelo.―No se preocupe do
ña Mercedes, ésta libreta la llevo siempre conmigo... no se preocupe, nadie la va a leer, solamente yo ―dijo Nicolás para tranquilizar a la mujer―.―Est
á bien hijo... voy a confiar en lo que me dices, pero por favor, te vuelvo a pedir que no me tomes por una loca... por favor ―suplicó nuevamente la anciana―, y por favor, que no entere mi hijo... Fabio González.Nicolás hizo silencio, pero enseguida dijo
―: No se preocupe abuela, no lo va a saber ―dijo Nicolás y sonrió.Se hizo un pequeño silencio amable.
―
¿Tienes hijos Nicolás? ―preguntó la mujer.―No se
ñora... aún no, pero tengo una novia que se llama Karina, y ya estuvimos hablando de éste tema ―sonrió; sacó la billetera de su chaqueta y le mostró a la mujer una foto tipo carnet de su novia. La mujer se colocó una gafas que llevaba anudada al cuello con un cordón extremadamente largo, y miró la fotografía muy de cerca.―
¡Pero que bella señorita! Te felicito... ―dijo la mujer y le retornó la fotografía. Nicolás se sintió más distendido; hasta cierto punto, esa mujer tendida en la cama le daba lástima, y no quería caerle groseramente con miles de preguntas que le podrían llegar a causarle algún mal mayor del que ya tenía, inclusive hasta llegar a deschavetarla; pero sabía también que si no se arriesgaba, no obtendría ninguna respuesta para empezar a armar ése extraño rompecabezas.―Do
ña Mercedes... necesito saber que fue lo que sucedió ―hizo una pausa y tomó valor―. ¿Por qué razón una señora como usted querría quitarse la vida? ―preguntó Nicolás directamente, mirando a la mujer que escuchó al policía, tocándose la frente con su mano temblorosa―.―Hijito... Nicol
ás... ―la anciana suspiró―, cargo con una culpa muy grande en mi alma y en mi corazón, desde hace muchos años; y ya, llegó el momento de pagar por mis culpas, y hablar al fin de todo lo que vi...―
¿Qué fue lo que sucedió abuela...? ¿Qué fue lo que vio?―Un asesinato hijito... un asesinato...
8 de ENERO de 1985
Jeremías Méndez cerró de un golpe la puerta de la oficina de Nicolás, y salió a paso rápido por el pasillo de la seccional, maldiciendo a todos los planetas del universo, a todos los agujeros negros y a Einstein; realmente quería acogotar a Nicolás, y que muriera dando sus últimos estertores en sus brazos, y si no hubiera sido por su hermano que había interrumpido la disputa, creía firmemente que iban a terminar la charla a los puñetazos; no soportaba, y no quería ver a Nicolás ni un instante más al mando de la seccional; su idea en ése momento, era reemplazarlo con alguno de sus conocidos o amigos de la fuerza.
Hasta ya estaba saboreando el momento cuando le dijera en pleno rostro que quedaba cesante. Rió un momento y se acercó al vestíbulo, pensó por ése momento, que su plan estaba andando "sobre rieles", pues ahora tenía un fuerte motivo para echar a Nicolás de su puesto.
Y era eso, lo que justamente Méndez quería lograr con toda esa discusión que instantes antes se había desatado; y, además, ahora que estaba al tanto que había rescatado a la madre de González, podía poner en juicio su conducta, y así desmerecer ése acto.
Lu, estaba completando unos papeles, cuando le sacó de un tirón, el tubo del teléfono que sostenía en el aire, esperando por una respuesta.
―
¡Hola! ―gritó por el tubo, pero enseguida su rostro cambió por completo; se tomó del escritorio e hizo un gesto de disgusto con sus labios―.―Si se
ñor... si señor, pero no puedo hablar de aquí, en un momento lo llamo ―dijo por el tubo, y lo dejó con un golpe seco en el mostrador, y salió rápidamente de la seccional, en dirección al municipio―.Cuanto ingresó, estaba Rogelia tratando de levantarse de su asiento para atender al cartero, pero el intendente tomó la correspondencia, firmó una papeleta y la arrojó sobre el escritorio del la mujer sin decir palabra alguna, entró a su oficina, y dio un potente portazo.
Discó apresuradamente un número de teléfono y esperó a ser atendido.
―Hola... si, con Fabio Gonz
ález por favor... de parte de Jeremías Méndez ―dijo el intendente.―
¿Hola...? Si señor... si señor ―carraspeó un poco―.―Perd
ón... ¿Cómo dijo? ―exclamó Méndez.―Pero quiero que sepa que Cernadas es un insurrecto... reci
én tuve una... No señor... No Fabio, no lo estoy contradiciendo... solamente es que éste muchacho... Si, lo escuché señor... si señor... si... enseguida salgo para allá ―dijo y cortó la comunicación―.Golpeó el escritorio con su puño, y maldijo a toda voz. Caminó hasta la pequeña barra que tenía en su oficina, y se sirvió una medida de whisky.
Se tocó los bigotes y se miró a un pequeño espejo que tenía colgado en ángulo en la parte inferior del escritorio, practicó una sonrisa forzada y se puso de pie. Se reacomodó dentro de su saco y salió de su oficina rápidamente.
―Ya vuelvo Rogelia... a cualquiera que llame, dile que estoy en una reuni
ón ―dijo, y salió del municipio.Se subió a su Chevrolet Camaro negro, y salió del lugar a toda velocidad, dejando una estela de humo blanco.
(Continuará)
©
JESÚS ALEJANDRO GODOY
1GB gratis, Antivirus y Antispam
Correo Yahoo!, el mejor correo web del mundo
Abrí tu cuenta aquí