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(Páginas 33, 34, 35 y 36)

Por la tarde, todos estaban muy tranquilos. Nicolás estaba esperando un nuevo llamado del niño adivinador, y se mantenía expectante.

Goliat entró a la oficina y se sentó frente al escritorio.

―Jefe... ¿Qué es lo que le preocupa? estamos almorzando algo, Lu compró algunos sándwichs de miga ―dijo, y le ofreció un par de sándwich de jamón y queso.

―No... te agradezco Goliat, pero estoy pensando en éstas llamadas que nos hacen... ehhh... no sé... creo que aquí hay algo más extraño del hecho que llame un niño que sabe todo lo que hacemos ―en ese instante tuvo un pensamiento fugaz, tomó el teléfono y llamó al doctor Sergio Allende―.

Goliat desapareció rápidamente por uno de los pasillos, y fue a seguir almorzando, mientras que escuchaban por una estación de radio, a Charly García cantando uno de sus últimos temas a volumen medio.

¿Hola? ―preguntó el doctor Sergio Allende.

―Si doctor, soy Cernadas ―dijo rápidamente Nicolás.

―Si Cernadas, ¿en que lo puedo ayudar...? Ahhh... y lo felicito por el ascenso ―dijo el médico.

―Gracias doctor... este... ¿cuando podía hablar con el hombre que rescatamos del interior del automóvil? ―preguntó directamente Nicolás.

¿Con Luciano Gómez...? por ahora no creo que sea posible Cernadas, si bien el hombre está estable, por ahora no puede hablar con nadie... no creo que quiera hablar de su casi muerte ¿no le parece?

―Si, probablemente doctor... pero es importante que pueda hablar con alguien que me aclare algo de esto que está sucediendo... creo que puede haber algo aquí, no creo que dos personas se quieran matar porque sí... amén, de la mujer que apareció colgada... a menos que haya un brote de suicidas en Ituzaingó ―explicó Nicolás.

―Si... no sé Cernadas, puede ser que tenga razón, pero le repito; por ahora el hombre no puede hablar con nadie... ―dijo el médico.

―Bueno, gracias Allende, ¿me avisa cuando el hombre esté disponible para hacerle un par de preguntas?

―Si Cernadas, yo lo tengo al tanto ―respondió el médico y se despidió.

Nicolás se quedó sentado mirando las fichas que había completado Cujo; y empezó a leer lentamente.

―El hombre se llama Luciano Ezequiel Gómez; 32 años, esposa, y dos hijos y la mujerrrr... ―dio vuelta un par de papeles―, María Lucrecia Fumagally; divorciada, 52 años, y una hija adolescente que vive en el exterior...

"¿Qué hay detrás de esto?" pensó, se cruzó de brazos y se quedó mirando el cielo raso.

Sabía que mañana tendría la posibilidad de hablar con la madre de González, y se quedó pensando en que le podría decir la anciana que fuese esclarecedor.

Tomó el teléfono y llamó a su novia Karina, estuvieron hablando de algunos temas, y concertaron cenar juntos esa misma noche.

Caminó por la oficina a paso rápido, suspiró y fue a comer algo con sus compañeros. Hablaron de cualquier tema mientras que reían sin cesar; eso, lo distendió un poco.

 

11 de ENERO de 1985

A las once menos cuarto de la mañana, Nicolás y Goliat, ingresaron por la puerta principal del hospital de Morón, preguntaron por el cuarto donde se encontraba Mercedes González, y enseguida la adolescente que oficiaba de recepcionista les dijo―: habitación 305.

Se dirigieron al tercer piso, y llegaron a una habitación que estaba fuertemente custodiada por varios policías en el pasillo y en la puerta.

Mostraron sus identificaciones, y los custodios, constataron los datos de visitas con una planilla; primero entró Goliat, pues les dijeron que solamente se podía ingresar a la habitación de una persona a la vez.

El gigante estuvo alrededor de diez minutos dentro de la habitación, y salió con una sonrisa de oreja a oreja.

Nicolás ingresó a paso lento, y lo primero que vio fue a una enfermera que se entretenía haciendo algún tipo de acertijo de una revista de pasatiempos; caminó un par de pasos más, y llegó hasta la cama de la anciana que habían salvado.

―Hoo... hooo-la Nicolás, hijito... ―saludó la anciana extendiendo sus huesudos brazos hacia el rostro del policía―; éste, se inclinó levemente y besó en la mejilla a la vieja, que tenía la piel tan fría como si recién hubiera salido de una cámara frigorífica.

―Hola señora... ¿Cómo se encuentra? ―preguntó Nicolás y se sentó en una banqueta que estaba junto a la cama―.

―Bien hijo... Nicolás... ji, ji, ji... aprendí tu nombre de memoria para agradecerte todo lo que has hecho por mí ―dijo la anciana―. ¿Te fue a saludar mi hijo...? sino le diré que vaya enseguida a darte las gracias de mi parte...―dijo la anciana frunciendo el ceño y sonriendo, dejando a la vista una dentadura postiza que bailoteaba en su rostro―.

―Si señora; no se preocupe, él ya fue a visitarme ―respondió Nicolás sonriendo.

¡Ahhh bueno... menos mal! No quiero que mi Fabito sea un desagradecido ―dijo la vieja con tono apenas serio.

La mujer era tan flaca como su hijo, y tenía los mismos ojos color café pero en el rostro de la mujer resaltaban, pues era excesivamente enjuto y surcado por arrugas que parecía pliegues en una tela amarillenta.

Sus manos temblaban esporádicamente, y bajo las sábanas, se dejaba entrever un cuerpo débil y esquelético.

Vio que parte de su cabello era exageradamente blanco, parte de su cabeza estaba cubierta por grandes vendas, que le llegaban hasta el cuello.

¿Cómo se siente doña Mercedes? ―preguntó Nicolás.

―Bien hijito... gracias, pero me duele mucho el cuello ―dijo en tono bajo―. La anciana movió el cuello haciendo un sonido descontracturado, solamente comparable al sonido del quiebre de las cáscaras de nueces.

El policía la miró con extrañeza, la anciana parecía venir ensamblada por partes, ya que su cuello se movió como una serpiente: de un lado a otro; en ése movimiento, la mujer tuvo un acceso de tos y escupió la dentadura, que salió despedida con fuerza de su boca, y fue a dar contra un vaso que tenía gelatina de frutas.

Nicolás enseguida fue en busca de los dientes postizos, y los limpió rápidamente en el lavatorio del sanitario.

Se los acercó a la mujer que estaba haciendo una mueca cómica, con sus labios retraídos y plegados, y su probable intensión de reír a carcajadas.

La anciana cogió los dientes, y se los encastró en la boca, con un repiqueteo; y enseguida, empezó a reír a carcajadas sin parar.

Nicolás se unió a la mujer y estuvieron así durante un tiempo.

Cuando la mujer estuvo un poco más distendida, y Nicolás se estaba reacomodando en su asiento; se dio inicio a una extraña conversación...

―Hijito... Nicolás... quiero pedirte un único favor; yo sé... que quizá esté fuera de lugar lo que voy a decirte... pero no quiero que me tomes por una vieja loca, después de hablar contigo, ¿puedo contar con eso hijo? ―preguntó la anciana uniendo sus manos en gesto de súplica―.

A Nicolás le pareció muy extraño ése pedido, pero accedió inmediatamente, pues no tenía razones para tildar de insana a la mujer.

―Puede contar conmigo doña Mercedes ―dijo Nicolás.

¡Ayyy hijito... yo sabía que así sería... gracias, gracias! ―exclamó la mujer, ante la mirada atónita del policía―.

―Yo también le tengo que pedir un favor doña Mercedes ―dijo Nicolás, pero al segundo se arrepintió de sus palabras; no quería ofuscar a la vieja con su pedido, y si ésta le llegaba a comentar algo a su hijo, aunque sea mínimo, Nicolás pasaría a la historia en menos de un segundo.

―No, no... dime hijo cualquier cosa que desees, no te olvides que yo estoy en deuda por lo que hicieron ―dijo la mujer tomando la mano de Nicolás, con un temblequeo más agudo aún.

―Doña Mercedes... mmm... lo único que le pido es si me puede responder algunas preguntas que tiene que ver con su "accidente" ―disparó Nicolás. La mujer lo miró y bajó la cabeza; sabía que el policía seguramente ya estaba al tanto de la verdad de su caída dentro de la bañera.

―Hijo... Nicolás... ―empezó a decir la mujer―, yo; ya soy una mujer muy vieja, el mes que viene cumpliré ochenta y cinco años, y sólo Dios sabe si veré ése día, no tengo nada que ocultar, y menos a ésta altura... puede preguntarme lo que quieras ―dijo la mujer―, tomó muy lentamente un vaso con agua de una pequeña mesa junto a su cama, apenas bebió un sorbo, tosió apaciblemente y lo dejó nuevamente en el lugar―.

―Doña Mercedes... sé, que lo que sucedió no fue un accidente... ¿qué pasó en realidad? ―preguntó Nicolás directamente―. Sabía bien, que sus preguntas no solamente le podían costar el puesto, sino también toda su carrera, por eso cuando hizo esa pregunta, tomó de la mano a la mujer, para darle a entender que trataba de comprenderla.

(Continuará)

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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Jue, 3 de Nov, 2005 3:07 pm

jesus_alejan...
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Jesús Alejandro Go...
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