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decimas_creacionliteraria · Decimas
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HUELLAS VERDADERAS (VII Entrega)   Lista de mensajes  
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(Páginas 25, 26, 27, y 28)

Nicolás cogió el tubo en paralelo y dijo―: Hable.

―Hola señor, soy Tiago ―se presentó la vocecita.

―Hola Tiago... ¿Cómo estas? ―saludó Nicolás, y le hizo una seña a Goliat para que activase el control de ubicación de llamadas, que estaba conectado a la central de telefonía.

¿Por qué quiere saber de donde lo estoy llamando? ―preguntó enseguida la voz.

Nicolás suspiró, era infructuoso engañar al pequeño, pues adivinaba todos los movimientos que hacían los hombres para ubicar su posición; hasta parecía, que usaba la telepatía, para leer sus mentes.

―Solamente queremos ubicarte para agradecerte por lo que nos avisas con antelación ―explicó Nicolás justificando el movimiento que habían realizado.

―Ya va haber tiempo para eso Nicolás ―dijo la pequeña voz―. Pero hoy le aviso que no pude ayudar a una señora... ella ya se fue, y yo no la pude ayudar ―dijo la vocecita compungida.

¿Cómo? ―preguntó Nicolás.

―La señora no quería estar más, aquí en éste lugar y no me escuchó, solamente hizo eso y se fue ―dijo la voz, en un momento hizo quiebres, y se escuchó un tenue lloriqueo.

―Tiago... ¿que sucedió? ―preguntó Nicolás.

―Calle Chacras 2560 ―informó la voz―, y cortó la comunicación secamente―.

Nicolás miró a Goliat, lo que habían escuchado, era igual a decir que alguien estaba muerto.

―Vamos Goliat... urgente ―exclamó―, corrieron hasta la patrulla y salieron a toda velocidad―.

¡Bueno ahora hay que festejjj...! ¿Dónde están...? ―preguntó Lu, que traía en sus manos una botella fría de sidra.

¿Pudiste captar alguna señal con el equipo? ―preguntó Nicolás mientras aceleraba y conectaba la sirena―.

―No jefe, ninguna... si es un bromista, tiene que estar al tanto de los procedimientos de escuchas ―dijo Goliat.

―Si es verdad... pero no creo que sea un bromista, a menos... que sea alguien que prepare las escenas y luego le pida a un menor que realice las llamadas... tal vez ―dijo Nicolás.

―Si... quizá jefe, pero tendría que ser muy experto para preparar una escena, limpiar sus rastros, no dejar huellas, y luego hacer el llamado ―argumentó Goliat.

―Si... es posible que tengas razón, pero no me dejo fiar con que sea un niño adivinador... tu sabes que no creo en esas cosas ―dijo Nicolás.

―Si, ya lo sé jefe, pero las llamadas están; además, el niño parecería como que nos está espiando desde algún lugar dentro de la seccional... ¡sabe todo lo que hacemos! ―exclamó Goliat un poco incómodo―.

―Si es verdad ―asintió―. Hicieron casi trescientos metros más en la patrulla, y se detuvieron frente a una casa en un barrio residencial, del lado norte de Ituzaingó.

Se apearon, y caminaron hasta una casa estilo suizo, con un enorme jardín en el frente. Dos perros de raza doberman que se movían rápidamente cerca de las rejas, apenas vieron a los policías, se sentaron en el pasillo de entrada uno, y en una de las puertas principales el otro; se mantenían como dos estatuas sin ladrar, pero mirando amenazantemente a los dos hombres, y siguiendo todos sus movimientos.

Nicolás accionó el botón de un portero con un pequeño visor, que supuestamente era una cámara de vigilancia, pero al igual que en los otras dos viviendas, nadie atendió al llamado.

¿Qué hacemos con los asesinos? ―preguntó Goliat señalando a los dos perros.

―No lo sé... fíjate si hay algún acceso por una casa lindera, yo me fijaré si puedo abrir el portón del garaje con la barreta ―dijo Nicolás.

Sabía bien que lo iba a hacer a continuación, estaba contra las reglas, pero también sabía que algo iban a hallar algo, si se repetían los aciertos del niño.

Abrió la cajuela y extrajo la barreta; enseguida, empezó a hacer palanca contra la pared, para abrir el portón, pero al tacto, empezó a sonar un alarma mediante un altavoz interno.

Los perros empezaron a ladrar locamente, y algunos vecinos espiaron por las ventanas, para ver que era lo que estaba sucediendo.

Por suerte, Goliat había logrado ingresar con el permiso de los dueños, a una casa vecina, y había constatado que había un cruce por el jardín trasero de la casa.

¡Por aquí jefe! ―llamó el gigante, y Nicolás dejó de tratar de palanquear el portón―.

Corrió hasta la casa vecina, saludó a sus habitantes que era una familia que se había visto sorprendida mirando un film en vídeo, y les indicó el lugar por dónde ingresar a la casa de la familia Fumagally.

―Jefe, estamos igual que cuando entramos a la casa de los Borysiewicz ―dijo Goliat en referencia al primer caso que habían resuelto juntos―.

―Si Goliat, pero creo que ahora tenemos un problema ―dijo Nicolás mirando hacia el jardín de la casa: los dos perros doberman que estaban apostados como dos granaderos dispuestos a atacar al menor movimiento―.

¿Quiere que baje yo primero? ―preguntó Goliat.

―No Goliat, no quiero que seas mordido por alguno de esos dos perros... llamaré al departamento de controles de animales de...

Pero no pudo terminar de explicar, que el gigante ya se había precipitado, para caer junto a los dos animales; extrañamente, los perros se alejaron, y ladraron exhaustivamente, como avisando al gigante de algo...

¡Goliat...! ―gritó Nicolás enfadado―, pero mirando que los animales no le hacían daño a su compañero, no dijo nada más―.

Subió por la pared, y se apeó cayendo casi en cuclillas. Los animales los miraban, pero no hacían ningún intento por atacarlos.

―Goliat, no quiero que me desobedezcas, no quiero que arriesgues tu vida por algo así ―le dijo en tono bajo mirando a los animales―.

―Ya lo sé jefe, disculpe... pero de alguna manera sabía que estas bestias no me harían daño ―respondió el gigante―.

Ninguno de los policías trató de confraternizar con los perros, sacaron sus macanas por si acaso, y empezaron a cruzar lentamente el jardín en dirección diagonal, ante la atenta mirada de los canes.

La casa ciertamente era enorme, tenía una piscina rectangular y una pequeña cancha de fútbol en su jardín, y antes del ingreso por la puerta trasera, había un vivero y una pequeña sala de juegos.

Nicolás y Goliat caminaron todo el tramo flanqueados por los dos perros, que no emitieron ningún sonido, salvo el tintineo que producía sus collares.

Cuando cruzaron la sala de juegos, llegaron a la puerta de entrada, que la encontraron entreabierta, pero ya desde el lugar, se podía percibir ése olor tan característico: el de la descomposición de carne humana.

Los policías ya se habían acostumbrado a esos "aromas" luego de todo lo que habían vivido en los casos anteriores.

Goliat empujó lentamente la puerta con su pie y el olor se hizo más penetrante aún.

El tufo parecía estar agravado porque la casa tenía todas las cortinas totalmente bajas, haciendo que aire viciado y las moscas fueron sus únicos ocupantes.

Extrajeron dos pañuelos y se cubrieron los rostros como bandoleros del oeste, entrando a robar la caja fuerte de un banco.

Desenfundaron sus armas, e ingresaron a paso lento.

En el medio de la sala y colgando de una gran lámpara araña, estaba el cuerpo de una mujer ahorcada.

Una parva de moscas revoloteaban alrededor del cuerpo; y algunas, se posaban sobre el líquido cadavérico que goteaba de los zapatos de la mujer al suelo de mármol, y que ya había formado un pequeño charco de color grisáceo.

¡Por Dios...! ―exclamó Nicolás―.

El cuerpo ya estaba presentando los primeros signos de descomposición, y aún colgaba de una cuerda negruzca anudada a la lámpara, como si fuera una res ladeada en un matadero.

Goliat enfundó su arma y le hizo una seña a Nicolás para ir a revisar el resto de la casa; estuvieron más de treinta minutos recorriendo las habitaciones superiores e inferiores, los baños, lavabos, todas las salas incluyendo el ático, y al igual que las veces anteriores, la casa estaba vacía.

(Continuará)

© JESÚS ALEJANDRO GODOY


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Jue, 3 de Nov, 2005 12:19 pm

jesus_alejan...
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Jesús Alejandro Go...
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