Noticia de LaNacion.cl: Mapocho blues
| Mapocho blues La Nación, Domingo 24 de Septiembre de 2006 |
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No será el Mississippi, pero este estilo camina por el asfalto capitalino, y reclama su rincón oscuro. En la búsqueda de un blusero fantasma se cruzan bluesmen de zapatillas, un gitano veterano de Vietnam, y los grupos que pululan en pubs de Bellavista tratando de hacerse escuchar entre las copas. Acá la mitología de la escena. Por Marcos Moraga Lovera “Este blues ha nacido en un barrio de Santiago si no es de Louisiana. ¿Qué quieres que yo le haga?” “Blues de Santiago” (extracto), Mauricio Redolés, en “Bello Barrio” (1989) Suena una moneda en la caja de zapatos que un músico callejero deja atravesada en la salida de la estación de metro Cal y Canto. Termina de cantar “Arriba en la cordillera”, de Patricio Manns, y responde a la pregunta: “Lo conozco. No ha venido por acá últimamente, pero lo he visto en el paseo Puente, a la salida del metro Plaza de Armas”. Un vendedor de maní y charqui instalado en esa salida dice otra cosa. “Se ha perdido. Hace como tres meses que no aparece”, asegura. Las pistas para encontrar al Yoni -bluesero, callejero, ciego, talento maldito- son confusas. UNA AYUDITA PAL BLUES Nada en estación Metro Baquedano. Ahí se lo encontró una vez Carlos Catoni, voz y guitarra de Los Borbotones -banda fundacional en la escena santiaguina del blues- y ahora integrante de Hooker, que en noviembre lanzan su disco debut. “Como a principios de agosto, el Yoni estaba tocando armónica y guitarra en una escalera y tenía un cartel que decía ‘una ayudita pal blues’. Terminó de tocar y la gente lo aplaudía. No lo vi más. De hecho, he escuchado su disco, donde toca todos sus instrumentos. Bueno, bien crudo”, cuenta. Con Los Borbotones se codeó allá por 1997 con El Cruce y Midnight Blues de Poncho Vergara, integrante de los legendarios Tumulto. En el próximo Festival Al Sur del Blues que se realizará en octubre, Borbotones se reunirá para tocar. “Hoy sí hay una escena, pequeña, pero hay. Es chico y nos conocemos todos, siempre se hace una jam al final de las tocatas. Y los que van a ver son músicos”, explica Catoni. Alguna vez Carlos tuvo que subirse a las micros a hacer blues –“nos iba bien”, recuerda– y por eso que la calle no le es ajena como escenario. “Busca al Yoni en Tobalaba, a veces anda por allá”, propone. ARRIBA LE VA MAL En estación Tobalaba ni rastros del bluesero. Quizás había que hacerle caso a El Cruce y poner atención a su tema “El blues del Yoni”, parte del repertorio de su última entrega, “A mi país” (2006), que relanzarán el 6 de octubre, en el Festival de Blues de La Reina. La letra va así: “Toco blues en Cal y Canto, porque arriba me va mal”. Los chicos de El Cruce estuvieron cuando el blues nació en la ribera del Mapocho y tienen las jinetas suficientes para hablar por el Yoni. Felipe Toro (voz y guitarras) y Eduardo “Negro” Silva (bajo) están sentados en el Backstage, local donde los sábados se consagran al blues. Lugar clave entre los bastiones del barrio Bellavista que este estilo comienza a conquistar. “Hace como un año se generó casi espontáneamente una pequeña escena bluesera amateur. Todos los fines de semana, en este local, Musas y Cantos y Darabos, tocan blues, y siempre rotamos los mismos músicos”, dice Felipe. Pero no siempre fue así. “En 1997 aparece el bar La Blusera, en Santa Filomena con Bombero Núñez, coincidiendo con la primera venida de Memphis La Blusera a Santiago. La pequeña escena blusera empezó ahí. Éramos jóvenes que tocábamos para gente mayor y ABC1”, acota el Negro, y Felipe explica: “En Chile, siempre el blues se asoció con el jazz, algo más intelectualoide, pero nos aburrimos de los festivales pituquitos, porque nos gusta que la gente vacile”. La receta la entregó Adrián Otero, vocalista de Memphis La Blusera, hace dos años: había que hacer blues latinoamericano. “Siempre hemos arrancado de letras como ‘me tomo un whisky’ o ‘mi mujer me dejó y partió a Chicago’. Para qué, si tienes a tu Víctor Jara, Violeta Parra o Tito Fernández, que son bluesman. Esa es nuestra propuesta”, revela el guitarrista de El Cruce. –¿Y el Yoni? Responde Felipe: “En los metros, en la calle, es difícil. Te doy un teléfono de una persona que lo ayudó a grabar su disco, donde toca todos los instrumentos. Es excelente, tiene unas letras relocas. Me acuerdo de una canción: ‘Mi gato jala bueno’”. DE AHUMADA AL PERSEGUIDOR El teléfono es de un abogado, que dice conocer a “ese talento impresionante que es el Yoni”, pero propone un precio para “averiguar sus coordenadas”. No hay trato. De vuelta a la Plaza de Armas ni rastros del Yoni. Alguien que conoció al ciego en el paseo Ahumada fue Gonzalo Araya, uno de los armonicistas más respetados del circuito. “Escuché una armónica y me senté al lado de él. Tocamos un rato. Estaban limpiando un ventanal atrás de nosotros, nos cayeron unas gotas y el Yoni me dijo: ‘Compadre, ¿tiene un pañuelo?, parece que me cagó una paloma’. Está ciego, ciego. Pero es talentoso”, cuenta en el intervalo de una presentación en El Perseguidor, junto a su socio Tomás Gumucio. Guitarra de palo y armónica, Gumucio y Araya azotan la tarima mientras marcan el pulso de los temas de Robert Johnson -con zapatillas, no botas–, a quien esta noche y muchas otras tributan. Parten recordando la historia del más maldito de los malditos: cuentan que Johnson tomó su guitarra, se dirigió a un cruce de caminos cerca de una plantación en Mississippi, vendió su alma al diablo, grabó poco y murió envenenado por una novia celosa. Ahí partió todo, pero en Chile, coinciden ambos, fue el brasileño Johnny Jam quien abrió los fuegos. Araya lo acompañó con su armónica, pero mucha agua ya pasó bajo el puente. El brasileño volvió a su tierra y hoy toca órgano hammond en TNT, banda que llena estadios en Brasil, mientras Araya está auspiciado por el fabricante de armónicas internacional Hering. Gumucio, por su lado, armó también Los Swingatos, un “proyecto de vocación más popular”, y en estos momentos debería estar blueseando en Buenos Aires para un festival. El 25 de noviembre parten a un festival de armónica en Argentina. Ligas mayores, y aunque no pasan de los 30 años, han estado cerca de figuras como Eric Clapton, a quien Araya teloneó junto al argentino Miguel Botafogo. Entre los teloneros de insignes, también están Vintage Blues, banda que toca con regularidad en el circuito capitalino y que el 22 de julio de este año subió al mismo escenario que minutos después ocupaba la leyenda David “Honeyboy” Edwards. “Un tipo de una humildad increíble”, apunta Francisco Letelier, bajista de Vintage. Junto a Cristián Orellana llevan unos 12 años pendientes de la escena. “En el último año el movimiento ha tomado carácter y hay una explosión de bandas blueseras por lo mismo”, aprecia Cristián. Francisco lo explica: “El blues no es algo que tengamos los chilenos en la sangre, pero todo el mundo cree que es una cosa simple. Cuando a los cabros les regalan una guitarra a los 15 años lo único que quieren es tocar blues, seguramente porque creen que es fácil, pero es bastante más que eso”, advierte Francisco, antes de concentrarse en su estudio para la grabación de su primer disco. EL INFIERNO ESTÁ EN HUÉRFANOS Bernie “Bad Guy” Weis, bluesero y gitano, avecindado en Chile desde hace décadas, está encaramado en una casa rodante y relata: “Robert Johnson nunca dijo que había vendido su alma para aprender a tocar. Tampoco lo desmintió. Pero sí Tommy Johnson, que es el autor de esta canción”, dice en su español afrancesado antes de rasguear una Gibson del ’49, la misma que su padre tocaba cuando vivían en Louisiana en medio de cocodrilos y pantanos. Todo era blues. “Pero no le decíamos blues. Para nosotros era solamente ‘pop music’. Esa denominación la hizo la gente que no es del blues”, dice Weis cuando invita a pasar a la casa, para conversar de su música. Desde afuera ya se escucha el blues a todo volumen. –¿Estaban ensayando? –Lo primero que debes saber sobre el blues es que no se ensaya -corta en seco apuntando con su dedo lleno de anillos. Weis y el blues son indivisibles. “Simplemente yo toco el blues porque es la música de la región donde crecí”, sostiene, mientras corta un alambre y lo ata a un palo con un tarro en el extremo. En cinco minutos ya lo está tocando con un cuchillo y armándose una armónica con papel de arroz y una peineta. “Así tocábamos cuando niños, con mis vecinos, éramos seis y no pasábamos de los 15 años. Ganábamos ocho dólares, en tiempos que una Coca-Cola valía ocho centavos”, recuerda. Han pasado casi 50 años y, según cuenta, combatió en Vietnam, fue fotógrafo y viajó junto a Jacques Costeau. De esa época conserva fotografías y un manual de la US Navy de 1978 donde aparece jugando golf. Además vivió en Isla de Pascua, trabajó en las filmaciones de la teleserie “Iorana” y Vicente Sabatini lo tomó de modelo para el personaje de Héctor Noguera en “Romané”. Pero sigue fiel a lo que asegura es la esencia del blues: “El problema que yo encuentro en la gente que hace blues acá, que es todo muy cuadrado y cuidado”. La primera venida de Bernie a Chile fue el ’76, y ha tenido tiempo para diagnosticar nuestra escena: “Cuando hablan de blues aquí hablan de Eric Clapton, quien, disculpa, no es un bluesman. Es un british que trata de tocar blues, pero tan perfeccionista que se aleja totalmente de la idea del blues. El blues es de la gente que no sabe tocar. Escuela del blues se llama la vida”. Y entre los desordenados, admira a La Rompehuesos (Quilpué) y obviamente al Yoni. “Él toca sencillo, como se debe. Anteayer estuve tocando con él. Lo encontré en Huérfanos, cerca de Amunátegui. Es un buen amigo mío. Me siento al lado de él y me pongo a cantar. Y su caja cartón se llena”, relata Bad Guy. En Huérfanos no está el Yoni. Pero como el diablo apareció para Robert Johnson en el Mississippi, el ciego parece guardado para los que escuchan su armónica cortando el aire. Los blueseros santiaguinos lo encontraron. Para sentarse, fumarse un cigarrillo y poseerse por la música roba almas. LCD En acción Del 12 al 14 de octubre todos al festival “Al Sur del Blues”. Vea estas bandas en la sala SCD de Bellavista. |
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