Las baladas rurales y otras formas de expresión
popular alimentaron unos de los grandes pilares de la
música afroamericana, el blues, una forma musical que
generalmente -pues existen diversas variantes- posee
una extructura de doce compases que alterna tres
acordes y que utiliza las llamadas <<blue notes>>,
alteraciones de la tercera y séptima notas. Pero el
blues no es sólo música, pues cumple también una
función de memoria oral que entreteje la historia de
una sociedad que durante siglos no tuvo acceso a otra
cultura que la popular. Las letras del blues, ora
nostálgicas, ora irónicas, obscenas, narrativas,
tristes o abiertamente humorísticas -incomparable
ejemplo de poesía popular-, son también indisociables
de su música, con una métrica y unos recursos métricos
propios.
Hay quienes se empeñan en alzar una frontera
infranqueable entre el blues y el jazz, y se han
llegado a afirmar perogrulladas del género <<el blues
no es jazz, pero el buen jazz tiene "blues">>, aunque
cada vez parece más difícil abordar la música
afroamericana sin una cierta globalidad. La verdad es
que la más importante diferencia entre el jazz y el
blues radica en la especificidad de los intérpretes
del blues, que -con las excepciones de artistas como
Bessie Smith, Big Joe Turner o Eddie Vinson, que
abordaron repertorios más amplios- se han consagrado
siempre a esta forma de la música afroamericana. Sin
embargo, el jazz ha bebido abundantemente de las
fuentes del blues y sería interminable citar el
repertorio de los blues interpretados por los músicos
de jazz.
A principio de los años veinte aparecieron las
primeras grabaciones de blues, pero esta música
formaba ya parte de la cultura afroamericana desde
hacía décadas y sus intérpretes cumplian una función
semejante a la de los juglares en europa o la de los
griots en África.
El Delta del Mississippi fue la cuna de numerosos
bluesmen -excepcionales cantautores- de los que
quedaron testimonios orales y han pervivido algunas
canciones transmitidas entre músicos antes de que
existieran posibilidades de grabación discográfica.
Entre los primeros bluesmen del Delta del mississippi
de los que existen testimonios sonoros figuran Charley
Patton, Bukka White y Robert Johnson.
Robert Johnson fue un personaje enigmático sobre el
que circulan numerosas leyendas alimentadas por su
misteriosa muerte (a manos de una mujer, de un marido
celoso o debido a la magia negra, según la versión) a
los veintitantos años; a quienes incluso afirmaron que
Robert Johnson era un mal guitarrista de blues y que,
tras desaparecer durante un tiempo -que aprovecharía
para hacer un pacto con el diablo-, regresó convertido
en uno de los mejores guitarristas y cantantes de
todos los tiempos. La verdad es que su repertorio
-escaso- está plagado de referncias al diablo y al
infierno, y quizá por ello fueron numerosos los grupos
de rock que versionearon sus temas (loa Rolling Stones
y Cream, entre otros).
Al margen de la leyenda y de las historias de Vudú
-tan propias del Mississippi y de la Louisiana-, el
blues del Delta posee una pureza estilística
admirable, como puede obsevarse en buena parte del
repertorio de otros de sus maestros, Big Bill Broonzy.
La voz y la guitarra eran prácticamente la
instrumentación exclusiva de ese blues primigenio,
aunque pronto el piano se convertiría en elemento
imprescindible.
Durante los años veinte surgieron diversas cantantes,
como Mamie Smith, Ma Rainey, Ida Cox y sobre todo,
Bessie Smith -apodada la <<Emperatriz del Blues>>-
que, acompañadas por pianistas de excepción, como
James P.Johnson, Fletcher Henderson o Fats Waller,
marcaron una de las edades de oro del blues.
Las diversas emigraciones desde Mississippi o
Louisiana hacia las zonas urbanas como Chicago,
motivadas por razones económicas -y, en los casos de
los músicos de blues y jazz, de manera decisiva por el
cierre del barrio de Storyville, en Nueva Orleans,
zona de <<actividades recreativas>> en la que tantos
músicos habían encontrado trabajo-, comportó una
diáspora de músicos por todo el país. Los diversos
encuentros con otros músicos crearían variantes del
blues, nuevas letras que reflejaban las cambiantes
situaciones sociales; el lenguaje no se alternaba en
su estructura profunda pero sí en sus formas al
contacto con otras músicas.
Se crearon así diversos focos, en distintos lugares de
la geografía estadounidense, desde los que irradiaba
el blues: la Costa Este (donde triunfaban músicos como
Reverend Gary Davis, Blind Boy Fuller o Sonny Terry),
Texas (con Blind Lemon Jefferson y la figura singular
de Leadbelly, cantautor de excepción, influenciado por
el blues y también por la música popular en general),
Memphis, territorio musical por excelencia (con
artistas como Memphis Minnie, Furry Lewis o Sleepy
John Estes), Saint Louis (tierra de grandes pianistas,
donde destacaron Rooselvert Sykes o Walter Davis) y
sobre todo, Chicago -durante años la industria capital
del blues como Mississippi había sido su cuna-, donde
se reuniría la flor y nata del blues, con artistas
como Willie Dixon, Little Walter, Howlin' Wolf, Otis
Spann o Magic Sam, entre muchísimos otros que
contribuyeron al esplendor de esta música. En palabras
del guitarrista Buddy Guy, sin embargo, el Sur produjo
el blues: <<Me apeé del tren en Chicago con mi
guitarra. Junior Wells venía de Arkansas, Muddy Waters
de Mississippi, Howlin' Wolf de Mississippi, John lee
Hooker de algún lugar de Mississippi... ¿Quién era
pues del blues de Chicago?
Independientemente de esta dispersión geográfica de
sus creadores, el blues seguía siendo una música
itinerante, que no respetaba fronteras y que se
imponía fuera cual fuera la moda o el estilo de la
época con la fuerza de su tradición y su
verosimilitud. Con esa expresión tantas veces cantada
por los bluesmen de <<Blues is a feeling>>, el blues
es un sentimiento, esta música ha ido abriéndose
camino a lo largo de ya casi un siglo de testimonios
discográficos, inalterable en sus formas, en su
contenido y casi en su instrumentación, a la que sólo
se han ido añadiendo los avances tecnológicos más
evidentes, como la guitarra eléctrica, a la manera de
una incorruptible memoria de las raíces de la música
afroamericana.
Sus figuras señeras, como B. B. King, John Lee Hooker,
Muddy Waters, Sonny Boy Williamson, Elmore James, J.
B. Lenoir, Big Bill Broonzy, Memphis Slim, Etta James,
Koko Taylor o Junior Wells, entre tantos otros músicos
geniales han trascendidos los límites de su público
para convertirse en estrellas internacionales. El
blues, de la mano de emprendedores productores, como
John Hammond, o de numerosos músicos británicos que, a
lo largo de los años sesenta, se volcaron en esta
música con devoción -Eric Clapton o John Mayall-,
alcanzó una insospechada popularidad. En nuestros
días, el blues sigue gozando de un éxito sorprendente,
sobre todo cuando entre la juventud afroamericana los
intereses musicales se decantan hacia otros géneros, y
su prestigio y atractivo van en aumento. Además de la
pervivencia de los grandes ídolos aún en activo, como
B. B. King -más brillante en sus actuaciones en
directo, donde ofrece lo mejor de su carrera (siempre
acompañado por su guitarra Lucille, de la que surgen
los más célebres punteos del blues), que en sus
grabaciones discográficas, destinadas a tratar de
colocar cualquier éxito alimenticio en las listas- o
John Lee Hooker, resucitado en sus recientes y lujosas
superproduciones, que le han llevado a ser apreciados
por públicos que ni siquiera sabían de la existencia
del blues, el blues sigue reclutando a jóvenes
figuras, como Robert Cray, Lucky Peterson o Joe Louis
Walker, que mantienen el mismo espíritu de esta música
ancestral pero eternamente renovada por la genialidad
de sus intérpretes.
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