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ÁNIMAS
"...Ánimas eso es lo que son, ánimas" había comentado mi abuela, mientras
saboreaba un café y se movía lentamente en su mecedora.
Esa conversación fue, la que más claramente recordaba haber tenido con Eva, o
"Mami" Eva como yo la llamaba cariñosamente.
Corría el año 78'. Yo tenía seis años de edad bastante bien vividos, mientras
mi madre se hacía cargo de mí, y mi padre trabajaba en una fábrica de hilados,
esquivando de tanto en tanto a militares que enajenaban a la población argentina
civil (y no tanto), con sus frecuentes inspecciones, detenciones y,
desapariciones en el peor de los casos.
Eva dejó su taza de café humeante sobre la mesa. Con su mano temblorosa
acomodó su cabellera gris que le caía en la frente y dijo—: ¿No crees en
fantasmas?
—No abuela... no creo en fantasmas —le respondí, mientras trataba de cortar
una figura de telgopor con mi nuevo Seghelín
—¡Oh bien, muy bien! —exclamó, y empezó a tararear una alegre canción—.
Mi nuevo juguete, -que no constaba más que en una resistencia dentro de una
pistola de plástico que con el tiempo se derretiría pero aún yo no lo sabía, una
plancha de tergopor con dibujos de animales para recortar, y témperas que luego
de usarlas se secaban como titanio-, despedía un denso humo que de vez en cuando
se filtraba siempre en mi ojo izquierdo.
Me secaba las lágrimas, reía y volvía a mirar a mi abuela.
—¿Qué estás tarareando? —le pregunté sin levantar la vista de la pata de un
ciervo, a la que estaba tratando de recortar lo mejor posible—.
—¡Oh bien! Es una canción de Ray Charles, se llama Baby Grand, siempre me
gustó —dijo y sonrió—. La aprendí hace poco.
Sonreí. Luego recordaría que Eva, siempre había sabido como pasar buenos
momentos en soledad, y sobre todo, como hacer pasar buenos momentos a sus seres
más queridos.
—¿Abuela?
—¿Qué hijo?
—¿Cuál es la diferencia entre ánima y fantasma?
—¡Oh bien! No existe diferencia alguna hijo, lo que sucede es que siempre
llamamos con diferentes nombres a las cosas o hechos que no entendemos del todo
—tosió y se pasó lentamente un pañuelo por la comisura de los labios—, también
las llamamos almas en pena—.
—¿Almas en pena? —pregunté, mientras el humo que despedía el telgopor ascendía
y sobrevolaba cerca de mi frente—. ¿Son las almas que se quedan girando como
éste humo? —pregunté—.
—¡Claro hijo, exacto! —exclamó con cierta alegría—. Digamos que son aquellas
almas que aún prevalecen luego de morir —dijo—.
—¿Qué es, prevalecen?
—Hummm —dejó de mecerse y se colocó su puño tembloroso en la barbilla—.
¿Recuerdas cuando falleció tu abuelo?
—Sí —respondí deteniendo mi trabajo—.
—Bueno... Él, su cuerpo ya no está, pero los sentimientos que tienes hacia él,
prevalecen en tu memoria ¿No?
—Sí
—Bueno, aunque tu abuelo ya se haya ido, él prevalece en tu memoria, como si
aún tuviese vida —respondió y se siguió meciendo—.
—¡Ah! —exclamé—, me pasé suavemente la mano por una mejilla, al momento que un
mosquito escapaba derrotado, sin su oro rojo—. O sea, que aunque el abuelo ya no
esté, él prevalece en mí... en mi memoria. ¿Eso es prevalecer?
—Sí hijo.
—¿Entonces los fantasmas y las almas en pena, viven en la memoria de las
personas que los quisieron cuando estaban vivos? —pregunté reanudando mi
trabajo—. ¿Por eso los ven?
Mami Eva detuvo su mecimiento nuevamente. Me miró.
—¡Oh bien! ¡Que interesante! —murmuró—, sí hijo, algo así, pero no es
exactamente eso. Hay personas que han visto fantasmas de personas que no
conocían.
—¿Pero las querían?
—No creo hijo, no las conocían tanto como para quererlas.
—Pero yo, a Karina no la conozco muy bien pero la quiero, es mi novia
—¡Oh bien! Ja, ja, ja —carraspeó y un leve ataque de tos detuvo su risa por un
momento. Me miró y me guiño un ojo. ¿Cómo es eso de una novia? —preguntó.
Sonreí. Recuerdo que me arrepentí luego de haber dicho eso, porque luego Eva,
me acosaba con esa pregunta a cada momento.
Pero igualmente esa vieja tenía poder absoluto sobre mí, ya que no solamente
la quería; sino, que puedo decir que hasta la amaba desde lo más profundo de mi
corazón. La veneraba.
Terminé relatándole todos mis sentimientos hacia Karina. Luego me explicó que
no se refería justamente a esa clase de conocimiento de una persona.
—¡Además, Karina sigue viviendo por aquí cerca! —exclamó graciosa—. ¡Todavía
está viva!.
—Sí... pero yo muero cada vez que la veo, y no le puedo hablar... Me tiemblan
las rodillas y se me hace un nudo en el estómago —dije un poco avergonzado.
—¡Oh bien! —exclamó, rió una vez más y tomó su atado de Jockey Club con su
mano temblorosa, sacó un cigarrillo y lo colocó en sus labios agrietados—.
—¡Abuela! —exclamé con disgusto. No podía verla fumar, sobre todo, cuando
después de una noche había escuchado a mi madre hablar dormida y en llantos,
recriminándole a mi abuelo el que fumara tanto, como si ése sólo acto lo
devolviese a la vida.
—Tú fabricas humo con tu pistola de juguete y yo con mi purito —dijo y
sonrió—. Tomó la cajetilla de fósforos en su mano, y la hizo vibrar. Los
fósforos enseguida emitieron un sonido quedo, me guiñó un ojo y encendió un
cigarrillo.
Suspiré, no había nada que hacer.
—¿Abuela? No entiendo algo... ¿Cómo es que hay personas que pueden ver
fantasmas de gente que no conocen?
—Humm, no lo sé muy bien hijo, no sé como funciona el mundo de las ánimas,
pero creo que algún día lo sabré —dijo.
El sólo hecho de imaginar que Eva algún día podía irse para siempre, me
entristecía. Recuerdo que en ése momento sollocé un poco; ella, enseguida se
percató de lo que yo pensaba, me tomó la mano suavemente.
—Falta mucho, mucho, muuuucho tiempo para eso —dijo.
Sonreí. No le creí ni una palabra, pero bien valía su intento de relajar mis
sentimientos. Recuerdo que siempre lo hizo, y lo sigue haciendo de vez en
cuando, siempre que mis sentimientos se empiezan a hundir como un barco averiado
en altamar. Sus palabras siempre me reconfortaron.
—Me gustaría verte siempre abuela —dije.
Se hizo un silencio emocional. Ella me miró con sus ojos marrones y sonrió.
Había mucho amor y cariño en ésa mirada; lo sé, y creo que siempre lo supe.
—¿Algún día voy a poder ver fantasmas abuela? —pregunté tragando un poco de
saliva, e incomodándome por el sólo hecho de pensar que una sábana blanca con
una bola con cadenas atada a un tobillo, me pudiera perseguir por toda la casa.
—No lo sé hijo, no todas las personas pueden ver más allá —dijo—. El más
allá... ver más allá.
—¿Y qué ven en el más allá?
—No lo sé hijo, pero lo que sea que vean esas personas, seguramente tiene que
ver con Dios —dijo mientras pitaba una vez más su cigarrillo—, y como tiene que
ver con Dios, creo que por eso se lo llaman "ver más allá"
—¿Es como tener un telescopio? —pregunté—.
—¡Oh bien! ¿Un telescopio? ¿Qué es un telescopio? —preguntó divertida—.
—¿Un telescopio? Ehhh... Es como un tubo, por donde se pueden ver la luna y
las estrellas de cerca —respondí sin pensar mucho, ahora que lo recuerdo—.
Me escudriño confundida. Se rascó la mollera.
—¿Un tubo?
—Si abuela, un tubo por donde se mira el cielo —dije.
—¡Oh bien! ¡Eso tengo que verlo! —exclamó y rió enérgicamente—. ¿Un tubo?
Siempre su sonrisa era contagiosa. Recuerdo que era como un virus benigno que
no cesaba y podía durar largo tiempo. Y éste fue un virus prolongado.
Riendo a carcajadas me encontró mi madre, mientras yo trataba de decirle algo
a mi abuela, pero mis palabras eran ahogadas por mis risotadas. Tenía la pistola
del Shegelín señalando hacia el cielorraso, mientras Eva no podía detener sus
carcajadas que hacían que la mecedora se balanceara violentamente.
—¡Mamá! ¿Por qué tantas risas? ¿Con quien estás hablando? ¿Y porque hay tanto
humo en el living? ¡Puedes dejar de fumar porrrr favorrr—exclamó mi madre,
siempre con sus brazos colocados en forma de tetera—.
—¡Oh bien! ¡No estoy hablando con nadie hija!—exclamó Eva—. Con nadie.
Mi madre siempre estaba hermosa, no importaba el tiempo que pasara. Y mi
abuela... mi abuela siempre iba a estar conmigo; lo sabía.
Cuando dejé de reír, me esfumé tranquilamente como siempre lo hacía. No me
preocupaba el tiempo, porque sabía bien que Eva siempre me iba a esperar todas
las noches en su mecedora, a la hora de las ánimas...





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Jue, 1 de Jun, 2006 4:52 pm

jateuznam
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ÁNIMAS "...Ánimas eso es lo que son, ánimas" había comentado mi abuela, mientras saboreaba un café y se movía lentamente en su mecedora. Esa...
jose ateuznam
jateuznam
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1 de Jun, 2006
4:53 pm
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