Oraciones por los fieles difuntos
Día 2 Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos
Evangelio Jn 14, 1-6 No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios,
creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario,
¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os
haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que,
donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dijo:
-Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?
-Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida -le respondió Jesús-;
nadie va al Padre si no es a través de mí.
Oraciones por los fieles difuntos
La Iglesia Católica, que quiere ser Madre de todos los hombres,
anima en este día a sus hijos a rezar por los difuntos. Los fieles difuntos son
asimismo miembros del Cuerpo Místico de Cristo y forman parte de la Iglesia.
Constituyen la Iglesia Purgante y viven en solidaridad con los demás miembros
-los de la Iglesia Militante en la tierra y los de la Iglesia Triunfante en el
Paraíso- y en comunión con Dios, aunque de diverso modo. Así como las almas de
los fieles que alcanzaron ya su meta definitiva en el Cielo, viven en una
perfecta intimidad con la Trinidad Beatísima, y los que aún vivimos en el mundo
nos sentimos y somos hijos de Dios, y batallamos contra nuestras pasiones por
ser fieles al creador, mientras nos dura el tiempo de merecer, las almas del
Purgatorio pasaron ya por el mundo, pero todavía no gozan de Dios.
Nos enseña la Iglesia, por el Catecismo de la Iglesia Católica,
que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente
purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su
muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en
la alegría del cielo. Estos son los fieles difuntos y forman parte de la misma
Iglesia de Jesucristo, como los santos del cielo y como los hijos de Dios
todavía en la tierra, que anhelamos la misma salvación que ellos ya tienen
garantizada. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los
elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados, continúa
el Catecismo.
Afirmó Jesús, según recoge san Mateo en su Evangelio, que a quien
comete cierto tipo pecados, el pecado contra el Espíritu Santo, no se le
perdonará ni en este mundo ni en el venidero. Algunos Padres de la Iglesia, como
san Gregorio, han entendido, a partir de esa frase del Señor, que algunas faltas
pueden ser personadas mientras vivimos en la tierra, o bien después, en un
momento posterior. Con razón, aparece ya en el Antiguo Testamento, la práctica
de ofrecer oraciones y sacrificios en expiación por los pecados de los muertos.
En el segundo libro de los Macabeos se recuerda la colecta recaudada entre los
fieles para ofrecer un sacrificio expiatorio en favor de los muertos para que
quedaran liberados del pecado.
En el día de hoy se nos recuerda la práctica multisecular de los
sufragios. Ese modo de vivir la caridad con los que nos han precedido en el
camino hacia la santidad, tal vez sea una de las manifestaciones más delicadas
de amor entre nosotros. En efecto, quienes ofrecen esos sufragios -oraciones y
sacrificios por los difuntos- ejercitan de modo admirable, no solamente la fe en
la eficacia de la oración, sino que hacen asimismo actos espléndidos de amor
generoso y desprendido, para ayudar a quienes sufren, viéndose aún detenidos en
su tránsito a la Bienaventuranza Eterna de intimidad con Dios. También son los
sufragios actos de esperanza, pues conocemos que nada de esa plegaria se pierde,
que redunda en eternidad gozosa para los que han muerto encaminados hacia Dios.
Y ¿acaso podrán olvidarnos, estando tan cerca de Dios, con tanta fuerza
intercesora, a quienes desde aquí les impulsamos al Cielo? ¿Acaso no serán
nuestros entusiastas valedores cuando finalmente alcancen la morada celestial?
Es admirable con cuánta vehemencia de san Juan Crisóstomo hablaba
a sus fieles de los que murieron, leales a Jesucristo, necesitados todavía, sin
embargo, de alguna purificación: llevémosles socorros y hagamos su
conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su
padre, ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les
lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y
en ofrecer nuestras plegarias por ellos. La Santa Misa, sacrificio de Jesucristo
en el Calvario, el sacrificio por antonomasia, es sin duda el mejor de los
sufragios ofrecido por los fieles difuntos. Desde los primeros tiempos, nos
recuerda en Catecismo de la Iglesia Católica, la Iglesia ha honrado la memoria
de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sufragio
eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica
de Dios.
Tendríamos que incorporar a nuestra piedad habitual la oración por
los fieles del Purgatorio. Así lo recomienda san Josemaría: Las ánimas benditas
del purgatorio. -Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable
-¡pueden tanto delante de Dios!- tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu
oración.
Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: "Mis buenas amigas las
almas del purgatorio..."
Por lo demás, como venimos diciendo, el Purgatorio es lugar de
padecimiento tras esta vida, si quedan en nuestra alma impurezas del pecado que
todavía desdicen de la limpieza absoluta del Paraíso. Por eso, ante el dolor y
la persecución, decía un alma con sentido sobrenatural: "¡prefiero que me peguen
aquí, a que me peguen en el purgatorio!" Esta consideración, también del
Fundador del Opus Dei, puede servirnos para soportar de buena gana algunos
momentos -inevitables muchas veces- de cansancio, de dolor, de injusticia, de
adversidad en general, con el íntimo pensamiento de que merecemos limpiarnos más
profundamente de nuestras faltas y pecados.
Nuestra Madre del Cielo, que no conoció pecado, nos puede
aficionar a esa limpieza completa del alma, que podemos conseguir también, con
oración y sacrificios, para las almas del Purgatorio.
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