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Fw: [CATOLICOSUNIDOS] Octubre 1 18H29 TESTIMONIOS   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #1826 de 5756 |

Para aquellos que creen que el aborto es un derecho de la mujer!
Léanlo bien y se darán cuenta que es un derecho del hombre disfrazado y
engañando miserablemente a las mujeres!
Que Dios nos bendiga con mucho amor a los necesitados y con la UNION!, de la
familia, de nuestra comunidad y de AMERICA LATINA!
Rodolfo Elmore Holtig
Subject: [CATOLICOSUNIDOS] Octubre 1 18H29 TESTIMONIOS


Una madre que abortó: "Varias chicas han cambiado de idea al oír mi testimonio"

Esperanza Puente, una de las protagonistas del libro 'Yo aborté', asegura que no
tuvo libertad para decidir, y apuesta por "romper la ley del silencio"

El libro 'Yo aborté', una recopilación de testimonios de mujeres que se han
sometido a esta práctica y también de otras personas implicadas, se presentó
este jueves por la tarde en el Hotel Husa Avenida Palace de Barcelona.
Intervinieron en el acto Sara Martín García, periodista y autora del trabajo,
Carmina García-Valdés, presidenta de la Asociación de Víctimas del Aborto (AVA),
Luis Vericat, coordinador de Proyectos de HazteOir.org, y Esperanza Puente,
portavoz de las víctimas del aborto y uno de los testimonios recogidos. Justo
cuando el volumen acaba de ponerse a la venta, Esperanza Puente repasa para
ForumLibertas.com algunas de las cuestiones que afectan a este drama orquestado
por la cultura de la muerte. A sus 38 años, esta toledana entusiasta "sonríe a
la vida", como se dice en el libro, porque ha superado con ayudas y cariño
humano el trauma del aborto al que se sometió hace más de diez años en Madrid.

-Esperanza, ¿qué explica el libro Yo aborté?

-El libro presenta, por primera vez en España, testimonios de mujeres que han
abortado y para las cuales ese paso ha supuesto y supone un sufrimiento, como
sucede de hecho con todas. Viene a demostrar que el síndrome post-aborto existe,
tanto si se es consciente como si no, y que esto sucede en todas las mujeres más
allá del credo, la raza o el estatus social en que se encuentra. En todas, el
síndrome post-aborto es real. Puede manifestarse desde principio, justo tras
abortar, hasta años después. También puede suceder que una mujer lo viva sin
saber que el detonante de esa pesadilla o forma de vida es un aborto.

-Uno de los argumentos que utilizan los defensores del aborto es el de la
"libertad de decidir". ¿Puede demostrar usted, desde su testimonio, que los
abortos que se practican hoy en España no responden a decisiones libres?

-Desde mi testimonio y como portavoz y colaboradora de las víctimas del aborto,
puedo asegurar que no me sentí libre para decidir. A mí no me dieron ningún tipo
de información y tampoco alternativas, que es lo mínimo que se pide desde la
Asociación de Víctimas del Aborto (AVA). Ciertamente yo era mucho más joven que
ahora, pero independientemente de las circunstancias que pueden rodearte, desde
problemas psicológicos hasta económicos, no tuve las condiciones de libertad. En
algunos casos, incluso, se sabe que hay mujeres que han sido obligadas a
abortar. A la asociación, están llegando testimonios de chicas de 16, 18 y 20
años cuyos padres e incluso novios o parejas las llevan forzadas a abortar.
También existen mujeres de más edad obligadas por los maridos a deshacerse del
feto. Eso no es libertad, sobre todo porque todos son ejemplos sin información y
sin alternativa.

-¿Existe demanda de esa información entre adolescentes y jóvenes que se quedan
embarazadas?

-Sí. Y eso es un problema mayor. Las chicas entre 15 y 20 años, cuando se ven
embarazadas por una relación esporádica o con su pareja pero sin desear la
concepción de un hijo, van muchas veces a un centro de planificación familiar
pidiendo información, pero no se les da nada y, sin ningún tipo de reflexión, se
ven casi directamente en una clínica abortando.

-¿Esta falta de libertad puede ser denunciado? ¿Se ha emprendido alguna acción
legal?

-Hay una ley del silencio desde que se aprobó la ley del aborto en España. No
interesa hablar de esta normativa. Y desde la AVA, lo que se está intentando es
romper esa ley del silencio y decir a gritos, a quien quiera escucharnos, que no
se cumple la legalidad vigente, que es clara en lo que se refiere a lo que debe
hacer una mujer o una chica cuando se encuentra en una situación de embarazo con
los condicionantes despenalizadores que contempla el texto. En las clínicas
abortistas, además, tampoco te dan ningún tipo de información. Hay un documento
que se llama "consentimiento informado", que es el que hay que firmar y en el
cual, en principio, lo que viene son consecuencias físicas (no todas) pero no
aparece ninguna consecuencia psicológica. Y eso es ilegal. Por otro lado, esos
centros no dan ninguna información porque no les interesa. El aborto, en
cualquier parte del mundo y en España también, es un negocio redondo.

-De hecho, la ley despenalizadora del aborto es restrictiva porque sólo afecta a
casos de violación, malformación del feto y peligro para la salud física o
psíquica de la madre. ¿Verdad que, si se aplicase con rigor, no se producirían
los más de 70.000 abortos anuales que tenemos ahora?

-Evidentemente que no. Si tú explicas a una mujer, también las mayores de 29
años (cada vez son más las que abortan a partir de esa edad), lo que realmente
es la intervención, muy probablemente se replantearía su decisión de abortar si
es que ya la tiene tomada. Desde la industria abortista, siempre te cuentan que
la intervención es sencilla, rápida y nada dolorosa. Enseguida te dicen que no
te preocupes porque "el problema se acaba en cuanto pase la intervención". No
cabe mayor falsedad, porque precisamente el problema empieza cuando finaliza la
intervención. En una operación de esta envergadura, no hay marcha atrás. Y eso
la mujer lo siente precisamente cuando ya ha abortado.

-A partir de los casos que recoge el libro Yo aborté, ¿cuáles son los
principales problemas psíquicos después del aborto?

-Por supuesto depresión, ansiedad, pesadillas, el recuerdo constante de la edad
que podría tener tu hijo cuando ves a un niño, el autocastigo... Yo precisamente
me autocastigaba, porque no quería ver bebés pero, cuando sabía que los tenía
cerca, volvía la cabeza para verlos. Era una manera de decirme: "¡Mira lo que
has hecho!". Es algo inconsciente. De todas formas, cada caso es distinto en uno
y otro sentido. Hay chicas que se han suicidado porque no han soportado el
síndrome post-aborto.

-Cuéntenos lo que quiera de su testimonio personal. ¿Qué explica en el libro?

-En el libro, cuento la realidad que yo viví. No fui libre a la hora de tomar la
decisión de abortar, porque tuve todavía mucha menos información que la que
existe ahora. Nadie me dijo que existían ya entonces asociaciones pro vida que
ayudaban a mujeres a tomar una decisión beneficiosa para ellas, como siguen
haciéndolo ahora. En mi caso, no fue así. Me pasaron directamente el teléfono de
la clínica y me dieron muy poco tiempo para decidir. Éste, por cierto, es otro
de los grandes problemas. Mis circunstancias personales son muy concretas. Yo
arrastraba un trauma anterior, ya que tuve un hijo a los 18 años. Ese embarazo y
maternidad prematura me hizo vivir una pesadilla, un verdadero infierno por ser
madre soltera en mi pueblo de la provincia de Toledo. Luego, en el momento de
volver a quedarme embarazada, reviví todo aquello y los trágicos hechos se
precipitaron. No tuve ningún tipo de ayuda y no sabía dónde buscarla. Estaba
sola en Madrid con un hijo pequeño, muy asustada y sin saber dónde acudir. En la
clínica abortista a la que fui, el psicólogo que debía atenderme prácticamente
no me atendió. La entrevista duró 10 minutos escasos, y lo único que me dijo es
que todo saldría muy bien, sin dolores, y que todo se acabaría.

-Vaya, que se lo pusieron muy fácil...

-Sí. Pero aun así, me sorprendió porque yo, que no conocía el funcionamiento del
centro médico y no sabía que iba a hablar con un psicólogo, esperaba que este
profesional me diese algún tipo de explicación: que me preguntase si era soltera
o casada, si tenía algún problema, si era una cuestión económica... Seguramente
no me esperaba que me propusiese no abortar, pero sí que hubiera un mínimo de
interés.

-¿Le dijeron algo de la ley?

-Por supuesto. Y ése es el problema que engloba todo lo demás. Todas nos
acogemos a la ley bajo el paraguas de la salud psíquica de la madre. Aunque no
lo explico en el libro, ahora puedo decir que he pasado por las dos
circunstancias, siempre sola: la de tener un hijo y la de no tenerlo. A pesar de
las adversidades de la vida, para mí ha sido mucho más satisfactorio tenerlo,
criarlo, perder sueño y pasar fatiga que el no haberlo tenido. Esto último,
desde luego, lo que seguro que no me ha producido es libertad y prosperidad. En
cambio, me ha dado más pesadillas todavía.

-¿Y usted ha superado todo esto?

-Nunca se supera totalmente pero, gracias a la fe, me siento mucho mejor y miro
adelante. Pedí ayuda psiquiátrica privada (la Seguridad Social no te la
proporciona), y lo hice porque llegó un momento en que me di cuenta de que había
un problema serio y yo no podía con mi vida. Luego, una vez inmersa en ese
proceso de algo más de un año, me puse en manos de Dios, que fue y sigue siendo
mi gran ayuda para dar la cara. El gran problema de ahora es que, por mucha
libertad y mucha modernidad que se dice que tenemos, vivimos instalados en la
mentira. De estos temas no se habla. Una mujer que aborta no lo cuenta, y la
mayor parte de los testimonios no quieren dar la cara porque sus familias y sus
entornos no lo saben. Además, también existe mucho cinismo. Se habla alegremente
del aborto como si fuera algo natural o normal, pero a la hora de la verdad,
cuando aborta una amiga o te enteras de que la vecina ha pasado por ello, el
juicio es radical. Y eso es precisamente lo que da más miedo al ser humano: ser
juzgado.

-¿Cuántos años tiene ahora su hijo?

-18. Lo he pasado muy mal en muchos momentos, pero llevo 19 años con él, desde
el embarazo hasta ahora, y puedo decir que estoy muy contenta, lo cual me ayuda
a superar, aunque sea lentamente, la terrible experiencia posterior: la del
aborto. Y aquí también mi fe mueve montañas. Uno de los grandes problemas con
que se encuentra la mujer que aborta es que no se perdona a sí misma. No es un
acto cualquiera porque, si las mujeres nos deshumanizamos, ¿por qué nos va a
extrañar la violencia, por ejemplo, de nuestros hijos? Quiero decir, con esto,
que el aborto es un acto violento que cometemos las mujeres desde nuestro propio
cuerpo. Y eso te acaba deshumanizando también porque te lo ponen muy fácil. Por
eso la juventud, que recibe constantemente mensajes en los que se sustituye la
palabra aborto por anticoncepción, todavía lo ve más normal.

-¿La soledad es la gran culpable de lo que le pasó a usted?

-Sin duda. Yo estuve siempre sola, ya desde que pasé por la experiencia anterior
de tener un hijo con 18 años. Luego, cuando aborté, el padre había desaparecido.
Me faltaba afecto, y eso es decisivo porque anula cualquier posible alternativa
que yo habría podido valorar frente a la posibilidad de deshacerse de un hijo
concebido aunque no nacido.

-¿Cómo valora usted la edición de este libro Yo aborté?

-Es una buena muestra de lo que han vivido muchas mujeres y sus familias. Los
testimonios son más o menos cortos. El libro, con una letra grande y asequible,
es ameno y tiene el atractivo de la variedad de los casos. Entre las personas
que comentan sus experiencias, también hay hombres que han pasado por el
síndrome post-aborto. Esto ciertamente sucede porque muchos hombres también se
han implicado en el aborto, bien porque han obligado a la novia o bien porque se
ha enterado después. Y aquí se destapa otro de los problemas de la legislación
actual: que se deja todo en manos de la mujer. No interesa extender esa
responsabilidad al hombre y, además, nadie quiere reivindicarlo. También es
verdad que, en la mayoría de los casos, el padre de una criatura concebida
desaparece cuando la mujer decide seguir adelante con su embarazo. Los
testimonios masculinos del libro, en cualquier caso, cuentan lo que ha supuesto
para ellos el haber acompañado a su novia o su mujer a abortar e incluso el no
haberse enterado a tiempo. También escriben prestigiosos psiquiatras, como
Aquilino Polaino, y otros profesionales. Recomiendo leer los testimonios por
separado.

-¿Se siente ahora más comprometida que nunca con la defensa de la vida?

-Sí, sobre todo porque, en marzo, estuve en la sede de la ONU, en Nueva York.
Expliqué mi caso en lo que ha sido el primer testimonio de este tipo expuesto
públicamente ante el organismo internacional. La experiencia de hablar ante
gente de todo el mundo me ha ayudado a estar más convencida de que los
argumentos de los defensores del aborto no tienen ninguna base. Se trata de dar
la cara de una vez y reconocer que el problema del aborto no afecta sólo a las
mujeres, sino a toda la sociedad. Si la solución es hacer que la mujer sufra
más, estamos provocando un mal a la sociedad. Esto no es bien común y, por
tanto, nunca puede ser positivo.

-¿Y cómo podemos acabar con esta lacra?

-Sobre todo con la educación. Es sorprendente que nuestros jóvenes no tengan ni
idea ni de cómo defender el aborto ni de cómo no defenderlo. Hace unos meses, di
una charla a unos jóvenes toledanos que tenían entre 18 y 21 años. Me sirvió
para comprobar que no tienen criterio, lo cual les convierte en mucho más
manipulables. Los medios de comunicación, por otro lado, no favorecen tampoco
que esta situación cambie. El error está en que se considera el aborto una
conquista social. No es así sencillamente porque hace daño y no es salud.

-¿Aumenta el número de personas que ha pasado a la causa pro vida después de
abortar o realizar esa práctica?

-Sí, porque el aborto crea problemas para todo el mundo. Después del niño no
nacido, la primera víctima es la mujer y, luego, todas las personas de su
entorno. Ahí está el ejemplo del doctor Nathanson, la primera persona que creó
una clínica abortista en el mundo y luego cambió cuando se dio cuenta de lo que
estaba haciendo. Dejó la clínica y se fue a estudiar fetología, para ver con sus
propios ojos todo lo que había hecho. Pero una de las razones por las que
abandonó el negocio del aborto es que, sobre todo en las comidas o en las
fiestas de empresas, las parejas de la gente que trabajaba con él le contaban
las pesadillas y los problemas psicológicos que tenían sus subordinados. Es
decir, que el drama afecta incluso al personal de los centros médicos donde se
practican abortos. De hecho, a esos trabajadores, los cambian cada cierto tiempo
porque es insoportable. Hay que contarlo todo, y lamentablemente no se hace.

-Seguro que usted ha pedido a mujeres embarazadas que no aborten...

-Sí. El primer domingo de febrero de este año, salí en el programa de TVE-2
Últimas preguntas, y allí expliqué mi testimonio. Después de aquella
intervención, he sabido que, aunque tengo un hijo en el cielo, ya tengo al menos
tres en el mundo. Tres chicas que tenían cita para abortar esa semana cambiaron
de opinión tras escucharme. Esto es muy importante para mí. Es el mayor triunfo.

Tomado de http://www.forumlibertas.com/<http://www.forumlibertas.com/>





Edith Zirer: Karol Wojtyla me salvó la vida en 1945

>> Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una colina
del Monte Carmelo, quiso estar con el Papa (59 años después de lo ocurrido) en
su histórico viaje a Tierra Santa para darle personalmente las gracias
justamente en el Memorial del Holocausto Yad Vashem. Fue un día inolvidable para
ella y para toda la población judía, así como una lección universal de
humanidad.

Edith Zirer narra el episodio como si hubiera sucedido ayer. Era una fría
mañana de primeros de febrero de 1945. La pequeña judía, que todavía no era
consciente de ser el único miembro de su familia que sobrevivió a la masacre
nazi, se dejó llevar en los brazos de un sacerdote de 25 años, alto, fuerte, que
sin pedirle nada, simplemente le dio un rayo de esperanza.

Hoy aquel sacerdote, según ella, es el obispo de Roma. Edith quería
agradecer finalmente aquel gesto. «Sólo un pequeño gracias en polaco por aquello
que hizo, por la manera en que lo hizo, para decirle que nunca me olvidé de él»,
dice desde su hermosa casa ubicada en las colinas del Carmelo, en la periferia
de Haifa.

Edith tiene 66 años y dos hijos. Reconstruyó su vida en Israel, donde
llegó en 1951, cuando todavía padecía las lacras de la tuberculosis y los
fantasmas de la guerra alteraban sus sueños.

Durante todo este tiempo se ha guardado esta historia. Cuando en 1978,
Karol Wojtyla subió a la cátedra de Pedro, comenzó a sentir la necesidad de
hablar, de contarlo a alguien, de mostrar su agradecimiento. La pregunta surge
inmediatamente: pero, ¿cómo puede estar segura de que aquel sacerdote es el
Papa? ¿Por qué ha esperado tanto?. Estos interrogantes se los han planteado
también los periodistas de «Kolbo», el semanario de Haifa que hoy publica un
artículo sobre este asunto. «El relato es convincente. No trata de hacerse
publicidad, todos los detalles que ofrece parecen creíbles», dicen los
redactores. Tan convincentes que la embajada israelí ante la Santa Sede ya está
moviéndose para tratar de poner en contacto a la señora Zirer con la secretaría
del Papa.

La narración habla por sí misma. «El 28 de enero de 1945 los soldados
rusos liberaron el campo de concentración de Hassak, donde había estado
encerrada durante casi tres años trabajando en una fábrica de municiones
-explica Edith, quien entonces tenía trece años-. Me sentía confundida, estaba
postrada por la enfermedad. Dos días después, llegé a una pequeña estación
ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia». Precisamente en Cracovia, Wojtyla
acababa de ser ordenado sacerdote. «Estaba convencida de llegar al final de mi
viaje. Me eché por tierra, en un rincón de una gran sala donde se reunían
decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los
números de los campos de concentración. Entonces Wojtyla me vio. Vino con una
gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las
últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro
polaco, divino. Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. El me obligó.
Después me dijo que tenía que caminar para coger el tren. Lo intenté, pero me
caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante mucho tiempo.
Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su chaqueta marrón, la voz
tranquila que me reveló la muerte de sus padres, de su hermano, la soledad en
que se encontraba, y la necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de
combatir para vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria».

Cuando finalmente llegaron hasta el convoy destinado a llevar a los
detenidos hacia Occidente, Edith se encontró con una familia judía que le puso
en guardia: «Atenta, los curas tratan de convertir a los niños hebreos». Ella
tuvo miedo y se escondió. «Sólo después comprendí que lo único que quería era
ayudarme. Y quisiera decírselo personalmente».

Tomado de Zenit, 6.II.04




Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi
de Dachau

>> Entrevista con monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de
Stettino-Kamien

La muerte del 20% de los 10.017 sacerdotes polacos que había al inicio de la
segunda guerra mundial (incluidos cinco obispos) parece haber sido olvidada por
muchos libros de historia, reconoce un obispo que sobrevivió a las torturas del
campo de concentración de Dacha.

Monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien, fue
arrestado por los nazis cuando era alumno del seminario de Wloclawek, el 7 de
noviembre de 1939, junto a otros alumnos y profesores del seminario, y encerrado
en el campo de concentración de Sachsenhausen, en un primer momento, y de
Dachau, después.

En Dachau fue sometido a criminales experimentos pseudocientíficos. Tras la
guerra, fue ordenado sacerdote en París. Sus superiores le enviaron después a
continuar sus estudios en Friburgo (Suiza). Al regresar a Polonia, fue nombrado
vicerrector del seminario, obispo auxiliar de Wroclawek y arzobispo de
Stettino-Kamien.

Participó en las sesiones de trabajo del Concilio Vaticano II y en 1975 fundó el
pionero Instituto de Estudios sobre la Familia en Lomianki.

Para recordar el testimonio de aquellos hombres, la Iglesia católica en Polonia
celebró el 29 de abril la Jornada del martirio del clero polaco durante la
segunda guerra mundial.

En esta entrevista concedida a Zenit, Vladimir Redzioch recoge el testimonio del
arzobispo Majdanski.


--Excelencia, ¿por qué le arrestó la Gestapo justo al inicio de la guerra?

--Monseñor Majdanski: Fui arrestado, al igual que otros alumnos y profesores del
seminario, porque llevaba sotana. Los alemanes que nos arrestaron no nos
preguntaron nuestras señas (lo hicieron después, en la prisión). Se puede decir,
por tanto, que fui arrestado como sacerdote católico.


--¿Cómo era la vida en el campo de concentración de Dachau?

--Monseñor Majdanski: En la entrada del campo, estaba escrito «Arbeit macht
frei» («El trabajo hace libres»), pero en realidad el trabajo inhumano en el
frío del invierno y en el calor del verano, con insuficientes razones de comida,
con golpes y humillaciones, buscaba destruir al hombre.

Al final, cuando la persona ya no era capaz de trabajar, era conducida con los
así llamados «transportes de los inválidos» en las cámaras de gas.


--Usted fue uno de los prisioneros que fueron sometidos a experimentos médicos.

--Monseñor Majdanski: Sí. En Dachau un tal profesor Schilling hacía
pseudoexperimentos científicos. En pocas palabras, experimentaba con los
prisioneros la reacción del hombre a las diferentes substancias que nos
inyectaban.

Antes de ir a someterme a los experimentaos, había pedido a mi profesor del
seminario que informara a mis padres de mi muerte y le dejé mi «tesoro», dos
rebanadas de pan duro.

Si sobreviví, fue un auténtico milagro. Por desgracia, el padre Jozef Kocot, mi
compañero de habitación, profesor de filosofía en el seminario, murió en
silencio, sufriendo de manera inenarrable.


--¿Qué significaba para ustedes, sacerdotes, el campo de concentración?

--Monseñor Majdanski: Creíamos que habíamos vuelto a los tiempos de Nerón y
Diocleciano, a los tiempos del odio por el cristianismo y por todo lo que
representaba el cristianismo. El campo de concentración era la encarnación de la
civilización de la muerte: no es casualidad que en los uniformes de los alemanes
había calaveras.

Nuestros verdugos alemanes blasfemaban contra Dios, denigraban a la Iglesia y
nos llamaban los «perros de Roma». Nos querían obligar a ultrajar la cruz y el
rosario. Para ellos no éramos más que números que había que eliminar.

Nos quedaba la alianza con Dios, la oración recitada a escondidas, la confesión
sin que nos vieran. Echábamos mucho de menos la Eucaristía. En esta «máquina de
muerte», los sacerdotes eran llamados al sacrificio de la vida, a ser fieles
hasta la muerte.

El padre Stefan Frelichowski y el padre Boleslaw Burian crearon una especie de
alianza en la que sus miembros se comprometían a soportar de la manera más
coherente con el Evangelio todas las humillaciones y sufrimientos del campo, y
ha rendir cuentas de todo ello a la Virgen a las nueve de la noche.

El padre Frelichowski, cuando estalló la epidemia de tifus, se ofreció como
voluntario para servir a los enfermos. Murió dando la vida por los demás, como
san Maximiliano Kolbe (canonizado por el Papa).


--¿Vio morir a muchos compañeros?

--Monseñor Majdanski: Murieron la mitad de los sacerdotes polacos encerrados en
Dachau. Vi cómo morían muchos sacerdotes de manera heroica. Fueron fieles a
Cristo, quien había dicho a sus discípulos: «Seréis mis testigos». Morían como
sacerdotes católicos y como patriotas polacos.

Algunos hubieran podido salvarse, pero ningún negoció pactos: en 1942, las
autoridades del campo ofrecían a los sacerdotes polacos la posibilidad de un
trato especial, a condición de que declararan su pertenencia a la nación
alemana. Ninguno dio el paso adelante.

Cuando al padre Dominik Jedrzejewski le ofrecieron la libertad si renunciaba a
sus funciones sacerdotales, serenamente respondió «no». Y murió.

El martirio del clero polaco durante el infierno nazi fue una página gloriosa de
la historia de la Iglesia y de Polonia. Es una pena que se haya cubierto con un
velo de silencio.

Zenit, ZS04050205



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