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Oración y vida de oración


Día 7 XIX Domingo del Tiempo Ordinario


Evangelio: Mt 14, 22-23 Y enseguida Jesús mandó a los discípulos
que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él
despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas.
Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se
había alejado de tierra muchos ºestadios, sacudida por las olas, porque el
viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos
caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se
asustaron y dijeron:
-¡Es un fantasma! -y llenos de miedo empezaron a gritar.
Pero al instante Jesús les habló:
-Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.
Entonces Pedro le respondió:
-Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
-Ven -le dijo él.
Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en
dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al
empezar a hundirse, se puso a gritar:
-¡Señor, sálvame!
Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:
-Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban
en la barca le adoraron diciendo:
-Verdaderamente eres Hijo de Dios.

Oración y vida de oración

Nos quedamos tan sólo con los primeros versículos de estas palabras
de san Mateo que hoy nos presenta la Iglesia, Nuestra Madre: oración
perseverante de Cristo. De Jesús que, por su vida divina en el seno del Padre y
el Espíritu Santo, no precisaba de especiales momentos -siendo Dios- para
mantener un trato del todo íntimo con las otras dos Personas. Sin embargo, como
hombre ante los hombres, desea que se le vea rezar. La oración, diálogo amoroso
contemplativo con Dios, se puede decir que constituye como el núcleo de la vida
de Cristo. Todo momento de Jesús es respuesta y manifestación en el mundo de los
hombres de un inmenso amor divino. Y su mensaje evangélico, es decir, la noticia
definitiva que vino a traer a este mundo de parte de Dios, viene a ser en
sustancia que también nosotros podemos hacer oración.

Por su vida, muerte y resurrección, se cumple, llegada la plenitud
de los tiempos, según afirma san Pablo, el plan de amor ideado por Dios para el
hombre desde el principio. Quiso Dios, en efecto, que entre todas las criaturas,
únicamente el hombre pudiera conocerle y amarle. Para que esto fuera posible
creo Dios al hombre a su imagen y semejanza. Eso que llamamos dignidad humana
consiste propiamente en la realidad inigualable de poder conocer y amar a Dios,
que nos eleva así sobremanera por encima del resto de la creación.

Hacer oración, hablar con Dios, mantener un trato personal con el
Señor de cuanto existe: he aquí el fundamento de la grandeza y dignidad humanas.
Parece, en todo caso, que la oración es el punto de partida y fundamento de la
dimensión -indescriptible en plenitud- que el hombre posee. Todo lo mejor del
hombre arranca de la oración, por cuanto en ella somos conscientes de nuestro
valor y a partir de la oración resolvemos ser consecuentes, en el ejercicio de
la libertad, con la gran verdad de la vida humana: que Dios nos espera en cada
instante y por toda la eternidad. Quien no hace oración, por así decir, vive
ajeno a sí mismo. La oración es fundamento porque Dios nos habló primero y,
teniendo capacidad de escucharle y responderle -asimismo por iniciativa divina-
reafirmamos la categoría personal cuando oamos y si nuestra vida es la
consecuencia de esa oración: un hombre vale, pues, lo que vale su oración.

Cuando se hizo de noche seguía él solo allí, manifiesta el
Evangelista. Nadie le acompañaba. Pero ciertamente nunca un hombre está solo.
Aunque pueda sentirse solo, aunque eche de menos a alguien, los seres humanos en
todo momento -si queremos- podemos estar en relación con Dios: en Él vivimos,
nos movemos y existimos, afirmará el Apóstol. Podemos no darnos cuenta, según
las circunstancias, o incluso ignorar esa proximidad inmediata divina de modo
habitual, mientras Dios nos contempla como un Padre su hijo amado. Y Jesús
quiere mostrarse como perfecto hombre rezando en múltiples ocasiones, según nos
muestran los evangelistas. Reza en concreto de modo expreso, y con toda
naturalidad, como lo más razonable del mundo, en algunas circunstancias: ante
sus apóstoles, con ocasión de acontecimientos más especiales, antes de algunos
milagros, en oraciones de agradecimiento, de súplica, de alabanza al Padre,
intercediendo por los hombres y finalmente ofreciendo con toda confianza su
vida.

Los Apóstoles comprendieron bien la necesidad de la oración y
piden a Jesús que les enseñe. Orad así, les dice:

Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre;
venga tu Reino;
hágase tu voluntad,
como en el cielo, también en la tierra;
danos hoy nuestro pan cotidiano;
y perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos
a nuestros deudores;
y no nos pongas en tentación,
sino líbranos del mal.

Mucho debemos meditar la oración que el Señor enseñó a sus
apóstoles y la Iglesia nos propone de continuo. Y tanto en la forma como en el
contenido. Ese tono confiado, humilde y filial a la vez, es el propio de la
oración. Será bueno, pues, recitar el Padrenuestro con frecuencia intentando
calar más y más en el sentido de sus palabras. Tratando de sentirnos
destinatarios directos de la enseñanza de Jesús a sus discípulos cuando le
preguntaron cómo orar.

Como la vida cristiana debe ser de santidad y, por tanto, de
oración, ésta empapará, por así decir, la actividad de toda nuestra jornada.
Conocemos, sin embargo, cada uno esa tendencia tozuda a pensar en nosotros
mismos, que parece querer echar por tierra los más nobles ideales. Por eso, se
hace necesario, para todo cristiano consecuente, asegurar unos momentos
delicados a la oración. Bien consientes de que en general nos obligan bastantes
actividades, es preciso incluso tomar la decisión de otorgar a esa oración
concreta la importancia, al menos, que damos a otros quehaceres que no podemos
omitir. De otro modo, el trabajo intenso y hasta frenético, tan propio de
nuestros ambientes culturales, siendo bueno y de suyo santificable, acabará
tomando un protagonismo excesivo -como si se tratara de "eso" en nuestra vida-,
en lugar de ser lo que materialmente nos ocupa: -sea lo que fuere- una ocasión
siempre para amar a Dios.

¿No?... ¿Porque no has tenido tiempo?... -Tienes tiempo. Además,
¿qué obras serán las tuyas, si no las has meditado en la presencia del Señor,
para ordenarlas? Sin esa conversación con Dios, ¿cómo acabarás con perfección la
labor de la jornada?... -Mira, es como si alegaras que te falta tiempo para
estudiar, porque estás muy ocupado en explicar unas lecciones... Sin estudio, no
se puede dar una buena clase.
La oración va antes que todo. Si lo entiendes así y no lo pones
en práctica, no me digas que te falta tiempo: ¡sencillamente, no quieres
hacerla!

Podemos acudir a san Josemaría, autor de esas palabras, para que
nos enseñe a no olvidar -en medio de nuestros muchos quehaceres- que lo nuestro
es Dios y, consecuentemente, la oración o trato con Él.

La presencia, en el corazón y en la mente, de nuestra Madre del
Cielo nos garantiza el trato con Dios y que pondremos los medios para que sea
más intenso de día en día.


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Sáb, 6 de Ago, 2005 5:50 pm

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