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La auténtica vida nuestra


Día 1 VI Domingo de Pascua



Evangelio: Jn 14, 15-21 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos;
y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros
siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le
ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en
vosotros. No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco más y
el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también
vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí
y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me
ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me
manifestaré a él.

La auténtica vida nuestra

En este sexto domingo de Pascua nos ofrece la Liturgia otro
pasaje del Evangelio de san Juan que se refiere nuevamente a la vida en Cristo a
la que Dios nos destina. En la intimidad de la Ultima Cena Jesús manifiesta a
sus discípulos el sentido profundo de su presencia entre los hombres: que
podamos recibir el Espíritu Santo; que podamos, así, ser amados por Dios.

Recibir el amor de Dios es lo máximo. En ese amor están contenidos
todos los tesoros que pueden ser pensados. Aquello que satisface plenamente y
sin cansancio nuestros apetitos, no solamente de modo genérico, en cuanto
personas que somos, sino nuestros deseos y gustos individuales. Dios, que nos ha
creado, conoce a la perfección lo que satisface a cada uno.

Es Dios quien toma la iniciativa, ya que, siendo criaturas, en
modo alguno podíamos prever la grandeza de la vida en Él mismo a la que nos
invita, gracias a su amor totalmente desinteresado. Reconocemos, pues, que con
la misma libertad con que crea, llamando a la existencia, a las demás criaturas,
a los hombres los hace dignos de Sí: con capacidad para acoger su amor y para
manifestarle su Amor.

¡Sólo las bestias no rezan!, afirmaba con fuerza san Josemaría.
Quería referirse a que lo más propio del ser humano es su relación con Dios,
consciente y libre: ese trato personal y espiritual que solamente la criatura
humana puede tener en este mundo con su Creador y que llamamos oración. No
rezar, por tanto, es quedarse -en cierta medida al menos- al nivel de los
irracionales que no pueden rezar. Orar, por el contrario, por cuanto supone
entrar en relación con el Ser más grandioso que existe y podemos pensar, es lo
que objetivamente más nos dignifica. Lo que, por otra parte, nos puede
proporcionar la máxima impresión de plenitud. Podemos afirmar, sin duda, que
valemos tanto como vale nuestra oración.

En la misma raíz de tal dignidad humana está la libertad:
característica decisiva del hombre, de la que no gozan los demás seres creados
de este mundo. Haciéndonos libres -a su imagen y semejanza-, podemos lograr a
Dios nosotros mismos, aunque necesariamente deba ser con su omnipotencia. Si me
amáis..., dice. Porque Jesús quiere garantizar nuestra libertad y condiciona la
acción divina sobre el hombre -siempre amorosa y enriquecedora- al
consentimiento humano. Pero ese amor a Dios -a Jesucristo- que debe concretarse
en las obras que espera de nosotros -los mandamientos-, es el comienzo de la
vida divina para la que fuimos creados. Este modo de existir totalmente
distinto, sobrenatural, no puede ser sino por un nuevo don que enriquece más
nuestra naturaleza, ya de suyo superior al resto de la creación corpórea.

El Espíritu, en efecto, es la gran Novedad de Dios para el hombre.
Es la tercera de las personas divinas, enviado por el Padre y el Hijo, que nos
hace vivir en Dios; lo cual supone tal fortuna que somos incapaces de valorar
adecuadamente. Sin embargo, ocupados como estamos en tantas cosas -a veces,
demasiado ocupados, e incluso absortos por lo material de cada día-, esa vida en
Dios para la que fuimos creados, la única que propiamente nos corresponde, la
que da razón de nuestra dignidad, nos puede parecer poco importante. Sería algo
de lo que ocuparse cuando lo demás, lo propiamente decisivo, por así decir,
estuviera resuelto.

No queramos caer en la trampa que, como a un animal más, nos
tienden los bienes sensibles, por su atractivo o con su urgencia: lo que
apetece, el progreso, el descanso, la comodidad... Gracias a la inteligencia,
podemos descubrir el engaño que esconde de suyo la satisfacción sin medida de
los apetitos, cuando no se moderan por la decisión de buscar a Dios en todo. Ese
modo de actuar, supondría utilizar egoístamente lo que nos ha concedido Dios
para amarle. Sería ponernos nosotros mismos en lugar de Dios como fin de la
vida. Nos interesa estar prevenidos, desconfiar de nuestras tendencias -no por
ser nuestras son siempre buenas-, que incitan a conducir la vida humana al
margen de Dios: por caminos que, aunque libremente transitados, no concluyen en
nuestra genuina e inigualable plenitud. El hombre no es como un pez, que a veces
no sabe descubrir en la carnaza de lo apetecible el engaño mortal. Tenemos
capacidad para descubrir que sólo es Dios el Bien que nos dignifica.

El paso del tiempo y las diversas experiencias en la vida de los
hombres nos han enseñado además que, hasta por razones de bienestar y eficacia,
nos conviene acatar la ley de Dios. De lo contrario, nos tocará casi siempre
reconocer pronto que la felicidad de lo simplemente fácil o atrayente era sólo
una apariencia o cosa de pocos momentos. Contamos, en cambio con el ejemplo
estimulante de nuestra Madre, verdaderamente feliz por Dios, siendo su esclava.


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Dom, 1 de May, 2005 10:38 am

ldemgya
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ldemgya
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1 de May, 2005
10:39 am
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