Encuentros con la Palabra
Domingo IV de Cuaresma – Ciclo A (Juan 9, 1-41) – 6 de marzo 2005
"Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre?"
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
El diagnóstico que nos acaban de dar es fatal; la enfermedad
apareció de repente y no hubo tiempo de prevenirla. Fue un accidente
horrible; nadie esperaba que muriera tan joven. En el cruce de balas
lo hirieron y quedó parapléjico; le espera una vida entera de
sufrimiento. La ecografía dice que el niño va a nacer con una
deficiencia grave; será una carga pesada de llevar para toda la
familia. Noticias como estas no se las desea uno a nadie. Pero
llegan muchas veces. Y siempre, sin avisar. El dolor en este mundo
es muy grande y toca, más tarde o más temprano, a nuestra puerta, y
entra sin pedir permiso.
"Cuando le pasan cosas malas a la gente buena" es el título de un
libro escrito por un rabino norteamericano que vio nacer a uno de
sus hijos con una penosa enfermedad, que lo acompañó hasta su
muerte, a los catorce años; murió sin saber por qué él y sus padres,
habían tenido que sufrir tanto. Desde luego, este libro no logra
explicar del todo el origen del mal en el mundo, pero sí nos ayuda a
entender algunas de las situaciones que viven aquellas personas que
han sufrido injustamente. Es un buen intento por darle un sentido al
dolor del inocente.
Los discípulos, viendo al ciego de nacimiento, le preguntan a
Jesús: "¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus
padres, o por su propio pecado?". Esta pregunta aparece siempre ante
el dolor y el sufrimiento del inocente. Buscamos la culpa en
alguien. Buscamos alguna explicación, algún sentido al dolor, porque
no nos cabe en la cabeza que no haya una causa que lo explique. Pero
siempre, las explicaciones y los razonamientos que hacemos se quedan
cortos. El sufrimiento desborda nuestros intentos por entenderlo y
explicarlo. Eso ha pasado recientemente con la tragedia del sudeste
asiático y en muchos otros sucesos que dejan al descubierto nuestra
propia contingencia.
La respuesta que da Jesús puede decirnos algo, aunque hay que
reconocer que el misterio sigue allí, sin aclararse plenamente: "Ni
por su propio pecado ni por el de sus padres; fue más bien para que
en él se demuestre lo que Dios puede hacer. Mientras es de día,
tenemos que hacer el trabajo del que me envió; pues viene la noche,
cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la
luz del mundo". ¿Qué culpa puede tener el niño al nacer? ¿Por qué
iba a cargar el niño con el pecado de sus padres? Sin embargo, esta
es la explicación que le damos muchas veces, al dolor. Necesitamos
un chivo expiatorio y lo buscamos en otros o en nosotros mismos.
Tratamos de entender el origen del mal en algún comportamiento
nuestro.
El dolor y el sufrimiento no se pueden explicar. Tal vez lo peor que
podemos hacer es buscar culpables o culparnos a nosotros mismos. El
dolor es una pregunta que nos lanza la vida y que nos abre a lo que
Dios puede hacer en nosotros y, a través nuestro, en los demás. El
Señor nos invita a ser una luz para aquellos que transitan por el
camino del dolor, como lo fue él para aquel ciego que recuperó la
vista después de bañarse en el estanque de Siloé. "Después de haber
dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de
lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego le dijo: – Ve a
lavarte al estanque de Siloé (que significa `enviado')".
* Sacerdote jesuita, Director del Centro Ignaciano de Reflexión y
Ejercicios (CIRE)
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