Al modo de Dios
Día 19 IV Domingo de Adviento
Evangelio: Mt 1, 18-24 La generación de Jesucristo fue así:
María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se
encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia,
pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del
Señor se le apareció en sueños y le dijo:
-José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque
lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo
y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por
medio del Profeta:
"Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán
por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros".
Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había
ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz
un hijo; y le puso por nombre Jesús.
Al modo de Dios
A cualquiera nos resulta evidente que el mundo que contemplamos
y su concreta configuración no se debe a nosotros mismos. Es algo que
reconocemos, que captamos con más o menos profundidad intentando tener un
conocimiento lo más exacto posible de esa realidad, así como de las normas o
leyes que rigen el comportamiento y destino de cada uno de los seres que lo
componen. El hombre no es creador, sino, en todo caso, descubridor de una
realidad anterior a él mismo, en la que está también incluído con las excelentes
características que lo determinan como persona: pero es uno más de los seres
existentes en el mundo.
Constituído sobre el resto de la Creación, el hombre no se ha
otorgado a sí mismo esta superioridad, pues ninguno nos hemos conformado en
personas, ni decidido, por tanto, nuestro modo de ser. Más bien, nos corresponde
descubrir nuestra propia verdad, como condición previa para todo comportamiento
personal ulterior, pues, sólo a partir del conocimiento propio cabe pensar en
una acción libre y humana. De hecho, únicamente llamamos humana, aquella
conducta que es libre, decidida por cada uno, en la que el sujeto no se siente
forzado a actuar y conoce sus diversas posibilidades de acción y las
consecuencias.
Como conclusión del relato evangélico que hoy consideramos, dice
el evangelista que al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había
mandado, y recibió a su esposa. José actúa libremente, aunque no llevara él la
iniciativa, queriendo secundar en todo la voluntad que Dios, a través del ángel,
le mostraba como divina. Tenemos en él un ejemplo permanente de fidelidad a la
vocación, pues, cada vez que aparece en los escritos evangélicos lo vemos
colaborando con la misión del Verbo encarnado -que se le confió como hijo-, en
ocasiones recibiendo indicaciones de parte de Dios que le concretan de modo
explícito lo que espera de él.
En esto está la grandeza de José. Humanamente no es un personaje
famoso de su tiempo, ni aparece para sus parientes y conocidos como autor de
grandes hazañas; sin embargo, sólo con su vida -ordinaria casi siempre-, porque
en todo momento respondió a las llamadas divinas, ha merecido un puesto de
privilegio en la Gloria del Cielo, y ser recordado con admiración por todos los
cristianos.
En este tiempo nuestro, cuando para muchos parece decisivo
triunfar ante la gente, y que en eso estaría el valor personal; el Esposo de
María nos enseña verdadera eficacia y sencillez: José cumple lo que Dios
esperaba de él sin pensar en el propio lucimiento ni en satisfacciones
personales. Actúa tan sólo a impulsos del querer divino, de modo que le basta
conocer lo que el Señor espera de él para procurar ponerlo por obra, empleando
para ello lo mejor de sus cualidades. Fe, esperanza y caridad eran hábitos
corrientes en su conducta. Es más, por la docilidad con que reacciona a los
estímulos sobrenaturales, manifiesta cuánto le movía ya en la tierra el amor de
Dios. Un amor plasmado en obras de fidelidad: obediente enseguida a la
indicación del ángel de recibir a María como esposa, en contra de lo que él ya
había decidido; o, como veremos, poco tiempo después, saliendo enseguida, en
plena noche hacia un país extraño, porque fiado del aviso recibido, también en
sueños, descansa en la esperanza de encontrar en Egipto el mejor lugar para
establecer su familia, por increíble que pudiera parecer, con las razonables
dificultades del viaje y las demás incomodidades, lógicas en una tierra
desconocida.
Las páginas del Evangelio, como ésta que hoy consideramos, pueden
movernos al examen: ¿me intrresa en realidad descubrir lo que agradará más al
Señor en mi modo de actuar?; ¿hasta qué punto y con qué diligencia sigo lo que
me pide, lo que reconozco que es su voluntad para mí? Porque, viviendo de modo
consciente en la presencia de Dios, nuestra vida ha de ser de fe, esperanza y
amor. Pidamos por ello a Dios, Nuestro Padre, de quien procede todo bien y que
nos quiere santos, que aumente en cada uno las virtudes teologales, para tener
así realismo sobrenatural; y que, firmemente apoyados en la materia de este
mundo, podamos vivir vida de hijos de Dios. La mente de cada uno, atenta al
destino para el que nos quiere el Creador, gobernará la conducta nuestra
haciéndonos estar plenamente en las cosas de este mundo, pero sin reducirnos a
lo mundano. Comprobaremos así que hasta lo más terreno, si forma parte de la
vida de los hombres, puede y debe ser sobrenatural, capaz de manifestar amor a
Dios, que eso espera de sus hijos en cada instante.
La nuestra será, como la de María, una vida de fe, esperanza y
amor. Será, como la suya, aunque el dolor acompañe, una vida colmada de rico
sentido e inmensamente feliz, en la presencia de nuestro Padre del Cielo.
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