La exigencia en la santidad
Día 12 III Domingo de Adviento
Evangelio: Mt 11, 2-11 Entretanto Juan, que en la cárcel había
tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus
discípulos:
-¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?
Y Jesús les respondió:
-Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos
ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los
muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado
el que no se escandalice de mí.
Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la
multitud:
-¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el
viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes?
Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios
reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más
que un profeta. Éste es de quien está escrito:
Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti,
para que vaya preparándote el camino.
»En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer
nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos
es mayor que él.
La exigencia en la santidad
En el pasaje de san Mateo que hoy nos presenta la Liturgia de la
Iglesia contemplamos un interesante momento de la vida del Señor en relación con
Juan el Bautista. Por una parte, con su respuesta a los discípulos de Juan, les
confirma, por las obras que de Él contemplaban, que ya no debían esperar a otro:
se cumplía en su Persona lo anunciado por los profetas cuando se referían al
Mesías prometido por Dios. Advierte Jesús, por otra parte, que el talante y la
conducta del Precursor, por su heroísmo y fortaleza, debían ser un ejemplo
estimulante para siempre.
Una prueba de la mesianidad de Jesús de Nazaret consiste,
efectivamente, en el cumplimiento inequívoco en su persona de las profecías que,
durante siglos, habían anunciado la llegada de un libertador enviado por Dios a
los hombres. Aparte de las diversas circunstancias de lugar y de tiempo en que
vendría el Mesías y que se cumplen en Jesús, se cumplen también en Él otros
fenómenos -los milagros-, que siendo hechos sobrenaturales, por cuanto los
simples hombres no tenemos capacidad para ellos, prueban el carácter asimismo
sobrenatural de su Autor. La doctrina que se nos propone a los cristianos, al
ser del mismo Jesús de Nazaret, enviado de Dios como Mesías, es mucho más que
una enseñanza válida para conformar la vida de los hombres en unas determinadas
circunstancias de hace dos mil años. Las suyas son palabras definitivas para los
hombres de todos los tiempos -el Cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán, nos dijo-, su doctrina debe reflejarse siempre en la vida de los
hombres, cualesquiera que sean nuestras circunstancias.
El poder del Señor, demostrado con sus obras, es una garantía de
la solidez de su doctrina y confirma la autoridad de sus palabras. Que, junto al
amor que nos demuestra con su entrega hasta la muerte, estimula la respuesta
humana en su seguimiento. Aunque, si es cierto que nos anima a la confianza, nos
propone, en todo caso, una vida exigente como la de Juan Bautista. Una vida, que
debe ser también hoy completamente opuesta a la blandura y a lo simplemente
fácil o agradable. Quienes hayan puesto su ideal en el confort no deben buscarlo
en el cristianismo: el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, dirá,
refiriéndose a su caminar por este mundo y a la vida que promete a sus
apóstoles.
De diversos modos y con frecuencia insistirá Nuestro Señor en la
necesidad de la virtud de la fortaleza a lo largo de su vida pública. Por
ejemplo, enseñando a la gente: que el Reino de los Cielos padece violencia, y
los esforzados lo conquistan; que, si alguno quiere venir en pos de mí
-insiste-, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar
su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Son
palabras que el mismo Dios nos dirige, sin dejar de amarnos como Padre cariñoso,
aunque sean palabras exigentes con las que previene la tendencia nuestra a la
flojera y al egoísmo. Son, por eso, ocasión de que aseguremos nuestra conducta,
leal a la enseñanza del Señor, con algunos propósitos que trataremos de cumplir,
aunque nos cuesten, con la ayuda que Él mismo nos ofrece.
No está de moda la virtud de la fortaleza. Lo ideal para muchos es
que lo bueno cueste poco, aunque sea sólo relativamente bueno, aunque no sea tan
bueno como podría ser con más esfuerzo. Pero necesita el mundo de hoy,
cristianos que quieran amar sin medida, sin calcular el gasto, la fatiga, la
renuncia o el dolor que les supondrá ser leales a Dios hasta el heroísmo. Sin
medida, con tal de aportar a los demás, incluso a costa de sí, el estímulo y el
ejemplo necesarios para seguir esperanzados el ideal de Jesucristo. Como sigue a
Cristo el Romano Pontífice: leal al Evangelio y, por eso, no pocas veces,
enfrentado de hecho a los poderosos de este mundo. También nosotros podemos
manifestar la misma lealtad mientras rogamos a Dios con mucha frecuencia que lo
proteja y fortalezca. Nos dispondremos, así, a imitarle en esas contiendas
cotidianas contra la comodidad, la sensualidad, el amor propio..., que
necesariamente tendremos que librar para ser también leales a Jesucristo.
Santa María -Madre nuestra, auxilio de los cristianos, Esposa del
Espíritu Santo, Madre de Dios- nos protege con su intercesión poderosa. Somos
pequeños y no podemos prescindir de Ella en esta batalla que debemos mantener
contra nuestra debilidad y frente a los que se oponen al reinado de Dios en el
mundo. Como Virgen fiel, nos enseña que la fortaleza que vence al mundo está en
la humildad de reconocer el señorío divino sobre toda criatura, que a Ella la
conduce al gozo suyo de sentirse especialmente querida por Dios a pesar de su
pequeñez.
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