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Padecer a causa del Evangelio




Día 14 XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario


Evangelio: Lc 21, 5-19 Como algunos le hablaban del Templo, que
estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:
-Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre
piedra que no sea destruida.
Le preguntaron:
-Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de
que están a punto de suceder?
Él dijo:
-Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos
diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. Cuando oigáis
hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que
sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.
Entonces les decía:
-Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá
grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras
y grandes señales en el cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y
os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante
reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar
testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano
cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán
resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso
por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y
todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza
perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Padecer a causa del Evangelio

Reconsideremos lo que nos enseña la Iglesia en este domingo del
Tiempo Ordinario, finalizando ya el ciclo Litúrgico. Podemos, como cada año,
meditar en el fin del mundo, en los acontecimientos últimos de la existencia
humana sobre la tierra, pero también en la precisa realidad de la vida del
hombre y en su sentido, tal y como ha sido querida por Dios desde el principio.
Lo que se anuncia, lo que sucederá y que, en cierta medida, está ya sucediendo,
es y será la manifestación necesaria de nuestra condición tal y como fue creada.
Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre
piedra que no sea destruida, respondió Jesús: todo esto pasará. Así concluímos
también estudiando las cosas científicamente, al constatar la caducidad
inapelable de lo material. Es, asimismo, la experiencia que vamos teniendo,
según se suceden las generaciones. Cada día contemplamos, en efecto, el
sucederse de las cosas y de las personas. Tal vez por esto no tuvo Jesús réplica
a pesar de ser tan radical en su afirmación.

Se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá
grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares. Las circunstancias de
la vida y del mundo serán en general adversas para el hombre. Pero, de modo
particular, para los justos, para los que, fieles a Jesucristo, quieran vivir su
doctrina. Es muy interesante saberlo de antemano para que no nos extrañemos de
ser mal acogidos o de presentir que nos criticarán si somos fieles al Evangelio
y, más aún, si damos testimonio de vida cristiana: Os echarán mano y os
perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante
reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar
testimonio.

De algún modo, también ahora sucede esto. Aunque no estamos -según
parece- en el fin del mundo, es habitual que lluevan críticas sobre los
cristianos. Críticas con una clamorosa ausencia de sentido crítico: "es
inadmisible en nuestros días -dicen- esta pertinacia en oponerse a la
contracepción, al aborto..."; y, "...vivimos en una sociedad laica y plural
-prosiguen-, no debemos condicionarnos por prejuicios, frenos de ideologías
religiosas..." Se ve a Dios y a lo que de É l procede como un enemigo o un rival
al que combatir; alguien y algo de lo que librarse a toda costa, pues sería
contrario a la capacidad humana de desarrollo y felicidad.

En el fondo se trata de una actitud voluntarista e irracional.
Pues nada lo es más que la afirmación de una absoluta autonomía humana, que
autootorgarse decidir el sentido del propio destino, como si el hombre lo
hubiera pensado y configurado previamente, o sea antes de existir. Se niega el
principio de causalidad (no hay efecto sin causa) para la realidad que
contemplamos y el hombre se constituye en causa libre y válida de su existencia.

Nosotros, sin embargo, decimos con himno eucarístico: Te adoro con
devoción, Dios escondido. Humildemente, pero más ciertos que nadie; porque, una
vez más, contemplamos cómo se cumplen las palabras del Señor: convenceos de que
no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré
palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros
adversarios. Es justamente la impresión que debe tener Juan Pablo II en estos
días: se le niega con la burla irónica, descalificándole por mayoría de votos,
sin argumentos. Los enemigos del Evangelio pueden tener la fuerza pero no la
razón.

Porque, mientras tanto, la vida nuestra contrasta decididamente
con la de la mayoría, y esto, lejos de producirnos inseguridad nos confirma, si
cabe, en la verdad y valor de la actitud que tanto cuesta mantener. Ya nos habló
claramente Nuestro Señor de la injusticia que padeceríamos: seréis entregados
incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de
vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.

Por mucho que nos cueste, seremos capaces de ir contra corriente,
sobre todo si contamos con María: Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas, nos prometió su Hijo.
Nuestra Madre además nos protege y perseverar con Ella es fácil.



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Dom, 14 de Nov, 2004 9:51 am

ldemgya
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