Descubrir la Voluntad de Dios y vivirla
Viernes 12. FIESTA: Nuestra Señora del Pilar
Lc 11, 27-28 Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de
en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:
—Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te
criaron.
Pero él replicó:
—Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
guardan.
Descubrir la Voluntad de Dios y vivirla
Celebramos la fiesta de la Virgen del Pilar, y tomamos ocasión
de los versículos de san Lucas que nos ofrece la Liturgia de la Iglesia, en la
Misa de esta fiesta, para meditar en la singular alabanza que Jesús hace de su
Madre. Pues, aunque pareciera que Nuestro Señor rectifica a la mujer que desea
proclamar de modo expreso y públicamente la excelencia de María, el Señor más
bien declara –del mejor modo posible, por cierto– la razón profunda por la que
Ella, su Madre, merece, antes que ninguna otra persona, esa alabanza.
No es su maternidad, en el sentido biológico de la expresión –el
vientre que te llevó y los pechos que te criaron–, tal como expresa la mujer del
pueblo, la razón profunda de la excelencia de la Madre de Dios. Sin duda, el
cuerpo de María ha sido el más perfecto de los cuerpos humanos, después del de
su divino Hijo. Pero la maravilla de María está ante todo en su espíritu, pues
no es lo corporal lo que caracteriza de modo específico al ser humano. Siendo
María toda la hermosura y plenitud física que puede ser pensada en una mujer,
sin embargo, si es en verdad la bendita entre todas mujeres, según proclama de
ella Isabel, su prima, se debe a que es la llena de Gracia, en palabras de
Gabriel.
La Gracia de Dios, que Santa María tiene en plenitud, supone una
sintonía con el Creador máxima en Nuestra Madre: la mayor identificación y unión
con Dios que es posible en una criatura. Santa María debe su excelencia, no
tanto a lo que –podríamos decir– tiene como propio de Ella misma. Cualquier
cualidad personal de María, siendo humana, y corporal en este caso, posee un
valor necesariamente relativo por ser criatura. La Madre de Dios es ciertamente
maravillosa sobre todo en su alma: su ser está en todo momento en máxima
sintonía con Dios. Su entendimiento, su imaginación, su memoria, sus afectos,
sus ilusiones, todo su esfuerzo; en suma, toda su capacidad de pensar y de amar,
se dirige de continuo a Él. Lo demás –lo que no es Dios–, siendo efecto de la
creación, María lo contempla como realidades que manifiestan la gloria divina y,
en el caso de las personas, como criaturas con capacidad de darle gloria en el
ejercicio de su libertad. Las cosas, en sentido estricto, propiamente no pueden
ser buenas o malas, ya que no tienen capacidad moral al no ser libres; las
personas, en cambio, nos definimos respecto a Dios en cada momento por nuestras
acciones libres. Según sea nuestra actitud respecto a Dios, somos buenos o
malos.
La alabanza de Jesús corresponde, por tanto, antes que nada a su
Madre. Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
guardan, dice el Señor. María "escuchaba" de continuo la voz de su Creador. A
cada paso se le manifiesta su querer nítidamente, porque no tiene más interés
que descubrir la voluntad de Dios para sí misma, para el mundo, para los
hombres. Su exquisita sensibilidad sobrenatural, siendo la llena de Gracia, le
hace captar ante todo lo que Dios espera en cada instante: en aquello que le
afecta personalmente de modo directo, y en las otras situaciones del mundo de
las que tiene noticia. María es la que escucha a Dios por antonomasia. La que
descubre el querer divino –siempre amoroso por lo demás– para cada instante:
nada la distrae de Dios y así puede agradarle en todo, mientras nos esforzamos,
con renovado tesón, en el trabajo fue implantado el Reinado de Dios en el mundo.
Haber descubierto la Voluntad de Dios, de nuestro Creador y Señor,
reclama del hombre un empeño por identificarse con esa Voluntad con todas las
fuerzas. Nada de lo que reconocemos como querer divino nos debe resultar
indiferente. El buen cristiano vibra en deseos de ver establecida la voluntad
divina por todas partes: hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo,
rezamos muy frecuentemente. Nos consume esa impaciencia, mientras vemos que no
son las cosas a nuestro alrededor como las quiere Dios. Y pedimos perdón por los
que no saben valorar ese Señorío y Amor divinos que debe establecerse de modo
universal.
Sabemos por la fe que el destino del mundo es inseparable de un
triunfo clamoroso y glorioso de Dios ante toda la creación. Diríamos, entonces,
que la Voluntad de Dios está llamada a triunfar indudablemente: es omnipotente,
como Dios mismo. Por otra parte y en otro sentido, la Voluntad de Dios ha
quedado encomendada, en algunos aspectos, como una tarea para el hombre.
Decimos, por esto, que debemos cumplir la Voluntad de Dios. Ya que gozamos de
capacidad de opción en tantas manifestaciones del comportamiento humano, debemos
configurar nuestra vida –entendida como tarea que vamos actualizando segundo a
segundo– con ese querer divino que podemos descubrir. También a cada paso,
levantando los ojos del espíritu hacia Dios, descubrimos lo que espera Nuestro
Señor de nosotros hoy y ahora, lo que más le agrada entre las varias opciones
que se nos presentan. Amarle consiste, desde luego, en escoger aquello que nos
"pide", aunque tal vez nos pueda costar, no sea lo más fácil o lo que más
apetece.
Si en María nada distrae de Dios su entendimiento; si, persuadida
de su pequeñez y de la grandeza de su Creador, únicamente piensa en Él, y en el
mundo que debe manifestar su gloria, de modo particular en la vida de los
hombres; de modo semejante sucede con su voluntad. La Madre de Dios es,
asimismo, la que guarda por antonomasia la divina palabra, la Voluntad de Dios.
He aquí la esclava del Señor, declaró ante el arcángel, manifestando así lo que
sería el programa de su completa existencia. La vida de María se consuma, pues,
plenamente en la condición que su divino Hijo exige a los Bienaventurados, que
escuchan la palabra de Dios y la guardan.
Sigamos el consejo de san Josemaría: Invoca a la Santísima Virgen;
no dejes de pedirle que se muestre siempre madre tuya: "monstra te esse
Matrem!", y que te alcance, con la gracia de su Hijo, claridad de buena doctrina
en la inteligencia, y amor y pureza en el corazón, con el fin de que sepas ir a
Dios y llevarle muchas almas.
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