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Siervos de Dios e hijos de Dios   Lista de mensajes  
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El camino del cristiano

Día 3 XXVII Domingo del Tiempo Ordinario


Lc 17, 5-10 10 Los apóstoles le dijeron al Señor:
—Auméntanos la fe.
Respondió el Señor:
—Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera:
arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.
»Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado
y regresa del campo, ¿acaso le dice: «Entra enseguida y siéntate a la mesa?» Por
el contrario, ¿no le dirá más bien: «Prepárame la cena y dispónte a servirme
mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú?» ¿Es que tiene que
agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? Pues igual
vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: «Somos unos
siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer».

Siervos de Dios e hijos de Dios

El fragmento del Santo Evangelio según san Lucas que nos ofrece
este domingo la Santa Misa en su Liturgia de la Palabra, aúna dos lecciones del
Señor que deseamos asimilar bien. No se trata de enseñanzas independientes, como
si poco tuvieran que ver unas con otras las variadas exigencias de la vida
cristiana. Son, por el contrario, dos manifestaciones muy claras de que lo
nuestro debe ser siempre adorar y amar a Dios, Nuestro Padre y Señor.

Ha querido el Creador adoptar a los hombres como verdaderos hijos
por Jesucristo, el Verbo encarnado, y que gocemos así de su divinidad, del mismo
modo que gozan los hijos en este mundo de la riqueza y bondad de sus padres. La
misericordia de Dios ha puesto a nuestro favor todo su poder y bondad. Nos trata
como el mejor de los padres, queriendo que sea nuestro todo lo que le pertenece.
Basta que queramos que sea Nuestro Padre y Nuestro Dios. Entonces, con la
confianza propia de los hijos, nos parecerá normal disponer habitualmente de lo
que es sólo suyo por naturaleza: su amor, su poder, su comprensión, su perdón,
su vida; esa vida eterna que nos ha prometido en su intimidad, y la fortaleza y
constancia para marchar en cada jornada sin apartarnos de su lado.

Apoyados en el convencimiento de fe, por el que no dudamos de su
amor, nos dirigimos a su infinita bondad, persuadidos de que nos quiere mejores
hijos, y le decimos: ¡auméntanos, Señor la fe, para que te veamos más cerca, más
amoroso, más Padre! Deseamos quererle con nuestro propio corazón como Él se
merece. Ya comprendemos que es imposible, sólo con nuestras solas fuerzas, por
más que logremos poner toda nuestra ilusión y nuestro esfuerzo en ese cariño. Es
necesario que le queramos con su corazón, con esa caridad que nos ganó Jesús con
su Cruz para que pudiéramos ser otros Cristos. Es preciso que le veamos con sus
ojos y no dudemos entonces de que, con Él, podemos mover montañas y plantar
árboles en el mar, como dijo Jesús que haríamos por la fe. Podremos así –Él lo
espera– darle la vuelta al mundo; a este mundo, tan ajeno en ocasiones a la fe,
que sólo admite lo estrictamente sensible, como si el hombre, con su
inteligencia y su poder, fuera el criterio de la verdad y el bien.

Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?, se preguntaba
el Apóstol. Pero hemos de estar con Él, desear, por encima de todo, no
apartarnos de su lado. Necesitamos los hombres vivir de la intimidad con Dios,
persuadidos de que sólo tiene sentido nuestra vida consumada en su servicio. Un
servicio que no es, ni mucho menos, meramente servil: ya no os llamo siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su señor..., dijo Jesús a los Apóstoles.
Nos llama amigos; más aún, hijos. Y como a hijos nos ofrece Dios, Nuestro Padre,
una ocasión continua de amarle cumpliendo su voluntad con obras. Así nos
desarrollamos en su presencia. Un desarrollo éste, que es bien distinto de ese
otro transitorio y limitado, que es el progreso para los demás hombres o para
nosotros mismos: un desarrollo sólo a lo humano es incapaz de superar la
frontera de la muerte. Nuestro Padre Dios, nos quiere maduros en su presencia.
Con una madurez que, más que un desarrollo natural –que en el mejor de los casos
no superaría los límites de este mundo– con un desarrollo sobrenatural, en
virtud, en Gracia, a su medida, ya que nos hizo para ser hijos suyos y para
amarle.

Dios nos exige. Tiene para ello todo el derecho, pues criaturas
suyas somos. Nos ha hecho como quiso. Nada de lo que llamamos "nuestro" tiene,
sin embargo, en nosotros la razón última de ser. Por tanto, un sentimiento
profundo de gratitud debe inundar nuestra existencia de continuo. Tenemos la
ocasión de ser agradecidos, a partir de la conciencia que poseemos de nosotros
mismos que también nos ha sido otorgada. Dios nos exige, somos sus siervos, pero
hemos de mostrar continuamente nuestro agradecimiento a Dios Nuestro Padre,
porque nos manda..., porque espera de sus hijos amor con obras... Son ocasiones
que nos ofrece de engrandecernos, no ya ante nuestro punto de vista, tantas
veces torcido por la comodidad o el orgullo, ni ante los ojos de los demás, de
los que buscamos en ocasiones el aplauso: bien poca cosa. Siendo el mismo
Creador y Señor del mundo quien acoge nuestras acciones, tendrán esas obras el
valor que Él les da. Cómo las llevemos a cabo, será además la manifestación de
la reverencia, la adoración, y el amor que le tenemos. Manifestación, asimismo
del reconocimiento de su dignidad y señorío –de su gloria– ante el resto de la
Creación y, antes que nada, ante Él mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Servir
a Dios no es, pues, poca cosa. Se trata, por el contrario, de lo más grandioso
que puede ser realizado en el mundo.

Pidamos perdón a Dios Nuestro Señor, si alguna vez, por rebeldía
tonta, tendemos a sentirnos víctimas, a modo de simples vasallos, de un señor
autoritario e impasible que, sin venir a cuento, esperara de los hombres
diversas conductas según su capricho: las que nos manda la Iglesia. Y
agradezcamos, en cambio, esas exigencias, como oportunidades que son para
nuestra plenitud personal.

Finalmente, poniendo por intercesora a nuestra Madre del Cielo,
nos acogemos a las gracias que el mismo Dios nos dispensa, para que sepamos
cumplir su voluntad. Son los talentos con los que cada uno fuimos creados según
su sabiduría, las capacidades necesarias para ser esos siervos inútiles, hijos
muy amados, que sólo hicieron lo que debían para agradar a su Padre Dios;
felices y confiados, sin preocuparse de recompensa humana. Santa María nos
ilumina con su ejemplo de Esclava del Señor.


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Sáb, 2 de Oct, 2004 10:05 am

ldemgya
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