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La fuerza imprescindible y suficiente de la oración

La fuerza imprescindible y suficiente de la oración





Día 1 Santa Teresa del Niño Jesús

Evangelio: Lc 9, 57-62: Mientras iban de camino, uno le dijo:
—Te seguiré adonde vayas.
Jesús le dijo:
—Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos,
pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
—Sígueme.
Pero éste contestó:
—Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
—Deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús–;
tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Y otro dijo:
—Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi
casa.
Jesús le dijo:
—Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto
para el Reino de Dios.


La fuerza imprescindible y suficiente de la oración
Comenzamos el mes de octubre conmemorando a santa Teresa de
Lisieux, Carmelita Descalza, conocida también por santa Teresita del Niño Jesús.
Se trata de una religiosa que dedicó su vida a la oración contemplativa, que nos
puede enseñar la primacía de la intimidad con Dios para que tenga sentido
cualquiera de nuestros quehaceres. Como es sabido, el Santo Padre Juan Pablo II,
proclamó a esta santa Doctora de Iglesia.

Esta religiosa, que, fiel a su regla, no abandonó su convento en
Francia, es, sin embargo, la patrona de las misiones. Podría pensarse que muchos
otros santos –los hay con la vida cargada de movimiento apostólico, visible y
conocido– serían más apropiados que la santa de Lisieux para ser presentados
como ejemplo de espíritu misionero, y como intercerores ante Dios para esta
importante tarea. De hecho, el afán por llevar a los hombres al calor de la fe y
a la riqueza incomparable de la posesión de Dios, posiblemente queda más claro
en algunos santos llenos de actividad exterior. Pero la Iglesia ha querido
reconocer ante el mundo, pensando en Teresa de Lisieux como patrona del
movimiento misionero, que el secreto y fundamento de toda eficacia apostólica
es, ante todo, la oración.

Teresa de Lisieux, sin salir de su convento, consagró su vida a
rezar y sacrificarse por las misiones. En su coloquio con Dios vibraba
impaciente por tantos lugares donde debía aún implantarse la fe, ofreciendo al
Señor el “precio” de sus sacrificios y súplicas por gentes lejanas, desconocidas
muchas veces. Otras, encomendaba expresamente a Dios la tarea evangelizadora de
algún misionero que conocía. Siguiendo al pie de la letra la advertencia del
Señor a sus Apóstoles –sin Mí no podéis hacer nada–, intercedía por los que
lejos se fatigaban por Cristo y por la felicidad de otros al abrazar la fe. En
su oración y sacrificio encontraba la fuerza para la fatiga de aquellos que, muy
lejos casi siempre de Francia, hablaban de Dios y de su salvación a la gente.
También en la oración conseguía luz para las inteligencias de cuantos oían por
primera vez hablar de Cristo.

Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en
“tercer lugar”, acción. Así se expresaba san Josemaría en Camino, y así son las
cosas en la vida de todos los que desean ser verdaderos apóstoles de Nuestro
Señor. Preguntémonos cuánto rezamos para que mejoren esas personas
–perfectamente conocidas, tal vez– que deben enmendarse, que provocan nuestra
crítica, aunque sólo sea interior… ¿Cómo nos unimos a la oración del Santo Padre
por las necesidades de la Iglesia y del mundo? ¿Ofrecemos sacrificios por los
demás?

Los que siguen a Cristo, por el mundo o, como esta santa,
apartados de los afanes mundanos, son impulsados en todo caso por el propio
Cristo a difundir su enseñanza. El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su
cabeza, nos advierte el Señor; y esa es también la suerte del discípulo que le
acompaña, apartado del mundo o metido de lleno en los afanes terrenos. No es el
discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor, aclararía Jesús en
otro momento. Una existencia incómoda y un trabajo intenso están garantizados
para el discípulo de Cristo. Comparte así con El su misma calidad de vida. Pero,
precisamente por esto, ya que viven siempre juntos, quien sigue al Señor para el
apostolado cuenta donde quiera que se encuentre con su compañía: el discípulo
tampoco tiene dónde reclinar su cabeza, pero jamás se siente solo. Tiene, por el
contrario, con el inapreciable tesoro de su Dios junto a sí.

Nos conviene –y es, por otra parte, manifestación de realismo–
considerar habitualmente la seguridad que, como cristianos, debemos sentir con
el mismo Dios, que no nos abandona un solo instante. Es bueno librarse de la
pesadumbre imaginaria por una vida marcada con la cruz. No, ciertamente,
eliminando de nuestra vida lo que cuesta, ni fomentando compensaciones humanas
que contrarresten la dureza de caminar con Cristo. Se tratará, más bien, de
perderle el miedo al dolor. Perderle el miedo al dolor por la oración:
contemplando al Señor con nosotros, de nuestra parte, queriéndonos; y, no de
cualquier modo, porque quiere y puede hacernos verdaderamente felices. Sólo la
oración que contempla es capaz de descubrir, en el misterio de Dios, su poder y
su bondad para hacernos felices, aunque no tengamos dónde reclinar la cabeza. La
dureza del seguimiento del Señor nunca será insoportable, con su ayuda que nuna
falta, pues todo lo puedo en Aquel que me conforta, como decía san Pablo.

¡Que el ejemplo y la intercesión de santa Teresita nos animen!
Pidámosle amar de corazón a Dios y a muchas almas, y ser felices contemplando la
grandeza de una vida así. Que será quizá, sin embargo, sencilla, como la de
Nuestra Madre, Santa María.


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[Se eliminaron del mensaje las partes que no eran texto]




Vie, 1 de Oct, 2004 11:12 am

ldemgya
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