Trabajar por amor a Dios
Día 18 XVI Domingo del Tiempo Ordinario
Evangelio: Lc 10, 38-42 Cuando iban de camino entró en cierta
aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una
hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:
—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas
de servir? Dile entonces que me ayude.
Pero el Señor le respondió:
—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas.
Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le
será arrebatada.
Trabajar por amor a Dios
Se ha hecho famoso este momento de la vida de Nuestro Señor en
el que, como en otros, se pone de manifiesto también la agudeza humana de
Jesucristo. No entramos en esta ocasión en especiales detalles acerca de la
confianza grande que tenía Jesús en aquella casa: la de los tres hermanos,
Marta, María y Lázaro. San Juan, el evangelista, relata más en profundidad
pormenores concretos de la relación de amistad de Jesús con aquella familia, con
quienes el Señor se sentía a gusto, mientras los tres hermanos correspondían con
total confianza al trato de privilegio que les dispensaba. Betania, la pequeña
aldea junto a Jerusalén de Marta y sus hermanos, ha pasado a la historia del
pensamiento cristiano como prototipo de lugar acogedor, por cuanto allí, en
aquella casa, había una relación ideal, humana y sobrenatural, entre Dios y los
hombres.
Aquel día, con la misma franqueza que en otras ocasiones, Marta,
posiblemente la mayor de las hermanas, se dirige al Señor con la queja de que su
hermana María la deja sola con las tareas de la casa. Ni mucho menos sería una
murmuración, pues el relato de san Lucas da a entender que la propia María
estaba presente, escuchando también de la protesta de su hermana. Marta no
entiende que Jesús pueda consentir, al menos implícitamente, lo que ella
considera pasividad en su hermana María: desentenderse de los quehaceres
domésticos por escuchar a Jesús.
Vale la pena que meditemos, aunque sea muy brevemente, la escena
sobriamente narrada por san Lucas, antes de reflexionar en la respuesta de
Jesús, que pudo, en un primer instante, sorprender a Marta. Ambas mujeres son un
ejemplo para todo cristiano. De hecho, las dos son veneradas como santas desde
los primeros siglos del cristianismo. Para María, nada, ni lo que pueda parecer
más necesario, es equiparable a la presencia misma del Señor en casa. Todo se
debe posponer –ya se hará en otro momento, pensaría– cuando se puede atender a
las palabras del Hijo de Dios encarnado. No se trata tanto de lo que pueda
decir, por su interés según las circunstancias, cuanto de que son palabras del
mismo Dios: siendo Jesús quien nos habla, es en cualquier circunstancia
decisivo. Sería absurdo pensar que Dios pueda decirnos algo sólo hasta cierto
punto interesante. Así lo entiende María que, sin entrar en especiales
valoraciones acerca de lo que será más oportuno en ese momento, no se plantea
otra posibilidad salvo estar pendiente de Jesús y de sus palabras.
Marta, por otra parte, nos enseña asimismo algo también decisivo
para nuestras relación con Dios. Marta es franca consigo misma, enjuicia la
situación, esas circunstancias concretas de aquel día que posiblemente reclamara
más trabajo, y traslada sin más su problema a Jesús. Marta que es "trasparente"
con el Señor: dice lo que piensa, no intenta guardar las apariencias ocultando
su mal humor en lo que le parece injusto. Como quiere que se hagan las cosas
bien, expone el asunto que le preocupa –por trivial que parezca– a quien, sin
duda, juzgará a la perfección. Ella quiere que se hagan las cosas del mejor modo
según el criterio divino.
Del comportamiento de ambas hermanas podemos aprender mucho, para
llevar a cabo nuestros quehaceres de acuerdo con la dignidad que nos
corresponde, de hijos de Dios. En todo momento nada es más decisivo y
enriquecedor para cada hombre que esa mirada permanente de amor que Dios nos
dedica: nos contempla Dios como a hijos muy queridos. Es una mirada cariñosa,
acompañada de unas palabras –escuchadas en el silencio de nuestra contemplación
sobrenatural– que nos recuerdan la nobleza por don divino de nuestra condición y
que Dios nos aguarda a cada paso de la vida: "también ahora –con eso que tienes
entre manos– me puedes amar", viene a decirnos de continuo; "eso que te ocupa,
por intrascendente que parezca, te puede servir para ganar el Cielo", nos
insiste.
Posiblemente, como María, tendremos que dedicar algunos momentos a
no hacer otra cosa que contemplar y escuchar al Señor. Son los ratos de
meditación, únicamente ocupados en sentirnos mirados por Dios, mientras afinamos
el oído de nuestra conciencia, con el deseo de incorporar a la conducta de cada
día los afanes e ilusiones del mismo Dios. También, como Marta, preguntaremos al
Señor, con franca sencillez, si es ya suficiente nuestro empeño por la santidad:
si es bastante el sacrificio, el interés por los demás, nuestra súplica en favor
del Papa, lo que rezamos por vocaciones..., si –en fin– lo que nos ocupa nos
lleva verdaderamente a Él, o únicamente nos ocupa.
Nadie como la Madre de Dios ha vivido en permanente contemplación,
únicamente atenta a los requerimientos divinos y haciendo de su conducta una
afirmación siempre decidida y consciente al querer de Dios. Si procuramos
caminar en su presencia maternal, sabremos vivir con el espíritu de María y el
de Marta.
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