Como María
Día 16 Memoria Obligatoria: Nuestra Señora del Carmen
Evangelio: Mt 12, 46-50 Aún estaba él hablando a las multitudes,
cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él.
Alguien le dijo entonces:
—Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar
contigo.
Pero él respondió al que se lo decía:
—¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
—Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi
madre.
Como María
Celebramos en este día a nuestra Madre del Cielo, Santa María. Y
los versículos de san Mateo que hoy nos ofrece la Iglesia parecen ideales para
que consideremos la grandeza de la Madre de Dios. Como sabemos, esa alabanza de
Jesucristo que parece dejar de lado precisamente a su Madre es, sin embargo, la
proclamación pública, ante cuantos le escuchaban en aquel momento y, para
siempre ya, imborrable en su Evangelio, de la excelencia sin igual de María
Santísima. Aquella mujer, llena de Gracia, que había consentido dócilmente a
cuanto Dios quisiera de Ella era, sin duda, la destinataria primera de la
alabanza que hace Jesús: todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en
manos Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi Madre. Nadie como Ella, en
efecto, había querido y sabido cumplir la voluntad del Padre que está en los
Cielos. Por lo demás, no es menos cierto que María sea simultáneamente hermano,
hermana y madre de Jesús.
Pero, aprovechemos esta celebración para brindar a María nuestro
deseo eficaz de cooperar, con Ella, en el ofrecimiento de nuestro mundo a Dios.
Ante todo, es necesaria la entrega del corazón. Que nuestros afectos se dirijan
al Señor y que alentemos propósitos de servirle; de buscar que otros quieran
ponerle también en el centro de sus vidas. Queramos que nuestros sentimientos,
como los suyos, deseen ver a Dios –Amor nuestro– honrado, amado por los
corazones de todos los hombres. Buscaremos, pues, que los amigos y conocidos
concreten pautas de vida que sean manifestación de su piedad, señales eficaces
de que desean amar a Dios sobre todas las cosas. La contemplación de esa
relación de María con Dios y de Dios con Ella es, sin duda, estímulo animante
para cada uno y para todos.
Ave María, escucha la doncella de Nazaret. Un ángel –¡nada menos!–
de parte de Dios se dirige a María. Lo cual indica, sin duda, tanto la categoría
del mensaje, de quien lo recibe y, como es evidente, de su autor: la Trinidad
Beatísima. Y Dios nos habla también a cada uno del mejor modo: según nuestras
personales circunstancias. Fácilmente sabemos lo que nos dice Dios y, sobre
todo, que es Él, quien se dirige a cada uno: un suceso que nos hace pensar, una
lectura, una conducta, un comentario, una festividad como la de hoy... Algo, en
suma, que nos interpela y nos sitúa ante Dios, conocedor de las conciencias.
Pero volvamos a contemplar a nuestra Madre, con la ilusión de volcarnos en
afectos agradecidos a Dios, por su bondad con los hombres, y a Ella misma, por
su correspondencia a la Gracia divina y el ejemplo de su impecable
correspondencia.
Con mucha frecuencia valdrá la pena hacer así la oración,
contemplando, pidiendo, tal vez, únicamente amor: más amor, que sea eficaz –con
obras– por Santa María y por Dios mismo. Un amor a la medida del que nos enseña
Nuestro Padre y el Cielo, cuando se dirige a María. Lo hace con un saludo
amable, grato, que no sobrecoge y menos aún asusta. Así actúa también Dios con
cada uno. Para Él siempre somos niños. ¡Qué queramos, siempre también, ser niños
y nada más en la presencia de nuestro Dios. No debe asustarse el niño pequeño
cuando llega su madre o su padre y lo besa.
¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?,
solía afirmar san Josemaría. Tampoco nosotros nos queremos acostumbrar. No
queremos vivir como si no tuviera importancia el amor que Dios nos tiene. Por
eso agradeceremos de modo expreso su cariño. No queremos valorar nada tanto como
ese amor. Deseamos que sea el fundamento de nuestra alegría, de nuestra
seguridad en medio de todo lo que pudiera venirnos de este mundo, el fundamento
de nuestro consuelo para los peores momentos. No serán otros, por cierto, que
los que Dios, en su amor inmenso, tenga a bien consentir.
Y mientras María escucha las palabras de Gabriel, nos podemos
imaginar a Dios atento, pendiente de Ella, aguardando su reacción que tendría
tanta trascendencia. Porque le importamos mucho a Dios –tan grande su amor por
la humanidad–. Diríamos que Dios había puesto mucho en juego con su plan
salvador: María, llena de Gracia, concebida sin pecado para ser, así, la más
digna de las madres; el Espíritu Santo dispuesto a descender sobre Ella; y el
Hijo a punto de tomar carne humana en su cuerpo de mujer. Nacería luego, a los
nueve meses como los demás hombres –la podría llamar verdaderamente Madre– y
podría asimismo llevar a cabo la Redención.
También nosotros deseamos vivir bien despiertos frente a las
realidades sobrenaturales. A nuestra medida, hay mucho en juego con nuestra
conducta: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen
muchas cosas grandes, asegura el autor de Camino. Se trata de la voluntad de
Dios, Omnipotente, que triunfa a través de sus hijos los hombres y, por eso,
nunca hay en esa voluntad cosas de poca importancia, triviales, vulgares.
Vivamos permanentemente a luz de esta verdad. Con este convencimiento alumbrando
nuestra existencia, nuestros planes, dificultades, proyectos, ilusiones,
presente, futuro y pasado. En una palabra: con la escena de la Anunciación en
nuestra mente y en nuestro corazón.
No queramos que se detenga la contemplación nuestra de María,
llena de Gracia, jamás. Queramos, en cambio, que sea más intensa en sus fiestas.
Por su cuenta, como Madre buena, sabrá hacernos inmensamente felices o, lo que
es lo mismo, más amantes de los planes de Dios.
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