Un permanente acto de fe
Día 3 Sábado. Fiesta: Santo Tomás, apóstol
Evangelio: Jn 20, 24-29 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no
estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:
—¡Hemos visto al Señor!
Pero él les respondió:
—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi
dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.
A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás
con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio
y dijo:
—La paz esté con vosotros.
Después le dijo a Tomás:
—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en
mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.
Respondió Tomás y le dijo:
—¡Señor mío y Dios mío!
Jesús contestó:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin
haber visto hayan creído.
Un permanente acto de fe
En estos días de la historia que nos han tocado, parece
imponerse, con una fuerza cada día más imperiosa, la teoría de que debemos vivir
únicamente de cara a la realidad palpable. El ámbito estrictamente humano de los
fenómenos constatables por el propio hombre sería el único relevante para
nosotros. Lo que no se puede medir, aquello de lo que no se puede tener una
experiencia sensible, por mucho que se afirme y aunque haya sido aceptado antes
por innumerables generaciones, en realidad hoy es para muchos irrelevante. El
hombre del siglo XXI, para no ser tachado de iluso, ignorante o retrasado debe
olvidar –dicen– la palabra a creer. La falta de fe es una actitud que pretenden
imponer hoy algunos en ciertos sectores culturales.
Los relatos evangélicos quedan, por tanto, sin sentido;
descartados para esa moderna concepción de la vida humana y del mundo. Se
argumenta que –con independencia de si están cargados de razón y de justicia–
como narran sucesos extraordinarios, nada convincentes para la razón humana, no
se pueden aceptar. Los Evangelios serían falsos puestos que contienen relatos
que el hombre no puede comprender cómo sucedieron. Pero, claro, si se acepta la
afirmación anterior el hombre se coloca a sí mismo como árbitro absoluto
evaluador de toda realidad y verdad y, en rigor, todo terminaría entonces donde
acaban las capacidades humanas. Es la consecuencia necesaria si sólo es real lo
compresible para el hombre.
Nada más insólito, por alejado de la experiencia, que la vida
actual de quien estuvo muerto y enterrado. Pero, sin embargo, Tomás no se pudo
negar a la resurrección de Jesús: lo estaba contemplando con sus ojos y palpando
con sus propias manos. Y el apóstol convencido se desdice públicamente ante los
demás, que habían sido testigos hacía poco de su engreída seguridad: si no le
veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los
clavos y meto mi mano en el costado, no creeré, había declarado.
Pero esa lección de Cristo, con ocasión de la incredulidad del
apóstol, parece haber sido olvidada por algunos que se dicen en nuestros días
maduros. Con una pretendida elocuencia y sabiduría, que más bien parece
ingenuidad infantil, afirman tozudamente: "si no lo veo, no lo creo". Y Jesús,
que tiene "palabras de vida eterna", para la Eternidad y para todos nuestros
días, sigue diciéndonos hoy: bienaventurados los que sin haber visto hayan
creído y no seas incrédulo sino creyente. ¿Acaso podrían engañar a Tomás de modo
unánime el resto de los Apóstoles? Nada más absurdo ¿No podría por sí mismo
haber comprobado que el sepulcro estaba vacío? Sin duda y con poco esfuerzo.
María también –la Madre de Jesús– le hubiera confirmado de inmediato, llena de
gozo, la Resurrección de su Hijo, de haberle preguntado; pero no lo hizo.
También ahora algunos parecen muy convencidos, con la seguridad
que les brinda su exclusivo criterio y alentados en ello por algunos que pasan
la vida viviendo de la incredulidad de la gente ... En realidad, no es
precisamente de hoy ese apego desmesurado al propio modo de pensar y de juzgar,
que impide al sujeto reconocer lo verdadero y valioso de lo demás. Pero la
pérdida que supone esa triste actitud es especialmente lamentable cuando el
otro, a quien no se atiende, anuncia con verdad a Dios.
Se hace muy necesaria en nuestros días una vida humana de fe.
Necesita el hombre vivir libre del prejuicio de que la fe empequeñece, recorta
la libertad intelectual, disminuye el señorío propio, resta capacidad de
iniciativa, nos convierte en elementos informes de una masa impersonal, etc. Muy
por el contrario, conocer a Dios, creer a Dios, y más en concreto cuanto ha
revelado acerca de los hombres, eleva al creyente sobremanera respecto a los que
desconocen cuanto a Dios y al hombre desde Dios se refiere.
Los imperativos de la fe, esos compromisos que reconoce el
creyente al aceptar a Dios como Padre, condicionan ciertamente –he aquí el
problema inconfesable– la vida personal de todos. Por lo mismo que el que tiene
fe considera decisivo reconocer a Dios y es bien consiente de la tremenda laguna
intelectual que supone para el hombre no advertir su presencia: sólo el que cree
y vive la fe sabe –por ejemplo– de la paz de tener a Dios como Padre; por eso
mismo, el hombre fe nota la "carga" de creer: tener que someter inteligencia y
voluntad, no ser ya señor de uno mismo.
No supone, sin embargo, pérdida alguna esa dependencia plena y
libremente asumida. Y menos aún frente a esa otra actitud de pretendida
autonomía librepensadora de algunas, que no tiene razón de ser a poco que se
intenta razonadar con pausa y objetividad sobre nuestra humana condición,
reconociéndose entonces que casi nada de lo personal depende de la persona.
Habría, pues, que asumir la mentira del "señorío" absoluto y absurdo del hombre
sobre el hombre para gozar luego las ventajas de la autonomía librepensadora.
El creyente se siente seguro –y con razón– porque está en la
realidad. No le importa notar que no se debe a sí mismo. Pero es consciente de
que Dios lo ha hecho capaz de llevar a cabo acciones relevantes ante Él –de
categoría divina– con sólo cumplir su voluntad. Lo que condiciona, pues, la vida
del creyente en cuanto tal, más que como requisitos condicionantes negativos, se
contempla a los ojos de la fe como ocasiones de auténtico engrandecimiento y
acceso a la divinidad, y permanente ocasión de alegría y agradecimiento. Siendo
como Dios ha querido, el hombre que fe es a la manera de Dios: triunfa en él el
plan divino de que llegue a ser hijo de Dios.
La Madre de Dios y de los hombres, maestra de fe, de esperanza y
de amor, nos colme de su alegría –le pedimos–, para saber contagiar a otros –a
muchos– del entusiasmo inigualable de creer en Dios.
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