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El valor del trabajo

El valor del trabajo

Día 1 sábado San José Obrero







Evangelio: Mt 13, 54-58 Y al llegar a su ciudad se puso a
enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían:
—¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es
éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago,
José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de
dónde le viene todo esto?
Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:
—No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su
casa.
Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.

El valor del trabajo
Celebramos hoy con toda la Iglesia a San José, esposo de la
Santísima Virgen y, según la ley judía, padre de Jesús, aunque no lo fuera por
la generación habitual de la carne. No era, sin embargo, Jesús menos hijo de su
corazón que los hijos comunes lo son de sus padres. Sin temor a exagerar,
podemos afirmar que José es padre de Jesús, el hijo de María siempre Virgen, con
una paternidad excelsa y muy superior a la de los padres que engendran según la
carne. Como afirma san Agustín, a José no sólo se le debe el nombre de padre,
sino que se le debe más que a otro alguno (...), ¿cómo era padre? Tanto más
profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que
era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los
demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de
su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús.
¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se
refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del
germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un
hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios.

José amaba a Jesús como no somos capaces de amar los demás
hombres. Entregó al Hijo de Dios encarnado lo mejor de sí mismo, incluyendo el
trabajo que llenaba su vida y sustentaba a la Familia que quiso Dios para nacer,
crecer y alcanzar su madurez entre los hombres. Por eso Nuestro Señor que era
conocido como artesano: el hijo del artesano. Y nos lo imaginamos durante muchos
años –tenía Jesús al comenzar unos treinta años, cuando comenzó su vida pública,
según nos cuenta san Lucas– en el taller de su padre, José, y más tarde
posiblemente al frente del mismo. Jesús pasó la mayor parte de sus días sobre la
tierra trabajando, como todos los hombres y mujeres de bien. Se ocupaba en una
tarea corriente, sin más relieve la mayoría de las veces que el sobrenatural,
por el amor y la perfección que ponía en cada detalle.

El trabajo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo. Trabajo no es
exclusivamente la ocupación profesional en sentido estricto. Trabajo es asimismo
cualquier otra actividad productiva en sentido amplio, que, por lo general,
requiere un cierto esfuerzo por parte de quien la realiza: desde responder el
correo a leer un artículo cultural que contribuye a la propia formación o
charlar con un hijo o con un amigo, tratando de ayudarle.

El esfuerzo: he aquí la dificultad. Dificultad añadida al trabajo
como consecuencia del pecado. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, advirtió
Dios en nuestros Primeros Padres en el Paraíso Terrenal, después de la
desobediencia. Habiendo perdido al desobedecer la inocencia original, el
trabajo, desde entonces, es en cierto sentido una pena, un castigo a la rebeldía
humana. Ahora trabajar cuesta. Cualquier actividad –hasta la más pequeña– que
emprende el hombre en beneficio propio le supone esfuerzo: es trabajosa,
decimos, para indicar que de algún modo nos pesa.

De modo espontáneo el trabajo no se realiza con gusto y
constancia. Es preciso casi siempre un empeño por mantener la decisión –que
cuesta– del orden, de la puntualidad, del cuidado del detalle... Sucede, por el
contrario, que lo fácil es generalmente de poco valor y no cubre las
expectativas y requerimientos personales. Todo lo que vale es trabajososo,
decimos: ningún ideal se hace realidad sin sacrificio..., leemos en Camino. Se
trata, en todo caso, de un esfuerzo, de un sacrificio, de una renuncia incluso
–si queremos llamarlo así–, aunque sea llevadera. De ordinario, en efecto, lo
que se espera de cada persona en el terreno profesional y en sus deberes
familiares y sociales es algo posible, razonable.

Sin embargo, el hombre trabajaba antes de pecar. Como dice el
libro del Génesis, tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de
Edén, para que lo labrase y cuidase. Sólo después del pecado sintió el hombre la
dificultad del esfuerzo. El trabajo de la tierra no sería en adelante una tarea
confortable: espinas y abrojos te producirá, aseguró Dios a Adán. Lo cual, en
modo alguno privó al trabajo de su grandeza original, por la que el hombre había
sido constituido Señor de la naturaleza: llenad la tierra y sometedla, dijo Dios
al hombre haciéndolo señor de toda la creación terrena. El trabajo aparece,
pues, como un designio y don de Dios a los hombres, por el que los constituye en
señores del mundo que había creado para ellos.

La actividad humana, por tanto, ya que puede ser trabajo casi
siempre, es una permanente ocasión de configurar nuestra existencia según el
querer divino, de amar a Dios agradecidamente y del más pleno desarrollo
personal: aquel querido desde el principio por nuestro Creador.

Pedimos a Santa María que contemplemos en cada instante esa
ocasión irrepetible de vivir según Dios. Con su ayuda maternal no nos faltará la
fuerza necesaria y sabremos superar la debilidad y falta de constancia que son
consecuencia del pecado.


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Sáb, 1 de May, 2004 10:07 am

ldemgya
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