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Desprendimiento de los bienes materiales   Lista de mensajes  
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Desprendimiento de los bienes materiales

Día 4 Memoria Obligatoria. San Francisco de Asís
Lucas 10, 1-12 Después de esto designó el Señor a otros setenta y
dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él
había de ir. Y les decía:
—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al
señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como
corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no
saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a
esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra
paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo
y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis
de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os
pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está
cerca de vosotros». Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus
plazas y decid: «Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los
pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está
cerca». Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella
ciudad.


Desprendimiento de los bienes materiales
Conmemoramos hoy a san Francisco de Asís que, entre sus muchas
virtudes, nos da ejemplo especialmente notorio de la virtud de la pobreza. Como
es sabido, Francisco, de familia acomodada y con un futuro "prometedor", en el
sentido humano y material de la palabra, quiso desprenderse de su hacienda y de
los posibles proyectos de progreso mundano, para dedicarse a Dios y a la
difusión del Evangelio. Esa opción suya, que podría parecer para los ojos del
mundo un ideal poco interesante, resultó, en cambio, enormemente atractiva para
cientos y miles, que siguiendo su ejemplo, se han desprendido de los bienes
terrenos, para seguir más libremente a Dios, animando a todos a descubrir en Él
el auténtico valor para los hombres.

Meditamos, pues, en la contingencia y fragilidad de los bienes
terrenos y en el ejemplo de pobreza que nos ofrece este gran santo que hoy
celebramos, a quien podemos encomendarnos para que el Señor nos conceda amar
esta virtud –la pobreza–, que él calificaba de "señora" para significar su
importancia. Las cosas, incluso las que se nos presentan con su atractivo más
atrayente, no dejan en ningún caso de ser caducas; bienes que nos llenan –y sólo
hasta cierto punto– hoy, durante una temporada, tal vez en algún caso, por toda
la vida, pero nada más. Y, para el hombre con fe, esto es muy poco.

Por lo demás, las riquezas pueden convertirse en un poderoso
obstáculo para la santidad, para la posesión de Dios, único objetivo que puede
colmarnos en plenitud. Se hace necesario, por tanto, un efectivo desprendimiento
de los bienes terrenos –que san Francisco practicó con heroísmo– y es condición
para la Caridad: para el amor a Dios, en que consiste la santidad: Nadie puede
servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará
su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a
las riquezas. Así se expresaba Jesús, para dejarnos claro que la preocupación
por los bienes materiales, en sí mismos, no es compatible con la salvación.
Agradezcamos al Señor los medios materiales de que disponemos, fomentando
incluso la ilusión de poder contar con más y mejores medios, pero que sean
instrumentos para servirle mejor.

Recordemos lo que decía en otra ocasión: La sal es buena; pero si
hasta la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? No es útil ni para la tierra
ni para el estercolero; la tiran fuera. Quien tenga oídos para oír, que oiga. El
dinero es bueno, podríamos decir: lo que poseo y aquello que me ilusiona lograr
es bueno, pero si se desvirtúa porque lo amo en sí mismo y no para servir mejor
a Dios, para la santidad, que es mi fin en la vida, entonces resulta inútil, más
aún, nefasto. En cambio, si busco en Dios mis riquezas, no sólo mantengo el
"capital", sino que lo incremento de modo asombroso: No amontonéis tesoros en la
tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan
y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni
herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está
tu tesoro allí estará tu corazón.

Conviene, por consiguiente, que nos preguntemos si tenemos la
impresión de gastar para Dios, de invertir propiamente en el Cielo. San
Francisco, dándonos un ejemplo heroico, abandonó todos sus bienes, cuando su
familia y amigos esperaban que administrara con acierto su fortuna. Sólo él
consideró que su mejor negocio sería "invertir" en la Vida Eterna propia y para
la Vida Eterna de los demás. Es, en efecto, muy importante conocer el veradero
valor de los bienes materiales, por una parte; y, por otra, en qué consiste ser
rico de verdad. Dios no espera de todos un abandono absoluto de las posesiones,
ya que se necesitan de ordinario para desenvolverse normalmente en la sociedad.
Nos pide, en cambio, que no pongamos nuestro corazón en las cosas, pues sabe
Dios que nada distinto de El puede darnos la felicidad.

Aprendamos de la mano de Nuestra Madre esta lección que Nuestro
Padre Dios enseña a sus hijos pequeños, porque queremos hacernos y aprender como
niños.








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Vie, 3 de Oct, 2003 12:34 pm

ldemgya
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fluvium
ldemgya
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