La victoria segura
Día 8 DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Evangelio: Jn 20, 19-23 Al atardecer de aquel día, el siguiente al
sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos
cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les
dijo:
—La paz esté con vosotros.
Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió:
—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío
yo.
Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados,
les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
La victoria segura
La la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles no se narra
en los evangelios sino en otro libro del nuevo testamento, “Los Hechos de los
Apóstoles”, escrito por uno de los evangelistas, por san Lucas. Aquel día se
cumplió, como Jesús había prometido, el descenso del Paráclito, la segunda de la
Santísima Trinidad, sobre los que estaban reunidos en aquel lugar. Yo rogaré al
Padre –les había dicho– y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros
siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le
ve ni le conoce.
Como nos sucedería a cualquiera, si estuviéramos a punto de
quedarnos sin quien más queremos en la vida, los apóstoles estaban tristes al
oírle a Jesús decir que se marchaba. El ambiente de la última cena era
especialmente íntimo; diríamos que Jesús se desahoga con los suyos, les
manifiesta abiertamente –aunque sin poder evitar el misterio para las
inteligencias de ellos, todavía demasiado humanas, poco sobrenaturales– lo que
lleva en su corazón en esas últimas horas antes de la pasión. A la vez, sale al
paso de la inquietud de los apóstoles, de lo que en esos momentos les preocupa.
Se acerca hora triunfo y, aunque no será como ellos se imaginan, va a cumplirse
–y a la perfección– la tarea redentora que le llevó a encarnarse.
Una vez consumada la misión del Hijo en favor del hombre, la
presencia de Dios junto a nosotros –siempre necesaria para que podamos ser
santos– tendrá lugar con la Tercera Persona, el Santificador: Os conviene que me
vaya, les dijo, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En
cambio, si yo me voy, os lo enviaré. El mismo Dios, en su Tercera Persona, es
prometido por Jesucristo antes de su Pasión y de su Ascensión. Y de tal modo
sería su venida y su presencia en el mundo que, por duro y misterioso que les
pareciera a los apóstoles, era muy conveniente para el hombre esa otra presencia
divina en nosotros. Con admirable sencillez, les expone Jesús el plan divino
para la santificación de humanidad: Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré
de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará
testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio
estáis conmigo. La presencia permanente de Dios Espíritu Santo en el cristiano
se manifiesta en un testimonio continuo en él de Jesucristo; de modo que, por la
acción del Paráclito, los hijos de Dios tenemos en la mente y en el corazón la
vida y las enseñanzas de Jesús. Su doctrina es así una referencia constante para
la propia conducta y un ideal de vida para la sociedad: el cristiano,
consecuente con su condición, intenta de modo natural, a instancias del
Espíritu, implantar con su vida por doquier el ideal del Evangelio.
Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el
Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará
todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. Deseemos vivamente, por
tanto, ese recuerdo de los sentimientos y afanes de Cristo en nuestro corazón.
Se vive así, como El quiere –como se sentía san Pablo–, una vida verdaderamente
sobrenatural, porque ya no es únicamente terrena, pues, sin abandonar este
mundo, por la acción del Espíritu Santo, vivimos también la vida de Dios, somos
otros Cristos. Y de tal manera es esto necesario, que, si prescindiéramos de
este nuevo modo de existencia en Jesucristo, seríamos como personas, algo
truncado, seres sin terminar, sin lograr la plenitud que propiamente nos
corresponde: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del
Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne
y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque
mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me
envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.
La Santa Misa, con la Comunión Eucarística, constituye la esencia
y la raíz de la vida cristiana. De tal modo, que es en unión con el sacrificio
de Cristo en la Cruz, que se renueva de modo incruento cotidianamente en
nuestros altares, como tienen relevancia sobrenatural cada uno de nuestros
pensamientos, palabras y acciones. A esto nos lleva el Espíritu Santo. Esa vida
que Jesús quiere para los suyos y que quiere presente en la sociedad, para que
sea vivificada desde dentro, es la que de Él brota para los hombres: de su Cruz
y su Resurrección. Es la misma que anticipadamente dío a sus discípulos como
comida y bebida “la noche en que iba a ser entregado”. El Paráclito, en efecto,
impulsándonos suavemente a vivir como Cristo, nos ha enseñado y nos invita a
organizar nuestra existencia en torno a la Santa Misa. Así se vive la vida de
Cristo y llega a ser una realidad la ofrenda de nosotros a Dios Padre en favor
de los hombres.
María, al pie de la Cruz, sigue encarnando el hágase en mí según
tu palabra, que pronunció al saberse destina para Madre de Jesús. El Espíritu
Santo vendrá sobre ti, le había anunciado Gabriel, y toda su existencia terrena
fue un empeño por vivir según el deseo divino. ¡Ojalá que nosotros, dóciles al
Paráclito, queramos imitarla.
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