Eduardo Gudynas
(Voces del Frente, 2 agosto 2007)
En los últimos tiempos se repite una curiosa tesis para justificar que los
temas ambientales queden en un segundo plano. Se dice que la primera
prioridad es salir de la pobreza, satisfacer necesidades básicas y atender
las demandas materiales esenciales; una vez que se cumpla ese paso, se
podrán atender otras cuestiones, como el ambiental. Esta tesis ha sido
defendida bajo diferentes énfasis tanto por políticos como universitarios.
Algunos sostienen que las demandas ambientales son un lujo propio de
burgueses. Otros afirman que los imperativos ambientales no pueden
entorpecer el crecimiento económico. Los defensores académicos dicen que el
ambientalismo en un movimiento “post-material” , invocando los estudios de
Ronald Inglehart, de mediados de la década de 1970.
Las personas en primer lugar buscarían satisfacer sus necesidades
“materiales”, como la seguridad física y económica, y una vez que lo
logran, pasan a los llamados valores “postmateriales” , como la calidad de
vida y la realización personal, dice Inglehart. Las sociedades industriales
ejemplificarí an ese cambio, donde la desaparición de la pobreza permitió el
florecimiento del pacifismo, feminismo y ambientalismo.
Estas ideas, formuladas tres décadas atrás, en general tienen serias
limitaciones, y en varios casos están equivocadas. Muchos reclamos y
movilizaciones ambientales parten desde sectores empobrecidos y
marginalizados, quienes no abandonan sus valores “materiales”, tales como
el empleo o vivienda, pero simultáneamente expresan exigencias sobre la
calidad ambiental y el manejo de los recursos naturales.
Si la tesis de Inglehart fuese cierta, en sociedades empobrecidas, como la
uruguaya, las demandas ambientales no partirían desde los sectores
populares. Pero en nuestro país hay varios casos que demuestran el error de
esa postura, y que van desde las demandas de los vecinos de Pinar Norte
realizadas en los noventa, contra los impactos ambientales y sanitarios de
la disposición final de las barométricas, a las recientes movilizaciones de
vecinos en San José contra diferentes fábricas.
En América Latina sucede otro tanto. Comunidades muy empobrecidas de
campesinos peruanos se organizan contra las empresas mineras, indígenas en
Ecuador rechazan la llegada de las petroleras, y asociaciones en las
favelas luchan contra la basura en varias ciudades de Brasil.
La tesis de la postmaterialidad tiene otro problema. Defiende una secuencia
en las demandas sociales, hasta caer en una ortodoxia: “Primero creceremos
y tendremos las chimeneas, y después limpiaremos”. Esa postura reduce el
abanico de políticas públicas (la gestión ambiental queda relegada
esperando el despegue económico) y se abonan excusas para la inacción. Se
cae así en una gestión ambiental que apenas debería asegurar la salud
pública y evitar accidentes, asemejándola a la versión francesa de la
“higiene pública” de mediados del siglo XX
Quienes invocan la tesis de la postmaterialidad quedan atrapados dentro de
los esquemas teóricos de los libros de texto europeos sin comprender la
evidencia ofrecida por los movimientos sociales en el sur. La calidad de
vida y la calidad ambiental no son un lujo. Por el contrario, el deterioro
ecológico genera pobreza y en muchos casos, son los pobres quienes sufren
directamente los impactos ambientales de emprendimientos económicamente
exitosos, pero ecológicamente ruinosos. No existe una secuencia ni una
jerarquía, y la lucha contra la pobreza siempre incluye una dimensión
ambiental.
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