- Dios y el Estado -Mikhail Bakunin
La caída es tan terrible que la divinidad, la persona o la idea divina, se
aplasta, pierde la conciencia de sí misma y no se vuelve a encontrar jamás. ¡Y
en esa situación desesperada, es forzada aún a hacer milagros! Porque desde el
momento en que la materia es inerte, todo movimiento que se produce en el mundo,
aun en el material, es un milagro, no puede ser sino el efecto de una
intervención divina, de la acción de Dios sobre la materia. Y he ahí que esa
pobre divinidad, desgraciada y casi anulada por su caída, permanece algunos
millares de siglos en ese estado de desvanecimiento, después se despierta
lentamente, esforzándose siempre en vano por recuperar algún vago recuerdo de sí
misma; y cada movimiento que hace con ese fin en la materia se transforma en una
creación, en una formación nueva, en un milagro nuevo. De este modo pasa por
todos los grados de la materialidad y de la bestialidad; primero gas, cuerpo
químico simple o compuesto, mineral, se difunde luego por la tierra
como organismo vegetal y animal, después se concentra en el hombre. Aquí parece
volver a encontrarse a sí misma, porque en cada ser humano arde una chispa
angélica, una partícula de su propio ser divino, el alma inmortal.
¿Cómo ha podido llegar a alojarse una cosa absolutamente inmaterial en una cosa
absolutamente material?, ¿Cómo ha podido el cuerpo contener, encerrar,
paralizar, limitar el espíritu puro? He ahí una de esas cuestiones que sólo la
fe, esa afirmación apasionada estúpida de lo absurdo, puede resolver. Es el más
grande de los milagros. Aquí, no tenemos sino que constatar los efectos, las
consecuencias prácticas de ese milagro.
Después de millares de siglos de vanos esfuerzos para volver a sí misma, la
divinidad, perdida y esparcida en la materia que anima y que pone en movimiento,
encuentra un punto de apoyo, una especie de hogar para su propio recogimiento.
Es el hombre, es su alma mortal aprisionada singularmente en un cuerpo mortal.
Pero cada hombre considerado individualmente es infinitamente restringido,
demasiado pequeño para encerrar la inmensidad; no puede contener más que una
pequeña partícula, inmortal como el todo, pero infinitamente más pequeña que el
todo. Resulta de ahí que el ser divino, el ser absolutamente inmaterial, el
espíritu, es divisible como la materia. He ahí un misterio del que es preciso
dejar la solución a la fe.
Si Dios entero puede alojarse en cada hombre, entonces cada hombre sería Dios.
Tendríamos una inmensa cantidad de dioses, limitado cada cual por todos los
otros y, sin embargo, siendo infinito cada uno; contradicción que implicaría
necesariamente la destrucción mutua de los hombres, la imposibilidad de que
hubiese más que uno. En cuanto a las partículas, esto es otra cosa: nada más
racional, en efecto, que a partícula sea limitada por otra, y que sea más
pequeña que el todo. Sólo que aquí se presenta otra contradicción. Ser limitado,
ser más grande o más pequeño, son atributos de la materia, no del espíritu. Del
espíritu tal como lo entienden los materialistas, sí, sin duda, porque, según
los materialistas, el espíritu real no es más que el funcionamiento del
organismo por completo material del hombre; y entonces la grandeza o la pequeñez
del espíritu dependen en absoluto de la mayor o menor perfección material del
organismo humano. Pero estos mismos atributos de limitación y de
grandeza relativa no pueden ser atribuidos al espíritu tal como lo entienden
los idealistas, al espíritu absolutamente inmaterial, al espíritu que existe
fuera de toda materia. En él no puede haber ni más grande ni más pequeño, ni
ningún límite entre los espíritus, porque no hay más que un espíritu: Dios. Si
se añade que las partículas infinitamente pequeñas y limitadas que constituyen
las almas humanas son al mismo tiempo inmortales, se colmará la contradicción.
Pero ésta es una cuestión de fe. Pasemos a otra cosa.
He ahí, pues, a la divinidad desgarrada, y arrojada por partes infinitamente
pequeñas en una inmensa cantidad de seres de todo sexo, de toda edad, de todas
las razas y de todos los colores. Esa es una situación excesivamente incómoda y
desgraciada para ella porque las partículas divinas se conocen unas a otras
poco, al principio de su existencia humana, que comienzan por devorarse
mutuamente. Por tanto, en medio de este estado de barbarie y de brutalidad por
completo animal, las partículas divinas, las almas humanas, conservan como un
vago recuerdo de su divinidad primitiva, son invenciblemente arrastradas hacia
su Todo; se buscan, lo buscan. Esa es la divinidad misma, difundida y perdida en
el mundo material, que se busca en los hombres está de tal modo destruida por
esa multitud de prisiones humanas en que se encuentra repartida, que al buscarse
comete un montón de tonterías.
Comenzando por el fetichismo, se busca y se adora a sí misma, tan pronto en una
piedra, como en un trozo de madera, o en un trapo. Es muy probable también que
no hubiese salido nunca del trapo si la otra divinidad que no se ha dejado caer
en la materia, y que se ha conservado en el estado de espíritu puro en las
alturas sublimes del ideal absoluto, o en las regiones celestes, no hubiese
tenido piedad de ella.
He aquí un nuevo misterio. Es el de la divinidad que se escinde en dos mitades,
pero igualmente totales e infinitas ambas, y de las cuales una -Dios padre- se
conserva en las puras regiones inmateriales; mientras que la otra -Dios hijo- se
ha dejado caer en la materia. Vamos a ver al momento establecerse relaciones
continuas de arriba a abajo y de abajo a arriba entre estas dos divinidades,
separada una de otra; y estas relaciones, consideradas como un solo acto eterno
y constante, constituirán el Espíritu Santo.
Tal es, en su verdadero sentido teológico y metafísico, el grande, el terrible
misterio de la trinidad cristiana. Pero dejemos lo antes posible estas alturas y
veamos lo que pasa en la tierra.
Dios padre, viendo, desde lo alto de su esplendor eterno, que ese pobre Dios
hijo, achatado y pasmado por su caída, se sumergió y perdió de tal modo en la
que, aun llegado al estado humano, no consigue encontrarse, se decide, por fin,
a ayudarlo. Entre esa inmensa cantidad de partículas a la vez inmortales,
divinas e infinitamente pequeñas en que el Dios hijo se diseminó hasta el punto
de no poder volver a reconocerse, el Dios padre eligió las que le agradaron más
y las hizo sus inspirados, sus profetas, sus “hombres de genio virtuosos”, los
grandes bienhechores y legisladores de la humanidad: Zoroastro, Buda, Moisés,
Confucio, Licurgo, Solón, Sócrates, el divino Platón, y Jesucristo, sobre todo,
la completa realización de Dios hijo, en fin, recogida y concentrada en una sola
persona humana; todos los apóstoles, San Pedro, San Pablo y San Juan, sobre
todo; Constantino el Grande, Mahoma; después Carlomagno, Gregorio Vll, Dante;
según unos Lutero también, Voltaire y Rousseau,
Robespierre y Dantón, y muchos otros grandes y santos personajes históricos de
los que es imposible recapitular todos los nombres, pero entre los cuales, como
ruso, ruego que no se olvide a San Nicolás.
Henos aquí, pues, llegados a la manifestación de Dios sobre la tierra. Pero tan
pronto como Dios aparece, el hombre se anula. Se dirá que no se anula del todo,
puesto que él mismo es una partícula de Dios. ¡Perdón! Admito que una partícula,
una parte de un todo determinado, limitado, por pequeña que sea la parte, sea
una cantidad, un tamaño positivo. Pero una parte, una partícula de lo
infinitamente grande, comparada con él, es, necesariamente, infinitamente
pequeña. Multiplicad los millones y millones por millones y millones; su
producto, en comparación con lo infinitamente grande, será infinitamente
pequeño, lo infinitamente pequeño es igual a cero. Dios es todo, por
consiguiente el hombre y todo el mundo real con él, el universo, no son nada. No
saldréis de ahí.
Dios aparece, el hombre se anula; y cuanto más grande se hace la divinidad, más
miserable se vuelve la humanidad. He ahí toda la historia de todas las
religiones; he ahí el efecto de todas las inspiraciones y de todas las
legislaciones divinas. En historia el nombre de Dios es la terrible maza
histórica con la cual los hombres divinamente inspirados, los grandes “genios
virtuosos” han abatido la libertad, la dignidad, la razón y la prosperidad de
los hombres.
Hemos tenido primeramente la caída de Dios. Tenemos ahora una caída que nos
interesa mucho más: la
del hombre, causada por la sola aparición o manifestación de Dios en la tierra.
Ved, pues, en qué error profundo se encuentran nuestros queridos e ilustres
idealistas. Hablándonos de Dios, creen, quieren elevarnos, emanciparnos,
ennoblecernos y, al contrario, nos aplastan y nos envilecen. Con el nombre de
Dios se imaginan poder establecer la fraternidad entre los hombres, y, al
contrario, crean el orgullo, el desprecio; siembran la discordia, el odio, la
guerra, fundan la esclavitud. Porque con Dios vienen necesariamente los
diferentes grados de inspiración divina; la humanidad se divide en muy
inspirados, menos inspirados y en no inspirados de ningún modo. Todos son
igualmente nulos ante Dios, es verdad; pero comparados entre sí, los unos son
más grandes que los otros; y no solamente de hecho -lo que no sería nada, porque
una desigualdad de hecho se pierde por sí misma en la colectividad, cuando no
encuentra nada, ninguna ficción o institución legal a cual pueda engancharse-;
no, los unos son más grandes que los otros por el derecho divino de la
inspiración: lo
que constituye de inmediato una desigualdad fija, constante, petrificada. Los
más inspirados deben ser escuchados y obedecidos por los menos inspirados. He
ahí al fin el -principio de autoridad bien establecido, y con él las dos
instituciones fundamentales de la esclavitud: la Iglesia y el Estado.
De todos los despotismos el de los doctrinarios o de los inspirados religiosos
es el peor. Son tan celosos de la gloria de su Dios y del triunfo de su idea,
que no les queda corazón ni para la libertad, ni para la dignidad, ni aun para
los sufrimientos de los hombres vivientes, de los hombres reales. El celo
divino, la preocupación por la idea acaban por desecar en las almas más tiernas,
en los corazones más solidarios, las fuentes del amor humano. Considerando todo
lo que es, todo lo que se hace en el mundo, desde el punto vista de la eternidad
o de la idea abstracta, tratan con desdén las cosas pasajeras; pero toda la vida
de los hombres reales, de los hombres de carne y hueso, no está compuesta más
que de cosas pasajeras; ellos mismos no son más que seres que pasan y que, una
vez pasados, son reemplazados por otros igualmente pasajeros, pero que no
vuelven jamás en persona. Lo que hay de permanente o de relativamente eterno en
los hombres reales, es el hecho de la humanidad que,
al desenvolverse constantemente, pasa, cada vez más rica, de una generación a
otra. Digo relativamente eterno, porque una vez destruido nuestro planeta -y
puede por menos de perecer tarde o temprano, pues do lo que ha comenzado debe
necesariamente terminar-, una vez descompuesto nuestro planeta, para servir sin
duda de elemento a alguna formación nueva en el sistema del universo, el único
realmente eterno, ¿quién sabe lo que pasará con todo nuestro desenvolvimiento
humano? Por consiguiente, como el momento de esa disolución está inmensamente
lejos de nosotros, podemos considerar a la humanidad como eterna, dada en
relación a la vida humana, tan corta. Pero este mismo hecho de la humanidad
progresiva no es real y viviente más que en tanto que se manifiesta y se realiza
en tiempos determinados, en lugares determinados, en hombres realmente vivos, y
no en su ideal general.
La idea general es siempre una abstracción y por eso mismo, en cierto modo, una
negación de la vida real. En mi Apéndice Consideraciones filosóficas he
comprobado esta propiedad del pensamiento humano, y por consiguiente, también de
la ciencia, de no poder aprehender y nombrar en los hechos reales más que su
sentido general, sus relaciones generales, sus leyes generales; en una palabra,
lo que es permanente en sus transformaciones continuas, pero jamás su aspecto
material, individual, y, por decirlo así, palpitante de realidad y de vida, pero
por eso mismo fugitivo, no la realidad misma; el pensamiento de la vida, no la
vida. He ahí su límite, el único límite verdaderamente infranqueable para ella,
porque está fundado sobre la naturaleza misma del pensamiento humano, que es el
único órgano de la ciencia.
Sobre esta naturaleza se fundan tres derechos incontestables y la gran misión de
la ciencia, pero también su impotencia vital y su acción malhechora siempre que,
por sus representantes oficiales, patentados, se atribuye el derecho de gobernar
la vida. La misión de la ciencia es ésta: Al constatar las relaciones generales
de las cosas pasajeras y reales y al reconocer las leyes generales inherentes al
desenvolvimiento de los fenómenos, tanto del mundo físico como del mundo social,
planta, por decirlo así, los jalones inmutables de la marcha progresiva de la
humanidad, indicando a los hombres las condiciones generales cuya observación
rigurosa es necesaria y cuya ignorancia u olvido serán siempre fatales. En una
palabra, la ciencia es la brújula de la vida, pero no es la vida. La ciencia es
inmutable, impersonal, general, abstracta, insensible, como las leyes de que no
es más que la reproducción ideal, reflexiva o mental, es decir, cerebral (para
recordamos que la ciencia misma no es
más que un producto material de un órgano material, de la organización material
del hombre, del cerebro). La vida es fugitiva, pasajera, pero también palpitante
de realidad y de, individualidad, de sensibilidad, de sufrimientos, de alegrías,
de aspiraciones, de necesidades y de pasiones. Es ella la que espontáneamente
crea las cosas y todos los seres reales. La ciencia no crea nada, constata y
reconoce solamente las creaciones de la vida. Y siempre que los hombres de
ciencia, saliendo de su mundo abstracto, se mezclan a la creación viviente en el
mundo real, todo lo que proponen o lo que crean es pobre, ridículamente
abstracto, privado de sangre y de vida, muerto nonato, semejante al humunculus
creado por Wagner, el discípulo pedante del inmortal doctor Fausto. Resulta de
ello que la ciencia tiene por misión única esclarecer la vida, no gobernarla.
El gobierno de la ciencia y de los hombres de ciencia aunque se llamen
positivistas, discípulos de Auguste Comte, o discípulos de la escuela
doctrinaria del comunismo alemán, no puede ser sino impotente, ridículo,
inhumano y cruel, opresivo, explotador, malhechor. Se puede decir que los
hombres de ciencia, como tales, lo que he dicho de los teólogos y de los
metafísicos: no tienen ni sentido ni corazón para los seres individuales y
vivientes. No se les puede hacer siquiera un reproche por ello, porque es la
consecuencia natural de su oficio. En tanto que hombres de ciencia no se
preocupan, no pueden interesarse más que por las generalidades, por las leyes...
[Faltan tres páginas del manuscrito de Bakunin]
... no son exclusivamente hombres de ciencia, son también más o menos hombres de
la vida.
Pero no hay que fiarse demasiado, y si se puede estar seguro poco más o menos de
que ningún sabio se atreverá a tratar hoy a un hombre como se trata a un conejo,
es de temer siempre que el gobierno de los sabios, si se le deja hacer, querrá
someter a los hombres vivos a experiencias científicas, sin duda menos crueles
pero que no serían menos desastrosas para sus víctimas humanas. Si los sabios no
pueden hacer experiencias sobre el cuerpo de los hombres, no querrán nada mejor
que hacerlas sobre el cuerpo social, y he ahí lo que hay que impedir a toda
cosa.
En su organización actual, monopolistas de la ciencia y que quedan, como tales,
fuera de la vida social, los sabios forman ciertamente una casta aparte que
ofrece mucha analogía con la casta de los sacerdotes. La abstracción científica
es su Dios, las individualidades vivientes y reales son las víctimas, y ellos
son los inmoladores consagrados y patentados.
La ciencia no puede salir de la esfera de las abstracciones. Bajo este aspecto,
es infinitamente inferior al arte, -el cual tampoco tiene propiamente que ver
más que con los tipos generales y las situaciones generales, pero que, por un
artificio que le es propio, sabe encarnar en formas que aunque no sean vivas, en
el sentido de la vida real, no provocan menos en nuestra imaginación el
sentimiento o el recuerdo de esa vida; individualiza en cierto modo los tipos y
las acciones que concibe y, por esas individualidades sin carne y sin hueso, y
como tales permanentes e inmortales, que tiene el poder de crear, nos recuerda
las individualidades vivientes, reales, que aparecen y que desaparecen ante
nuestros ojos. El arte es, pues, en cierto modo la vuelta de la abstracción a la
vida. La ciencia es, al contrario, la inmolación perpetua de la vida fugitiva,
pasajera, pero real, sobre el altar de las abstracciones eternas.
La ciencia es tan poco capaz de aprehender la individualidad de un hombre como
la de un conejo. Es decir, es tan indiferente para una como para otra. No es que
ignore el principio de la individualidad. La concibe perfectamente como
principio, pero no como hecho. Sabe muy bien que todas las especies animales,
comprendida la especie humana, no tienen existencia real más que en un número
indefinido de individuos que nacen y que mueren, haciendo lugar a individuos
nuevos igualmente pasajeros. Sabe que a medida que se eleva de las especies
animales a las especies superiores, el principio de la individualidad se
determina más, los individuos aparecen más completos y más libres. Sabe en fin
que el hombre, el último y el más perfecto animal de esta tierra, presenta la
individualidad más completa y más digna de consideración, a causa de su
capacidad de concebir y de concretar, de personificar en cierto modo en sí
mismo, y en su existencia tanto social como privada, la ley universal. Sabe,
cuando no está viciada por el doctrinarismo teológico, metafísico, político o
jurídico, o aun por un orgullo estrictamente científico, y cuando no es sorda a
los instintos y a las aspiraciones espontáneas de la vida, sabe (y ésa es su
última palabra), que el respeto al hombre es la ley suprema de la humanidad, y
que el grande, el verdadero fin de la historia, el único legítimo, es la
humanización y la emancipación, es la libertad, la prosperidad real, la
felicidad de cada individuo que vive en sociedad. Porque, al fin de cuentas, a
menos de volver a caer en la ficción liberticida del bien público representado
por el Estado, ficción fundada siempre sobre la inmolación sistemática de las
masas populares, es preciso reconocer que la libertad y la prosperidad
colectivas no son reales más que cuando representan la suma de las libertades y
de las prosperidades individuales.
La ciencia sabe todo eso, pero no va, no puede ir más allá. Al constituir la
abstracción su propia naturaleza, puede muy bien concebir el principio de la
individualidad real y viva, pero no puede tener nada que ver con individuos
reales y vivientes. Se ocupa de los individuos en general, pero no de Pedro o de
Santiago, no de tal o cual otro individuo, que no existen, que no pueden existir
para ella. Sus individuos no son, digámoslo aún, más que abstracciones.
Por consiguiente, no son esas individualidades abstractas, sino los individuos
reales, vivientes, pasajeros, los que hacen la historia. Las abstracciones no
tienen piernas para marchar, no marchan más que cuando son llevadas por hombres
reales. Para esos seres reales, compuestos no sólo de ideas sino realmente de
carne y sangre, la ciencia no tiene corazón. Los considera a lo sumo como carne
de desenvolvimiento intelectual y social. ¿Qué le importan las condiciones
particulares y la suerte fortuita de Pedro y de Santiago? Se haría ridícula,
abdicaría, se aniquilaría si quisiese ocuparse de ellas de otro modo que como de
un ejemplo en apoyo de sus teorías eternas. Y sería ridículo querer que lo
hiciera, porque no es ésa su misión. No puede percibir lo concreto; no puede
moverse más que en abstracciones. Su misión es ocuparse de la situación y de las
condiciones generales de la existencia y del desenvolvimiento, sea de la especie
humana en general, sea de tal raza, de tal pueblo, de
tal clase o categoría de individuos; de las causas generales de su prosperidad
o de su decadencia, y de los medios generales para hacerlos avanzar en toda
suerte de progresos. Siempre que realice amplia y racionalmente esa labor, habrá
cumplido todo su deber, y sería verdaderamente ridículo e injusto exigirle más.
Pero sería igualmente ridículo, sería desastroso confiarle una misión que es
incapaz de ejecutar. Puesto que su propia naturaleza la obliga a ignorar la
existencia y la suerte de Pedro y de Santiago, no hay que permitirle, ni a ella
ni a nadie en su nombre, gobernar a Pedro y a Santiago. Porque sería muy capaz
de tratarlos poco más o menos que como trata a los conejos. O más bien,
continuaría ignorándolos; pero sus representantes patentados, hombres de ningún
modo abstractos, sino al contrario muy vivientes, que tienen intereses muy
reales, cediendo a la influencia perniciosa que ejerce fatalmente el privilegio
sobre los hombres, acabarían por esquilmarlos en nombre de la ciencia como los
han esquilmado hasta aquí los sacerdotes, los políticos de todos los colores y
los abogados, en nombre de Dios, del estado y del derecho jurídico.
Lo que predico es, pues, hasta un cierto punto, la rebelión de la vida contra la
ciencia, o más bien contra el gobierno de la ciencia. No para destruir la
ciencia -eso sería un crimen de lesa humanidad-, sino para ponerla en su puesto,
de manera que no pueda volver a salir de él. Hasta el presente toda la historia
humana no ha sido más que una inmolación perpetua y sangrienta de millones de
pobres seres humanos a una abstracción despiadada cualquiera: Dios, patria,
poder el estado, honor nacional, derechos históricos, derechos jurídicos,
libertad política, bien público. Tal ha sido hasta hoy el movimiento natural,
espontáneo y fatal de las sociedades humanas. No podemos hacer nada ahí, debemos
aceptarlo en cuanto al pasado, como aceptamos todas las fatalidades naturales.
Es preciso creer que, ésa era la única ruta posible para la educación de la
especie humana. Porque no hay que engañarse: aun cediendo la parte más grande a
los artificios maquiavélicos de las clases gobernantes,
debemos reconocer que ninguna minoría hubiese sido bastante poderosa para
imponer todos esos terribles sacrificios a las masas, si no hubiese habido en
esas masas mismas un movimiento vertiginoso, espontáneo, que las llevase a
sacrificarse siempre de nuevo a una de esas abstracciones devoradoras que, como
los vampiros de la historia, se alimentaron siempre de sangre humana.
Que los teólogos, los políticos y los juristas hallen eso muy bien, se concibe.
Sacerdotes de esas abstracciones, no viven más que de esa continua inmolación de
las masas populares. Que la metafísica dé también su consentimiento a ello, no
debe asombramos tampoco. No tiene otra misión que la de legitimar y racionalizar
todo lo posible lo que es inicuo y absurdo. Pero que la ciencia positiva misma
haya mostrado hasta aquí idénticas tendencias, he ahí lo que debemos constatar y
deplorar. No ha podido hacerlo más que por dos razones: primero, porque,
constituida al margen de la vida popular, está representada por un cuerpo
privilegiado; y además porque se ha colocado ella misma, hasta aquí, como el fin
absoluto y último de todo desenvolvimiento humano; mientras que, mediante una
crítica juiciosa, de que es capaz y que en última instancia se verá forzada a
ejecutar contra sí misma, habría debido comprender que es realmente un medio
necesario para la realización de un fin mucho más
elevado: el de la completa humanización de la situación real de todos los
individuos reales que nacen, viven y mueren sobre la tierra.
La inmensa ventaja de la ciencia positiva sobre la teología, la metafísica, la
política y el derecho jurídico, consiste en esto: que en lugar de las
abstracciones mentirosas y funestas predicadas por esas doctrinas, plantea
abstracciones verdaderas que experimentan la naturaleza general o la lógica
misma de las cosas, sus relaciones generales y las leyes generales de su
desenvolvimiento. He ahí lo que la separa profundamente de todas las doctrinas
precedentes y lo que le asegurará siempre una gran posición en la sociedad
humana. Constituirá en cierto modo su conciencia colectiva. Pero hay un aspecto
por el que se asocia absolutamente a todas esas doctrinas: que no tiene y no
puede tener por objeto más que las abstracciones, y es forzada, por su
naturaleza misma, a ignorar los individuos reales, al margen de los cuales, aun
las abstracciones más verdaderas no tienen existencia real. Para remediar este
defecto radical, he aquí la diferencia que deberá establecerse entre la acción
práctica de las doctrinas precedentes y la ciencia positiva. Las primeras se
han prevalido de la ignorancia de las masas para sacrificarlas con voluptuosidad
a sus abstracciones, por lo demás siempre muy lucrativas para sus representantes
corporales. La segunda, reconociendo su incapacidad absoluta para concebir los
individuos reales e interesarse en su suerte, debe definitiva y absolutamente,
renunciar al gobierno de la sociedad; porque, si se mezclase en él, no podría
obrar de otro modo que sacrificando siempre los hombres vivientes, que ignora, a
sus abstracciones que forman el único objeto de sus preocupaciones legítimas.
La verdadera ciencia de la historia, por ejemplo, no existe todavía, y apenas si
se comienzan hoy a entrever las condiciones inmensamente complicadas de esa
ciencia. Pero supongámosla en fin realizada: ¿qué podrá darnos? Reproducirá el
cuadro razonado y fiel del desenvolvimiento natural de las condiciones
generales, tanto materiales como ideales, tanto económicas como políticas, de
las sociedades que han tenido una historia. Pero ese cuadro universal de la
civilización, por detallado que sea, no podrá nunca contener más que
apreciaciones generales y por consiguiente abstractas. En este sentido, los
millares de millones de individuos que han formado la materia viva y sufriente
de esa historia -a la vez triunfal y lúgubre desde el punto de vista de la
inmensa hecatombe de víctimas “aplastadas bajo su carro”, los millares de
millones de individuos oscuros, pero sin los cuales no habría sido obtenido
ninguno de los grandes resultados abstractos de la historia -y que, notadlo
bien, no
aprovecharon jamás ninguno de esos resultados- esos individuos no encontrarán
la más humilde plaza en la historia. Han vivido, han sido inmolados, en bien de
la humanidad abstracta; he ahí todo.
¿Habrá que reprocharle eso a la ciencia de la historia? Sería ridículo e
injusto. Los individuos son inapercibibles por el pensamiento, por la reflexión,
aun por la palabra humana, que no es capaz de expresar más que abstracciones;
inapercibibles en el presente lo mismo que en el pasado. Por tanto, la ciencia
social misma, la ciencia del porvenir, continuará ignorándolos forzosamente.
Todo lo que tenemos el derecho a exigir de ella es que nos indique, con una mano
firme y fiel, las causas generales de los sufrimientos individuales; entre esas
causas no olvidará, sin duda, la inmolación y la subordinación, demasiado
habituales todavía, de los individuos vivientes a las generalidades abstractas;
y que al mismo tiempo nos muestre las condiciones generales necesarias para la
emancipación real de los individuos que viven en la sociedad. He ahí su misión,
he ahí también sus límites, más allá de los cuales la acción de la ciencia
social no podría ser sino impotente y funesta. Porque más
allá de esos límites comienzan las pretensiones doctrinarias y gubernamentales
de sus representantes patentados, de sus sacerdotes. Y es tiempo de acabar con
todos los papas y todos los sacerdotes: no los queremos ya aunque se llamen
demócratas-socialistas.
Otra vez más, la única misión de la ciencia es iluminar la ruta. Pero sólo la
vida, liberada de todos los obstáculos gubernamentales y doctrinarios y devuelta
a la plenitud de su acción espontánea, puede crear.
¿Cómo resolver esta antinomia?
Por una parte la ciencia es indispensable a la organización racional de la
sociedad; por otra, incapaz de interesarse por lo que es real y viviente, no
debe mezclarse en la organización real o práctica de la sociedad. Esta
contradicción no puede ser resuelta más que de un solo modo: la liquidación de
la ciencia como ser moral existente al margen de la vida social de todo el
mundo, y representada, como tal, por un cuerpo de patentados, y su difusión
entre las masas populares. Estando llamada la ciencia en lo sucesivo a
representar la conciencia colectiva de la sociedad, debe realmente convertirse
en propiedad de todo el mundo. Por eso, sin perder nada de su carácter universal
-del que no podrá jamás apartarse, bajo pena de cesar de ser ciencia, y aun
continuando ocupándose exclusivamente de las causas generales, de las
condiciones reales y de las relaciones generales, de los individuos y de las
cosas-, se fundirá en la realidad con la vida inmediata y real de todos los
individuos
humanos. Este era un movimiento análogo a aquél que ha hecho decir a los
protestantes, al comienzo de la Reforma religiosa, que no había necesidad de
sacerdotes, pues el hombre se convertiría en adelante en su propio sacerdote y
gracias a la intervención invisible, única, de Jesucristo, había llegado a
tragarse en fin su propio Dios. Pero no se trata aquí ya ni de nuestro señor
Jesucristo, ni del buen Dios, ni de la libertad política, ni del derecho
jurídico, todas cosas reveladas, sea teológica, sea metafísicamente, y todas
igualmente indigestas, como se sabe. El mundo de las abstracciones científicas
no es revelado; es inherente al mundo real, del cual no es más que la expresión
y la representación general o abstracta. En tanto que forma una región separada,
representada especialmente por el cuerpo de los sabios, ese mundo ideal nos
amenaza con ocupar, frente al mundo real, el puesto del buen Dios y con reservar
a sus representantes patentados el oficio de sacerdotes. Por esa
razón, por la instrucción general, igual para todos y para todas, hay que
disolver la organización social separada de la ciencia, a fin de que las masas,
cesando de ser rebaños dirigidos y esquilmados por los pastores privilegiados,
puedan tomar en sus manos sus propios destinos históricos.
Pero en tanto que las masas no hayan llegado a ese grado de instrucción, ¿será
necesario que se dejen gobernar por los hombres de ciencia? ¡No lo quiera Dios!
Sería mejor que vivieran sin la ciencia antes de dejarse gobernar por los
sabios. El gobierno de los sabios tendría por primera consecuencia hacer
inaccesible al pueblo la ciencia y sería necesariamente un gobierno
aristocrático, porque la institución actual de la ciencia es una institución
aristocrática. ¡La aristocracia de la inteligencia! Desde el punto de vista
práctico la más implacable, desde el punto de vista social la más arrogante y la
más insultante: tal sería el poder constituido en nombre de la ciencia. Ese
régimen sería capaz de paralizar la vida y el movimiento la sociedad. Los
sabios, siempre presuntuosos, siempre llenos de suficiencia, y siempre
impotentes, querrían mezclarse en todo, y todas las fuentes de la vida se
secarían bajo su soplo abstracto y sabio.
Una vez más, la vida, no la ciencia, crea la vida; la acción espontánea del
pueblo mismo es la única que puede crear la libertad popular. Sin duda, sería
muy bueno que la ciencia pudiese, desde hoy, iluminar la marcha espontánea del
pueblo hacia su emancipación pero más vale la ausencia de luz que una luz
vertida con parsimonia desde afuera con el fin evidente de extraviar al pueblo.
Por otra parte, el pueblo no carecerá absolutamente de luz. No en vano ha
recorrido la larga carrera histórica y ha pagado sus errores con siglos de
sufrimientos horribles. El resumen práctico de esas dolorosas experiencias
constituye una especie de ciencia tradicional que, bajo ciertos aspectos,
equivale perfectamente a la ciencia teórica. En fin, una parte de la juventud
estudiosa, aquellos de entre los burgueses estudiosos que sienten bastante odio
contra la mentira, contra la hipocresía, contra la iniquidad y contra la
cobardía de la burguesía, para encontrar en sí el valor de volverle las
espaldas,
y bastante pasión para abrazar sin reservas la causa justa y humana del
proletariado, esos serán, como lo he dicho ya, los instructores fraternales del
pueblo; aportándole conocimientos que le faltan aún, harán perfectamente inútil
el gobierno de los sabios.
Si el pueblo debe preservarse del gobierno de los sabios, con mayor razón debe
premunirse contra el de los idealistas inspirados. Cuanto más sinceros son esos
creyentes y esos poetas del cielo, más peligrosos se vuelven. La abstracción
científica, lo he dicho ya, es una abstracción racional, verdadera en su
esencia, necesaria a la vida de la que es representación teórica, conciencia.
Puede, debe ser absorbida y digerida por la vida. La abstracción idealista,
Dios, es un veneno corrosivo que destruye y descompone la vida, que la falsea y
la mata. El orgullo de los idealistas, no siendo personal, sino un orgullo
divino, es invencible e implacable. Puede, debe morir, pero no cederá nunca, y
en tanto que le quede un soplo, tratará de someter el mundo al talón de su Dios,
como los lugartenientes de Prusia, esos idealistas prácticos de Alemania,
quisieran verlo aplastado bajo la bota con espuelas de su rey. Es la misma fe
-los objetivos no son siquiera y diferentes- y el mismo resultado de
la fe: la esclavitud.
Es al mismo tiempo el triunfo del materialismo más craso y más brutal: no hay
necesidad de demostrarlo por lo que se refiere a Alemania, porque habría que
estar verdaderamente ciego para no verlo, en los tiempos que corren. Pero creo
necesario aun demostrarlo con relación al idealismo divino.
El hombre, como todo el resto del mundo, es un ser completamente material. El
espíritu, la facultad de pensar, de recibir y de reflejar las diversas
sensaciones, tanto exteriores como interiores, de recordarlas después de haber
pasado y de reproducirlas por la imaginación, de compararlas y distinguirlas, de
abstraer determinaciones comunes y de crear por eso mismo generales o
abstractas, a fin de formar las ideas agrupando y combinando las nociones según
modos diferentes, la inteligencia en una palabra, el único creador de todo
nuestro mundo ideal, es una propiedad del cuerpo animal y principalmente de la
organización completamente material del cerebro.
Lo sabemos de una manera muy segura, por la experiencia universal, que no ha
desmentido nunca hecho alguno y que todo hombre puede verificar a cada instante
de su vida. En todos los animales, sin exceptuar las especies más inferiores,
encontramos un cierto grado de inteligencia y vemos que en la serie de las
especies la inteligencia animal se desarrolla tanto más cuanto más la
organización de una especie se aproxima a la del hombre; pero que en el hombre
solamente llega a esa potencia de abstracción que constituye propiamente el
pensamiento.
La experiencia universal, que en definitiva es el único origen, la fuente de
todos nuestros conocimientos, nos demuestra, pues: 1º), que toda inteligencia
está siempre asociada a un cuerpo animal cualquiera, y 2º), que la intensidad,
la potencia de esa función animal depende de la perfección relativa de la
organización animal. Este segundo resultado de la experiencia universal no es
aplicable solamente a las diferentes especies animales; lo comprobamos
igualmente en los hombres, cuyo poder intelectual y moral depende, de una manera
demasiado evidente, de la mayor o menor perfección de su organismo, como raza,
como nación, como clase y como individuos, para que sea necesario insistir
demasiado sobre este punto.
Por otra parte, es cierto que ningún hombre ha visto nunca ni podido ver el
espíritu puro, separado de toda forma material, existiendo independientemente de
un cuerpo animal cualquiera. Pero si nadie lo ha visto, ¿cómo han podido los
hombres llegar a creer en su existencia? Porque el hecho de esa creencia es
notorio y, si no universal, como lo pretenden los idealistas, al menos es muy
general; y como tal es digno de nuestra atención respetuosa, porque una creencia
general, por tonta que sea, ejerce siempre una influencia demasiado poderosa
sobre los destinos humanos para que esté permitido ignorarla o hacer abstracción
de ella.
El hecho de esa creencia histórica se explica, por otra parte, de una manera
natural y racional. El ejemplo que nos ofrecen los niños y los adolescentes,
incluso muchos hombres que han pasado la edad de la mayoría, nos prueba que el
hombre puede ejercer largo tiempo sus facultades mentales antes de darse cuenta
la manera cómo las ejerce, antes de llegar a la conciencia clara de ese
ejercicio. En ese período del funcionamiento del espíritu inconsciente de sí
mismo, de esa acción de la inteligencia ingenua o creyente, el hombre,
obsesionado por el mundo exterior e impulsado por ese aguijón interior que se
llama la vida, crea cantidad de imaginaciones, de nociones y de ideas,
necesariamente muy imperfectas al principio, muy poco conformes a la realidad de
las cosas y de los hechos que se esfuerzan por expresar. Y como no tiene la
conciencia de su propia acción inteligente, como no sabe todavía que es él mismo
el que ha producido y el que continúa produciendo esas imaginaciones, esas
nociones, esas ideas, como ignora su origen subjetivo, es decir, humano, las
considera naturalmente, necesariamente, como seres objetivos, como seres reales,
en absoluto independientes de él, que existen por sí y en sí. Es así cómo los
pueblos primitivos, al salir lentamente de su inocencia animal, han creado sus
dioses habiéndolos creado, no pensando que fuesen ellos mismos los creadores
únicos, los han adorado; considerándolos como seres reales, infinitamente
superiores ellos mismos, les han atribuido la omnipotencia y se han reconocido
sus criaturas, sus esclavos. A medida e las ideas humanas se desenvolvían más,
los dioses, que como hice observar ya, no fueron nunca más que la reverberación
fantástica, ideal, poética o la imagen trastornada, se idealizaban también.
Primero fetiches groseros, se hicieron poco a poco espíritus puros, con
existencia fuera del mundo visible, y en fin, a continuación de un largo
desenvolvimiento histórico, acabaron por confundirse en un solo ser
divino, espíritu puro, eterno, absoluto, creador y amo de los mundos.
En todo desenvolvimiento, justo o falso, real o imaginario, colectivo o
individual, es siempre el primer paso el que cuesta, el primer acto el más
difícil. Una vez franqueado ese paso y realizado ese primer acto, el resto
transcurre naturalmente, como una consecuencia necesaria. Lo que era difícil en
el desenvolvimiento histórico de esa terrible locura religiosa que continúa
obsesionándonos y aplastándonos, era poner un mundo divino tal cual, fuera del
mundo real. Ese primer acto de locura, tan natural desde el punto de vista
fisiológico y por consiguiente necesario en la historia la humanidad, no se
realiza de un solo golpe. Han sido necesarios no sé cuántos siglos para
desarrollar y para hacer penetrar esa creencia en los hábitos mentales de los
hombres. Pero, una vez establecida, se ha vuelto omnipotente, como lo es
necesariamente toda cura que se apodera del cerebro humano. Considerad un loco:
cualquiera que sea el objeto especial de su locura, hallaréis que la idea oscura
y fija
que le obsesiona le parece la más natural del mundo, y al contrario, las cosas
naturales y reales que están en contradicción con esa idea, le parecerán locuras
ridículas y odiosas. Y bien, la religión es una locura colectiva, tanto más
poderosa cuanto que es una locura tradicional y que su origen se pierde en una
antigüedad excesivamente lejana. Como locura colectiva, ha penetrado en todos
los detalles, tanto públicos como privados de la existencia social de un pueblo,
se ha encarnado en la sociedad, se ha convertido por decirlo así en el alma el
pensamiento colectivos. Todo hombre es envuelto desde su nacimiento en ella, la
mama con la leche de la madre, la absorbe con todo lo que oye, en todo lo ve. Ha
sido tan alimentado, tan envenenado, tan penetrado en todo su ser por ella, que
más tarde, por poderoso que sea su espíritu natural, tiene necesidad de hacer
esfuerzos inauditos para libertarse y no lo consigue nunca de una manera
completa. Nuestros idealistas modernos son una
demostración de esto y nuestros materialistas doctrinarios, los comunistas
alemanes, son otra. No han sabido deshacerse de la religión del Estado.
Una vez bien establecido el mundo sobrenatural, el mundo divino en la
imaginación tradicional de los pueblos, el desenvolvimiento de los diversos
sistemas religiosos ha seguido su curso natural y lógico, siempre conforme, por
otra parte, al desenvolvimiento contemporáneo y real de las relaciones
económicas y políticas que han sido en todo tiempo, en el mundo de la fantasía
religiosa, la reproducción fiel y la consagración divina. Es así como la locura
colectiva e histórica que se llama religión se ha desarrollado desde el
fetichismo, pasando por todos los grados del politeísmo, basta el monoteísmo
cristiano.
El segundo paso, en el desenvolvimiento de las creencias religiosas y el más
difícil sin duda después del establecimiento de un mundo divino separado, fue
precisamente esa transición del politeísmo al monoteísmo, del materialismo
religioso de los paganos a la fe espiritualista de los cristianos. Los dioses
paganos -y éste fue su carácter principal-, eran ante todo dioses exclusivamente
nacionales. Después, como eran numerosos, conservaron necesariamente, más o
menos, un carácter material o, más bien, es porque eran materiales por lo que
fueron tan numerosos, pues la diversidad es uno de los atributos principales del
mundo real. Los dioses paganos no eran aún propiamente la negación de las cosas
reales: no eran más que su exageración fantástica.
Hemos visto cuánto costó esa transición al pueblo judío, del que constituyó, por
decirlo así, toda la historia. Moisés y los profetas se complacían en predicarle
el Dios único; el pueblo volvía a caer en su idolatría primitiva, en la fe
antigua, comparativamente mucho más natural, más cómoda en muchos buenos dioses,
más materiales, más humanos, más palpables. Jehová mismo, su dios único, el dios
de Moisés y de los profetas, era un dios excesivamente nacional aunque no se
servía, para recompensar y castigar a sus fieles, a su pueblo elegido, más que
de argumentos materiales, a menudo estúpidos y siempre brutales y feroces. No
parece que la fe en su existencia haya implicado la negación de la existencia de
los dioses primitivos.
El dios judío no renegaba de la existencia de esos rivales, sólo que no quería
que su pueblo los adorase a su lado, porque ante todo Jehová era un dios muy
envidioso y su primer mandamiento fue éste:
“Soy el señor tu Dios y no adorarás a otros dioses más que a mí.”
Jehová no fue más que un esbozo primero, muy material, muy grosero del idealismo
moderno. No era, por lo demás, sino un dios nacional, como el dios ruso que
adoran los generales rusos súbditos del zar y patriotas del imperio de todas las
Rusias, como el dios alemán que, sin duda, van a proclamar bien pronto los
pietistas y los generales alemanes súbditos de Guillermo I, en Berlín. El ser
supremo no puede ser un Dios nacional, debe ser el de la humanidad entera. El
ser supremo no puede ser tampoco un ser material, debe ser la negación de toda
materia, el espíritu puro. Para la realización del culto del ser supremo han
sido necesarias dos cosas: 1º) una realización de la humanidad por la negación
de las nacionalidades y de los cultos nacionales; 2º) un desenvolvimiento ya muy
avanzado de las ideas metafísicas para espiritualizar al Jehová tan grosero de
los judíos.
La primera condición fue cumplida por los romanos de una manera muy negativa,
sin duda: por la conquista de la mayor parte de los países conocidos de los
antiguos y por la destrucción de sus instituciones nacionales. Gracias a ellos
el altar de un dios único y supremo pudo establecerse sobre las ruinas de otros
millares de altares nacionales. Los dioses de todas las naciones vencidas,
reunidos en el Panteón, se anularon mutuamente. Ese fue el primer esbozo, muy
tosco y por completo negativo, de la humanidad. En cuanto a la segunda
condición, la espiritualización de Jehová, fue realizada por los griegos mucho
antes de la conquista de su país por los romanos. Ellos fueron los creadores de
la metafísica. Grecia, en su cuna histórica, había encontrado un mundo divino
que se estableció definitivamente en la fe tradicional de sus pueblos; ese mundo
le había sido legado y materialmente aportado por el Oriente. En su período
instintivo, anterior a su historia política, lo había desarrollado
y humanizado prodigiosamente por sus poetas, y cuando comenzó propiamente su
historia tenía una religión hecha, la más simpática y la más noble de todas las
religiones que hayan existido jamás, en cuanto una religión, es decir, una
mentira, pueda ser noble y simpática. Sus grandes pensadores -y ningún pueblo
los tuvo mayores que Grecia- al encontrar el mundo divino establecido, no sólo
fuera del pueblo, sino también en él mismo como hábito de sentir y de pensar, lo
tomaron necesariamente por punto de partida. Fue ya mucho que no hicieran
teología, es decir, que no perdieran el tiempo en reconciliar la razón naciente
con los absurdos de tal o cual otro Dios, como lo hicieron en la Edad Media los
escolásticos. Dejaron a los dioses fuera de sus especulaciones y se asociaron
directamente a la idea divina, una, invisible, omnipotente, eterna y
absolutamente espiritualista, pero no personal. Desde el punto de vista del
espiritualismo, los metafísicos griegos fueron, mucho más que los
judíos, los creadores del dios cristiano. Los judíos no han añadido más que la
brutal personalidad de su Jehová.
Que un genio sublime como el gran Platón haya podido estar absolutamente
convencido de la realidad de la idea divina, eso nos demuestra cuán contagiosa
es, cuán omnipotente es la tradición de la locura religiosa, aun en relación con
los más grandes espíritus. Por lo demás, no hay que, asombrarse, pues aún en
nuestros días, el mayor genio que ha existido después de Aristóteles y Platón,
Hegel, a pesar de la crítica por lo demás imperfecta y muy metafísica de Kant,
que había demolido la objetividad o la realidad de las ideas divinas, se ha
esforzado por reinstaurarlas de nuevo sobre su trono trascendente o celeste. Es
verdad que procedió de una manera tan poco cortés que ha matado definitivamente
al buen dios, ha quitado a esas ideas su corona divina, mostrando a quien supo
leerlo que no fueron nunca más que una pura creación del espíritu humano que
recorrió la historia en busca de sí mismo. Para poner fin a todas las locuras
religiosas y al milagro divino, no le hacía falta más que
pronunciar una gran definición que fue dicha después de él, casi al mismo
tiempo, por otros dos grandes espíritus, sin ningún acuerdo mutuo y sin que
hubiesen nunca oído hablar uno del otro: por Ludwig Feuerbach, el discípulo y el
demoledor de Hegel, en Alemania, y por August Comte, el fundador de la filosofía
positiva, en Francia. He aquí esa definición:
“La metafísica se reduce a la sicología.”
Todos los sistemas de metafísica no han sido más que la sicología humana que se
desarrolla en la historia.
Ahora ya no nos es difícil comprender cómo han nacido las ideas divinas, cómo
han sido creadas sucesivamente por la facultad abstractiva del hombre. Pero en
la época de Platón ese conocimiento era imposible. El espíritu colectivo, y por
consiguiente también el espíritu individual, aun el del mayor genio, no estaba
maduro para eso. Apenas había dicho con Sócrates: “Conócete a ti mismo”. Ese
conocimiento de sí mismo no existía más que en el estado de intuición; en
realidad era nulo. Era imposible que el espíritu humano imaginase que era él el
único creador del mundo divino. Lo encontró ante él, lo encontró como historia,
como sentimiento, como hábito de pensar, e hizo necesariamente de él un objeto
de sus más elevadas especulaciones. Así es como nació la metafísica y como las
ideas divinas, bases del espiritualismo, fueron desarrolladas y perfeccionadas.
Es verdad que después de Platón hubo en el desenvolvimiento del espíritu como un
movimiento inverso. Aristóteles, el verdadero padre de la ciencia y de la
filosofía positiva, no negó el mundo divino, sino que se ocupó de él lo menos
posible. Fue el primero que estudió como un analista y un experimentador que
era, la lógica, las leyes del pensamiento humano, y al mismo tiempo el mundo
físico, no en su esencia ideal, ilusoria, sino en su aspecto real. Sus
seguidores, los griegos de Alejandría, establecieron la primera escuela de
científicos positivos. Fueron ateos. Pero su ateísmo quedó sin influencia en sus
contemporáneos. La ciencia tendió más y más a aislarse de la vida. Después de
Platón la idea divina fue rechazada de la metafísica misma; eso hicieron los
epicúreos y los escépticos, dos sectas que contribuyeron mucho a depravar la
aristocracia humana pero que permanecieron sin influencia alguna sobre las
masas.
Otra escuela infinitamente más influyente sobre las asas se formó en Alejandría.
Fue la escuela de los neoplatónicos. Confundiendo en una mezcolanza impura las
imaginaciones monstruosas de Oriente con las ideas e Platón, ellos fueron los
verdaderos preparadores y más tarde los elaboradores de los dogmas cristianos.
Por consiguiente, el egoísmo personal y grosero de Jehová, la dominación no
menos brutal y grosera de los romanos y la ideal especulación metafísica de los
griegos, materializada por el contacto del Oriente, tales fueron los tres
elementos históricos que constituyeron a religión espiritualista de los
cristianos.
Para establecer sobre las ruinas de sus altares tan numerosos el altar de un
dios único y supremo, amo del mundo, ha sido preciso que fuera destruida primero
la existencia autónoma de las diferentes naciones que imponían el mundo pagano o
antiguo. Es lo que hicieron brutalmente los romanos que, al conquistar la mayor
parte del mundo conocido de los antiguos, crean en cierto modo el primer esbozo,
sin duda por completo negativo y burdo, de la humanidad.
Un dios que se levantaba así por encima de todas las diferencias nacionales,
tanto materiales como sociales, de todos los países, que era como su negación
directa debía ser necesariamente un ser inmaterial y abstracto. Pero la fe tan
difícil en la existencia de un ser semejante no ha podido nacer de un solo
golpe. Por tanto, como lo he demostrado en el mencionado Apéndice
Consideraciones filosóficas, fue largamente preparada y desarrollada por la
metafísica griega, la primera en establecer de una manera filosófica la noción
de la idea divina, modelo eternamente creador y siempre reproducido por el mundo
visible. Pero la divinidad concebida y creada por la filosofía griega era una
divinidad impersonal, pues ninguna metafísica, si es consecuente y seria, se
podía elevar, o más bien rebajar, a la idea de un dios personal. Ha sido preciso
encontrar, pues, un dios que fuese único y que fuese muy personal a la vez. Se
encontró en la persona, muy brutal, muy egoísta, muy cruel de Jehová, el
dios nacional de los judíos. Pero los judíos, a pesar de ese espíritu nacional
exclusivo que los distingue aún hoy, se habían convertido de hecho, mucho antes
del nacimiento de Cristo, en el pueblo más internacional del mundo. Arrastrados
en parte como cautivos, pero mucho más aún por esa pasión mercantil que
constituye uno de los rasgos principales de su carácter nacional, se habían
esparcido por todos los países, llevando a todas partes el culto a Jehová, al
que se volvían tanto más fieles cuanto más los abandonaba.
En Alejandría, ese Dios terrible de los judíos conoció personalmente la
divinidad metafísica de Platón, ya muy corrompida por el contacto con el Oriente
y que se corrompió más aún después por el suyo. A pesar de su exclusivismo
nacional, envidioso y feroz, no pudo resistir a la larga los encantos de esa
divinidad ideal e impersonal de los griegos. Se casó con ella, y de ese
matrimonio nació el dios espiritualista -no espiritual- de los cristianos. Se
sabe que los neoplatónicos de Alejandría fueron los principales creadores de la
teología cristiana.
Pero la teología no constituye todavía la religión, como los elementos
históricos no bastan para crear la historia. Yo llamo elementos históricos a las
disposiciones y condiciones generales de un desenvolvimiento real cualquiera:
por ejemplo, en este caso, la conquista de los romanos y el encuentro del dios
de los judíos con la divinidad ideal de los griegos. Para fecundar los elementos
históricos, para hacerles producir una serie de transformaciones históricas
nuevas, es preciso un hecho vivo, espontáneo, sin el cual harían podido quedar
muchos siglos aún en estado de elementos, sin producir nada. Este hecho no faltó
al cristianismo: fue la propaganda, el martirio y la muerte de Jesús.
No sabemos casi nada de ese grande y santo personaje; todo lo que los evangelios
nos dicen es tan contradictorio y tan fabuloso que apenas podemos tomar de allí
algunos rasgos reales y vivientes. Lo que es cierto es que fue el predicador del
pobre pueblo, el amigo, el consolador de los miserables, de los ignorantes, de
los esclavos y de las mujeres, y que fue muy amado por éstas. Prometió a todos
los que eran oprimidos, a todos los que sufrían aquí abajo -y el número es
inmenso-, la vida eterna. Fue, como es natural, crucificado por los
representantes de la moral oficial y del orden público de la época. Sus
discípulos, y los discípulos de sus discípulos, pudieron esparcirse, gracias a
la conquista de los romanos, que habían destruido las barreras nacionales y
llevaron, en efecto, la propaganda del evangelio a todos los países conocidos de
los antiguos. En todas partes fueron recibidos con los brazos abiertos por los
esclavos y por las mujeres, las dos clases más oprimidas, las que
más sufrían y naturalmente también las más ignorantes del mundo antiguo. Si
hicieron algunos prosélitos en el mundo privilegiado e instruido, no lo
debieron, en gran parte, mas que a la influencia de las mujeres. Su propaganda
más amplia se ejerció casi exclusivamente en el pueblo, tan desgraciado como
embrutecido por la esclavitud. Ese fue el primer despertar, la primera rebelión
del proletariado.
El gran honor del cristianismo, su mérito incontestable y todo el secreto de su
triunfo inaudito y por otra parte en absoluto legítimo, fue el de haberse
dirigido a ese público doliente e inmenso, a quien el mundo antiguo, que
constituía una aristocracia intelectual y política estrecha y feroz, negaba
hasta los últimos atributos y los derechos más elementales de la humanidad. De
otro modo no habría podido nunca difundirse. La doctrina que enseñaban los
apóstoles de Cristo, por consoladora que haya podido aparecer a los
desgraciados, era demasiado repulsiva, demasiado absurda desde el punto de vista
de la razón humana, para que los hombres ilustrados hubieran podido aceptarla.
¡Con qué triunfo habla el apóstol San Pablo del escándalo de la fe y del triunfo
de esa divina locura rechazada por los poderosos y los sabios del siglo, pero
tanto más apasionadamente aceptada por los sencillos, por los ignorantes y por
los pobres de espíritu!
En efecto, era preciso un profundo descontento de la vida, una gran sed del
corazón y una pobreza poco menos que absoluta de espíritu para aceptar el
absurdo cristiano, el más atrevido y monstruoso de todos los absurdos
religiosos.
No era sólo la negación de todas las instituciones políticas, sociales y
religiosas de la antigüedad: era el derrumbamiento absoluto del sentido común y
de toda razón humana. El ser efectivamente existente, el mundo real, fue
considerado en lo sucesivo como la nada; producto de la facultad abstracta del
hombre, la última, la suprema abstracción, en la que esa facultad, habiendo
superado todas las cosas existentes y hasta las determinaciones más generales
del ser real, tales como las ideas del espacio y del tiempo, no teniendo nada
que superar ya, se reposa en la contemplación de su vacío y de la inmovilidad
absoluta; esta abstracción, este caput mortuum absolutamente vacío de todo
contenido, el verdadero nada, Dios, es proclamado el único real, eterno,
omnipotente. El Todo real es declarado nulo, y el nulo absoluto, es declarado el
Todo. La sombra se convierte en el cuerpo y el cuerpo se desvanece como una
sombra.
Eso fue de una audacia y un absurdo inauditos, el verdadero escándalo de la fe,
el triunfo de la tontería creyente sobre el espíritu, para las masas; y para
algunos, la ironía triunfante de un espíritu fatigado, corrompido, desilusionado
y disgustado de la investigación honesta y seria de la verdad; la necesidad de
aturdirse y de embrutecerse, necesidad que se encuentra a menudo en los
espíritus extenuados: Credo quod absurdum.
Creo lo absurdo; y no creo sólo lo absurdo; creo precisamente y sobre todo en
ello porque es absurdo. Es así como muchos espíritus distinguidos y esclarecidos
de nuestros días creen en el magnetismo animal, en el espiritismo, en las mesas
móviles -y ¿por qué ir tan lejos?-: creen en el cristianismo, en el idealismo,
en Dios.
La creencia del proletariado antiguo, lo mismo que la de las masas modernas
después, era más robusta, de gusto menos elevado y más sencillo. La propaganda
cristiana se había dirigido a su corazón, no a su espíritu; a sus aspiraciones
eternas, a sus sufrimientos, a su esclavitud, no a su corazón que dormía aún y
para la cual las contradicciones lógicas, la evidencia del absurdo, no podían
existir, por consiguiente. La sola cuestión que le interesaba era saber cuándo
sonaría la hora de la liberación prometida, cuándo llegaría el reino de Dios. En
cuanto a los dogmas teológicos, no se preocupaba de ellos, porque no los
comprendía de ningún modo. El proletariado convertido al cristianismo constituía
la potencia material ascendente, no el pensamiento teórico.
En cuanto a los dogmas cristianos, fueron elaborados, como se sabe, en una serie
de trabajos teológicos, literarios, y en los concilios, principalmente por los
neoplatónicos convertidos del Oriente. El espíritu griego había caído tan bajo
que en el cuarto siglo de la Era Cristiana, época del primer concilio, ya
encontramos la idea de un Dios personal, espíritu puro, eterno absoluto, creador
y señor supremo del mundo, con existencia fuera del mundo, unánimemente aceptada
por todos los padres de la Iglesia; y como consecuencia lógica de este absurdo
absoluto, la creencia desde entonces natural y necesaria en la inmaterialidad y
en la inmortalidad del alma humana, alojada y aprisionada en un cuerpo mortal,
pero mortal sólo en parte; porque en ese cuerpo mismo hay una parte que, aun
siendo corporal, es inmortal como el alma y debe resucitar como el alma. ¡Tan
difícil ha sido, aun para los padres de la Iglesia, representarse el espíritu
puro al margen de toda forma corporal!
Es preciso observar que, en general, el carácter de o razonamiento teológico y
metafísico también, es tratar de explicar un absurdo por otro.
Ha sido una dicha para el cristianismo haber hallado el mundo de los esclavos.
Tuvo otra dicha: la invasión de los bárbaros. ¡Los bárbaros eran buenas gentes,
llenas de fuerza natural y sobre todo animadas e impulsadas por una gran
necesidad y por una gran capacidad de vivir; bandidos a toda prueba, capaces de
devastarlo todo y de arrasarlo todo, lo mismo que sus sucesores, los alemanes
actuales; mucho menos sistemáticos y pedantes en su bandolerismo que estos
últimos, mucho menos morales, menos sabios; pero por el contrario, mucho más
independientes y más altivos, capaces de ciencia y no incapaces de libertad,
como los burgueses de la Alemania moderna. Pero con todas estas grandes
cualidades, no eran nada más que bárbaros, es decir, tan indiferentes como los
esclavos antiguos -de los cuales muchos, por lo demás, pertenecían a su raza-
con respecto a todas las cuestiones de la teología y de la metafísica. De suerte
que una vez rota su repugnancia práctica, no fue difícil convertirlos
teóricamente al cristianismo.
Durante diez siglos consecutivos, el cristianismo, armado de la omnipotencia de
la Iglesia y del Estado, y sin concurrencia alguna de parte de unos o de otros,
pudo depravar, bastardear y falsear el espíritu de Europa. No tuvo concurrentes,
puesto que fuera de la Iglesia no había pensadores, ni aun gentes instruidas. Si
se levantaron herejías en su seno, no atacaron nunca más que los
desenvolvimientos teológicos prácticos del dogma fundamental, no el dogma mismo.
La creencia en Dios, espíritu puro y creador del mundo, y la creencia en la
inmaterialidad del alma permanecieron intactas. Esta doble creencia se convirtió
en la base ideal de toda la civilización occidental y oriental de Europa, y
penetró, se encarnó en todas las instituciones, en todos los detalles de la
vida, tanto pública como privada de todas las clases como de las masas.
¿Se puede uno asombrar, después de esto, que se haya mantenido esa creencia
hasta nuestros días, y que continúe ejerciendo su influencia desastrosa aun
sobre espíritus escogidos como Mazzini, Michelet, Quinet, y tantos otros? Hemos
visto que el primer ataque fue promovido contra ella por el Renacimiento, que
produjo héroes y mártires como Vanini, como Giordano Bruno y como Galileo y que,
bien que ahogado pronto por el ruido, el tumulto y las pasiones de la reforma
religiosa, continuó silenciosamente su trabajo invisible legando a los más
nobles espíritus de cada generación nueva esa obra de la emancipación humana
mediante la instrucción de lo absurdo, hasta que, en fin, en la segunda mitad
del siglo XVIII reaparece de nuevo a la luz del día, levantando atrevidamente la
bandera del ateísmo y del materialismo.
Se pudo creer entonces que el espíritu humano iba, por fin, a libertarse, una
vez por todas, de todas las obsesiones divinas. Fue un error. La mentira divina,
de que se había alimentado la humanidad -para no hablar más que del mundo
cristiano- durante dieciocho siglos, debía mostrarse, una vez más, más poderosa
que la humana verdad. No pudiendo ya servirse de la gente negra, de los cuervos
consagrados de la iglesia, de los sacerdotes católicos o protestantes que habían
perdido todo crédito, se sirvió de los sacerdotes laicos, de los mentirosos y de
los sofistas de túnica corta, entre los cuales el papel principal fue dado a dos
hombres fatales: uno, el espíritu más falso, el otro, la voluntad más
doctrinariamente despótica del siglo pasado: a J. J. Rousseau y a Robespierre.
El primero representa el verdadero tipo de la estrechez de la mezquindad
sombría, de la exaltación, sin otro objeto que su propia persona, del entusiasmo
en frío de la hipocresía a la vez sentimental e implacable, de la mentira
forzada del idealismo moderno. Se le puede considerar como el verdadero creador
de la reacción moderna. En apariencia el escritor más democrático del siglo
XVIII, incuba en sí el despotismo despiadado del estadista. Fue el profeta del
Estado doctrinario, como Robespierre, su digno y fiel discípulo, que trató de
convertirse en el gran sacerdote. Habiendo oído decir a Voltaire que si no
hubiese existido Dios habría sido necesario inventarlo, J. J. Rousseau inventó
el ser supremo, el dios abstracto y estéril de los deístas. Y en nombre de ese
ser supremo y de la virtud hipócrita ordenada por el ser supremo, Robespierre
guillotinó a los hebertistas primero, luego al genio mismo de la revolución, a
Dantón, en cuya persona asesinó la república, preparando así el
triunfo, desde entonces necesario, de la dictadura de Bonaparte l. Después de
este gran triunfo, la reacción idealista buscó y encontró servidores menos
fanáticos, menos terribles, medidos por la talla considerablemente empequeñecida
de la burguesía de nuestro siglo. En Francia fueron Chateaubriand, Lamartine y
-¿es preciso decirlo? ¿Y por qué no? hay que decirlo todo, cuando es verdad- fue
Víctor Hugo mismo, el demócrata, el republicano, el casi socialista de hoy, y
tras él toda la cohorte melancólica y sentimental de espíritus flacos y pálidos,
quienes constituyeron, bajo la dirección de esos maestros, la escuela del
romanticismo moderno. En Alemania fueron los Schlegel, los Tieck, los Novalis,
los Werner, fue Schellíng, y tantos otros aun cuyos nombres no merecen siquiera
ser mencionados.
La literatura creada por esa escuela fue el verdadero reino de los espectros y
de los fantasmas. No soportaban la Iuz del día, pues el claroscuro era el único
elemento en que podía vivir. No soportaba tampoco el contacto brutal de las
masas; era la literatura de las almas tiernas, delicadas, distinguidas, que
aspiraban al cielo, a su patria, y que vivían como a su pesar sobre a tierra.
Tenía horror y desprecio a la política, a las cuestiones del día; pero cuando
hablaba por azar de ellas, se mostraba francamente reaccionaria, tomando partido
de la Iglesia contra la insolencia de los librepensadores, de los reyes contra
los pueblos, y de todas las aristocracias contra la vil canalla de las calles.
Por lo demás, como acabo de decir, lo que dominaba en la escuela era una
indiferencia casi completa ante las cuestiones políticas. En medio de las nubes
en que vivían, no podía distinguir más que dos puntos reales: el
desenvolvimiento rápido del materialismo burgués y el desencadenamiento
desenfrenado de las vanidades individuales.
Para comprender esa literatura es preciso buscar la razón de ser en la
transformación que se había operado en el seno de la clase burguesa desde la
revolución de 1793.
Desde el Renacimiento y la Reforma hasta esa revolución, la burguesía, si no en
Alemania, al menos en Italia, en Francia, en Suiza, en Inglaterra, en Holanda,
fue el héroe y representó el genio revolucionario de la historia. De su seno
salieron en su mayoría los librepensadores del siglo XV, los grandes
reformadores religiosos de los dos siglos siguientes y los apóstoles de la
emancipación humana del siglo pasado, comprendidos esta vez también los de
Alemania. Ella sola, naturalmente apoyada en las simpatías y en los brazos del
pueblo que tenía fe en ella, hizo la revolución del 89 y la del 93. Había
proclamado la decadencia de la realeza y de la iglesia, la fraternidad de los
pueblos, los derechos del hombre y del ciudadano. He ahí sus títulos de gloria:
son inmortales.
Desde entonces se escindió. Una parte considerable de adquirentes de bienes
nacionales, enriquecidos y apoyándose esta vez no sobre el proletariado de las
ciudades, sino sobre la mayor parte de los campesinos de Francia que se habían
hecho igualmente propietarios agrícolas, aspiraba a la paz, al restablecimiento
del orden público, a la fundación de un gobierno regular y poderoso. Aclamó,
pues, con felicidad la dictadura del primer Bonaparte y, aunque se mantuviese
volteriana, no vio con malos ojos su Concordato con el Papa y el
restablecimiento de la iglesia oficial en Francia: “¡La religión es tan
necesaria para el pueblo!”; lo que quiere decir que, ya saciada, esa parte de la
burguesía comenzó desde entonces a comprender que era urgente, en interés de la
conservación de su posición y de sus bienes adquiridos, engañar el hambre no
satisfecha del pueblo con las promesas de un maná celeste. Fue entonces cuando
comenzó a predicar Chateaubriand.
Napoleón cayó. La Restauración devolvió a Francia, con la monarquía legítima, la
potencia de la iglesia y de la aristocracia nobiliario, que se rehicieron, si no
con todo, al menos con una considerable parte de su antiguo poder. Esta reacción
arrojó a la burguesía a la revolución; y con el espíritu revolucionario se
despertó otra vez en ella también la incredulidad. Con Chateauriand a un lado,
volvió a comenzar a leer a Voltaire. No legó hasta Diderot: sus nervios
debilitados no soportaban ya un alimento tan fuerte. Voltaire, a la vez
incrédulo y teísta, le convenía, al contrario, mucho. Béranger Paul Louis
Courier expresaron perfectamente esta tenencia nueva. El “Dios de las buenas
gentes” y el ideal del rey burgués, a la vez liberal y democrático, dibujado
sobre el fondo majestuoso y en lo sucesivo inofensivo de las victorias
gigantescas del imperio, tal fue en esa época, el alimento intelectual cotidiano
de la burguesía de Francia.
Lamartine, aguijoneado por la envidia vanidosamente ridícula de elevarse a la
altura del gran poeta inglés Byron, había comenzado sus himnos fríamente
delirantes en honor del dios de los gentiles hombres y de la monarquía legítima.
Pero sus cantos no repercutían más que en los salones aristocráticos. La
burguesía no los oía. Su poeta era Béranger, y Courier, su escritor político.
La revolución de julio tuvo por consecuencia el ennoblecimiento de sus gustos.
Se sabe que todo burgués de Francia lleva en sí el tipo imperecedero del burgués
gentilhombre, que no deja nunca de aparecer tan pronto como adquiere un poco de
riqueza y de poder. En 1830, la rica burguesía había reemplazado definitivamente
a la antigua nobleza en el poder. Tendió naturalmente a fundar una nueva
aristocracia: aristocracia del capital, sin duda, ante todo, pero también
aristocracia de inteligencia, de buenas maneras y de sentimientos delicados. La
burguesía comenzó a sentirse religiosa.
No fue por su parte una simple imitación de las costumbres aristocráticas, sino
que era al mismo tiempo una necesidad de posición. El proletariado le había
hecho un último servicio, ayudándola a derribar una vez más a la nobleza. Ahora,
la burguesía no tenía necesidad de su ayuda, porque se sentía sólidamente
sentada a la sombra del trono de junio, y la alianza con el pueblo, desde
entonces inútil, comenzaba a hacérsele incómoda. Era preciso devolverlo a su
lugar, lo que no podía hacerse naturalmente sin provocar una gran indignación en
las masas. Se hizo necesario contenerlas. ¿Pero en nombre de qué? ¿En nombre del
interés burgués crudamente confesado? Eso hubiese sido demasiado cínico. Cuanto
más injusto e inhumano es un interés, más necesidad tiene, de ser sancionado, y
¿dónde hallar la sanción, sino en la religión, esa buena protectora de todos los
hartos, y esa consoladora tan útil de todos los que tienen hambre? Y más que
nunca, la burguesía triunfante sintió que la religión
era absolutamente necesaria para el pueblo.
Después de haber ganado sus títulos imperecederos de gloria en la oposición,
tanto religiosa y filosófica como política, en la protesta y en la revolución se
había convertido en -fin en la clase dominante, y por eso mismo en la defensora
y la conservadora del Estado, pues este último se había convertido a su vez en
la institución regular de la potencia exclusiva de esa clase. El Estado es la
fuerza y tiene para sí ante todo el derecho de la fuerza, el argumento
triunfante del fusil. Pero el hombre está hecho tan singularmente que esa
argumentación, por elocuente que parezca, no le basta a la larga. Para imponerle
respeto, es preciso una sanción moral cualquiera. Es preciso, además, que esa
sanción sea de tal modo evidente y sencilla que pueda convencer a las masas,
que, después de haber sido reducidas por la fuerza del Estado, deben ser
inducidas luego al reconocimiento moral de su derecho.
No hay más que dos medios para convencer a las masas de la bondad de una
institución social cualquiera. El primero, el único real, pero también el más
difícil, porque implica la abolición del Estado -es decir la abolición de la
explotación políticamente organizada e la mayoría por una minoría cualquiera-,
sería la satisfacción directa y completa de todas las necesidades, de todas las
aspiraciones humanas de las masas; lo que equivaldría a la liquidación completa
de la existencia tanto política como económica de la clase, burguesa, y como
acabo de decirlo, a la abolición del Estado. Este medio sería, sin duda,
saludable para las masas, pero funesto para los intereses burgueses. Por
consiguiente, no hay ni que hablar de él.
Hablemos de otro medio, que, funesto para el pueblo solamente, es, al contrario,
precioso para la salvación de los -privilegios burgueses. Este otro medio no
puede ser más que la religión. Es ese milagro eterno el que arrastra a las masas
a la busca de los tesoros divinos, mientras que, mucho más moderada, la clase
dominante se contenta con compartir, muy desigualmente por otra parte y dando
siempre más al que más posee, entre sus propios miembros, los miserables bienes
de la tierra y los despojos humanos del pueblo, comprendida su libertad política
y social.
No existe, no puede existir Estado sin religión. Tomad los Estados más libres
del mundo, los Estados Unidos de América o la Confederación Helvética, por
ejemplo, y ved qué papel tan importante desempeña la providencia divina, esa
sanción suprema de todos los Estados, en todos los discursos oficiales.
Pero siempre -que un jefe de Estado habla de Dios, sea Guillermo I, emperador
knutogermánico, o Grant, presidente de la gran república, estad seguros que se
prepara de nuevo a esquilmar a su pueblo-rebaño.
La burguesía francesa, liberal, volteriana e impulsada por su temperamento a un
positivismo, por no decir a un materialismo, singularmente estrecho y brutal,
convertida, por su triunfo de 1830 en la clase del Estado, -ha debido, pues,
darse necesariamente una religión oficial. La cosa no era fácil. No podía
ponerse francamente bajo el yugo del catolicismo romano. Había entre ella y la
Iglesia de Roma un abismo de sangre y de odio y, por práctica y prudente que se
hubiese vuelto, no llegaría nunca a reprimir en su seno una pasión desarrollada
por la historia. Por lo demás, la burguesía francesa se habría cubierto de
ridículo si hubiera vuelto a la iglesia para tomar parte en las piadosas
ceremonias del culto divino, condición esencial de una conversión meritoria y
sincera. Muchos lo han tratado de hacer, pero su heroísmo no tuvo otro resultado
que el escándalo estéril. En fin, la vuelta al catolicismo era imposible a causa
de la contradicción insoluble que existe entre la política
invariable de Roma y el desenvolvimiento de los intereses económicos y
políticos de la clase media.
Bajo este aspecto, el protestantismo es mucho más cómodo. Es la religión
burguesa por excelencia. Concede justamente tanta libertad como es necesaria
para los burgueses, y ha encontrado el medio de conciliar las aspiraciones
celestes con el respeto que reclaman los intereses terrestres. Así vemos que es
sobre todo en los países protestantes donde se desarrollaron el comercio y la
industria. Pero era imposible para la burguesía de Francia hacerse protestante.
Para pasar de una religión a otra -al menos que sea por cálculo, como proceden
alguna vez los judíos en Rusia y en Polonia, que se hacen bautizar tres, cuatro
veces, a fin de recibir remuneraciones nuevas-, para cambiar de religión, hay
que tener una gran fe religiosa. Y bien, en el corazón exclusivamente positivo
del burgués francés, no hay lugar para ese grano. Profesa la indiferencia más
profunda para todas las cuestiones, exceptuada la de la bolsa ante todo, y la de
su vanidad social después. Es tan indiferente ante el
protestantismo como ante el catolicismo. Por otra parte, la burguesía francesa
no habría podido abrazar el protestantismo sin ponerse en contradicción con la
rutina católica de la mayoría del pueblo francés, lo que hubiese constituido una
gran imprudencia de parte de una clase que quería gobernar Francia.
No quedaba más que un medio: el de volver a la religión humanitaria y
revolucionaria del siglo XVIII. Pero esa religión lleva demasiado lejos. Por
consiguiente, la burguesía tuvo que crear, para sancionar el nuevo Estado, el
Estado burgués que acababa de fundar, una religión nueva, que pudiese ser, sin
demasiado ridículo ni escándalo, la religión profesada altamente por toda la
clase burguesa.
Es así como nació el Ateísmo doctrinario.
Otros han hecho, mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo, la historia del
nacimiento y del desenvolvimiento de esa escuela, que tuvo una influencia tan
decisiva y, puedo decirlo sin dudar, tan funesta sobre la educación política,
intelectual y moral de la juventud burguesa de Francia. Data de Benjamín
Constant y Madame Staël, pero su verdadero fundador fue RoyerCollard; sus
apóstoles: los señores Guizot, Cousin, Villemain y muchos otros; su objetivo
abiertamente confesado: la reconciliación de la revolución con la reacción, o
para hablar el lenguaje de la escuela, del principio de libertad con el de
autoridad, naturalmente en provecho de esta última.
Esta reconciliación significaba, en política, el escamoteo de la libertad
popular en provecho de la dominación burguesa, representada por el Estado
monárquico y constitucional; en filosofía, la sumisión reflexiva de la libre
razón a los principios eternos de la fe.
Se sabe que esta filosofía fue elaborada principalmente por Cousin, el padre del
eclecticismo francés. Hablador superficial y pedante; inocente de toda
concepción original, de todo pensamiento propio, pero muy fuerte en lugares
comunes -que ha cometido el error de confundir con el sentido común-, este
filósofo ilustre ha preparado sabiamente, para el uso de la juventud estudiante
de Francia, un plato metafísico a su modo y cuyo consumo, obligatorio en todas
las escuelas del Estado por debajo de la universidad, ha condenado a varias
generaciones consecutivas a una indigestión cerebral. Imagínese una ensalada
filosófica compuesta de los sistemas más opuestos, una mezcla de padres de la
Iglesia, escolásticos, de Descartes y de Pascal, de Kant y de psicólogos
escoceses, superpuesto a las ideas divinas e innatas de Platón y recubierto de
la capa de inmanencia hegeliana, acompañada necesariamente de una ignorancia tan
desdeñosa como cometa de las ciencias naturales y que prueba como dos y
dos son cinco la existencia de un dios personal.
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