El Aborto: el escenario bioético
Las 750 palabras que me permiten los editores de La Jornada, son insuficientes
para cualquier gesta que lidie con el tema del aborto. Así que, para que el
producto de estas líneas llegue a buen término -hablo conmigo-, lo prolongaré,
como escritos independientes, durante dos o tres semanas. Al escenario bioético
habrán de agregarse las razones a favor y en contra del aborto, los números como
sinónimo de la realidad, el papel de la mujer como gestante pero no como
receptáculo de fetos, las controversias morales y las preguntas de las
preguntas.
Temas tan delicados como el aborto, la eutanasia, o la clonación, deben leerse
bajo el prisma de la bioética y la realidad social y particular del individuo.
Cada persona debe estudiarse como un caso independiente y no bajo un enlistado
rígido de ideas. Las normas bioéticas son una guía moral que orienta a médicos,
sociedad e individuo.
La ética médica, a nivel mundial, suele (o debería) estar regida por cuatro
principios cuya publicación inicial cumplirá dos siglos. El origen de éstos suma
las venas comunes de la tradición médica y de la moral; estas ideas deben ser
leídas como una agenda incompleta que dejan amplio espacio para que cada caso
sea discutido.
Son cuatro los principios:
Respeto por la autonomía (norma que avala la capacidad de decidir de las
personas autónomas)
Ausencia de maleficiencia (concepto que evita causar daño)
Beneficiencia (grupo de preceptos diseñado para proveer beneficios y
balancear beneficios contra riesgos y costos)
Justicia (grupo de normas para distribuir beneficios, riesgos, y costos
objetivamente).
Si bien la beneficiencia y la no maleficiencia han jugado un papel histórico en
la ética médica, en las últimas décadas, la autonomía y la justicia son
igualmente importantes debido a los cambios que han experimentado sociedad e
individuo.
Aun cuando dista mucho de ser realidad, los preceptos anteriores son el acmé de
una medida ética que respeta al interesado y se preocupa por balancear todas las
situaciones posibles. En el caso del aborto, la autonomía es el eje central de
la discusión.
Sin afán académico, menciono a vuelapluma que, desde 1789, en la Declaración de
los Derechos del Hombre, la autonomía es el principio más fundamental y propio
del ser humano, entendido como ''la libertad de realizar cualquier conducta que
no perjudique a terceros''. Lo mismo sugirieron J. S. Mill o Kant, quien colocó
el principio de autonomía como base de su ética, porque consideró que la
autodeterminación de la voluntad es lo que define los actos morales. Es evidente
que los conceptos anteriores no son aprobados por la mayoría de las religiones
y, de ahí que en muchos sentidos, los problemas relacionados con el aborto sean
irresolubles. Las razones son simples: la pregunta ¿es el ser humano autónomo?,
ofrece respuestas antagónicas, sin encuentro.
Para quienes piensan que el individuo sí es autónomo, el aborto es una decisión
que le pertenece a la mujer -preferentemente a la pareja. En cambio, para
quienes consideran que la persona no es autónoma, el aborto es un atentado
contra la vida y, por ende, contra Dios.
La autonomía mezcla la libertad de realizar conductas, vinculadas con el manto
de la realidad social y económica del interesado. Este atributo, como ya se
dijo, excluye cualquier acción que pueda ser en detrimento del otro o de los
otros y es una decisión individual. Como en pocos casos del saber humano, el
aborto requiere tolerancia, respeto y conocimiento de la realidad. Sin esas
armas, todo diálogo deviene sordera.
En relación a aborto y autonomía la trama se complica mucho más, pues la
definición de lo que es ''ser humano'' durante la gestación es compleja. No
existe al respecto consenso entre médicos, eticistas y teólogos. Es decir, el
problema no es uno, sino son dos: madre y producto. Para la mayoría, el meollo
central gira en torno al asesinato que supone acabar con el embrión. Otras
corrientes agregan, además, que la madre carece incluso del derecho de ejercer
sobre su propio cuerpo. Y esto nos regresa al problema del derecho de gobernarse
a sí misma(o).
Cuando una mujer aborta motu proprio, suele hacerlo después de haber sumado
conciencia y realidad, y a sabiendas que esta acción, siempre plagada de inmenso
dolor, es la óptima para su contexto -enfermedad, otros hijos, abandono,
pobreza, etcétera. Suele hacerlo ejerciendo su autonomía y como manifestación
última para preservar su entorno y su vida. Acorde con múltiples estadísticas,
sobre todo aquellas que siguen el destino de las mujeres pobres y desprotegidas,
religiosas o no, el derecho al aborto es el derecho a la vida.
Aborto: el escenario real
Como en tantos ámbitos de la vida, al discutir sobre el aborto se requieren
entre dos y tres neuronas -la condición, eso sí, es que todas funcionen- para
saber que a pesar de que la realidad tiene varias caras, dos siempre están
presentes: la falsa y la veraz. Quienes abortan cobijadas por buenas condiciones
económicas no son parte de ningún tipo de discusión y no engruesan las dudosas
estadísticas que aseveran que en México se practican 800 mil legrados
clandestinos al año. Quienes abortan partiendo de la pobreza, las
mujerespobresabortadoras, son las ''otras entre las otras'' y son el objeto de
los ataques panistas y religiosos. Conforman el grupo de la realidad inaplazable
aunque, paradójicamente, en la mayoría de los casos su miseria ni siquiera les
permite enterarse que son temas de opinión.
Las primeras, aquellas que gozan de bonanza económica, pero seguramente no más
religiosidad que las ''otras entre las otras'', tienen la capacidad de bordar su
realidad y escaparse de los dictums decimonónicos que aseveran que si bien la
violación no es bien vista, el embarazo es una suerte de regalo divino. El
producto parecería ofrenda de todos los cielos.
Sería óptimo que, en estas épocas preñadas de estadísticas, se mostrasen datos
de quiénes son las mujeres violadas: sus colonias, sus condiciones
socioeconómicas, sus historias. Me autoplagio: el meollo del asunto lo
constituyen las pobres que abortan.
A la cuestión moral, principio por demás endeble, y que para muchas realidades
es anacrónico y absurdo -la intolerancia religiosa es una de las principales
detractoras de la ética-, se unen algunos datos ineludibles que muestran el
precio de abortar en condiciones insalubres. Esta ''plaga invisible'' -término
de Lesley Doyal- es un fenómeno que podría ser previsible pero, al igual que el
irresoluble problema de si el ser humano es autónomo o no -como lo comenté hace
una semana-, la intransigencia social, la intolerancia religiosa, los intereses
económicos y la apatía política son algunos de los obstáculos, sobre todo en el
Tercer Mundo, Guanajuato dixit, que determinan muertes y complicaciones
evitables.
No existen datos precisos de cuántos abortos se practican cada año en el mundo,
pero se calcula que en 1987 fueron entre 36 y 53 millones, de los cuales entre
10 y 22 millones fueron ilegales -tributo del fracaso de las políticas de
planificación familiar. Otros datos aseveran que por cada dos o tres embarazos
se realiza un legrado y, lastimosamente, el aborto -tributo a la obstinación de
políticas del medioevo que no permiten a la mujer planear- es el cuarto método
de planificación familiar -ningún médico pregona esta conducta. Asimismo,
aproximadamente una de cada tres, o incluso una de cada dos mujeres en edad
reproductiva, tienen un aborto. El brete emerge cuando se efectúa en condiciones
adversas.
Se sabe, y aquí los números no mienten, que el estado legal del aborto -que se
permita o no- es el factor primigenio que determinará la salud de la mujer. Por
ejemplo, en Estados Unidos cuando se legalizó, hace 30 años, la mortalidad
disminuyó de 30 a 5 por cada mil procedimientos (actualmente 0.7 por ciento de
los abortos legales cursan con complicaciones y es 11 veces más seguro que una
amigdalectomía). En cambio, en Rumania, bajo la execrable dictadura de los
Ceausescu, la mortalidad materna se incrementó entre 1965 -cuando se prohibió- y
1984, de 21 a 128 por cada 100 mil nacidos vivos. Moraleja para el gobierno
guanajuatense: criminalizar el aborto no lo evita, pero sí asegura que morirán
más mujeres buscando cualquier vía -el horror mismo- para efectuarlo.
Los ''abortos clandestinos'' resultan en la muerte de medio millón de mujeres
cada año, y en países como el nuestro es una de las causas principales de
fallecimiento en mujeres de entre 15 y 39 años, no por falta de medios técnicos,
sino porque las desprotegidas socialmente no pueden acceder a ellos. En este
contexto, no es exagerado afirmar que el valor que se da a las vidas de las
mujeres es magro y depende, la mayoría de los casos, de políticas mediocres;
tampoco es falso aseverar que existe una relación directamente proporcional
entre la miseria de la embarazada y su posibilidad de morir por el
procedimiento.
Los fetos destrozados mostrados por Provida incomodan, pero hieren más los niños
de la calle que, en buena parte, reflejan gestaciones no planeadas así como las
mentiras de los discursos panistas que cifran en la adopción el destino de
cualquier embarazo no deseado. ¿El nuevo sino será excomulgar a médicos y/o
abortadoras y no a políticos o narcotraficantes?
Aborto: el escenario legal
En esta ocasión el tema del aborto fue sacado de su letargo, por una de las vías
más flacas, discutibles y, quizá, la más indeseable. La del Estado. La demarcada
a partir de las leyes de un Estado alejado de la moral, de la ética, e incluso,
de "lo humano". Cuestionables son los derechos de un gobierno que a través de
los años ha sembrado impunidad, inmoralidad y generado millones de pobres y
desigualdades en todas las esquinas del territorio mexicano. ¿Tiene un Estado
así suficiente asunción y derechos sobre sus ciudadanos? ¿Tienen los diferentes
gobiernos que conforman este país razón para decirle a las madres embarazadas
"lo que pueden" y "lo que no pueden"? ¿Tienen, después de ser adalides en
violaciones a los derechos humanos y ocupar los primeros lugares de corrupción
en el mundo, moral suficiente para decidir lo que desea una mujer violada cuando
tienen infinidad de querellas a las cuales responder?
Este agosto mexicano tronó por lo flaco: la moral guanajuatense, hidrocálida,
regiomontana o tapatía hiede. Malestar en torno al aborto, a los homosexuales,
arcángeles en lugar de Juárez o destrucción de pintura son sucesos en gobiernos
panistas. Son, suma de ese mal invisible que penetra y destruye todo, la
intolerancia. ¿Pueden gobiernos intolerantes exigirle a sus ciudadanos cómo
comportarse, cómo ser? No es válido determinar la conducta de los seres humanos
cuando la intolerancia y el desconocimiento de la alteridad como urgencia
bioética son enormes.
Pero, seamos justos. Al hablar del aborto, el abaratamiento político es
evidente, contagioso. A la iniciativa guanajuatense --PAN-- siguió la del
Distrito Federal --PRD-- y, por, ahora, culminó en Morelos, con la suma de PRD y
PRI contra el PAN. Los resultados de estas propuestas son muy importantes, pero
igualmente lo es nuestro achaparramiento político cuando en aras de cualquier
triunfo se llevan a cabo alianzas impensables o se decide en el DF impulsar
"leyes modernas" acerca del aborto como respuesta al panismo guanajuatense.
Concuerdo con la posición capitalina, pero hubiese sido más sano someterla a
juicio seis meses o dos años antes. La turbiedad de nuestra política es
precisamente eso: turbiedad y pobreza. Por lo mismo, la esperanza desmesurada a
favor de Fox es, ante todo, la idealización de lo desconocido.
Un breve repaso de algunas discusiones acerca de la legalidad del aborto sirve
para ilustrar el problema y fomentar la discusión: 1) En 1999, la niña Paulina
de 14 años fue violada por un drogadicto. El gobierno de Baja California --a
nivel mundial se habla de México-- sumó opiniones médicas y religiosas y
prohibió el aborto. 2) En Sinaloa 2000, una niña indígena, tras haber sido
violada durante cinco años por su tío, cuando tan sólo tenía 13 años, quedó
preñada. A esa edad, el útero aún no está formado, "no es fuerte", por lo que la
posibilidad de muerte para producto y "madre" son latentes. El encargado del
Sistema Estatal de Salud --desconozco su nombre-- afirmó que jamás ordenaría el
aborto "por principios religiosos". 3) El número de mujeres que desean abortar
en México se desconoce. Se sabe, en cambio, que la posibilidad de morir, de
esterilidad permanente, de orfandad de los ya nacidos, de enfermedad psíquica y
física, se incrementan en forma proporcional a la pobreza de la
embarazada. Al menos, mil 500 mujeres mueren cada año víctimas de una legalidad
sesgada y elitista. Es evidente que nuestros gobiernos no tienen la mínima
calidad ética para legislar ni ordenar en estos ámbitos, amén de que las
cuestiones morales del aborto no las resuelve la ley.
En el marco mexicano es irrisorio que no se consideren las desigualdades, sobre
todo notorias en el campo de la salud, antes de discutir acerca de si el aborto
es un asunto público --legal-- o privado. Toda mujer, por ser humana debería
tener derecho a decidir. Toda mujer víctima de un delito, víctima de violencia
familiar, de un delito sexual o víctima de exclusión y marginación, debería,
bajo una ley armónica y "humanizada", saber que no sólo puede optar por lo que
más le parezca, sino que cuenta con el apoyo legal de su gobierno.
Imposible bajar la guardia. Imposible no sentir desconfianza si se pretende que
las violadas --Baja California dixit-- prosigan su embarazo, si se equipara a
perros con homosexuales como sucedió en Aguascalientes --omitieron enlistar
negros, mujeres, judíos--, si se sustituyen en sitios públicos imágenes
nacionales por religiosas --Nuevo León--, y otros avatares igualmente
impensables pero reales. ¿Existirá espacio para las diferencias? El disenso como
filosofía, la tolerancia como norma, la educación como característica política,
parecen términos inexistentes dentro del famosísimo "voto útil".
Aborto: datos y realidades
para entender algunas de las cifras que atestiguan la terrible realidad de los
abortos mal practicados, debe saberse por qué se aborta. O más bien, por qué lo
hacen quienes pueden decidir. En este sentido, el aborto es también parteaguas y
factor de división entre quienes tienen voz contra las sinvoz. O bien, entre las
que por su situación social, económica y cultural, optan por lo que dicta su
conciencia. No sobra enfatizar que no hay mujer que no sufra al perder un bebé
ni médico que considere que el aborto es un buen sistema de planeación familiar.
Entonces, ¿por qué abortan las mujeres?
Se aborta por varias razones. La gran mayoría lo hace, porque cuando tiene un
embarazo no planeado, sabe, intuitivamente, que el niño o la niña no será
atendido con dedicación y amor. Esta realidad es más dolorosa y tangible cuando
la preñez es producto de una violación, de encuentros fortuitos o de una
relación inestable. Existen datos que han corroborado que, cuando se comparan
bebés de embarazos no planeados contra deseados, grosso modo, se encuentran
diferencias significativas en cuanto al desarrollo social.
Un estudio siguió, durante casi 40 años, la historia de individuos que habían
sido deseados contra aquéllos que habían sido engendrados por casualidad. Desde
la primera década, se encontró que los planeados tenían mejor desempeño escolar
y menos problemas de conducta. A partir de los 30 años, sobre todo en las
mujeres producto de embarazos no intencionales, hubo mayor ansiedad y depresión
así como autoestima deficiente. Asimismo, la mitad de las personas
pertenecientes al grupo disfuncional se habían divorciado. El estudio adquirió
más peso cuando se cotejaron los hermanos dentro de la misma familia: aquéllos
que sí habían sido planeados contaban con una "historia más estable" y la
calidad de sus vidas era mejor.
¿Sería inadecuado considerar que buena parte de la devastación moral que vive la
sociedad y no pocos niñas y niños de la calle provienen de situaciones como la
descrita?
Agrego que, cuando en Estados Unidos se decidió legalizar el aborto, uno de los
encargados de la oficina de salud, y quien siempre se opuso a esta práctica, lo
aceptó, ya que después de revisar 250 artículos científicos que trataban sobre
el tema no encontró evidencias de secuelas médicas o psicológicas en las madres
que habían abortado. Lo contrario, se lee en los siguientes datos.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, las muertes anuales por
abortos clandestinos, aun cuando las cifras son inexactas, han aumentado de 500
mil a 585 mil. Poco más de 98 por ciento de éstas sucede en el Tercer Mundo.
Complicaciones como hemorragias, sepsis generalizada e infecciones pélvicas
crónicas, que a menudo producen esterilidad, afectan a millares de mujeres y
representan un gasto enorme para los hospitales de ginecología, de por sí
empobrecidos. Entre 13 y 20 por ciento de todas las muertes maternas son
secundarias a complicaciones de abortos clandestinos y, en algunos sitios, uno
de cada dos fallecimientos se debe a esta razón. Asimismo, las posibibilidades
de morir por un aborto no legal es 300 veces mayor que cuando se lleva a cabo en
condiciones idóneas. Por otra parte, si se desea interrumpir el embarazo después
de la semana doce, los riesgos de mortalidad aumentan 30 por ciento por cada
semana.
En este tamiz, las conclusiones de la Conferencia Internacional sobre Población
y Desarrollo (El Cairo, 1994), "las mujeres que han tenido embarazos no deseados
deberían tener la posibilidad de contar con información adecuada y... en
circunstancias en las cuales el aborto no sea contra la ley, éste debe
practicarse en condiciones seguras", así como la emitida en la Cuarta
Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995), "los gobiernos... deberían
considerar revisar las leyes que contienen medidas punitivas contra las mujeres
que han tenido abortos ilegales", deberían leerse y releerse por quienes dictan
las políticas de salud, así como por los estadistas opinados.
El aborto es una práctica común, pero el aborto seguro no es común. Se estima
que, por cada mil mujeres entre 15 y 44 años, entre 32 y 46 abortan. Holanda es
el país que tiene la tasa más baja de abortos: 5 por cada mil embarazos. Esto, a
pesar de ser la nación con leyes más liberales en relación a este procedimiento.
Debido al crecimiento de la población joven, y al cambio de las prácticas
sexuales, cada vez más mujeres quedarán preñadas en situaciones no
satisfactorias, sobre todo, las más pobres, las menos educadas y las que no
tienen pareja. Restringirles la posibilidad de abortar en ambientes adecuados
conlleva una triple condena: a ellas mismas, a sus vástagos y a la sociedad
entera. La lección para el Estado es simple: planeación familiar y abortos
seguros producirán menos muertes maternas y menor orfandad.
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