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A 30 años del golpe militar en Chile
El sacrificio de un ciudadano de América Latina
Por Hugo Guzmán
“Soy un hombre de América Latina, que me confundo con los demás habitantes del
Continente”, decía Salvador Allende, el compañero presidente. El 11 de
septiembre de 1973, hace 30 años, Allende fue asesinado en el palacio de La
Moneda, en Santiago de Chile, y se abrió así uno de los más negros capítulos de
la historia latinoamericana. En ocasión del aniversario del sacrificio del
presidente chileno, ofrecemos la reconstrucción de algunos pasajes del martes
negro y un reporte sobre los intentos de “ajusticiar” al dictador Augusto
Pinochet
Dos días antes del golpe, Allende iba a llamar a un plebiscito
“¡SILENCIO, QUE EL PRESIDENTE está hablando!", gritó Carlos Jorquera en un salón
de La Moneda, atacada en ese momento por militares. Hacía callar a un grupo de
escoltas y funcionarios mientras Salvador Allende pronunciaba el último discurso
de su vida, transmitido por Radio Magallanes, la mañana del 11 de septiembre de
1973. El grito de Jorquera se escucha en el fondo de la grabación de aquella
alocución. La de "más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por
donde pase el hombre libre".
Carlos El Negro Jorquera, periodista, fue amigo de Salvador Allende durante unos
30 años y lo acompañó en sus cuatro campañas presidenciales (1952, 1958, 1964 y
1970). Esa mañana del 11 de septiembre tampoco lo dejó. Y lo vio llorar frente
al cuerpo de otro entrañable amigo, también periodista, Augusto Olivares, el
primer muerto en La Moneda. Jorquera rememora: "Si hubiera habido alguna pequeña
duda en el alma y la mente del Presidente, estoy seguro que ahí se aclaró todo.
El quería mucho a Olivares, lo quería mucho. Se le cayeron las lágrimas al
Presidente. Qué le dije, qué me dijo, qué voy a saber. Sé solamente que nos
abrazamos".
Jorquera habla "del drama" de aquella mañana en que "el término de rendición, no
lo recuerdo", entre balas que iban y venían y de un intenso bombardeo. Era la
mañana que los militares, al mando de cuatro generales y un almirante,
derrocaban al gobierno constitucional de la Unidad Popular (UP) y ponían fin al
mandato del presidente Salvador Allende.
Al mandatario socialista le ofrecieron un avión para irse del país. Lo hizo el
general Augusto Pinochet a través del general Palacios, el que atacó La Moneda.
Luego se supo que la intención era derribarlo: "el avión se cae", se oye a
Pinochet en una grabación. Se le ofreció la rendición. Grupos armados de
izquierda, el MIR, le ofrecieron sacarlo de La Moneda y replegarlo a un rincón
de Santiago. Eran opciones. Carlos Jorquera, esas horas junto a Allende, cuenta:
"El Presidente las desechó todas y cualquiera que haya sido la alternativa, la
desechó. El Presidente se quedó en La Moneda y pasó a la historia".
“No llegamos al miércoles”
Cuarenta y ocho horas antes de la asonada castrense, Salvador Allende, sí había
barajado otra alternativa que, en su momento, podría haber frenado a los
militares. Era el sábado 8 de septiembre. Ultima oportunidad de torcer la
historia que se venía. En medio de una profunda crisis social, política y
económica, con la UP fragmentada, el proceso radicalizado y la derecha y el
empresariado a la ofensiva, el mandatario chileno había concluido que una salida
era convocar a plebiscito a la población para determinar el destino del gobierno
de la UP.
El Negro Jorquera lo corrobora. "Lo puedo asegurar –dice– porque el llamado a
plebiscito se decidió el sábado anterior al golpe. El presidente Allende nos
reunió a Augusto Olivares, a Joan Garcés y a mí. Nos explicó la situación y
decidió que ya no había más tiempo para deliberaciones y había que llamar a un
plebiscito".
Redactaron el llamado entre los tres, bajo la dirección de Allende. En horas de
la noche, todo estaba decidido. Los cuatro cenaron en la casa presidencial de
calle Tomás Moro y bromearon: "Ojalá perdamos el plebiscito, así nos vamos para
la casa a descansar". El domingo lo comunicaría el Presidente a los líderes de
la coalición gobernante.
El lunes 10 de septiembre, Jorquera y Olivares hicieron los preparativos para el
mensaje presidencial por cadena nacional de radio y televisión. Con sus manos El
Negro Jorquera puso la banderita chilena en la mesa desde donde hablaría el
mandatario. Pero Allende no llegaba.
Por fin hacia el mediodía, Salvador Allende arriba a La Moneda. Sin mayor
preámbulo le comunica a Olivares y a Jorquera que no hará el anuncio del
plebiscito. El domingo se había producido una conversación del presidente que
fue decisiva. "Había ocurrido –explica Jorquera– que el día domingo, entre la
cantidad de visitas de políticos que fueron a hablar con el Presidente a la casa
de El Cañaveral, fueron dos generales, de civil, que hacían gala de ser
allendistas. Uno, el general Orlando Urbina, y el otro, el general Augusto
Pinochet Ugarte. Ellos dos –cuenta Jorquera– le propusieron a Allende aplazar el
plebiscito hasta el miércoles, porque eso les daba tiempo para arreglar
problemas internos que tenían en el Ejército".
Olivares y Jorquera reaccionaron con desconfianza. Insistieron en hacer el
anuncio lo más pronto posible. Sin embargo, dice El Negro, Allende quiso
tranquilizarlos: "Compañeros, hemos esperado tantos días, tanto tiempo, que un
día más o un día menos da lo mismo. El miércoles lo hacemos". La frase de
Jorquera es precisa: "No llegamos al miércoles".
El martes vendría el golpe. Con una secuela de más de 5 mil ejecutados y
desaparecidos, miles de torturados, decenas de miles de presos y cientos de
miles exiliados. Carlos Jorquera cuenta que Allende lo intuía. Y fue una de las
razones por las que quiso convocar al plebiscito, para evitar esa tragedia. "El
nos lo dijo con mucha anticipación. Salvador nos hablaba de eso, tenía la
película clara de que lo que iba a pasar sería tremendo. Y lo fue. Por eso él
quería llamar a plebiscito. Esa idea la tenía con mucha anticipación. Nos habló
mucho antes de la decisión de impedir una masacre". El plebiscito nunca llegó.
La represión sí.
El escolta del doctor
LA VERSION OFICIOSA fue que el presidente Allende se suicidó pasado el mediodía
usando el fusil AK que le regaló Fidel Castro. Según esa versión Allende,
sentado en el sillón presidencial, colocó el fusil con el cañón en su mentón y
disparó, destrozándose la cabeza.
"Nosotros, como escoltas, no podemos dar fe de que Allende se autoeliminó.
"Al lugar donde estaba el cuerpo de Allende, los primeros que entran son un
reportero supuestamente de El Mercurio que, por lo que sabemos, era agente de la
CIA. Fue el único que sacó todas las fotos. También entra el oficial Fernández
Larios, de Inteligencia del Ejército que ahora está en Estados Unidos como
testigo protegido porque les ayudó para culpar al DINA del asesinato del
canciller Orlando Letelier en Washington. Es un hombre de la CIA. Y entró el
general Pedro Espinoza, jefe de Inteligencia. En las dos únicas fotos que se han
podido ver, aparece Allende con la camisa completamente limpia. El cuello de la
camisa también aparece blanco, limpio, sin manchas. Una persona que se dispara
en la cabeza, lo que sangra es mucho. El tenía limpio el cuello y la camisa. Esa
es una cosa que se contradice con la versión de la autoinmolación con el fusil
AK".
Manuel Cortés, escolta de Allende, dice que las dos imágenes testimonian más
confusiones.
"En una aparece medio recostado con el fusil AK arriba de las piernas, y en la
otra foto está sentado en el sillón, no recostado, y con el AK parado en el
suelo, entre las piernas, con la culata apoyada en el suelo. De partida, ahí
hubo un montaje".
Por cierto, hay informes de que los soldados, además de sacar las fotos, lo
pusieron en el piso, lo desnudaron, lo revisaron y luego volvieron a vestirlo
con sus ropas.
"Nosotros contradecimos que Allende estaba absolutamente solo. Por razones de
seguridad y por razones de deformación profesional si se quiere llamar así, el
Dispositivo de Seguridad jamás dejaba solo a Allende, jamás". ... en las
conversaciones más íntimas, siempre había uno o dos de la seguridad con él,
gente que era de extrema confianza de él. Prácticamente las 24 horas del día
estábamos con él, mínimo uno al lado de él, incluso durante todo la noche cuando
él dormía. Por lo tanto es imposible que Allende se haya quedado solo,
imposible, imposible".
Lo anterior es coincidente con versiones publicadas los años 1974 y 1975 que
señalaban que Allende había combatido, después de despedir a sus colaboradores,
junto a integrantes de la escolta, hasta que una ráfaga cayó sobre su cuerpo.
Dos escoltas lo habrían cargado hasta el sillón presidencial y ahí lo habrían
dejado colocando el fusil sobre sus piernas. Esos podrían ser los miembros de la
seguridad heridos y asesinados posteriormente.
"Todas las personas que estuvieron al lado de él, todos los escoltas, murieron,
los mataron posteriormente. Salieron vivos de La Moneda y posteriormente fueron
desaparecidos. No tenemos testigos de lo que pasó".
No sólo no quedaron testigos, salvo aquellos oficiales de Inteligencia y de la
CIA. No hubo autopsia ni certificación médica, y a la viuda Hortensia Bussi no
le permitieron ver el cuerpo. A 24 horas de muerto, ya lo estaban enterrando en
un cementerio de la costera ciudad de Viña del Mar. Y las fotos que se sacaron
ese día, salvo las dos citadas por Manuel Cortés, permanecen ocultas.
"Salvador Allende desde un principio fue majadero en reiterar que él iba a
defender el mandato que el pueblo le había dado y defenderlo con su vida. En el
acto público del Estadio Nacional, cuando fue Fidel Castro a Chile, Allende fue
muy claro en decir que la única forma de sacarlo de La Moneda era acribillado a
balazos. En las conversaciones internas que teníamos con él, siempre demostraba
esa disposición.
"La única estrategia era defender la posición del Presidente con la escolta, por
el lado de la Plaza de la Constitución, y por el otro lado, hacia la Alameda y
Plaza Bulnes, estaba toda la gente leal de la Policía de Investigaciones
defendiendo. Al Presidente se le trató de mantener ese día en el centro de La
Moneda. Los jefes de seguridad y de la defensa de Allende fueron Domingo Blanco
(Bruno), Jaime Sotelo (Carlos) y Alejandro Montiglio (Aníbal). Los tres fueron
ejecutados por los militares después de ser detenidos.
"Dejamos de disparar, los que estábamos justo enfrente de La Moneda, cuando a
los compañeros nuestros los sacan del palacio a la calle, los ponen en el suelo
y les colocan un tanque muy cerca y del tanque piden permiso a sus superiores
para pasar por arriba de los cuerpos. Ahí estuvimos a punto de dispararle al
tanque con un RPG-7. Pero decidimos ordenar un alto al fuego para ver qué
pasaba. No queríamos que a nuestros compañeros los masacraran. Ya cuando
decidimos no disparar más, es cuando sacan el cuerpo de Allende en una camilla,
los bomberos y los militares. Todo terminó como a las tres de la tarde.
"La relación (con Allende), eso la gente poco lo cree, era de compañero a
compañero. Hubo gente del Partido Socialista, gente del MIR, unos pocos
compañeros comunistas. Nosotros no le decíamos Presidente, le decíamos doctor.
El nos trataba de compañeros. La relación era franca, fraterna y él buscaba al
menos una vez al mes comer o almorzar en algún lugar para hacer un recuento del
trabajo y hacernos las críticas y autocríticas correspondientes. A eso llegaban
los niveles de amistad, de cariño que tuvimos con el presidente Allende. El se
plegaba a las disposiciones de seguridad que nosotros le poníamos. Para una
persona tener equipo de seguridad le significa ir perdiendo gran parte de su
intimidad. Estábamos con él todo el día, hasta cuando dormía. La relación era
muy fraterna.
"Lo único que hicimos nosotros ese 11 de septiembre fue defender la Constitución
y la ley vigente. Hicimos lo que la Constitución mandata a todos los chilenos de
defender el estado de derecho, la Constitución y al Presidente democráticamente
elegido. Eso fue lo que hicimos".
Testimonio de Manuel Cortés, durante más de un año “chofer operativo” del
presidente Salvador Allende. Junto a ingenieros italianos acondicionó los autos
Fiat 125 que usó el presidente socialista durante su mandato, lo que incluyó
“hacer pequeños blindajes especiales” de los automóviles. Fue, junto a otros 180
hombres, parte de la escolta “del doctor”. El martes 11 de septiembre de 1973,
Cortés comandó al grupo de seguridad presidencial que protegió La Moneda desde
la azotea y oficinas del Ministerio de Obras Públicas, justo enfrente del
palacio.
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Los cinco intentos de matar a Pinochet
Dos organizaciones armadas intentaron “ajusticiar” al dictador chileno en al
menos cinco ocasiones, a lo largo de sus 17 años en el poder. Fracasaron por
razones diversas, pero hoy, protagonistas de esos intentos dicen: “Al menos la
intención estuvo y el esfuerzo se hizo”
TRES ORGANIZACIONES PROTAGONIZARON "la lucha armada" contra el régimen militar
del general Augusto Pinochet. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR),
el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) y el Movimiento Lautaro. Dos de
ellas, el MIR y el FPMR planificaron atentados contra Pinochet. Le denominaron
"la opción del tiranicidio" en contra del principal responsable de más de 5 mil
ejecuciones y desapariciones, de cientos de miles de exiliados, torturados y
presos políticos.
En las cabezas de los miristas y de los rodriguistas rondó durante varios años
la idea de atentar contra Pinochet, pese a que los dirigentes de varios partidos
políticos antidictatoriales consideraban "un error político" ajusticiar al
dictador.
El MIR, fundado en 1965 y que inició la llamada "resistencia popular
antidictatorial" a finales de 1973, fue la primera organización que planificó
atentados contra el Capitán General (Pinochet fue el único oficial del Ejército
chileno que se atrevió a usar el mismo grado de Bernardo O’Higgins, el jefe
militar de la independencia de Chile).
"Siempre estábamos estudiando cuáles eran los puntos vulnerables para darle su
merecido. Tenía una protección nada fácil de romper. Recuerdo que realizamos dos
intentos de atentado, ambos fracasados", dice Andrés Pascal Allende, quien fue
secretario general del MIR.
Según Pascal, uno de los operativos consistió en "un autobomba que explotaría
cuando Pinochet pasara por una de las calles cercanas a su casa". El fracaso se
produjo porque el mecanismo de activación de la bomba no funcionó. Hasta el día
de hoy ignoran por qué.
El antiguo jefe del MIR revela que el otro plan "era emboscarlo a la llegada o
salida a misa en la Iglesia de El Golf" –en el barrio de clase alta de la
capital chilena– pero nunca se dieron las condiciones para efectuar ese ataque.
Otro miembro de la dirección del MIR, que pidió el anonimato, explica que
"teníamos alguna capacidad militar para hacer los atentados, se planificaron,
uno se trató de ejecutar, el otro no llegó a concretarse, pero siempre lo
mantuvimos en la mira".
El MIR no caminaba en senderos desconocidos. A finales de los ochenta decidió,
como parte de su enfrentamiento armado contra la dictadura, atacar "objetivos de
altos mandos militares". Le causó varias bajas sensibles al Ejército chileno y
al gobierno militar. Por ejemplo, "ajustició" al Intendente de Santiago, general
Karol Urzúa, y al jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército
(DINE), coronel Roger Vergara.
Pascal Allende justifica: "Con la dictadura se asesinó, se desapareció y se
torturó a miles de compatriotas sin respetar sus derechos. Nos buscaban para
matarnos, así de simple. Frente a esa agresión tuvimos que defendernos y tuvimos
el legítimo derecho de resistir y golpear a los mandos responsables de la
represión y el crimen".
Paradójicamente, sin saberlo, los miristas pusieron en riesgo, o al menos en
tensión, la planificación del atentado contra Augusto Pinochet diseñado por el
Frente Patriótico Manuel Rodríguez, organización que surgió en 1983 bajo la
tutela del Partido Comunista. Cuando el comando del Frente estaba en la zona de
Las Vertientes, en la precordillera chilena, acuartelado en una casa llena de
armamento y planos, listos para atacar al general, detectaron que en una casa de
la zona había otro grupo de jóvenes, sospechosos, con rutinas conspirativas y
creyeron que eran del MIR. Y que podrían estar en lo mismo: listos para avanzar
sobre la escolta de Augusto Pinochet. Pero al final de cuentas, el grupo de
supuestos miristas se retiró y el comando rodriguista volvió a la tranquilidad.
El FPMR planeó dos formas de atentado. Según una fuente que formó parte de esos
equipos a partir de 1986, el primer atentado se iba a efectuar en la carretera
de Las Vertientes a Santiago, por donde pasaba todos los fines de semana
Pinochet desde su casa de descanso en el precordillerano Cajón del Maipo.
La fuente rodriguista indica que tenían 200 kilos de amongelatina y TNT
–explosivos de alta potencia– que iban a ser colocados en un túnel debajo de la
carretera. La carga sería activada cuando pasara la caravana de autos del
dictador. El FPMR llegó a construir el túnel, encontrado más tarde por militares
y agentes de seguridad. Era un espacio bien acondicionado y se podía colocar
perfectamente la carga explosiva. Según las versiones del Frente, sería tal la
potencia de la explosión, tan amplio "el radio del alcance", que no importaban
la velocidad ni la ubicación del auto de Pinochet; sería alcanzado.
Nadie ha podido verificar la razón por la cual los rodriguistas decidieron
desechar el plan. La fuente consultada explicó que "no llegó, finalmente, el
total de explosivo necesario y lo suspendimos".
El otro plan del FPMR se materializó el 7 de septiembre de 1986 a las 18:30
horas, un domingo apacible en que Pinochet regresaba de su casa de descanso.
Claro que una semana antes se había librado del ataque. Los guerrilleros urbanos
fueron sorprendidos el domingo 31 de agosto cuando el dictador adelantó su
salida a Santiago, por el fallecimiento del expresidente conservador Jorge
Alessandri. Ese día la acción se canceló.
El día del ataque –convertido en libro y pronto en película– Pinochet viajaba en
su "Mercedes Benz" blindado junto a su nieto Rodrigo, el edecán naval y su
chofer Oscar Carvajal. La combatiente Isabel Mayoraz avisó a la casa donde
estaba el comando rodriguista que Pinochet había salido rumbo a la carretera.
Más de 20 mujeres y hombres del FPMR, comandados por José Joaquín Valenzuela
Levy (comandante Ernesto), se apostaron en la cuesta Achupallas de la zona
precordillerana. Cuando comenzaba a pasar la caravana de escoltas, se inició el
mortal ataque. Los rodriguistas usaron fusiles M-16 y cohetes LAW uno de los
cuales dio en el auto de Pinochet pero no explotó. El combatiente Juan Moreno
Ávila se acercó al auto del general y le disparó varias veces con su fusil, pero
los vidrios blindados resistieron. Y el chofer Carvajal, echando marcha atrás el
vehículo por largos metros, logró sacar al dictador de la emboscada.
Los rodriguistas lograron salir "sin bajas". Meses y años más tarde algunos
caerían muertos en operaciones represivas, otros fueron detenidos, algunos
lograron mantenerse prófugos y otros fueron indultados por gobiernos civiles
posteriores al régimen militar.
Después de ese atentado del 7 de septiembre de 1986 –hace 18 años– nunca más se
planificó ni mucho menos ejecutó otro atentado contra Augusto Pinochet, según
las fuentes del MIR y del FPMR. Para ellos, "al menos la intención estuvo y el
esfuerzo se hizo".
Hoy, a 30 años del golpe de Estado, Pinochet sigue vivo, elogiado por militares
y la derecha, pasando de su lujosa casa en el barrio alto La Dehesa en la
capital chilena, a sus departamentos en Viña del Mar e Iquique o sus residencias
de descanso en la precordillera y la costa central del país. Calificado de
"demente" pudo sortear a la justicia chilena y sigue vivo, aunque con marcapasos
y otras dolencias.
(Hugo Guzmán)
“(El sacrificio de Allende) demuestra la necesidad del político de ser valeroso,
porque la política es un ejemplo moral. Lo de Allende es una herencia. Qué
significa todo esto para la gente joven, es un modo de entender la historia, un
modo de construir la historia, que se construye también con valor personal, con
coherencia, con compromiso, no con cálculo solamente ni siendo prisionero de un
pragmatismo intrascendente. Esto se hace soñando y Allende fue un gran soñador”.
Hugo Zemelman, sociólogo chileno.
© La Jornada
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Lun, 7 de Feb, 2005 12:43 am
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