¿CAMBIAR PARA MEJORAR?
¿Abrazamos la creencia en Dios o no?
Durante una multitudinaria reunión cristiana unos años atrás, un
provocador gritó: «El ateísmo hizo más por el mundo que el
cristianismo.»
«Muy bien», contestó el conferenciante, «mañana por la noche
traiga cien personas cuyas vidas el ateísmo cambió para mejor y yo
traeré cien personas cuyas vidas Cristo transformó.»
El provocador frunció el ceño y no dijo más.
¿Por qué?
Creo que los hechos hablan por sí solos.
René Girard cierta vez propuso: «Dado que el intento por entender
la religión sobre la base de la filosofía falló, debemos probar el
método opuesto y leer la filosofía a la luz de la religión.» Los
resultados demuestran ser interesantes.
El teólogo cristiano J.I. Packer y Thomas Howard resumen los
postulados de los apóstoles del ateísmo de la siguiente manera:
Ludwig Feuerbach: «La religión es inmadurez infantil.»
Carlos Marx: «El ateísmo es una necesidad, dado que todas las
religiones sustentan estructuras sociales injustas.»
Friedrich Nietzsche: «Ahora que Dios está muerto, todo es
permisible.»
Sigmund Freud: «La religión es una ilusión, una fantasía de
satisfacer deseos.»
Sin embargo, a la luz de la verdadera religión, los hechos son:
En contraste con Feuerbach: «La fe en Dios como la de un niño es el
fundamento de la verdadera madurez.»
En contraste con Marx: «La creencia en Dios es una necesidad, dado
que todos los sistemas ateos, y más notablemente el marxismo,
sustentan estructuras sociales injustas.»
En contraste con Nietzsche: «Dado que Dios está vivo, todo es
posible.»
En contraste con Freud: «El ateísmo es una ilusión, una fantasía de
satisfacer deseos.»
En su análisis minucioso y totalmente documentado del pensamiento
filosófico ateo de los últimos cuatro siglos, que abarca ochocientas
páginas, el reconocido teólogo alemán Hans Küng afirma que es más
razonable y quizás más fácil creer en Dios «hoy que unas décadas, o
incluso siglos, atrás». ¿Por qué? Porque después de ver la
proliferación del ateísmo en el transcurso de este último siglo y de
ser testigos de sus trágicos resultados, es más claro que nunca que
Dios es relevante para el bienestar y el futuro de los individuos,
las parejas, las familias, las comunidades e incluso las naciones.
Sin Dios, estamos perdidos.
BASTA DE JUGAR A LAS ESCONDIDAS
En momentos de sinceridad intelectual, hasta algunos de los ateos
más empedernidos concuerdan en que la vida tiene sentido solo si
Dios está en escena.
En el comienzo de este libro, conté la historia de Jean-Paul
Sartre y de su cambio. Poco antes de su muerte, Sartre ya no podía
leer ni escribir pero continuó propagando sus últimas ideas en una
serie de entrevistas.
Durante una de esas entrevistas, Sartre le comentó a un
periodista marxista que había llegado hasta el punto de creer en
Dios. Sus palabras merecen repetirse: «Siento que no soy producto de
la casualidad, un granito de polvo en el universo, sino alguien que
fue esperado, preparado, anticipado. En fin, ser que solo un Creador
pudo poner aquí; y esta idea de una mano creadora se refiere a Dios.»
Al igual que muchos otros de su generación, el autor David White
Manning, admitió: «La mayor parte de mi vida, me permití andar en
busca de Dios a medias, lleno de resentimiento, sin querer aceptar
de verdad la pavorosa magnitud de su presencia en el centro absoluto
de mi existencia. El intenso clamor egoísta con el que busqué
comprender el mundo y su afán, impidió prácticamente todo, salvo un
reconocimiento de facto de que quizá poseía un ser espiritual.»
Katharine Tait dijo de su famoso padre, Bertrand Russell: «En
algún rincón de su mente, en el fondo de su corazón, en las
profundidades de su alma, había un espacio vacío que una vez ocupó
Dios y mi padre nunca pudo encontrar otra cosa con qué llenarlo.» El
propio Russell admitió cierta vez: «El centro de mi ser es por
siempre y eternamente un terrible dolor, un dolor curioso y salvaje,
una búsqueda de algo que está más allá de lo que el mundo contiene.»
Haciendo eco de lo que le escuché decir a muchos adultos jóvenes,
el escritor de la «Generación X», Douglas Copeland, dice casi en voz
baja: «Ahora bien, este es mi secreto: te lo digo con una sinceridad
de corazón que dudo que pueda lograr otra vez, por eso ruego que
estés en un cuarto tranquilo para escucharlo. Mi secreto es que
necesito a Dios, que estoy enfermo y que ya no puedo seguir adelante
por mi cuenta. Necesito a Dios para que me ayude a dar, porque creo
ya no soy capaz de hacerlo; para que me ayude a ser amable, porque
creo que ya no soy capaz de serlo; para que me ayude a amar, porque
creo que estoy lejos de poder amar.»
Hoy, después de una larga batalla, finalmente estamos dispuestos
a confesar que necesitamos a Dios. Siempre lo necesitamos. Después
de que se convirtiera al cristianismo, San Agustín, el gran filósofo
del siglo quinto, escribió la siguiente confesión: «Nos has hecho
para ti y nuestros corazones no tendrán descanso hasta que no
encuentren su descanso en ti.»
Más tarde, Pascal hizo eco de sus palabras al escribir: «En el
corazón del hombre, hay un vacío con forma de Dios, que solo Dios
puede llenar.»
En uno de sus libros de mayor venta, Harold Kushner señala que,
hoy en día, aún hay «un vacío espiritual en el centro» de cada ser
humano. ¿Por qué? Kushner opina que muchos están en busca de
propósito, satisfacción y sentido, ya sea en su trabajo o en su
familia, para después darse cuenta de que eso no da resultados.
Kushner sostiene que «hay un tipo de nutrición que nuestras almas
ansían, así como nuestros cuerpos necesitan la comida correcta, el
sol y el ejercicio. Sin ese nutriente espiritual, nuestras almas
quedan estancadas y sin desarrollo».
Este es un extracto del libro "Dios es Relevante" © 2000 por Luis
Palau
http://www.palau.org/spanish/store/books/relevante.html