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Bacon: un ateo divino   Lista de mensajes  
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El padre del expresionismo británico
BACON Y SU OBSESION POR LOS SIMBOLOS CRISTIANOS

Ninguna contradicción fue más extrema y más fértil en la mente
de Francis Bacon que su ateísmo y su obsesión por los símbolos clave
de la fe cristiana, como la crucifixión y la figura del Papa.
Michael Peppiatt, antiguo editor de «Le Monde» y de «Art
International», que mantuvo una amistad durante 30 años con el
pintor irlandés, cree además que la admiración de Bacon por los
actos más «profanos» del ser humano, elevándolos a la categoría de
místicos, confirma la «profunda dualidad de su carácter».

Es esta dualidad del artista la que motiva la exposición que el IVAM
inauguró la semana pasada en Valencia (España) para «acercarnos a
las nociones de lo sagrado y lo profano de Francis Bacon», según el
director del museo, Kosme de Barañano. La exposición, que viajará al
Museé Maillol de París y que es la más importante que se ha hecho
sobre el padre del expresionismo británico en España en los últimos
25 años, reúne 45 obras procedentes de museos y colecciones de medio
mundo: entre lo más destacado, nueve de las versiones más
emblemáticas del famoso retrato del Papa Inocencio X de Velázquez
(1650), algunas de las crucifixiones más perturbadoras y, también,
algunos de sus más enigmáticos rostros y desnudos.

Peppiatt, comisario de la exposición, se preguntaba días atrás qué
ha motivado a un artista tan vehementemente ateo a pintar con tanta
fijeza la simbología cristiana -por ejemplo, del retrato del Papa de
Velázquez aún sobreviven 45 versiones- y, al tiempo, qué fuerza
transformadora permite a Bacon otorgar a las escenas más habituales
de la vida un estatus divino. La fuerza de sus pinturas, advirtió,
no yace tanto en el ataque a la fe religiosa como en el ataque a
cualquier creencia. Bacon, recordó, era un ateo militante, negaba
vigorosamente que la vida tenga una propuesta o un significado
concreto. «Venimos de la nada», solía repetir, casi como dogma de
fe, «y vamos hacia la nada». Peppiatt añadió que «con su subversiva
brillantez e imaginación reinventó las categorías tradicionales de
lo sagrado y lo profano, de modo que una crucifixión refleja un acto
de brutalidad desprendido de todo sentido metafísico, pero
representa a dos amantes masculinos que se abrazan en la hierba con
la dulzura de una Piedad».

En el catálogo de la exposición, Peppiatt recuerda lo que en su día
Bacon declaró sobre la crucifixión: «Hasta ahora no he encontrado
otro asunto más sutil a la hora de cubrir ciertas áreas de la
sensación y el comportamiento humano (...). Está claro que trabajas
tus propios sentimientos y sensaciones, se podría decir que se
acerca más a un autorretrato porque trabajas todo tipo de emociones
muy íntimas sobre el comportamiento o sobre la vida». El comisario
opina que cuando Bacon decía que la crucifixión «se acerca más a un
autorretrato» «se identificaba con Cristo y, en cierto modo, algo
que nunca esclareció del todo, se sentía crucificado».

Francis Bacon (Dublín 1909-Madrid 1992) montó su primer taller en
Londres cuando sólo contaba 21 años. Su aproximación al surrealismo -
como lo confirma su primera «Crucifixión» (1933)- duró poco, y
derivó rápidamente al expresionismo. Llegó a trabajar también como
diseñador de muebles e interiorista, siempre como autodidacta. Su
infancia y juventud estuvieron marcadas por la tormentosa relación
que mantuvo con su padre, Eddi Bacon, que nunca aceptó la
homosexualidad de su hijo. Peppiatt recordaba cómo Bacon,
alcohólico, era capaz de vivir como un pordiosero y al tiempo
consumir champán francés del más caro en los hoteles de lujo. «Le
conocí bien y sé que le gustaban los extremos», señalaba el
comisario.

Sus creaciones, donde el dolor, la muerte, el sexo y la angustia son
elementos recurrentes, provocaron un fuerte impacto en los críticos.
Peppiatt habla de «gritos de horror» de los visitantes de sus
exposiciones. Aunque, con el tiempo, se ha valorado la enorme fuerza
de sus pinturas. «Él -según Peppiatt- creía que la fotografía ya
había hecho suficiente por transmitir la imagen del hombre, y que lo
único que quedaba para mostrar la esencia del hombre era recurrir a
la distorsión.» Peppiatt advirtió, no obstante, que la exposición
del IVAM «no nos conducirá necesariamente a desentrañar la esencia
misteriosa de los cuadros de Bacon», pero «sí nos puede llevar a
reflexiones inesperadas y desconcertantes». (Por Salvador Enguix, La
Vanguardia)

http://www.diarioelsol.com.ar/vn.php?n=21468




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