Al César, lo que es del César: Hacia un Estado con libertad de mente
Ponencia para panel "Separación entre estado e iglesia en el Perú"
Por JEES [Jose Enrique Escardó Steck]
Consultor en Comunicación
Sábado 18 de enero de 2003
"Las revoluciones estallan cuando una cantidad suficiente de seres humanos
se dan cuenta de que han sido engañados". Algunos dicen que Jesús de
Nazareth fue un revolucionario. Pero, como publicista y estudioso de las
religiones desde hace más de 15 años, debo agregar que no le fue suficiente
ser un revolucionario, sino que lo que lo llevó a la fama que tiene es el
hecho de contar con el mejor equipo de imagen y marketing de la historia,
sin saberlo y tal vez sin quererlo. Pero, como suele suceder con los líderes
que causan controversia, sus mensajes han sido, son y serán transformados
por sus seguidores, los cuales tienen otras motivaciones, muchas veces
teñidas de una incapacidad por diferenciar lo espiritual de lo material, en
especial si son muy jóvenes [idealistas e impresionables por definición],
como parece ser el caso de Juan, de quien se dice que fue el apóstol más
joven -tenía unos 18 años cuando Jesús murió, es decir, unos 15 cuando lo
conoció-, el amado, el único que estuvo al pie de la cruz, el que
aparentemente luego escribe por lo menos 2 libros del nuevo testamento.
Pero, en el caso del mensaje de Jesús de Nazareth, yo creo que no sólo fue
transformado -es decir, que se le haya cambiado la forma- sino que fue -y
permítanme inventar un término- 'transfondeado', se le cambió el fondo.
Tanto se le cambió el fondo que, en el libro de los Hechos de los Apóstoles,
el inmediatamente posterior a los evangelios en las biblias, surge la
primera bronca de la naciente comunidad apostólica, que no podía ser llamada
siquiera iglesia en ese tiempo: Pedro y Pablo, el primero un seguidor torpe,
analfabeto e infiel, y el segundo un jinete iluminado que cuenta una
historia de salvación que salva su conciencia después de haberse dedicado a
matar a quienes luego lideraría. Ya desde ahí vemos que no hay un acuerdo
sobre la esencia del mensaje de Jesús. Para muchos, este hecho pasa
inadvertido, y es que, como chismévoros que somos los peruanos, nos interesa
más y nos sorprende como cosa nueva el lío entre el arzobispo Cipriani y el
padre Martín Sánchez o la película 'El Crimen del Padre Amaro'. Tan antiguo
es el desacuerdo, que hasta hoy la teología católica habla de dos visiones
del hombre, la dicotómica de Pedro [el hombre es cuerpo y alma] y la
tricotómica de Pablo [el hombre es cuerpo, alma y espíritu]. Puntos de vista
ambos, pero, al final, señales de que la cosa no estaba clara al comienzo ni
está clara hoy. Lo mismo sucede con un tema anterior a Pedro y Pablo, la
naturaleza de Adán y Eva. Hay quienes afirman que ellos fueron un hombre y
su 'costilla' y otros que fueron dos pueblos. No hay dogma al respecto, así
que a uno no lo excomulgan por creer que fueron pueblos. Y, si uno revisa la
teología dogmática, encontrará varias otras especulaciones en torno al
mensaje de Jesús de Nazareth.
Pero, a lo que iba con esto es a centrarme en el tema por el cual nos hemos
reunido esta noche, gracias a la invitación y a la asistencia de gente a la
que le interesa pensar más allá de lo que nos enseñaron en el cole o en la
misa obligada de nuestra niñez. El estado y la iglesia deben de estar tan
separados como la enemistad entre ellos lo permita. Ésa es una de las
enseñanzas más claras y contundentes de Jesús que nos ha llegado a través de
los siglos, a pesar de los cambios de fondo o 'transfondaciones' impulsadas
justamente por los vínculos estrechos entre iglesia y estado a través de la
historia. Jesús lo repite a cada momento en las biblias, la separación entre
lo terrenal y lo espiritual o celestial son una constante en su prédica y en
sus actos. Es la razón por la que critica a los fariseos, es la razón por la
que toma un látigo y espanta a grito pelado a los mercaderes del templo, es
la razón por la que convierte a recaudadores de impuestos de esa época y les
pide que dejen de trabajar para el imperio romano, etc, etc, etc.
Jesús es el primero en enseñar esto y sus enseñanzas sobre el tema sobran en
las biblias a pesar de los cambios radicales que éstas han sufrido en el
tiempo. Sin embargo, la iglesia católica se ha empeñado permanentemente en
todo el mundo -y sigue empeñándose en nuestro país con mucha eficacia- en
ser parte importante de las decisiones de los gobiernos de turno. Y los
gobiernos de turno, muertos de miedo del poder de la iglesia -porque no hay
otra razón para que no cambien esto- siguen pronunciándose como católicos,
apostólicos y romanos y pidiendo visitas con el papa. Asunto de estado y
noticia de primera plana es, en pleno siglo XXI, que una primera dama judía,
divorciada, recasada con el mismo tipo que ahora es presidente, casada en el
extranjero con otro pata, mentirosa, racista y productora de muchos más
'pecados' condenados por la iglesia sea o no recibida por el papa. Y toda la
negociación, por supuesto, con fondos del estado.
Antes de hablar de la realidad peruana, permítanme hacer algunas menciones
de cómo se manejó este tema en la historia mundial. El tiempo es corto, por
lo que sólo pondré sobre la mesa pocos pero contundentes ejemplos.
En la antigüedad bíblica y extrabíblica, una característica común a todas
las culturas que conocemos era la unión entre trono y altar, entre el
príncipe y el cura. La idea de 'separación entre estado e iglesia' ni se
había escuchado. Los sacerdotes paganos -astrólogos, magos, hechiceros,
etc.- eran los consejeros más cercanos del emperador y, con frecuencia, la
influencia oculta que controlaba el imperio. La unión entre estado e iglesia
persistió desde los días de Babilonia -la ciudad de la Torre de Babel-, el
primer imperio, hasta más allá del ascenso de Roma, el cuarto imperio
mundial según la visión del profeta Daniel. Como hemos visto, los
emperadores romanos, como los demás gobernantes antiguos, eran la cabeza de
los sacerdotes paganos y eran adorados como dioses. A pesar de que Jesús
habló claramente de la separación de estado e iglesia, el concepto se
recuperó y cobró real importancia recién con la aparición de la Reforma
Protestante. Desde ese momento, la iglesia católica, como continuación
religiosa del imperio romano, ha estado consiste y viciosamente en contra de
este concepto. El Dr. Brownson, un periodista católico muy prestigioso del
siglo XIX, expresó la posición católica cuando escribió: "Ningún gobierno
civil, sea monarquía, aristocracia, democracia... puede ser un gobierno
sabio, justo, eficiente o duradero, que gobierne para el bien de la
comunidad, sin la Iglesia Católica" .
El Vaticano ha peleado permanentemente contra todo avance hacia una
democracia cuando existían las monarquías absolutas, empezando con la Magna
Carta de Inglaterra, promulgada el 15 de junio de 1215 y considerada "la
madre de las constituciones europeas". Este documento fue denunciado
inmediatamente por el papa Inocente III [1198-1216], quien "la pronunció
nula y vacía y excomulgó a los barones ingleses que la adquirieron" y
absolvió al rey Juan de cumplir su compromiso con estos barones.
Entusiasmado por el papa, el rey trajo mercenarios extranjeros para que
luchen contra esos barones, trayendo esto gran destrucción al país. Los
papas siguientes hicieron todo lo que estuvo en su poder para ayudar al
sucesor de Juan, Enrique III, a abolir la Magna Carta, empobreciendo el país
con impuestos papales. A pesar de ello, los barones ganaron al final.
El papa Leo XII reprendió a Luis XVIII por aceptar la Constitución Francesa,
mientras que el papa Gregorio XVI habló en contra de la Constitución Belga
de 1832. Su encíclica Mirari vos, del 15 de agosto de 1832, condenaba la
libertad de pensamiento como un "engaño insano" y la libertad de prensa como
"error pestífero, el cual no podría ser nunca suficientemente detestado" .
Él manifestó el derecho de la iglesia a usar la fuerza y, como incontables
papas anteriores, demandó que las autoridades civiles apresaran
inmediatamente a cualquier no-católico que se atreviese a predicar y
practicar su fe.
La historia de América Latina ha demostrado plenamente la exactitud de esta
preocupación eclesiástica. En los países católicos, el odio de los papas a
las libertades y su asociación con regímenes opresivos, a los cuales
terminaron manipulando a su antojo, están registrados en la historia. Luego
de que la revolución de Benito Juárez -en 1861- fuera derrotada por el
ejército francés de Napoleón III en México, y Maximiliano fuera instalado
como Emperador de ese país, éste último se dio cuenta de que no podría
regresar a las anteriores fórmulas totalitarias. El papa Pío IX le escribió
indignado a Maximiliano, demandándole que "la religión Católica debe, por
sobre todas las cosas, continuar siendo la gloria de la nación mexicana, y
se debe excluir cualquier otra adoración" y que "la instrucción, sea pública
o privada, debe ser dirigida y supervisada por la autoridad eclesiástica",
además, que "la iglesia no debe de estar sujeta a la arbitrariedad del
gobierno civil" .
En resumen, un imperio al estilo del fundado por Nimrod en Babel, donde la
iglesia y el estado son uno, es por lo que siempre ha luchado el catolicismo
con todas sus fuerzas. Como manifestó la publicación católica The Catholic
World en tiempos del Concilio Vaticano I [1870]: "Si el estado tiene algunos
derechos, sólo es por virtud y permiso de la autoridad superior de la
iglesia" .
La antipatía del Catolicismo en relación a las libertades básicas creó
alianzas nada sagradas con los gobiernos totalitarios de Hitler y Mussolini,
quienes fueron alabados por el papa y otros líderes de la iglesia como
hombres elegidos por dios. A los católicos se les prohibió oponerse a
Mussolini y se les pidió, más bien, que lo apoyen. "La iglesia prácticamente
elevó al gobierno al dictador fascista [como lo haría con Hitler unos años
después]" . A cambio, Mussolini [en el Concordato de 1929 con el Vaticano]
hizo del Catolicismo Romano nuevamente la religión oficial del estado y
criticar a esta religión era considerado una ofensa penal. A la iglesia, por
supuesto, se le otorgaron otros favores, incluyendo una vasta suma de dinero
en efectivo y lazos con el gobierno.
La Constitución Política del Perú de 1979 ya habla de que el Perú no tiene
religión oficial. 23 años después, la gran mayoría de nuestros compatriotas
no lo saben y siguen creyendo que el catolicismo es la religión del estado
peruano. En 1980, el gobierno de turno firma un Acuerdo entre la Santa Sede
y la República del Perú -también llamado Concordato, como el de Mussolini-,
aprobado por el Decreto Ley Nº 23211. Es ahí donde se regulan las relaciones
entre el estado peruano y la iglesia católica, desde ese momento hasta hoy.
La mayoría de nuestros compatriotas no conocen la existencia de este acuerdo
ni, mucho menos, su contenido. Para resumir, podemos sacar tres conclusiones
de su aplicación:
1. No tiene nada que ver con las instrucciones específicas del Jesús de las
biblias, que es el Jesús al que sigue la iglesia.
2. Es sumamente ventajoso para la iglesia, ya que le da un lugar tan
importante en la vida republicana -léase terrenal- que hace olvidar a los
que saben que no es la religión oficial que no lo es y hace seguir creyendo
a los demás que sí lo es.
3. Es el material de construcción de las dos columnas de la iglesia católica
en el Perú: el dinero y el poder, ninguno antes ni después que el otro, por
si acaso.
Los beneficios que derivan de este Concordato incluyen el pago de sueldos
altísimos a los obispos y autoridades eclesiásticas [con sus equipos de
trabajo completos, todo ello publicado en el diario El Peruano, como si
fueran funcionarios y empleados del estado], descuentos especiales en
pasajes aéreos a través de la Conferencia Episcopal Peruana, puestos claves
y participación en actos públicos y privados del estado, pago total de los
viajes de las autoridades eclesiásticas en misión a Roma, incluidos
viáticos, etc.
Sin embargo, la Constitución de 1993 establece lo siguiente:
Artículo 2°. Toda persona tiene derecho:
2. A la igualdad ante la ley. Nadie debe ser discriminado por motivo de
origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de
cualquiera otra índole.
3. A la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o
asociada. No hay persecución por razón de ideas o creencias. No hay delito
de opinión. El ejercicio público de todas las confesiones es libre, siempre
que no ofenda la moral ni altere el orden público.
Artículo 50°. Dentro de un régimen de independencia y autonomía, el Estado
reconoce a la Iglesia Católica como elemento importante en la formación
histórica, cultural y moral del Perú, y le presta su colaboración. El Estado
respeta otras confesiones y puede establecer formas de colaboración con
ellas.
Pero, en la práctica, esto no se cumple. Les contaré un caso que yo viví en
carne propia para graficar este punto: En 1996, siendo Director Nacional de
Comunicación y Cultura de la Asociación Internacional para la Conciencia de
Krishna, más conocidos como Hare Krishnas, fui a la Municipalidad de
Miraflores con todos los requisitos solicitados a pedir un permiso para una
marcha por la paz, dado que ese año se celebraba el centenario del
nacimiento del fundador de esta Asociación Internacional. Me negaron el
permiso aduciendo que había una prohibición para los ruidos molestos. Excusa
estúpida por supuesto. Éste era un caso de absoluta discriminación porque el
Director Municipal era miembro de un grupo religioso peruano conocido y
cuestionado, el Sodalicio de Vida Cristiana. Yo he sido parte de ese grupo
al salir del colegio, historia que ya he contado en entrevistas y artículos
en diversos medios, así que conocía a este señor. Lo único que hice fue
decirle que, si no me otorgaba permiso, iría a denunciarlo a él y al alcalde
por ir contra la Constitución. Saqué la Constitución y le leí los artículos
correspondientes. A las 3 horas, recibí el permiso por fax, firmado por él y
por el alcalde. Sin embargo, la marcha tenía algunas restricciones, las
cuales tuvimos que cumplir. Estoy absolutamente seguro de que, si yo hubiera
sido un representante católico, no hubiera habido ninguna excusa ni
restricción y, por el contrario, se nos habría otorgado todas las
facilidades del caso. Ésta es una de mis experiencias en el tema de
irrespeto práctico a la libertad de cultos, pero tuve más y sé que siguen
existiendo.
La separación entre estado e iglesia en el Perú existe en el papel hace 23
años, pero todo sigue igual o peor. Yo no quiero un estado laico, porque el
laico, por definición, es un católico practicante que no opta por la vida
monástica o sacerdotal. Quiero un estado libre para todas las creencias, las
cuales, finalmente, son puntos de vista. Hay puntos de vista mucho más
antiguos que el católico, pero, como los católicos llegaron primero, aliados
con los creadores de estados nuevos, robaron la libertad de conciencia a su
gente, obligándoles con todo tipo de amenazas, castigos físicos y económicos
y hasta la pena de muerte a asumir el punto de vista católico. Ese tiempo ya
pasó y la tradición no es excusa para seguir destrozándole la libertad a los
habitantes de un país que necesita abrir su mente para vivir en paz en medio
de sus diferencias. La religión es la raíz del comportamiento moral de una
sociedad, y si estamos dejando que otros enseñen a nuestros hijos a que
crean que la única religión que los hará insertarse a la sociedad peruana
con dignidad y sin vergüenza alguna es la católica, estamos dejando que la
mentalidad colonizadora que creó la inquisición siembre intolerancia y
cerrazón mental en seres que nacen en un siglo donde se espera más de
nosotros.
Termino con la misma cita con la que empecé: "Las revoluciones estallan
cuando una cantidad suficiente de seres humanos se dan cuenta de que han
sido engañados". Nosotros somos los primeros, hagamos que pronto sean
suficientes. Hablemos de esto con quien podamos.
Gracias.
JEES
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