----- Mensaje original -----
De: Enrique stola
Enviado: martes, 07 de abril de 2009 13:24
Asunto: DDHH: "La fiesta de casamiento", por Osvaldo Bazán. Crítica. Buenos
Aires. 07.04.2009
http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=22458
Contratapa / Edición Impresa
La fiesta de casamiento
Osvaldo Bazán
07.04.2009
A cada lado del altar improvisado en el escenario del lugar, las familias de los
novios: madres, padres y hermanas, dos de una familia, una de la otra. En el
medio, el sacerdote. Detrás, enormes arreglos florales. En el salón, dejando
espacio para el pasillo por donde iban a entrar los novios, todas las primas
salidas de la peluquería, los tíos con sus trajes lustrosos, la parafernalia
familiar que se junta para casamientos o velorios. Yo estaba ahí como amigo de
los novios, pero había ido más de sport, no me di cuenta –¡cómo no me di
cuenta!– que la fiesta exigía etiqueta.
Había canapés, bebidas y música de Bebel Gilberto. También ventiladores , porque
el calor húmedo de Rosario se sentía y mucho esa noche, y los primos se
aflojaban la corbata, aunque sus novias, a los codazos, los hacían volver a la
elegancia. De repente, cambió la música. Iban a entrar los novios pero no era el
Ave María. Era Madonna. Por el pasillo central, radiantes, alegres como pocas
veces antes, casi corriendo y saltando, saludando con la mano a familiares y
amigos, aparecieron los novios. Pedro y Matías.
Se casaron Pedro y Matías.
Hicieron trámites ante el Estado, una ceremonia religiosa y una gran fiesta
familiar. No se puede decir que el Estado o la religión casaron a Pedro y
Matías. El Estado les dio un papelito vergonzante de unión civil que sirve para
tan poco en el plano legal pero es un comienzo simbólico. La religión que
bendijo la unión no es esa que se ha quedado gratis con el mejor terreno de cada
pueblo o ciudad del país, ahí frente a la plaza. Esa que no permite recorrer
paisajes argentinos sin que te aparezca el instrumento con el que dicen que
torturaron a uno de los suyos, como si todos le debiéramos algo, incluso
aquellos que no creemos en el cuentito medieval. Esa que recibe plata del Estado
para enseñar que la homosexualidad es una enfermedad curable y que no hubo 30
mil desaparecidos. Esa que no sabe cómo hacer para que los suyos dejen de
manosear nenitos. No fue esa religión.
Pero si el Estado o la religión mayoritaria no se hacen cargo de que Pedro y
Matías se aman y quieren compartir una vida y son muchachos mayores y son
ciudadanos libres que deberían poder decidir cómo quieren vivir, y que no sólo
no le hacen mal a nadie sino que es evidentemente bueno para la sociedad que dos
personas sean felices, las familias de Pedro y Matías sí están a la altura del
amor de esos pibes. Escuchar a los padres de ambos diciendo “hoy tengo un hijo
más” o “hijos, sean felices” fue un acto de justicia el mismo día en que había
leído en este diario que De Angeli dice que, por homosexual, soy enfermo y que
un innombrable en polleras dice que me puede curar (“¡Curame ésta!”, diría, si
fuera grosero y poco elegante, pero no lo soy, así que no lo voy a decir).
Era el momento del vals, todos en círculo, y Pedro y Matías que bailan con las
familias emocionadas. Y se dan un beso y la familia aplaude. Y las respectivas
madres que van y bailan con sus respectivos hijos. Y cambio de madre a suegra.
Fue uno de esos raros momentos en los que, si te fijás bien, vislumbrás el
futuro. Eso que iba a pasar ahí, ante mis ojos, hoy es noticia para el diario
pero pronto dejará de serlo. Sentí que esas familias aceptaban dos cosas
básicas: 1) Que sus hijos están enamorados; 2) Que el amor no es una virtud
exclusivamente heterosexual. El papá de Matías bailó el vals con Matías y el
papá de Pedro bailó el vals con Pedro. Y después hubo cambio de suegros. Un paso
de vals pequeño para cuatro hombres pero enorme para la humanidad. Vos, padre,
¿harías eso por la felicidad de tu hijo? Pensalo, ya hay padres así. Padres que
piensan más en la felicidad de sus hijos que en lo que dirán los demás. Hermoso
momento de confusión con las primas y sus novios, los primos y sus novias, nadie
sabía bien quién tenía que sacar a bailar a quién y en esa diversidad todos eran
mucho más humanos, mucho más naturales que en los últimos quinientos años donde
todos los Pedros y Matías de la historia fueron considerados herejes, enfermos o
delincuentes (o las tres cosas a la vez, la homosexualidad fue considerada
pecado, enfermedad y delito por los poderes religiosos, científicos y
estatales). Y fueron tirados a los perros, quemados vivos, muertos en vida,
humillados y ridiculizados, todos los Pedros y todos los Matías.
Como bien decía Néstor Perlongher, los estamos liberando, queridos
heterosexuales. De sus prejuicios, de sus miedos, de sus egoísmos. Están
aprendiendo a convivir. Dejen, no hace falta que agradezcan. Con que aprendan,
ya todos seremos mejores personas.
PD: Muchos homosexuales dicen que no quieren casarse. Es absolutamente lícito y
quizá yo tampoco quiera. Pero mientras el Estado no nos permita hacerlo, no
tenemos ese lujo. ¿De qué me sirve decir que quiero o no quiero si en realidad
no me dejan? Para no querer, primero tengo que poder. Por ahora, sólo no
podemos. Igualdad de derechos, eso se pide. Porque las obligaciones ya las
tenemos.
Enrique Stola
Buenos Aires, Argentina
"El silencio es complicidad" José Adán Castelar, poeta de Honduras. América
Central
Educación sexual para decidir. Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal
para no morir.
--
Enrique Stola
Buenos Aires, Argentina
"El silencio es complicidad" José Adán Castelar, poeta de Honduras. América
Central
Educación sexual para decidir. Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal
para no morir.
[Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]